Giuseppe Gagliano.
Imagen: Tomada de La Fionda
12 de octubre 2026.
Si las armas siguen marcando los límites de la política, la rotación de presidentes podrá cambiar los nombres sin resolver el problema del Estado.
La salida de Aguila Saleh abre un enfrentamiento entre la autonomía parlamentaria, la influencia de los Haftar y el control de los ingresos petroleros
Después de casi doce años, Aguila Saleh deja la presidencia de la Cámara de Representantes. El 6 de octubre, en Bengasi, los diputados eligieron a Al-Salhin Abdulnabi al-Obeidi. El día anterior, 98 parlamentarios habían aprobado la rotación anual de la presidencia. La cuestión decisiva se refiere al poder efectivo: quién decide y quién puede hacer cumplir las decisiones.
La rotación no renueva el mandato popular
El gobierno oriental de Osama Hammad celebra el cambio como un avance institucional. La Cámara, sin embargo, proviene de las elecciones de 2014. Cambiar a su presidente no equivale a devolver a los ciudadanos la posibilidad de elegir a sus representantes. Un mandato anual limita la permanencia en la cúpula, pero puede aumentar la dependencia de quienes garantizan votos y seguridad.
Saleh había desempeñado durante mucho tiempo un papel diplomático, manteniéndose aliado de Khalifa Haftar. Su sucesor pertenece a la misma tribu y representa a Tobruk: elementos de continuidad que invitan a observar las relaciones internas antes de proclamar una transformación del sistema.
Las armas detrás de los procedimientos
El diputado Abdul-Nabi Abdul-Mawla sostiene que la Cámara se ha vuelto subordinada a Saddam Haftar. Además, acusa al oficial Osama Sharaf al-Din de haber influido en la elección del nuevo presidente. Son acusaciones graves, que deben verificarse de manera independiente; por sí solas no prueban que cada decisión sea impuesta por los militares.
Sin embargo, señalan el punto estratégico de la disputa: la relación entre la autoridad civil y las fuerzas armadas. Desde el punto de vista militar, sustituir al presidente no añade unidades, armamento ni capacidad operativa. En cambio, puede facilitar la conversión de la influencia militar en nombramientos, asignaciones presupuestarias y reconocimiento institucional. Habrá que observar quién controla la seguridad de la asamblea, qué medidas se aprueban y cuánto espacio queda para la disidencia.
El petróleo financia el sistema
El Banco Mundial sigue señalando la dependencia de los hidrocarburos y la fragmentación política como las principales vulnerabilidades de Libia. En septiembre, la misión de las Naciones Unidas expresó su preocupación por la interrupción del oleoducto Sharara-Zawiya. La fragilidad de la infraestructura energética es, por lo tanto, un problema concreto, anterior al cambio parlamentario.
Controlar un yacimiento, autorizar un gasto y distribuir divisas son poderes distintos. La estabilidad requiere que la producción, las instituciones financieras y las decisiones políticas puedan funcionar en conjunto. Si una disputa en la cúpula interrumpe las exportaciones, el costo se transmite a los ingresos públicos, a los recursos disponibles para las importaciones y a la capacidad de pagar servicios y salarios.
La reconstrucción requiere reglas predecibles y controles sobre el gasto. Los acuerdos basados únicamente en la distribución de contratos corren el riesgo de consolidar redes de dependencia. Una ciudad reconstruida puede coexistir con instituciones frágiles: el cemento no sustituye a la responsabilidad política.

Primer escenario: el este se une en torno a Haftar
Si la nueva presidencia redujera los espacios de autonomía de la Cámara, el cambio podría reforzar la concentración de poder en el este. La consecuencia sería un interlocutor más unido en las negociaciones con Trípoli y con las potencias externas, pero también un sistema más dependiente de los equilibrios de una familia.
Una cadena de toma de decisiones concentrada podría acelerar los acuerdos de seguridad, aunque se volvería más vulnerable a las rivalidades internas o a los problemas de sucesión. En el plano económico, las inversiones podrían avanzar donde coincidan los intereses, pero seguirían expuestas a decisiones personales y a garantías institucionales débiles.
Segundo escenario: un compromiso entre los líderes
La nueva presidencia podría formar parte de un acuerdo entre el este y el oeste sobre cargos, recursos y seguridad. Estados Unidos ha acogido favorablemente el cambio; la misión de la ONU se ha mostrado dispuesta a trabajar con la nueva dirección y con todos los diputados. Son gestos de apertura cuyo efecto dependerá de las negociaciones.
Un acuerdo podría reducir el riesgo de bloqueos petroleros y mejorar la previsibilidad de los pagos. El paso decisivo sería convertirlo en normas comunes, controles y un proceso electoral creíble. De lo contrario, la estabilización podría proteger las posiciones de los grupos dominantes, dejando sin resolver la cuestión de la representación.
Tercer escenario: una fractura dentro de la fractura
Saleh y una parte de los parlamentarios cuestionan los procedimientos adoptados. Si estas oposiciones dieran lugar a presidencias rivales o decisiones incompatibles, Libia sumaría una división interna en el Parlamento a la separación entre las administraciones del este y del oeste.
Esto no significaría automáticamente una nueva guerra. Podrían multiplicarse los conflictos sobre nombramientos, pagos y la validez de los acuerdos. La presión armada sobre las instituciones podría aumentar; los actores económicos exigirían mayores garantías, mientras que la parálisis tendría un costo incluso sin grandes combates.
Las potencias externas y la prueba de legitimidad
Abdulnabi presidió la comisión de amistad entre Libia y Turquía. Es un posible canal con Ankara, cuyo peso deberá evaluarse en las negociaciones. Para Italia y Europa, la dirección del cambio se centra en la seguridad mediterránea, la confiabilidad energética y las condiciones de la reconstrucción.
El criterio para evaluar la nueva presidencia será, por lo tanto, la capacidad de hacer que las decisiones sean verificables, proteger la autonomía parlamentaria y acercar la renovación de la representación.
Si las armas siguen marcando los límites de la política, la rotación de presidentes podrá cambiar los nombres sin resolver el problema del Estado.
Traducción nuestra
*Giuseppe Gagliano. En 2011 fundó la Red Internacional Cestudec (Centro de Estudios Estratégicos Carlo de Cristoforis), con sede en Como, un centro de estudios inscrito en el Registro de Investigación desde 2015. El objetivo del centro es estudiar, desde una perspectiva realista, las dinámicas conflictivas de las relaciones internacionales, haciendo hincapié en la dimensión de la inteligencia y la geopolítica a la luz de las reflexiones de Christian Harbulot, fundador y director de la Escuela de Guerra Económica (EGE) de París.
Referencias
https://libyaobserver.ly/news/libyan-mp-accuses-warlord-haftar-hijacking-parliament
https://unsmil.unmissions.org/en/node/136955
https://www.worldbank.org/ext/en/country/libya
Fuente: La Fionda
