Roberto Iannuzzi.
Foto: Soldados portan la bandera de la UE frente al Parlamento Europeo (© Unión Europea 2014 – Parlamento Europeo» (Licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada))
14 de marzo 2025.
Mientras la iniciativa negociadora de Estados Unidos hacia Moscú muestra sus debilidades, la UE sigue sumida en una espiral autodestructiva que socava la democracia y la prosperidad interna.
La propuesta de Washington de un alto el fuego preliminar incondicional en Ucrania y el frenético intento de los líderes europeos de organizar el rearme del viejo continente representan paradójicamente las dos caras de una misma moneda:
la de un Occidente en plena crisis estratégica, progresivamente desgastado por las crecientes rencillas internas entre sus arrogantes, además de incompetentes y corruptas, élites políticas.
El acalorado choque verbal en el Despacho Oval entre el presidente estadounidense Donald Trump y su homólogo ucraniano, Volodymyr Zelensky, había sugerido la intención de Washington de arrancar duras concesiones a Kiev.
En cambio, la propuesta de negociación surgida de la reunión entre las delegaciones estadounidense y ucraniana en Jeddah, Arabia Saudí, aparentemente marca una victoria para esta última.
¿Paz o congelación del conflicto?
La oferta consiste en un alto el fuego de 30 días, posiblemente prorrogable y aparentemente sin condiciones específicas, para iniciar negociaciones entre las partes encaminadas a lograr una paz duradera.
El anuncio marca la recomposición de las relaciones entre Washington y Kiev, deterioradas durante la reciente visita de Zelensky a la Casa Blanca, confirmada por la decisión estadounidense de reactivar los envíos de armas y el intercambio de información con Ucrania, suspendidos sólo unos días antes.
La iniciativa beneficia claramente a Kiev, cuyas fuerzas armadas están en apuros en la mayor parte del frente ucraniano y de camino al frente ruso de Kursk. Un alto el fuego les permitiría recuperar el aliento y, posiblemente, rearmarse gracias a la reanudación del flujo de ayuda militar estadounidense.
La oferta de alto el fuego parece formulada a propósito para presionar a Moscú, que sería acusado de echar por tierra los esfuerzos de paz si la rechaza.
El Secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, declaró que “la pelota está en el tejado de Rusia”, y añadió que “si [los rusos] dicen que no, desgraciadamente sabremos dónde está el obstáculo para la paz”.
En la misma línea fueron las declaraciones de los principales líderes europeos, desde el primer ministro británico, Keir Starmer, hasta el presidente francés, Emmanuel Macron, y la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen.
Los representantes francés y británico asesoraron asiduamente a Kiev sobre la mejor manera de promover sus posiciones ante la delegación estadounidense en Yeda. Jonathan Powell, asesor de Starmer, está en contacto permanente con Andriy Yermak, jefe de la oficina presidencial ucraniana y uno de los hombres más poderosos de Kiev.
Este último, al llegar a Jeddah, declaró que “estamos dispuestos a hacer cualquier cosa para lograr la paz”. Pero cuál es su idea de la paz, lo dejó perfectamente claro en un editorial que apareció en The Guardian coincidiendo con su viaje a Arabia Saudí.
En el periódico británico, Yermak escribió que el alto el fuego no se conseguirá sólo con una simple acción diplomática. Europa también tendrá que reforzar las sanciones contra Moscú e incautarse de los 300.000 millones de euros de activos rusos congelados para aumentar su ayuda a Kiev.
También es esencial, escribe Yermak, que Europa se atenga a su decisión de rearmarse. Los 150.000 millones de euros anunciados por la UE para el refuerzo militar de los Estados miembros, junto con unos posibles 20.000 millones de euros para la defensa ucraniana, proporcionarán un elemento disuasorio creíble para garantizar el mantenimiento del alto el fuego.
Preocupaciones rusas
En otras palabras, el alto funcionario ucraniano parece estar describiendo la misma “paz armada” que Moscú siempre ha dicho que rechaza.
El Presidente ruso, Vladimir Putin, ha declarado en repetidas ocasiones que
no necesitamos una tregua, sino una paz a largo plazo reforzada con garantías para la Federación Rusa y sus ciudadanos.
Yuri Ushakov, hombre de confianza del presidente y miembro de la delegación rusa que se reunió con los estadounidenses en Arabia Saudí, comentó la propuesta de alto el fuego afirmando que
no es más que una pausa temporal para que el ejército ucraniano recupere el aliento, nada más.
Aclaró, sin embargo, que la suya era una ‘postura personal’. Más tarde, el jueves 13 de marzo, Putin se mostró más abierto a la propuesta estadounidense, afirmando que “la idea en sí es correcta, y sin duda la apoyamos”.
Sin embargo, el presidente ruso añadió que “hay cuestiones que tenemos que discutir” con los estadounidenses, y posiblemente con el propio Trump.
Putin insistió en la necesidad de definir mecanismos para controlar posibles violaciones de la tregua, y dio a entender que Rusia exigirá garantías de que Ucrania no aprovechará la pausa en las hostilidades para rearmarse y alistar nuevos hombres en el ejército.
El dirigente ruso señaló que “partimos de la base de que el alto el fuego debe conducir a una paz duradera y eliminar las causas profundas de la crisis”.
Por tanto, es probable que Moscú exija garantías precisas a la Casa Blanca antes de aceptar la propuesta negociadora estadounidense.
De la respuesta rusa se desprende que el Kremlin trata de mantener buenas relaciones con la Administración Trump, por lo que intentará no responder con un rechazo claro a la oferta estadounidense.
Pero el resultado de las negociaciones sigue siendo extremadamente incierto a la luz de la distancia entre las posiciones de Moscú y Kiev, y el comportamiento difícilmente descifrable de la Casa Blanca.
Maximalismo europeo
Las negociaciones se complican aún más por la clara postura europea al lado de Ucrania, y por el papel de “agentes” de Kiev que países como Francia y Gran Bretaña también se han atribuido frente a Washington.
Los dirigentes de la UE han adoptado posturas maximalistas.
Invocando garantías de seguridad para Ucrania capaces de disuadir futuras “agresiones rusas”, von der Leyen afirmó que la Unión debe rearmar “urgentemente” a Kiev para convertir al país en un “erizo de acero” que resulte “indigerible para futuros invasores”.
Un escenario muy alejado de la exigencia rusa de una Ucrania neutral y desmilitarizada.
Justificó el anuncio de un rearme masivo de Europa por el hecho de que “debemos prepararnos para lo peor”.
Von der Leyen incluso adoptó el lema trumpiano de “la paz a través de la fuerza”, afirmando que la Casa Blanca no puede prescindir de Europa si quiere que Ucrania alcance un acuerdo de paz “desde una posición de fuerza”.
Declaraciones igualmente alarmistas procedieron de otros líderes europeos. Macron afirmó que “la única potencia imperial que veo hoy en Europa es Rusia”, advirtiendo de que la agresión de Moscú “no conoce fronteras”.
También se utilizaron tonos exagerados contra la Casa Blanca, a la que se acusó de querer “abandonar la OTAN”, de situar a Europa en un “momento decisivo” y de acabar con el orden mundial.
“ReArmar Europa”
Estos escenarios catastrofistas se han utilizado para justificar un rearme perentorio y probablemente poco realista de Europa.
El plan “RearmarEuropa” prevé un gasto total de 800.000 millones de euros, gran parte de los cuales tendrán que ser obtenidos mediante endeudamiento por los Estados miembros, a través de una flexibilización del pacto de estabilidad reservado exclusivamente a inversiones militares.
Sólo un fondo de 150.000 millones financiado por una deuda europea común estará garantizado por la UE.
La industria europea de defensa no está preparada para un rápido aumento de la producción. Está fragmentada en diferentes industrias nacionales e importa tecnología y componentes del extranjero.
En la actualidad, cerca del 80% de las compras de defensa proceden de proveedores de fuera de la UE. Dos tercios de las importaciones de armamento proceden de Estados Unidos.
Para hacer operativo el nuevo armamento sería necesario reclutar, entrenar y pagar a decenas de miles de soldados, una perspectiva a largo plazo de resultados inciertos en el actual panorama europeo.
Los estrechos márgenes de maniobra fiscal y la tendencia general al envejecimiento de la población europea constituyen límites objetivos a un aumento incontrolado del gasto militar.
Sin embargo, una vez más, el mensaje procedente de las cumbres europeas es que las medidas de austeridad son inevitables, en este caso para “defender Europa”.
La secreta esperanza de algunos es que el aumento de la producción en el sector de la defensa ayude a levantar las anémicas economías europeas. Con este fin, en Alemania hay quien ha propuesto reconvertir la alicaída industria automovilística para fines bélicos.
Militarización y deriva antiliberal
En los últimos años, la Unión Europea ha pasado gradualmente de ser un proyecto de coexistencia pacífica a convertirse en una estructura vertical con una finalidad militar cada vez mayor.
La lógica de la emergencia, encarnada esta vez por la “amenaza exterior”, se utiliza para justificar esta transformación, garantizando al mismo tiempo lucrativos beneficios a una estrecha élite industrial.
Líderes como Macron y el canciller alemán saliente, Olaf Scholz, son deslegitimados e impopulares (al probable sucesor de Scholz, Friedrich Merz, con el 28,5% de los votos, no le va mucho mejor).
La “amenaza rusa” ofrece al presidente francés una excelente distracción, permitiéndole recordar a los miembros de la UE el “estatus nuclear” de Francia y la dimensión europea de los intereses de París.
Alemania, por su parte, olvidando por un momento la gravedad de la emergencia económica en la que se debate, promete liderar un continente que llegará a sustituir a Estados Unidos como líder mundial.
En Gran Bretaña, el primer ministro Starmer emerge de una serie impresionante de fracasos, pero la «amenaza rusa» le ha ofrecido de repente la oportunidad de erigirse como nuevo protagonista de la política europea, de desempeñar un renovado papel de seguridad en el viejo continente aprovechando la «ausencia» estadounidense, y de jugar la vieja carta de proponerse como «puente» entre las dos orillas del Atlántico.
La Europa continental vive una paradoja. Tras haber sido partidaria reticente del liderazgo angloamericano, sobre todo al principio del conflicto ucraniano, se encuentra ahora entre los más ardientes defensores de una política maximalista hacia Rusia.
La adhesión de Finlandia y Suecia a la OTAN, y el desproporcionado papel desempeñado por los países bálticos dentro de la Unión, han contribuido a un desplazamiento hacia el noreste del centro de gravedad político de la UE.
Y poco importa que en muchos países europeos la mayoría de los ciudadanos esté a favor de una solución negociada al conflicto con Rusia o en contra de la política de rearme.
En las “democracias” europeas, la opinión pública ya no es un factor que ayude a orientar las decisiones de los gobiernos. Al contrario, es un elemento que hay que moldear y manipular para que se ajuste a las decisiones de las clases dirigentes.
Así, por ejemplo, el director del Eurasia Group de Berlín, Jan Techau, escribe que el próximo gobierno alemán tendrá que preparar a la población para las decisiones “sin precedentes” que se tomarán en materia de defensa y seguridad, y que debe producirse un cambio de mentalidad en la población.
E incluso ocurre que cuando surge un candidato que no se ajusta al consenso expresado por las élites europeas, es expulsado del proceso electoral con el beneplácito de la UE.
Es el caso de Rumanía, donde el candidato popular Călin Georgescu, crítico con la OTAN, fue descalificado sobre la base de acusaciones consideradas inverosímiles incluso por observadores extranjeros, sin que ello suscitara objeción alguna a nivel europeo.
Por el contrario, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos rechazó la petición de Georgescu de revocar la anulación de la primera vuelta de las elecciones que le habían dado la victoria.
La “guerra civil” de Occidente
El instinto de autoconservación de las élites políticas europeas también desempeña un papel en la diatriba transatlántica con Trump.
Sin duda, este último tiene una gran responsabilidad en la escalada de la dialéctica entre Estados Unidos y Europa, con sus amenazas de apoderarse de Groenlandia y su beligerante política arancelaria.
Pero la tesis europea de que el presidente estadounidense se dispone a abandonar la OTAN tiene poco fundamento a la luz de las declaraciones explícitas del secretario de Defensa, Pete Hegseth, en la Conferencia de Seguridad de Múnich, según las cuales “Estados Unidos se compromete a construir una OTAN más fuerte y letal”.
Después de todo, como observó acertadamente el comentarista británico Anatol Lieven, parece poco realista que la Casa Blanca quiera abandonar la base de Ramstein en Alemania u otras bases estratégicas en Europa, que entre otras cosas también aseguran la proyección militar estadounidense en Oriente Medio.
Al buscar (torpemente) una solución negociada al conflicto, Trump ni siquiera está “traicionando a Ucrania”.
En todo caso, podría estar salvando lo que aún queda de este país, que en cambio ha sido traicionado por las administraciones estadounidenses que lo empujaron a un conflicto suicida con Rusia.
Un acuerdo de paz con Moscú detendría el avance ruso en el este de Ucrania, escribe Lieven, a casi 1.800 km al este del Telón de Acero que dividía Alemania durante la Guerra Fría.
Cabe añadir que Moscú ni siquiera ha manifestado nunca su intención de apoderarse de Ucrania occidental, consciente de la hostilidad que los ucranianos sienten allí hacia Rusia. Menos aún aspira a conquistar otros países europeos que, por cierto, a diferencia de Ucrania, están protegidos por el artículo 5 de la OTAN.
Sobre la base de lo que se acaba de escribir, toda la retórica europea de la amenaza rusa que ‘se cierne’ sobre Europa, se desmorona.
Las élites políticas europeas, sin embargo, no solo han atado su destino al “proyecto ucraniano” promovido por los predecesores de Trump, sino que también ven al actual presidente estadounidense como un adversario ideológico que apoya a la derecha populista en Europa.
Por eso, los círculos europeos se escandalizaron por el discurso del vicepresidente J.D. Vance en la reciente Conferencia de Seguridad de Múnich, en el que afirmó que la amenaza para Europa no procede de Rusia, sino del interior de los países europeos.
Los temores de los gobiernos del viejo continente son, además, compartidos en el exterior por ese componente atlantista perteneciente en gran medida al Partido Demócrata, que considera que el verdadero objetivo de Trump es debilitar la Europa “liberal y democrática” en beneficio de la derecha rusófila y del propio Putin.
Lo que estamos presenciando es, por tanto, una especie de “guerra civil” dentro de Occidente entre corrientes ideológicas enfrentadas.
Hay quienes han señalado que, a pesar de la crisis actual, la relación transatlántica es indispensable tanto para Estados Unidos como para Europa, a la luz del altísimo grado de integración económica que existe entre ambos lados del Atlántico.
Y hay quien ha señalado que lo que Trump pretende no es una ruptura de esa relación, sino una redefinición del pacto transatlántico más beneficiosa para EEUU.
Sin embargo, el choque ideológico al que estamos asistiendo podría en realidad acabar debilitando el vínculo transatlántico, al tiempo que agravaría las crisis internas en las que se debaten tanto Europa como Estados Unidos.
Como efecto secundario, esto probablemente acabaría exacerbando las divisiones entre los países europeos, y sin duda dificultaría una solución negociada al conflicto ucraniano.
Traducción nuestra
*Roberto Iannuzzi es analista independiente especializado en Política Internacional, mundo multipolar y (des)orden global, crisis de la democracia, biopolítica y «pandemia new normal».
Fuente original: Intelligence for the people
