LAS LUCHAS DE LOS REPARTIDORES CONTRA EL CAPITALISMO DE LAS PLATAFORMAS. Redacción de “Le Gauche”.

Redacción de “Le Gauche”.

Foto: Protesta en Milán de los trabajadores de Deliveroo en 2017.

18 de noviembre 2024.

Las plataformas digitales, según este análisis, se dedican a formalizar las actividades informales mediante la digitalización de la producción

Se trata de un proceso de acumulación que empuja a los jóvenes precarios, a las mujeres, a los trabajadores migrantes, es decir, a aquellos que encontraron refugio de los efectos de la crisis del capitalismo en la economía informal, a los brazos de las plataformas.


1. Introducción

Continuando con nuestro análisis del capitalismo de plataformas abordamos la obra de Marco Marrone ¡Derechos contra las máquinas! El trabajo digital y las luchas de los repartidores (riders) donde intenta analizar los resultados generados por el desarrollo de las plataformas digitales desde la perspectiva de los trabajadores y sus luchas.

El libro se centra en el reparto de comida y en los repartidores (riders) que trabajan para plataformas como Deliveroo y Glovo. Ellos han tenido la valentía de denunciar las falsas mitologías del trabajo digital mostrando a todo el mundo una cruda realidad de explotación laboral por parte de estas plataformas que cada vez son más importantes en nuestras vidas, de hecho, son herramientas utilizadas ya a diario por la población para pedir comida, como en el caso comentado, u organizar viajes y reservar una visita al médico.

Se trata de infraestructuras digitales con las que interactuamos para trabajar, consumir o pasar nuestro tiempo de ocio y que son capaces de ofrecer una variedad cada vez mayor de bienes y servicios.

Estas plataformas se presentan como una forma de innovación disruptiva habilitada por las posibilidades sin precedentes abiertas por las innovaciones tecnológicas que encajan perfectamente en la narrativa sobre los procesos de digitalización, que oscila entre la difusión de ansiedades sobre escenarios de automatización total y alto desempleo, por un lado, y perspectivas seductoras sobre un mundo poscapitalista basado en relaciones de colaboración y propiedad compartida, por otro.

Las luchas de los repartidores acaban con esta retórica demostrando su total funcionalidad respecto a la cobertura de la explotación laboral que también es fundamental para su ascenso.

El objetivo de Marrone es utilizar las luchas de los repartidores para poner de relieve las ambigüedades de los procesos de digitalización.

De hecho, han demostrado, por un lado, la inconsistencia de las promesas de una era de liberación y puesta en común gracias a Internet, mientras que, por otro, han mostrado a quien quiera verlo un vínculo entre el desarrollo de las plataformas, las fronteras extractivas del capital y la continua precarización del mercado laboral que comenzó hace más de 30 años.

Las plataformas son leídas por Marrone como la respuesta del capitalismo a la crisis de 2007-2008 capaz de explotar las consecuencias sociales producidas por décadas de austeridad y hegemonía neoliberal, creando el terreno ideal para su auge. Pensemos sólo en la progresiva erosión de las protecciones laborales y la destrucción del estado del bienestar que empujaron a muchas personas a realizar trabajos eventuales para satisfacer sus necesidades reproductivas y superar las dificultades producidas por la crisis.

Además, las plataformas se dedican a absorber piezas de la economía informal y, en consecuencia, no es casualidad que sus servicios incluyan actividades como el reparto de comida, el trabajo doméstico o los alquileres de corta duración, es decir, todas ellas actividades históricamente pertenecientes a la esfera informal de la economía urbana.

Se trata de un proceso de acumulación que empuja a los jóvenes precarios, a las mujeres, a los trabajadores migrantes, es decir, a aquellos que encontraron refugio de los efectos de la crisis del capitalismo en la economía informal, a los brazos de las plataformas.

Partiendo del análisis del reparto de comida, Marrone sostiene que éstas también impulsan los mecanismos de externalización hasta el punto de fragmentar el proceso de producción en microtareas individuales realizadas durante el reparto por el rider.

Esta transformación, por un lado, descentraliza la producción, pero, por otro, concentra el poder en manos de las plataformas. En segundo lugar, este sector pone en marcha una huida continua de la subordinación a través de las tecnologías digitales para perfeccionar una estrategia de evasión basada en una ideología jurídica que produce el retorno del trabajo a destajo. En tercer lugar, dice Marrone, las plataformas amplifican las retóricas inteligentes y autoempresariales típicas de la esfera ética y cultural del neoliberalismo.

Por tanto, más que una novedad revolucionaria, se trata de una elaboración denuevas formas de reproponer viejas lógicas de explotación.

2. El análisis del trabajo de los repartidores

Las plataformas tienen un impacto significativo en el trabajo a pesar de lo que dicen de sí mismas.

Estas empresas rechazan cualquier responsabilidad sobre todos aquellos que trabajan a través de su infraestructura digital, considerándolos trabajadores autónomos a los que proporcionan las herramientas de la plataforma para realizar su trabajo.

Así, estas plataformas, clasificables como lean, pueden vender la promesa de nuevas oportunidades laborales, sin jefes ni jerarquías empresariales y, sobre todo, capaces de garantizar la máxima flexibilidad y autonomía.

Este imaginario, que se resume en la etiqueta de lean, se ve cuestionado por las luchas de los trabajadores de las plataformas. En el caso del reparto de comida a domicilio, las luchas de los riders han sacado a la superficie las dinámicas de explotación que ocultan las plataformas y han empujado a los responsables políticos y a otros actores institucionales a intervenir para contener las consecuencias negativas que conlleva la expansión del llamado gig work.

Marrone añade a las luchas de los repartidores de comida a domicilio algunas reflexiones teóricas para reforzar la tesis de que este sector es central para entender el funcionamiento del capitalismo digital.

Como ya hemos mencionado, la inclusión de plataformas en sectores tradicionalmente asociados a la economía informal como el reparto de comida no es casual.

Tampoco se trataría del primer intento de organizar este tipo de servicios a gran escala. De hecho, Marrone cita el ejemplo de los dabbawalas de Bombay, que ya organizaban el reparto de comidas a las oficinas de la metrópoli india durante la dominación británica de la India.

La novedad que aporta la plataforma no está, por tanto, en el negocio innovador, sino en la capacidad de organizar a gran escala actividades típicamente informales, fragmentadas y muy extendidas en los contextos urbanos.

Esta relación entre plataformas y economía informal plantea la cuestión de la relación entre las esferas formal e informal de la economía. En las teorías económicas clásicas, la economía informal se consideraba un remanente de las condiciones de subdesarrollo destinado a desaparecer con la expansión global del capitalismo.

El desarrollo del capitalismo ha ido en otra dirección desde el auge de la globalización, lo que ha provocado un aumento de las tasas de trabajo informal tanto donde ya estaba presente, como en la India, como en las economías occidentales. Esto se debe a que el empleo de mano de obra informal conlleva una reducción de los costes y, en consecuencia, es una palanca clave en la competencia económica mundial, además de ser, como ya se ha mencionado, un refugio para obtener apoyo material para las personas socialmente vulnerables y marginadas en el mercado laboral.

La frontera entre la economía formal y la informal, por tanto, no está definida y la expansión del capitalismo convierte a la economía informal en un terreno ideal para su expansión.

Las plataformas digitales, según este análisis, se dedican a formalizar las actividades informales mediante la digitalización de la producción.

La digitalización, dice Marrone, no es una simple traducción mecánica en clave digital de los modos de ejecución de estas actividades informales, porque es una forma de absorberlas dentro de los circuitos capitalistas de valorización, expandiendo sobre ellas la lógica de control típica de la industria capitalista.

En definitiva, nos encontramos ante un proceso de acumulación digital que utiliza las tecnologías para absorber el valor generado por la economía informal y de esta forma impedir que las personas empleadas en estas actividades puedan acceder a ellas libremente.

Así, la perspectiva de Marrone nos lleva a leer el auge de las plataformas como el resultado de un proceso de expansión del capital que pretende la valorización de piezas de la economía hasta ahora al margen de sus intereses. Las plataformas son una de las vías más importantes utilizadas por el capital para innovar y seguir acumulando riqueza.

De ahí que se retome el concepto marxiano de acumulación y se vincule al de acumulación digital. El argumento ya ha sido retomado por una amplia literatura postcolonial que afirma que la acumulación originaria no es un fenómeno confinado a la prehistoria del capital, sino que se repite cíclica y continuamente durante el desarrollo del capitalismo.

A este respecto, Marrone cita a Sanyal, quien se detiene en la dialéctica marxiana existente entre las fases de producción e intercambio de mercancías que Marx discute en los Grundrisse y que luego retoma en los análisis del funcionamiento de los procesos de acumulación en los que se subraya cómo la esfera del intercambio, es decir, la lógica del funcionamiento del mercado, imparte una presión sobre la producción que, por un lado, empuja a intensificar la producción y, por otro, se expande hacia nuevas esferas hasta entonces excluidas de la producción con el fin de aumentar la diversidad de las mercancías vendidas.

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Huelga de repartidores en Grecia en septiembre 2021. Lograron conquistar contratos por tiempo indeterminado

Esta dinámica se desencadena especialmente en fases de crisis en las que emerge el bloqueo de la producción, empujando al capitalismo a mirar hacia sus márgenes para superar sus límites.

Sanyal afirma que es precisamente en las fases en las que las prácticas comunes de producción e intercambio encuentran obstáculos insuperables cuando el capitalismo mira con interés hacia los espacios precapitalistas de la economía.

Lo que antes se ignoraba o se consideraba una reserva para encontrar mano de obra y recursos baratos, es decir, la economía informal, ahora se convierte en un elemento central para superar la crisis.

Esto crea una situación paradójica: en tiempos de crisis, cuando los trabajadores necesitan acceder a fuentes de ingresos alternativas para su subsistencia, estas fuentes de ingresos son absorbidas por el capital para sus necesidades de expansión. La crisis, por un lado, bloquea la producción, mientras que, por otro, genera las condiciones necesarias para la expansión a partir de la formación constante de una superpoblación laboral, es decir, de un ejército industrial de reserva capaz de dar al capital el margen de maniobra necesario para innovar y superar las dificultades impuestas por el bloqueo de la producción.

En correspondencia con las crisis del capitalismo encontramos expansiones exponenciales de los procesos de acumulación que, mediante el uso de la máquina estatal de gobierno, consiguen siempre redibujar la frontera entre la economía formal y la informal.

El resultado es la expansión del capitalismo en detrimento de las formas de organización precapitalistas que reducen los márgenes de subsistencia de los individuos obligándoles a aceptar condiciones salariales y laborales cada vez peores. Una vez abordados estos argumentos marxianos, Marrone analiza el funcionamiento de la acumulación digital.

En primer lugar, hay que entender que el proceso de digitalización de sectores como el reparto de comida tiene más que ver con la concentración de capital necesaria para formalizar el sector que con el potencial de las tecnologías digitales.

La capacidad de las plataformas para atraer inversión financiera está detrás del auge de plataformas como la de reparto de comida. Sin embargo, observando los datos del mercado italiano entre 2016 y 2018, vemos que existen contradicciones en la relación entre los ingresos de explotación, las pérdidas y las inversiones de los accionistas.

En el periodo considerado, los costes de gestión se duplicaron, pero la mayoría de las plataformas cerraron el año con pérdidas, incluso con un saldo inferior al del año anterior. A pesar de ello, los fondos de los accionistas aumentaron continuamente de forma significativa.

Esta contradicción es sólo aparente y se explica por la existencia de una fase inicial de acumulación de las plataformas en la que se comprometen a invertir para crear las condiciones necesarias para poder operar. Además, la mayor parte de los gastos no proceden de inversiones en tecnología y desarrollo ni de salarios, sino de gastos de marketing y publicidad, lo que confirma la hipótesis de Marrone.

Estamos dentro de una estrategia que ya hemos visto en otros lugares, a saber, crecer antes que obtener beneficios. Las plataformas que ahora compiten entre sí están destinadas a reducirse porque sólo unas pocas alcanzarán la fase de beneficios en una situación de cuasi monopolio.

El mercado del reparto de comida es muy competitivo y empuja a las empresas a conquistar espacios de mercado cada vez mayores favoreciendo un proceso de centralización cada vez mayor del capital a expensas de la regulación económica tanto en el ámbito laboral como en el de la redistribución fiscal, pero también mediante adquisiciones multimillonarias de posibles competidores.

Todo esto explica, dice Marrone, tanto la adquisición de Foodora por Glovo en otoño de 2018 como el balance positivo de Just Eat en el mismo año, lo que la convierte en la única plataforma en Italia que obtiene beneficios. En consecuencia, incluso en Italia en la entrega de alimentos hemos llegado a una fase oligopolística que obliga a las plataformas a movilizar muchos recursos para alcanzar y mantener la extensión de sus redes.

El vínculo con el capital financiero, además de ser fundamental para el auge de las plataformas y su deriva hacia una situación de oligopolio, también repercute en la dimensión organizativa del servicio. En efecto, existe un vínculo entre la financiarización del capital y la precarización del trabajo.

Las empresas, con el objetivo de atraer inversiones, acaban adoptando modelos organizativos acordes con las exigencias del mercado que favorecen el empleo masivo de mano de obra precaria.

Marrone muestra cómo las cuatro mayores plataformas de reparto de comida son capaces de atraer inversiones de grupos financieros como JPMorgan, Deutsche Bank o Intesa Sanpaolo. Éstos contribuyen a asegurar una posición que permite a la plataforma sobrevivir, pero para responder a los intereses de dichos accionistas, tienen que intensificar su lucha por conquistar nuevos espacios de mercado y adoptar opciones organizativas específicas.

Surge así una competencia basada en la compresión de los costes laborales y en un perfil autoritario en lo que respecta a las relaciones laborales, lo que conduce a concentraciones crecientes de capital y a la valorización de figuras del mercado laboral hasta entonces marginales.

Marrone para apoyar estas afirmaciones nos muestra cómo la imagen del repartidor, propuesta por las plataformas es falsa. No estamos ante una actividad predominantemente accesoria, ya que las pruebas empíricas, es decir, el 17º informe anual del INPS, demuestran que los repartidores son en su mayoría jóvenes y que la mayoría relativa de ellos, es decir, el 34%, utiliza este trabajo como principal fuente de subsistencia.

Más recientemente, sabemos que tras una fase inicial en la que la mayoría de los trabajadores de estas plataformas eran jóvenes italianos, hoy en día la composición se desplaza cada vez más hacia el empleo de trabajadores inmigrantes.

Esta dinámica depende de las condiciones sociales producidas por la crisis económica de 2007-2008 y la siguiente década de austeridad, que pusieron a disposición de estas plataformas una importante porción de mano de obra precaria que organizar para explotar sus vulnerabilidades sociales, afirma Marrone.

Esto ha dado lugar a casos atroces como la incautación de una empresa como Uber Eats por extorsión digital por la forma en que reclutaba mano de obra inmigrante entre los solicitantes de asilo.

Estos empleos conservan su atractivo por dos razones. La primera es su relativa sencillez y la segunda, especialmente para los inmigrantes, es la posibilidad de superar las barreras lingüísticas.

Marrone sostiene que el uso de las tecnologías digitales permite expandir las plataformas en el contexto urbano y condicionar el gobierno y la regeneración de su propio ejército industrial de reserva. Sin embargo, la tendencia puesta en marcha por las plataformas de sustituir la fuerza laboral italiana por fuerza laboral migrante tiene razones que hunden sus raíces en los mecanismos de acumulación propios de estas empresas.

La generación constante de una superpoblación de mano de obra y su diferenciación mediante una rápida rotación son fundamentales tanto para la acumulación de las plataformas como para el uso de este excedente como herramienta de gestión de la mano de obra.

Las plataformas necesitan crear un entorno favorable para operar. Para lograrlo, bombardean a los clientes potenciales con publicidad dirigida, contactan con los restaurantes con agentes de promoción en el territorio para captarlos en las primeras fases de su ascenso y, por último, atraen a los trabajadores con salarios por hora decentes.

De este modo, la plataforma se implanta en la ciudad y establece una relación de dependencia, sobre todo con los restauradores, que lleva gradualmente a la coterminación del trabajo de pago por hora a pago por entrega. Esta fase coincide con la sustitución de la mano de obra inicial de trabajadores precarios y estudiantes por inmigrantes que, a falta de alternativas, permanecen anclados a la relación de dependencia con la plataforma.

De esta manera, la plataforma se establece en la ciudad e instaura una relación de dependencia, en particular con los propietarios de restaurantes, que lleva progresivamente a un trabajo a destajo, pasando del pago por hora al pago por entrega. Esta fase coincide con la sustitución de la fuerza laboral inicial, compuesta por trabajadores precarios y estudiantes, por migrantes que, en ausencia de alternativas, quedan atados a la relación de dependencia con la plataforma.

La digitalización del trabajo, por tanto, ha conducido efectivamente a una formalización de los servicios de reparto de comida, pero ha producido pocos beneficios para los trabajadores, ya que las características de pobreza e inseguridad típicas del trabajo informal permanecen y se ven amplificadas por las opciones organizativas de las plataformas.

El proceso de producción puesto en marcha por las plataformas de reparto de alimentos elude el marco jurídico actual. Los abogados laboralistas nos dicen que el uso de las tecnologías digitales permite la coordinación a gran escala de los servicios de reparto, manteniendo al mismo tiempo un margen de flexibilidad que permite a las plataformas eludir las protecciones laborales porque califican la relación laboral como de naturaleza autónoma.

De este modo, los riders quedan excluidos de todas las protecciones laborales y extra-laborales, ya que no pueden acceder a las protecciones laborales. Los riders, por lo tanto, están excluidos de todos los beneficios de una condición laboral formalizada y, al ser autónomos, se enfrentan a un empleo eventual, a salarios no decentes y están privados de derechos de representación.

Inicialmente, como ya hemos mencionado, durante la fase de desarrollo de las plataformas de reparto de comida, se utilizaban contratos de proyecto para garantizar el acceso a un nivel mínimo de cotizaciones, pero rápidamente la norma pasó a ser la colaboración ocasional o, si se superaba el límite anual de 5000 euros, la apertura de un número de IVA.

El ciclista acaba expuesto a la presión de las plataformas, así como a los riesgos de trabajar en la carretera. No es casualidad que las primeras luchas de estos trabajadores, como las de Bolonia analizadas por Marrone, comenzaran reclamando protección en caso de accidente.

Esta situación es posible gracias a la progresiva precarización del mercado laboral, que las plataformas aprovechan perfectamente y, de hecho, amplifican estos procesos al llevarlos a contextos en los que estaban ausentes.

Un elemento clave para que todo esto funcione es la descripción de las plataformas como infraestructuras tecnológicas desprovistas de cualquier responsabilidad sobre las transacciones que tienen lugar en ellas. Las plataformas proponen una narrativa según la cual no extraen valor del trabajo de los repartidores, sino que simplemente ofrecen un servicio que permite al repartidor realizar de forma independiente el servicio de entrega.

De este modo justifican ante las instituciones y los trabajadores la ausencia de protecciones laborales.

Esta retórica también se alimenta y encuentra legitimidad haciendo pasar el trabajo a destajo por un formidable elemento de meritocracia que recompensa al repartidor más rápido y castiga a los holgazanes, y de esta forma se alimenta la competencia entre los trabajadores por el mercado que ponen a su disposición las plataformas.

Así, por un lado, las plataformas de reparto de comida proponen la idea de que el reparto de comida es una tarea que hay que hacer en el tiempo libre y, por otro, tras atraer a los trabajadores con esta retórica, el repartidor  acaba integrándose en el ecosistema de la plataforma, donde se ejerce presión para aumentar el nivel de implicación del repartidor.

La flexibilidad acaba desapareciendo por la acción del algoritmo de las plataformas, el trabajo a destajo y el ejército de reserva de repartidores en constante expansión. Esta tendencia se confirma con la transición de muchas plataformas de reparto de comida a domicilio hacia el free login, es decir, hacia la superación de la organización del trabajo por turnos permitiendo a los riders el libre acceso al servicio de reparto.

Otro elemento en el que se centra Marrone es la capacidad de las plataformas para concentrar la riqueza en sus manos mientras empujan a los trabajadores a movilizar sus propios recursos en la producción.

En contraste con el capitalismo industrial, los riders no sólo se ven obligados a proveerse de sus propias bicicletas, smartphones y todas las herramientas que necesitan para su trabajo, sino que además tienen que exponerse a riesgos muy importantes, por ejemplo, el de un accidente de tráfico sin contar con ninguna cobertura organizativa.

Una vez aclarado que, para las plataformas de reparto de comida, los repartidores son autónomos, podemos apoyar la idea de que esta condición es muy útil para que el capitalismo satisfaga los impulsos de los procesos de acumulación mediante el uso de tecnologías digitales para intensificar el trabajo.

Permiten organizar el servicio de reparto de forma más eficiente, pero también constituyen la base de nuevas y eficaces herramientas para gobernar la fuerza de trabajo.

Así, las posibilidades que ofrecen las nuevas tecnologías se traducen en un impulso hacia una mayor implicación del repartidor que invierte la narrativa de la flexibilidad en un proceso que hace al trabajador cada vez más funcional a las necesidades de la plataforma.

Por ejemplo, el algoritmo utilizado por las plataformas para organizar el servicio de reparto fragmenta el trabajo en numerosas operaciones que van desde la llegada al restaurante hasta la entrega al cliente y todo ello obliga al trabajador a interactuar constantemente con la aplicación puesta a su disposición por las plataformas.

Estas operaciones se justifican como necesarias para garantizar la salud del repartidor pero, junto con la geolocalización del trabajador, sirven a la empresa para importar de la industria prácticas de control y medición del trabajo.

Además, la fragmentación no sólo hace más eficiente el servicio de reparto sino que, en combinación con el trabajo a destajo, produce robo de salario porque el rider no cobra durante los tiempos de espera, es decir, el tiempo en que espera el pedido, cuando lo recoge para su entrega y también los tiempos que utiliza el trabajador para interactuar con la aplicación.

En este proceso, se recogen constantemente datos sobre el rendimiento laboral, lo que constituye la base de información necesaria para que funcionen los mecanismos de clasificación de los trabajadores. De hecho, el trabajo de los riders está condicionado por una puntuación que es el resultado de la rapidez de los tiempos de entrega, la fiabilidad del rider y la disponibilidad para trabajar los fines de semana, es decir, cuando la demanda de trabajo es mayor para las plataformas.

Esto es lo que obviamente conocen los repartidores, porque Marrone sostiene que también puede haber bajadas repentinas e inmotivadas en las estadísticas determinadas por indicadores ocultos y arbitrarios o incluso represalias punitivas. Estas puntuaciones provocan dos efectos en los pilotos. El primero es una presión directa que produce una fuerte intensificación del servicio de reparto. Los repartidores informan de que la aplicación les alerta para que insten a reanudar el trabajo en caso de ralentización del reparto, ya sea debido a un accidente o si hay voluntad por parte del repartidor de tomarse un breve descanso.

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Lucha de los repartidores en Nueva York en 2022. Se calcula que en esta ciudad hay más de 65,000 repartidores. Crédito: Edwin Martínez/ Impremedia 2022

A veces son los propios repartidores, indirectamente instados por las plataformas, los que aceleran los tiempos de entrega para mejorar su posición en el sistema de clasificación de la empresa o porque necesitan ganar más dinero y al ser pagados a destajo necesitan alcanzar el mayor número de entregas en su turno que suele limitarse a 4 horas.

La jerarquización producida por las plataformas conduce a un estrecho vínculo entre las posibilidades de ganar dinero y la disposición del conductor a ofrecer un rendimiento intensificado, descargando en los conductores todos los riesgos que ello conlleva.

El segundo efecto generado por el ranking es el aumento de la disponibilidad de trabajo ofrecida por el rider a las plataformas para mejorar su posición. La mejora del ranking, de hecho, permite tener prioridad en la elección del turno en algunas plataformas de reparto de comida.

Los de abajo, en cambio, deben conformarse con los turnos restantes, que son los menos rentables, o intentar obtener algunos turnos dejados por otros repartidores y puestos a disposición por el sistema. Este mecanismo hace que los turnos más rentables queden sólo en manos de los que están mejor posicionados en el sistema de clasificación y dificulta que los de abajo se pongan al día.

La consecuencia lógica es que el repartidor se ve obligado a planificar toda su existencia en torno a las necesidades de producción de la plataforma. Por esta razón, se ven obligados a renunciar a su tiempo libre durante el fin de semana. Para evitar un peligroso descenso de categoría, tienen que interactuar en tiempo real con las notificaciones de la plataforma u optar por operar en zonas periféricas de la ciudad donde hay menos competencia.

La retórica del trabajo a destajo queda completamente desmoronada por una realidad en la que las plataformas sólo recompensan a quienes son capaces de garantizar la continuidad en su trabajo y desalientan a quienes no pueden hacerlo, hasta el punto de expulsarlos de la plataforma.

La eficacia de este sistema algorítmico de control y clasificación no sería posible sin el trabajo a destajo. El uso de las nuevas tecnologías tiene sentido por la capacidad de las plataformas de escapar a las regulaciones económicas tradicionales.

El trabajo a destajo da la ilusión de recompensar al repartidor merecedor de un salario más alto y castigar al repartidor holgazán, lo que lleva al trabajador a interiorizar el impulso hacia la intensificación constante del rendimiento laboral, con el resultado de tener un repartidor que para entregar la comida al cliente en el menor tiempo posible está dispuesto a aceptar todos los riesgos asociados porque tiene que aumentar su salario y mejorar su posición en el ranking.

Al mismo tiempo, la plataforma descarga todos los costes de asignación de pedidos y tiempos de espera en el repartidor y garantiza también la plena participación del trabajador.

El sistema de incentivos a la entrega, utilizado a menudo en condiciones meteorológicas adversas o en caso de huelga, explica Marrone, facilita la gestión de la mano de obra.

Esta gestión de los trabajadores recuerda a las fábricas observadas por Marx, donde se contrataba a más trabajadores de los necesarios, pero se les pagaba en función del trabajo realmente realizado.

Del mismo modo, las plataformas de reparto de comida incorporan mano de obra que no cobra si no recibe pedidos. De hecho, en cada turno los algoritmos, en base a las estadísticas acumuladas, son capaces de determinar la mano de obra necesaria y si no es suficiente, se encargan de comunicar al resto de trabajadores asociados a la plataforma la posibilidad de trabajar, así como de utilizar la herramienta de bonificación por cada entrega realizada.

De esta forma, el repartidor que se ve en la situación de tener que rechazar una entrega o tener que abandonar su turno está constantemente presionado por este excedente de trabajadores siempre dispuestos a tomar el relevo y empujarle al límite de la plataforma.

Este sistema, además, permite a las empresas distribuir la carga de trabajo según su conveniencia para evitar que el sistema de clasificación produzca un núcleo estable de trabajadores con un poder de negociación potencial y peligroso.

Otro problema del trabajo a destajo analizado por Marx es su capacidad para generar la proliferación de parásitos entre capitalista y trabajador a través del subarriendo de mano de obra. No es casualidad que en estas plataformas haya surgido el fenómeno de la caporalización digital, es decir, que las cuentas mejor valoradas se subarrienden a repartidores ocasionales a cambio de parte de sus ganancias.

El proceso de cooptimización, sin el cual, reiteramos, el sistema no podría avanzar, se introdujo gradualmente y demostró a los riders que esta modalidad de trabajo era más rentable. Con el tiempo, sin embargo, la rentabilidad de la remuneración fue disminuyendo una vez alcanzado un número suficiente de riders dentro de la plataforma.

Un ejemplo de este fenómeno es la tarifa dinámica de Deliveroo, que es un modo de pago a destajo que no incluye una tarifa fija por entrega. De hecho, la remuneración se calcula en función de la distancia, el tiempo empleado y la productividad global del turno.

En este punto, Marrone analiza cómo se utilizan las tecnologías en el reparto de comida. En lugar de ampliar los márgenes de seguridad y participación de los trabajadores, son expresión de una relación autoritaria entre plataformas y repartidores. Esta relación también se extiende a la forma en que estas empresas recopilan datos.

Los usuarios, como los conductores de Uber, pasan una parte sustancial de su tiempo de trabajo interactuando con la aplicación de la empresa, produciendo datos que son catalogados y archivados por la plataforma. Se trata de información vital para entender cómo funciona la economía urbana que las empresas en cuestión guardan celosamente.

Estos datos producidos por los repartidores durante el servicio de reparto podrían socializarse para hacer las entregas menos arriesgadas, en cambio se utilizan para extender los mecanismos de control sobre los trabajadores.

De hecho, además de ser indispensables para el funcionamiento del sistema de clasificación, los datos del trabajo de los riders, pensemos en los datos de geolocalización, se utilizan con fines de vigilancia.

En lugar de ayudar al repartidor a recorrer la ruta más rápida, la geolocalización sirve para tener una vigilancia constante que no se limita al rendimiento laboral, sino que se extiende también al tiempo en que el repartidor no está de servicio.

La vigilancia ejercida por las plataformas se hace explícita con el fenómeno de la desconexión como medida punitiva en caso de incumplimiento del código ético firmado por el rider para tener una cuenta operativa. En el mejor de los casos es temporal pero también puede ser definitiva y a menudo es hija de denuncias de restauradores o clientes que también pueden serlo de discriminación racial o de género.

La desconexión también sirve, en combinación con la elevada rotación y la falta de acceso a las herramientas tradicionales de representación, para crear un clima desfavorable para la organización sindical de los trabajadores.

Sin embargo, esta amenaza no ha servido para detener las luchas de los repartidores, que con el tiempo han estallado en todo el planeta.

3. Las luchas sindicales de los repartidores

Las movilizaciones de los repartidores han puesto al descubierto la explotación oculta tras la retórica de las plataformas, pero tal empresa no ha sido nada fácil porque estos trabajadores han tenido que superar las dificultades que plantean el sistema de clasificación, el trabajo a destajo y la falta de acceso a los instrumentos tradicionales de representación.

Sin embargo, a pesar de la fuerte hostilidad de las empresas, asistimos a un aumento constante de la conflictividad en el sector del reparto de comida a domicilio.

Por estas razones, dichas luchas, además de revelar la explotación inherente a su trabajo, representan una clara contratendencia frente a un escenario global marcado por una regresión del movimiento sindical.

Marrone afirma que, a primera vista, los riders son el emblema del trabajo precario al que se niega tanto un salario digno como la posibilidad de organizarse para mejorar sus condiciones.

Los riders, al ser considerados autónomos, están a la vez a merced de la organización del trabajo impuesta por las plataformas y se les impide acceder a los derechos tradicionales de representación.

Esto genera un círculo vicioso de denegación de derechos, salarios cada vez más bajos y altos niveles de rotación. Todas estas son condiciones que dificultan la posibilidad de organizarse y oponerse a dicho mecanismo. Por eso muchos han calificado a estos trabajadores de inorganizables.

Sin embargo, precisamente donde no lo esperaríamos, están surgiendo experiencias que pretenden no sólo contrarrestar la explotación practicada por las plataformas, sino también los resultados de procesos de precarización laboral de larga duración. El desmantelamiento de las protecciones laborales tradicionales no ha hecho más dócil a la mano de obra; al contrario, los trabajadores nunca han dejado de exigir mejores condiciones de trabajo y han hecho de su experiencia de no estar organizados un laboratorio de experimentación sindical del que pueden nutrirse incluso los sindicatos tradicionales.

Así que podemos decir que luchas como las de los repartidores son un intento de resistir a la tendencia del capitalismo a valorizar sus márgenes. La lucha de los repartidores boloñeses reunidos en torno a la Riders Union Bologna debe leerse en este sentido.

Marrone traza el nacimiento de este sindicato no con la intención de presentar un modelo a seguir, sino para describir cómo este fragmento de una lucha global contra las plataformas de reparto de comida ha permitido a cientos de trabajadores levantar la cabeza y luchar por sus derechos. Esta experiencia nació en otoño de 2017 de un grupo de diez riders que trabajaban con tres de las principales plataformas de reparto de comida presentes en Bolonia en ese momento, a saber, Foodora, Just Eat y Deliveroo, que decidieron reunirse semanalmente para abordar todas las cuestiones relacionadas con su empleo.

Esta decisión se vio impulsada por las protestas de los repartidores que estallaron en toda Europa en aquel momento y que también llegaron a Italia, en concreto a la ciudad de Turín. Aquí, en el otoño de 2016, estalla una de las primeras huelgas italianas de repartidores que terminó con el despido de cuatro trabajadores, quienes respondieron con una demanda legal que duró cerca de dos años y concluyó a su favor.

También en esta ciudad se celebró en otoño de 2017 la primera asamblea nacional de repartidores en la que se formó el primer núcleo de Riders Union Bolonia. Estaba formado no solo por trabajadores, sino también por solidarios, es decir, estudiantes, activistas e investigadores de la ciudad.

Estos datos nos muestran cómo es posible hacer frente a la inorganización de los repartidores, a saber, mediante la construcción de una coalición urbana que vea la agregación en torno a su disputa de diferentes figuras capaces de reconocer el vínculo entre la explotación de los repartidores y una condición estructural profundamente arraigada que va más allá del capitalismo de andén.

Gracias a esta contribución, Riders Union Bolonia crece y construye la base para iniciar su actividad sindical en un contexto de fuerte hostilidad por parte de las plataformas. La coalición urbana no sólo permite a los repartidores obtener espacios en los que reunirse o herramientas para llevar a cabo sus luchas, sino que también aporta experiencia y conocimientos útiles para elaborar soluciones eficaces que permitan superar los obstáculos construidos por las plataformas y poner en marcha procesos organizativos.

Todo ello se traduce en la capacidad de llegar a todos los repartidores activos en la ciudad, dispersos en la metrópoli y sujetos a una rápida sustitución debido a la continua rotación, mediante el reparto de octavillas frente a los restaurantes, lo que permite aprovechar el tiempo de espera de los repartidores para entrar en contacto con ellos e informarles así del nacimiento del sindicato.

Este proceso se ve facilitado por la concentración de restaurantes en el centro de la ciudad, a diferencia de lo que ocurre en metrópolis como Roma y Milán, lo que lleva espontáneamente a la formación de grupos de repartidores en las plazas.

La tendencia inicial de Riders Union Bolonia no es realizar actividad sindical, sino construir un grupo de ayuda mutua apoyado por grupos de Whatsapp en los que se abordan colectivamente problemas relacionados con accidentes, análisis de mecanismos de pago o impuestos o el aprendizaje de cómo interactuar con la app de la plataforma.

Estas actividades se intercalan con salidas nocturnas y paseos dominicales en bicicleta con el objetivo de formar la identidad del grupo. Por tanto, podemos decir, utilizando las palabras de Marrone, que los primeros núcleos organizados de repartidores están tomando forma entre las necesidades que surgen de la extracción de las plataformas.

La progresiva estructuración de la red solidaria de repartidores avanza paralelamente a la afirmación en el contexto boloñés de las plataformas de reparto de alimentos, con la consecuencia de producir una reducción de los salarios e introducir el trabajo a destajo.

Estos procesos dan lugar a una resistencia por parte de los repartidores que empiezan a pensar en cómo oponerse a las decisiones de las plataformas. En este punto, el “movimiento se mira a sí mismo” y empieza a enfrentarse a la formación de una identidad colectiva totalmente diferente de la que les han construido las plataformas.

Otro elemento subrayado por Marrone es la naturaleza informal de la estructura sindical que está tomando forma, que es resultado de la imposibilidad de estos trabajadores de acceder a las herramientas tradicionales de representación y también del alto nivel de rotación de los trabajadores, responsable del continuo reemplazo de la fuerza laboral.

Ello impide la posibilidad de construir núcleos estables para llevar a cabo la acción sindical. Así, la elusión de las normas por parte de las plataformas empuja a los repartidores a adoptar prácticas de organización informales.

De este modo, se crea una organización porosa que puede ser atravesada por cualquiera para activar una amplia participación en las iniciativas sindicales.

El sindicato acaba estructurándose en dos niveles. En el primero participan los dirigentes de las plataformas individuales y se discuten los problemas específicos relacionados con su trabajo, mientras que, en el segundo, organizado a escala de toda la ciudad, se discuten estrategias y prácticas de acción común. Esta articulación permite reforzar el arraigo desde los núcleos individuales de las plataformas con la intención de llegar al mayor número posible de repartidores sin renunciar, no obstante, a centrarse en el espacio metropolitano en el que operan.

La consecución de estos objetivos se ve obstaculizada, además de por la mencionada rotación, por una estructuración del espacio urbano como una cadena de montaje en la que el servicio realizado por los repartidores se fragmenta en microtareas que aumentan tanto los niveles de presión como de vigilancia.

El resultado es la marginación de quienes no están dispuestos a aceptar tales condiciones de trabajo. Para evitar la escasez de trabajadores, las plataformas adoptan prácticas salvajes de contratación que satisfacen tanto las necesidades de producción como las de gestión de la mano de obra mediante la presión de un ejército de reserva construido por las plataformas.

El proceso de sindicación también encuentra diferentes obstáculos basados en registros culturales que varían en función de las subjetividades encontradas al trabajar para la plataforma. Algunos se desaniman debido a la interpretación del trabajo de reparto como una tarea. Al tratarse de un trabajo temporal, no tiene sentido que participen en este tipo de luchas.

Por otra parte, los que obtienen su principal fuente de ingresos anuales de este trabajo temen la desconexión y esto actúa como elemento disuasorio de la lucha sindical.

Estas dificultades no impiden que los repartidores luchen; al contrario, acaban derribando los propios dispositivos de mando de las plataformas, como las tecnologías digitales utilizadas habitualmente para controlar e intensificar el trabajo de los repartidores.

En Bolonia, sobre todo al principio, las plataformas utilizaban la mensajería colectiva para coordinar la flota de riders. Esta herramienta permite la comunicación instantánea con los trabajadores durante su servicio y, de este modo, las plataformas concentran a toda la plantilla.

Este proceso permitió a los activistas comunicarse con toda la flota, facilitando la labor de los activistas sindicales. Junto a los chats de empresa, nacieron así los chats de sindicalistas, fundamentales para el nacimiento de Riders Union Bolonia. El detonante del conflicto, sin embargo, dice Marrone, es el mal tiempo, que saca a relucir la oposición entre repartidores y plataformas.

Cuando llueve o nieva, los trabajadores se ven obligados a realizar sus actividades sin el equipo adecuado, sin primas y sin protección contra accidentes, mientras que, por otro lado, en esas épocas las plataformas reciben un pico de demanda y un salto en los beneficios.

La cuestión de las lesiones y sus consecuencias se convierte en la reivindicación fundamental en torno a la cual se articula la experiencia de Riders Union Bologna. Los repartidores analizan las lesiones más allá de la falta de protección del seguro. Repartir comida en la calle es un trabajo arriesgado, pero estos riesgos potenciales se ven amplificados por el sistema de clasificación y trabajo a destajo de las plataformas y, además, sufrir una lesión impide al rider encontrar fuentes de ingresos alternativas.

El asunto, por tanto, pone de manifiesto la polarización existente en el seno de las plataformas y la indiferencia ante el problema por parte de las empresas. Las tensiones acumuladas por los riders por estas cuestiones estallaron el 13 de noviembre de 2017 cuando, debido a una nevada que hizo intransitables las calles de Bolonia, se produjo la primera huelga espontánea de estos trabajadores en la ciudad.

En este contexto, los repartidores pidieron a las plataformas que suspendieran su servicio, encontrándose con una negativa tajante salpicada de amenazas de represalias. La respuesta de casi todos los repartidores fue la retirada de la disponibilidad del turno con la consiguiente ralentización del servicio y finalmente su suspensión.

Esta huelga espontánea dio lugar a la creación de la página de Facebook Riders Union Bologna, en la que se dan a conocer las actividades de este sindicato de repartidores. Esta elección, fruto del éxito de la huelga, superó el miedo inicial a utilizar la comunicación social por las represalias de las plataformas tras lo ocurrido en Turín.

Al mismo tiempo, para arraigar en el territorio y gestionar la rotación cada vez más elevada de trabajadores, se pusieron en marcha prácticas de mutualismo que implicaban toda una serie de actividades con el objetivo de resolver las necesidades que las plataformas habían dejado al descubierto.

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Huelga de repartidores (riders) en Barcelona 2019.

Por ejemplo, Riders Union Bolonia promueve el mantenimiento de los vehículos o la comunicación de información laboral crucial a través de talleres autogestionados y tiendas de bicicletas para los repartidores de la ciudad. Esta segunda actividad es muy popular entre los trabajadores porque les permite encontrar bicicletas de repuesto durante su turno, comprar materiales de reparación a precio de coste o compartir conocimientos técnicos mediante cursos de reparación o talleres temáticos organizados por los propios riders.

En definitiva, suplen la falta de formación de las plataformas. La red mutualista se expresa también a través de la apertura de refugios, es decir, lugares de la ciudad puestos gratuitamente a disposición de los repartidores, que de este modo pueden esperar sus pedidos no en plena calle durante los días fríos.

Estas realidades actúan también como puntos de información y ventanillas legales apoyadas por trabajadores solidarios que suplen las carencias informativas de los andenes. Así pues, Riders Union Bolonia, al utilizar los recursos de la ciudad, no sólo facilita el acceso a los servicios mutualistas, sino que también pone en marcha mecanismos de defensa y organización.

Una vez estructurada la organización en la ciudad, da el salto adelante en un intento de superar la exclusión de los repartidores de los instrumentos tradicionales de conflicto. Este camino comienza con la redefinición de la huelga, difícil de aplicar en el contexto del capitalismo de plataforma.

En primer lugar, dice Marrone, por la vigilancia de los usuarios, que acaba desalentando la participación en acciones capaces de desencadenar represalias por parte de la empresa. En segundo lugar, por la forma en que está organizado el servicio. En efecto, las plataformas pueden responder a la huelga de los riders utilizando la sobrepoblación de mano de obra creada por las prácticas salvajes de contratación.

Marrone pone el ejemplo del algoritmo Frank de Deliveroo, que es capaz de estimar la mano de obra necesaria para garantizar el servicio y, en tiempo real, envía mensajes al resto de la flota ofreciendo bonificaciones por entrega.

Estos mecanismos se activan especialmente en caso de huelga, lo que lleva a la empresa a ofrecer bonificaciones crecientes hasta alcanzar una cuota suficiente de repartidores activos. En una situación así, bloquear el servicio se convierte en algo muy complicado y ha llevado a Riders Union Bologna a formular una modalidad de huelga capaz de mantener unidas la suspensión del servicio y la protección de los riders más vulnerables a las represalias de las plataformas.

La huelga puede desarrollarse de dos formas distintas pero complementarias. La primera prevé la no activación de la cuenta en el día de huelga y, en consecuencia, produce una falta de disponibilidad para el turno de trabajo. La segunda aprovecha la posibilidad de intercambio del repartidor individual a través de un rechazo colectivo de los pedidos para hacer colapsar el algoritmo de las plataformas.

Siguiendo esta línea el 23 de febrero de 2018 por primera vez Riders Union Bologna consigue bloquear el servicio de reparto en Bolonia. Las interrupciones del servicio producen respuestas por parte de las plataformas. En noviembre de 2017 la respuesta fue blanda.

Marrone dice que Deliveroo organizó una encuesta entre sus riders para investigar el grado de satisfacción, que fue acompañada de un correo electrónico sobre la atención que la plataforma prestaba a sus empleados. En 2018, la respuesta fue mucho más dura y dirigida a cuestionar el arraigo en la ciudad que había ganado el sindicato informal de riders. Por ejemplo, Marrone vuelve a citar a Deliveroo, que en los días posteriores a la huelga promovió la contratación salvaje activando más de 100 nuevas cuentas de rider.

Esto supone el doble del número de riders activos hasta ese momento. Esta decisión también conlleva la reforma del sistema de asignación de turnos a partir de una división de la flota en tres grupos divididos según el ranking con diferentes prioridades en la elección de los turnos.

Esto significa que los repartidores del último grupo sólo podrán elegir su turno después de que los otros dos grupos hayan expresado sus preferencias.

De esta forma, consiguen obtener un número de turnos insuficiente para cubrir sus necesidades salariales y, gracias al diferente rendimiento de los turnos en comparación con el sistema de clasificación de las plataformas que premia los turnos de fin de semana, haciéndolos más atractivos, se encuentran en una situación de clasificación baja de la que es difícil salir aumentando sus puntos, con el riesgo de ser progresivamente marginados en la plataforma y finalmente expulsados.

Muchos de los repartidores que han participado en la huelga se encuentran en el tercer grupo y, a pesar de que la empresa justifica la elección por necesidades de producción, está claro que el objetivo es socavar los márgenes de acción de Riders Union Bologna.

Estas elecciones han aumentado las tensiones entre trabajadores y plataformas, como también demostró el caso de la ocupación de la sede de Deliveroo por parte de riders en Turín y Milán el 13 de abril de 2018 que culminó con el desalojo por parte de la policía, pero también dejó clara la asimetría de poder que tenían que desafiar como trabajadores.

Esto impulsó a los repartidores a cambiar su estrategia. No basta con hacer huelga, es necesario influir en la opinión pública para que los actores políticos y económicos se pongan de su lado y presionen a las plataformas.

Traducción nuestra


*Redacción de Collettivo le Gauche

Fuente original: Collecttivo le Gauche

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