Khalil Harb.
Ilustración: The Cradle
29 de abril 2024.
Ante la presión nacional e internacional por el ataque israelí a Gaza, respaldado por Estados Unidos, la administración Biden parece dispuesta a arrojar a Netanyahu bajo el proverbial autobús.
En Gaza ha surgido un escenario metafórico de «rehenes«, centrado en el primer ministro Benjamin Netanyahu, cuyo futuro político se está trocando a un precio político muy alto.
Aunque no está detenido físicamente, Netanyahu está encadenado por una situación compleja desde la Operación Inundación Al-Aqsa del 7 de octubre, cuando grupos de la resistencia palestina tomaron cautivos a cientos de soldados y civiles como moneda de cambio.
Esa operación y el brutal asalto posterior de Israel a Gaza han atrapado a Netanyahu en un atolladero político y estratégico, complicando a diario su posición y socavando sus objetivos bélicos.
En el plano internacional, la imagen de Israel, cuidadosamente construida, ha entrado en la categoría de paria, ya que las acusaciones de «genocidio«, «crímenes de guerra» y «apartheid» vuelan libremente por los edificios de las capitales mundiales y en las protestas callejeras masivas. Se trata de un lenguaje que señala una derrota estratégica para Tel Aviv, en absoluto la «victoria militar» que Netanyahu había prometido a sus electores y aliados.
Dimisiones y repercusiones
Tras siete meses de agresión desproporcionada contra Gaza, principalmente civil y densamente poblada, las perspectivas del primer ministro israelí de obtener s beneficios estratégicos de nuevas acciones militares son cada vez menores.
Incluso sus intentos de pivotar hacia logros políticos –como acuerdos de alto el fuego y grandes pactos– están plagados de riesgos considerables para su tambaleante coalición gubernamental.
Hoy, la amenaza de Netanyahu de invadir Rafah, la zona más meridional de Gaza donde más de un millón de palestinos desplazados buscan ayuda, podría atrincherarle aún más en la crisis o precipitar su caída política.
Las malas noticias siguen llegando. La dimisión la semana pasada del jefe de la Inteligencia Militar de Israel, Aharon Haleva, por fallos relacionados con el 7 de octubre, es señal de una crisis nacional más amplia a punto de desencadenarse. Informes de Yedioth Ahronoth sugieren que también se espera la dimisión de otros altos cargos militares y de seguridad.
El efecto dominó de la dimisión del jefe de la inteligencia militar podría producirse pronto, incluyendo también al Jefe del Estado Mayor, informó el diario hebreo.
A pesar de su entusiasmo por el derramamiento de sangre palestina, la opinión pública israelí, como reflejan diversas encuestas de los últimos meses, responsabiliza abrumadoramente a Netanyahu y a su gobierno de los fracasos, ahora evidentes, de la guerra. Este sentimiento se ve agravado por la incapacidad del otrora proclamado «ejército invencible» para conseguir la liberación de ninguno de los cautivos israelíes retenidos en Gaza por la resistencia palestina.
El escritor e historiador israelí Yuval Harari afirma en un reciente artículo de Haaretz que «la ruinosa política del gobierno de Netanyahu tras el 7 de octubre ha puesto a Israel en peligro existencial».
Con las elecciones estadounidenses a la vuelta de la esquina, el presidente Joe Biden intenta adoptar la postura de un «pacificador» que evitó una catástrofe mayor en Gaza, redimiéndose del descarado apoyo militar y político de Washington al genocidio al forzar una frágil tregua en Rafah.
La guerra de Tel Aviv en Gaza ha dejado magulladuras por toda la administración Biden y sus aliados occidentales. Ahora calculan que una invasión de Rafah no producirá resultados diferentes de las invasiones israelíes del norte y el centro de Gaza.
Rumbo de colisión con EEUU
Al iniciarse la cuenta atrás electoral en Estados Unidos, los ya bajos índices de popularidad de Biden se ven aún más erosionados por las imágenes de protestas estudiantiles masivas en prestigiosas universidades estadounidenses de todo el país –casi 80 campus en el momento de escribir estas líneas-.
Al igual que los movimientos de oposición estudiantil estadounidenses a gran escala durante la guerra de Vietnam y el apartheid sudafricano, estas universidades tienen una larga tradición de desafiar las políticas del Estado profundo.
Esencialmente, las opciones de Biden se reducen a dos: El presidente estadounidense puede utilizar la diplomacia internacional para influir en la política israelí y aliviar al mismo tiempo las presiones internas, o puede centrarse en mantener su viabilidad electoral en medio de una escalada de la disidencia en su país.
El primer enfoque requiere adoptar una postura firme contra la inminente invasión israelí de Rafah, sólo posible ejerciendo una presión significativa sobre Netanyahu, lo que probablemente tensará las alianzas de este último dentro de la coalición de extrema derecha israelí.
Destacados dirigentes de extrema derecha, como el ministro de Finanzas, Bezalel Smotrich, y el ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben-Gvir, ya han manifestado su disposición a desestabilizar el gobierno de coalición por desacuerdos. Esto podría desencadenar disputas entre facciones dentro del partido Likud, en particular con las facciones extremistas como los partidos Poder Judío y Sionismo Religioso.
Las tensiones tienen su origen en los acuerdos de coalición que Netanyahu consiguió para formar gobierno en diciembre de 2022, que incluían polémicas reformas judiciales y agresivas políticas de asentamientos en la Cisjordania ocupada.
En la actualidad, la vacilación de Netanyahu a la hora de proceder a una ofensiva a gran escala en Rafah y su apertura a una tregua y a negociaciones políticas –impulsadas por Washington y apoyadas por muchos Estados occidentales y algunos árabes– podrían alienar a los elementos de línea dura de su gobierno. Pero también puede ser su única opción para evitar un «golpe» respaldado por Estados Unidos, que le sustituiría por un primer ministro más afín a la perspectiva de Washington.
El «modelo Shamir”
La administración Biden está dando señales de un posible cambio en su enfoque del apoyo militar a Israel, en particular en relación con cualquier incursión en Rafah. El columnista del New York Times Thomas Friedman señala que Washington podría plantearse limitar la venta de armas a Tel Aviv si procede en Rafah sin la coordinación estadounidense.
Friedman sugiere que Israel sólo podría redoblar sus otros fracasos en Gaza si invade Rafah, citando a un funcionario estadounidense no identificado que señaló que Tel Aviv había bombardeado anteriormente Jan Yunis en busca de dirigentes de Hamás, pero no logró localizarlos.
La administración Biden ha advertido a Israel desde el principio de su asalto a Gaza que evite los mismos errores que cometió Estados Unidos en Irak tras los atentados del 11 de septiembre de 2001. Al igual que el atolladero de Washington en Irak, ha quedado claro para los funcionarios estadounidenses que Tel Aviv no tiene un plan de posguerra en Gaza. Pero los llamamientos de funcionarios, expertos y militares estadounidenses a sus homólogos israelíes han sido ignorados en gran medida.
Si la historia sirve de indicación, Tel Aviv rara vez ha buscado soluciones políticas a la cuestión palestina sin una presión significativa de Washington. Según la revista Foreign Policy, el secretario de Estado del presidente estadounidense George HW Bush, James Baker, tuvo que amenazar con retener las garantías de 10.000 millones de dólares en préstamos estadounidenses para que el primer ministro israelí Yitzhak Shamir detuviera los nuevos asentamientos en Cisjordania.
Esa postura se enfrentó a la feroz oposición de grupos de presión proisraelíes como el AIPAC en 1992, con acusaciones de antisemitismo dirigidas a Bush padre, que se mantuvo firme e insistió en que «no cedería ni un milímetro«.
En aquel momento, Baker tuvo un interesante enfrentamiento con Netanyahu –entonces viceministro de Asuntos Exteriores de Israel-, que se había burlado de la postura de la Casa Blanca. El secretario de Estado estadounidense ordenó a su Departamento de Estado que impidiera la entrada al edificio del advenedizo israelí.
El resultado de esta extraordinaria presión estadounidense fue que el partido Likud de Yitzhak Shamir fue derrocado en las elecciones israelíes –como consecuencia directa de la negativa de Baker a conceder la garantía de préstamo de 10.000 millones de dólares– y el líder del Partido Laborista, Yitzhak Rabin, que estaba más abierto a negociar una fórmula de «tierra por paz», llegó al poder.
El liderazgo de Netanyahu se encuentra hoy en una situación igualmente precaria. Asediado desde todos los frentes –interno y externo-, se cree que el primer ministro busca la continuación del conflicto en Gaza para evitar las numerosas consecuencias políticas y jurídicas que le esperan al final de su mandato.
El resultado de tal escenario dependerá probablemente no sólo de las estrategias militares y las maniobras políticas dentro de Israel, sino también de las presiones diplomáticas internacionales ejercidas por aliados como EEUU.
La cuestión hoy, es si se producirá una invasión de Rafah antes de la destitución de Netanyahu.
Traducción nuestra
*Khalil Harb es un periodista afincado en Beirut y ex redactor jefe del diario libanés Al-Safir. También ha trabajado para Associated Press y el periódico libanés An-Nahar. Khalil es licenciado por la Universidad Americana de El Cairo.
Fuente original: The Cradle
