Ricardo Martins.
Obra: «El jardín de las delicias» de El Bosco (1450-1516)
24 de septiembre 2025.
Las narrativas mediáticas, el complejo de superioridad y las batallas psicológicas están configurando el futuro de Europa. La imagen que Europa tiene de sí misma como un ‘jardín’ le impide ver la realidad global, mientras que las narrativas irracionales sobre la guerra corren el riesgo de acelerar su propio declive.
Jowett y O’Donnell (2012), académicos en el campo de la comunicación política y los estudios sobre propaganda, definen la propaganda como
el intento deliberado y sistemático de moldear percepciones, manipular cogniciones y dirigir comportamientos para lograr una respuesta que promueva la intención deseada por el propagandista.
La propaganda siempre ha sido un arma de guerra, pero en la Europa actual, y especialmente en Alemania, ha alcanzado nuevos niveles de sofisticación. Lo que antes se dirigía a adversarios extranjeros, ahora se dirige cada vez más a las poblaciones nacionales.
Con el apoyo de los principales medios de comunicación, las estrategias de la OTAN y el consenso de las élites, la propaganda en Europa ha pasado de informar a los ciudadanos a moldear su entorno cognitivo.
El académico alemán Dr. Jonas Tögel denomina a este fenómeno “guerra cognitiva”, un intento deliberado de moldear los pensamientos, las emociones e incluso los instintos de poblaciones enteras.
La propaganda construida a través de noticias y debates parciales en la Alemania y la Europa actuales no tiene precedentes en cuanto a su escala, sofisticación y potencial autodestructivo.
En este artículo, pretendo examinar la situación actual de la propaganda en Alemania y Europa, sus objetivos y su trayectoria autodestructiva, el papel de la OTAN en el uso de la cognición como arma y la mentalidad cultural que permite a los europeos verse a sí mismos como un ‘jardín’ rodeado por la ‘selva’.
Basándome en las opiniones del Dr. Tögel, el entrevistador y académico Pascal Lottaz, del Instituto de Estudios sobre la Neutralidad de la Universidad de Kioto, y el filósofo alemán Hans-Georg Moeller, exploro hacia dónde está llevando esta propaganda a Europa y si hay motivos para el optimismo.
La situación actual de la propaganda en Alemania y Europa
El análisis del Dr. Jonas Tögel muestra que los medios de comunicación alemanes son hoy más propagandísticos que en cualquier otro momento desde la Guerra Fría.
En su estudio sobre Tagesschau, el programa de noticias vespertino más visto de Alemania, encontró un encuadre sistemático: se empieza con una información aparentemente neutral y luego se guía sutilmente a los espectadores hacia conclusiones parciales.
Se enfatizan los crímenes de guerra rusos, se ignoran los crímenes de guerra ucranianos y se describen las demandas de Rusia como irracionales, mientras que las de Ucrania se presentan como legítimas.
Esto no es casual. Tögel destaca que Alemania gasta más de 100 millones de euros al año en “relaciones públicas”, un eufemismo para referirse a la propaganda financiada por el Estado.
Los servicios de inteligencia supervisan las narrativas que circulan en los medios de comunicación y despliegan rápidas contramedidas cuando ganan terreno opiniones alternativas.
La propia OTAN ha creado “centros de excelencia” dedicados a la guerra narrativa, mientras que las leyes europeas, como la Ley de Servicios Digitales, crean la infraestructura legal para controlar la disidencia en línea, según el académico.
En resumen, la propaganda en la Alemania actual no es solo noticias sesgadas, sino una campaña coordinada, profesional y bien financiada que difumina la línea entre la información y las operaciones psicológicas.
La guerra cognitiva de la OTAN: mirando hacia dentro
Tradicionalmente, la propaganda se dirigía a enemigos extranjeros. Hoy en día, la OTAN describe abiertamente la “guerra cognitiva” como un nuevo ámbito de batalla, junto con la tierra, el mar, el aire, el espacio y el ciberespacio. El sexto ámbito es la propia mente humana.
Según Tögel, la estrategia de resiliencia de la OTAN requiere “ciudadanos resilientes”, definidos no como personas capaces de pensar de forma independiente, sino como individuos que “piensan y sienten lo correcto”. En la práctica, esto significa moldear la opinión pública para garantizar su alineación con los objetivos de la OTAN, al tiempo que se descarta la disidencia como “desinformación rusa”.
La hipocresía es sorprendente: los líderes occidentales afirman defender la democracia y el discurso abierto, censurando las voces disidentes.
Como señala Tögel, esta inversión —“defender la libertad mediante la censura”— no se oculta en salas oscuras, sino que se debate abiertamente en las conferencias de la OTAN.
A los ciudadanos se les dice que la guerra cognitiva es una defensa contra la manipulación extranjera, pero en realidad, sus propias mentes son el campo de batalla.
La censura en Occidente es cada vez más evidente. La política del Pentágono de la administración Trump exige ahora a los periodistas que obtengan autorización antes de informar sobre cierta información, incluso la no clasificada, so pena de perder el acceso.
La información debe ser aprobada para su divulgación pública por un funcionario autorizado antes de ser publicada, incluso si no está clasificada, según un memorándum del Pentágono.
¿Por qué los europeos creen en su propia propaganda?
Una de las preguntas más llamativas que se plantean es por qué los europeos confían tan fácilmente en su propia propaganda, mientras que consideran la manipulación como algo que solo ocurre “en otros lugares”. Es una pregunta que he planteado muchas veces, pero nunca recibo una respuesta, solo miradas ofendidas.
Según Tögel, parte de la respuesta radica en la profesionalización: los debates y las noticias de la televisión alemana se preparan cuidadosamente para crear credibilidad. Al comenzar con una información neutral (la técnica de “poner un pie en la puerta”), es más probable que el público acepte conclusiones sesgadas más adelante.
Otro factor es sociológico. Los periodistas suelen trabajar como autónomos o contratistas, lo que significa que su sustento depende de satisfacer las expectativas de los editores.
Esto crea un “mecanismo natural”, como lo describe Lottaz, en el que se recompensa la conformidad y se castiga la disidencia.
Con el tiempo, la propaganda se convierte menos en órdenes directas y más en autocensura sistémica.
Las consecuencias son peligrosas: se cultiva deliberadamente el miedo del público a Rusia, no para fomentar las negociaciones de paz, sino para mantener el apoyo a los envíos de armas y la escalada militar. Estadísticamente, los niveles más altos de miedo se correlacionan con una mayor aceptación pública de la guerra y la pérdida de su bienestar.
La inocente arrogancia alemana y la superioridad europea
Hans-Georg Moeller, de la Universidad de Macao, ofrece otra dimensión: la mentalidad cultural que sustenta la propaganda europea. Describe la actitud de Alemania como “arrogancia inocente”, la suposición de que la superioridad alemana, que antes se basaba en el nacionalismo, ahora se manifiesta a través de la Unión Europea.
Alemania proyecta su superioridad moral sobre Europa, enmarcando a la UE como un ‘jardín’ rodeado por una ‘selva’ caótica, tal y como propone Josep Borrell. Esta visión del mundo asume que los europeos son guardianes ilustrados de la civilización, mientras que el resto del mundo se queda atrás.
Moeller recuerda al político alemán que se quejó al presidente de Namibia de que había más chinos que alemanes en el país, un comentario arraigado en la nostalgia colonial y la superioridad, olvidando que los namibios no han olvidado el genocidio que la Alemania colonial cometió allí.
Esta arrogancia europea ciega a los responsables políticos ante las realidades globales. Mientras Europa se aferra a la retórica moral, países como China la están superando en modernización y desarrollo.
Al creer que su estado del bienestar es eterno, los europeos subestiman su vulnerabilidad. Como advierte Moeller, este complejo de superioridad deja a Europa ‘desprevenida’, sin estar preparada para un orden mundial cambiante.
La propaganda como autodestrucción
Tögel y Moeller coinciden en una conclusión inquietante:
la propaganda no está fortaleciendo a Europa, sino acelerando su declive, ya que impide que sus líderes y ciudadanos vean la realidad.
Al enmarcar la guerra de Ucrania como una “batalla por la democracia” sin objetivos realistas, los líderes europeos están jugando con su propia destrucción. A diferencia de Estados Unidos o Rusia, cualquier escalada devastaría directamente a Europa.
Además, la propaganda fomenta la irracionalidad. Mientras que Rusia y China (y Estados Unidos en cierta medida) actúan según una lógica geopolítica, Europa se aferra a narrativas emocionales que se contradicen entre sí: Rusia es débil y, al mismo tiempo, está a punto de conquistar Berlín; Ucrania está ganando y, al mismo tiempo, depende desesperadamente de la ayuda para sobrevivir. Estas contradicciones solo se mantienen mediante una manipulación constante.
El estado del bienestar, que en su día fue la joya de la corona de Europa, se enfrenta a la presión del aumento del gasto militar. Solo Alemania gasta alrededor de 200 000 millones de euros al año en defensa, desviando recursos de la educación, la sanidad, las infraestructuras y las pensiones.
Si la propaganda sigue reprimiendo la disidencia, los ciudadanos podrían darse cuenta demasiado tarde de que su seguridad y prosperidad se sacrificaron en aras de unas ilusiones, según los expertos.
¿Hay motivos para el optimismo?
A pesar de este panorama sombrío, Tögel ofrece una cautelosa esperanza:
la concienciación está creciendo gracias a los medios de comunicación independientes, los canales de investigación alternativos y el activismo ciudadano, que están sacando a la luz los mecanismos de la propaganda. Insiste en que, si la ciudadanía exige la paz, las élites políticas acabarán cediendo.
El optimismo no reside en la OTAN ni en las élites europeas, sino en los ciudadanos de a pie que reclaman su capacidad de razonar.
El antídoto contra la propaganda es el pluralismo: la exposición a múltiples perspectivas, el debate crítico y la democracia genuina, en la que las decisiones sobre la guerra y la paz recaen en el pueblo, y no en élites aisladas.
Conclusión
La propaganda construida a través de noticias y debates parciales en la Alemania y la Europa actuales no tiene precedentes en cuanto a su escala, sofisticación y potencial autodestructivo.
Mantiene políticas irracionales, reprime la disidencia y ciega a los europeos ante las realidades geopolíticas globales. La guerra cognitiva de la OTAN, lejos de defender la democracia, la socava al atacar las mentes de sus propios ciudadanos con la excusa de protegerlos.
La crítica de Hans-Georg Moeller a la arrogancia alemana revela una lógica cultural más profunda: el complejo de superioridad de Europa sostiene la ilusión de que es el ‘jardín’ de la civilización, incluso cuando está siendo superada por otros.
¿A dónde nos lleva esto? A menos que los europeos despierten, el resultado puede ser un declive en términos económicos, políticos, académicos e incluso civilizatorios.
Pero si la conciencia se extiende, si los ciudadanos reclaman su papel como responsables de la toma de decisiones, la propaganda podría colapsar bajo el peso de sus contradicciones o revivir el espíritu democrático que la propaganda pretendía silenciar.
La otra posibilidad es continuar por el camino de la autodestrucción.
Traducción nuestra
*Ricardo Martins, doctor en Sociología, especializado en Relaciones Internacionales y Geopolítica
Fuente original: New Eastern Outlook
