CHINA EN UNA ERA POSHEGEMÓNICA: PONIENDO A PRUEBA LOS LÍMITES DEL PODER DIPLOMÁTICO. Ricardo Martins.

Ricardo Martins.

Imagen: Tomada de News Eastern Outlook

07 de abril 2026.

El llamamiento de China a la retirada israelí del sur del Líbano y su propuesta de una iniciativa de paz multilateral suponen algo más que una simple intervención diplomática. Reflejan el progresivo surgimiento de Pekín como actor geopolítico que busca influir en la gestión de los conflictos, en un contexto de declive de la coordinación hegemónica y de creciente fragmentación del orden internacional.


La reciente declaración del presidente chino Xi Jinping, en la que insta a la retirada inmediata de las fuerzas israelíes del sur del Líbano —y advierte del riesgo de que la región «se convierta en otra Gaza»— no debe interpretarse meramente como un posicionamiento retórico. Más bien, señala un paso meditado en la inserción gradual de Pekín en la diplomacia de Oriente Medio, lo que refleja tanto un marco normativo como una intención estratégica, tal y como intentaré explicar a continuación.

A nivel normativo, el énfasis de China en la soberanía y la integridad territorial es coherente con su doctrina de política exterior de larga data.

Al enmarcar la situación como una violación de la soberanía del Líbano, Pekín se alinea con los principios arraigados en el sistema de las Naciones Unidas, al tiempo que apela a un público más amplio del Sur Global que sigue siendo sensible a las cuestiones de la intervención externa y el colonialismo.


“Aunque mantiene públicamente una postura diplomática equilibrada, Pekín lleva a cabo una recopilación de información y un seguimiento estratégico continuos con el objetivo de salvaguardar intereses críticos, en particular la seguridad energética, las rutas comerciales y la estabilidad regional”


Esta postura normativa, sin embargo, no es neutral: permite a China ocupar una posición de legitimidad selectiva, alineándose de forma selectiva con principios como la soberanía y la moderación, al tiempo que contrasta su discurso con lo que se percibe cada vez más como la erosión del orden liberal liderado por Occidente.

Esta dinámica refleja procesos más amplios de disputa de la legitimidad en la sociedad internacional, en los que las potencias emergentes reinterpretan y se apropian selectivamente de las normas para mejorar su propia posición (Ian Clark 2005: Legitimacy in International Society; Amitav Acharya 2014: The End of American World Order).

Desde un punto de vista teórico, esta estrategia puede interpretarse a través del prisma de la transición hegemónica. Como sostiene Robert Gilpin en War and Change in World Politics, el declive relativo de una potencia dominante crea oportunidades para que otros actores remodelen el orden internacional, lo que a menudo conduce a períodos de inestabilidad y reconfiguración sistémica.

En este contexto, a medida que la capacidad de Estados Unidos para imponer o coordinar la estabilidad regional se vuelve más cuestionada, las potencias emergentes como China no se limitan a mantener un equilibrio militar, sino que se posicionan cada vez más como proveedores alternativos de marcos diplomáticos e institucionales, o simplemente como proveedores alternativos de orden.

El «nuevo camino» chino y sus límites

Es importante destacar que el enfoque de Pekín difiere del intervencionismo tradicional.

En lugar de proyectar fuerza, China está promoviendo lo que podría denominarse una estrategia procedimental de influencia: configurar agendas, convocar a los actores e integrarse en los marcos multilaterales.

Keohane, en After Hegemony, muestra cómo la influencia se ejerce no solo a través de la coacción, sino también a través de instituciones, normas y la configuración de la agenda, que estructuran el comportamiento de los actores.

Esto refleja un patrón más amplio en la política exterior china, en la que la legitimidad se construye a través del proceso más que de la coacción, aunque los intereses estratégicos subyacentes sigan siendo claros.

En este sentido, no señala un reemplazo de la hegemonía, sino una reconfiguración de cómo se ejerce la influencia.

Esta dinámica queda aún más ilustrada por la reciente actividad diplomática en la que participan Estados intermediarios clave de la región —entre ellos Egipto, Omán, Turquía y Pakistán— con el objetivo de poner fin a la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán.

Las consultas preliminares tuvieron lugar en Islamabad, lo que apunta a la aparición de canales diplomáticos alternativos más allá de los marcos tradicionales liderados por Occidente.

Tras la ronda inicial de conversaciones, el ministro de Asuntos Exteriores de Pakistán, Ishaq Dar, viajó a Pekín para mantener consultas con su homólogo chino, Wang Yi, centrándose los debates en la coordinación de posiciones y en esbozar los puntos de negociación.

Este episodio pone de manifiesto el creciente papel de China como potencia convocante y mediadora emergente del orden en un sistema internacional fragmentado y poshegemónico.

Sin embargo, los límites de este enfoque son igualmente evidentes. Sin capacidad de imposición sobre el terreno, la influencia de China depende de la voluntad de los actores regionales de participar y del grado en que sus iniciativas se perciban como alternativas creíbles.

La ausencia de una respuesta oficial por parte de Israel pone de manifiesto esta limitación, resaltando la brecha persistente entre el poder discursivo —entendido como la capacidad de configurar narrativas y normas (Foucault 1977: Poder/Saber)— y la influencia operativa, que se basa en capacidades materiales y coercitivas (Strange 1988: Estados y Mercados).

Lo que se está revelando, por lo tanto, no es simplemente una reacción a una crisis regional, sino una sutil reconfiguración de las jerarquías diplomáticas.

China no está sustituyendo a las potencias existentes; está poniendo a prueba los límites de un orden poshegemónico, en el que múltiples actores tratan de definir los términos de la gestión de conflictos.

Que esto se traduzca en resultados concretos dependerá menos de la fuerza de las declaraciones de Pekín y más de su capacidad para convertir la iniciativa diplomática en un compromiso político sostenido.

¿Inteligencia china o diplomacia de inteligencia?

Este posicionamiento diplomático no puede entenderse plenamente sin tener en cuenta el papel menos visible, pero cada vez más central, de la inteligencia china. Considerado durante mucho tiempo por los servicios de seguridad occidentales como un aparato principalmente introvertido, el aparato de inteligencia de China ha evolucionado en la última década hacia un sistema transnacional que opera en la intersección de la seguridad nacional, la estrategia económica y la influencia política.

Anclado en el objetivo estratégico del «gran renacimiento» de la nación china, este sistema no separa la estabilidad interna de la proyección externa. Más bien, integra la adquisición de capacidades tecnológicas y la configuración de los entornos políticos extranjeros en un único marco coherente de poder estatal.

Lo que distingue a este modelo no es solo su alcance, sino su método. A diferencia de los enfoques más centralizados y operativamente visibles asociados a agencias como la Agencia Central de Inteligencia o el Mossad, la inteligencia china se basa en una lógica difusa y en red, a menudo descrita como un enfoque de «toda la sociedad».

La información se acumula de forma incremental —a través de intercambios académicos, redes empresariales, operaciones cibernéticas y el establecimiento de relaciones a largo plazo— en lugar de mediante operaciones singulares y de alto perfil.

En el núcleo institucional de este sistema se encuentra el Ministerio de Seguridad del Estado, complementado por estructuras del partido como el Departamento de Trabajo del Frente Unido, que extienden su influencia a través de espacios sociales y políticos transnacionales.

En el contexto de Oriente Medio, esta arquitectura de inteligencia sustenta lo que podría describirse como la estrategia china de «neutralidad activa».

Aunque mantiene públicamente una postura diplomática equilibrada, Pekín lleva a cabo una recopilación de información y un seguimiento estratégico continuados con el objetivo de salvaguardar intereses críticos —en particular, la seguridad energética, las rutas comerciales y la estabilidad regional—.

Esto incluye una estrecha observación de las operaciones israelíes y de la dinámica general del conflicto, no como parte de una alineación manifiesta, sino como medio para prevenir una escalada que pudiera perturbar el posicionamiento económico global de China.

En este sentido, como proveedor alternativo de orden, la inteligencia se convierte en un instrumento clave a través del cual China navega por un entorno poshegemónico: no mediante la intervención directa, sino potenciando su capacidad para anticipar, moldear y, cuando sea necesario, limitar las trayectorias de los conflictos regionales.

Traducción nuestra


*Ricardo Martins – Doctor en Sociología, especialista en política europea e internacional, así como en geopolítica

Fuente original: News Eastern Outlook

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