BAJO PRESIÓN, MOSCÚ Y TEHERÁN CIERRAN FILAS. Hazal Yalin.

Hazal Yalin.

Ilustración: The Cradle

06 de abril 2026.

La escalada entre Estados Unidos e Israel está acelerando, en lugar de debilitar, el eje Rusia-Irán, lo que está convirtiendo el mar Caspio en un corredor estratégico disputado.


Pocas horas después de que Estados Unidos e Israel —a los que en algunos círculos se denomina cada vez más la «coalición Epstein»— atacaran Irán el 28 de febrero, el Ministerio de Asuntos Exteriores de Rusia emitió una respuesta en términos muy duros, en la que calificaba el ataque de

acto de agresión armada deliberado, premeditado y no provocado contra un Estado miembro de la ONU soberano e independiente, en violación directa de los principios y normas fundamentales del Derecho internacional.

A la hora de interpretar textos diplomáticos en general —y las declaraciones de Rusia en particular, dada su adhesión casi obsesiva a la diplomacia tradicional—, a menudo se pasa por alto la importancia de la terminología. El concepto de «agresión» no es un término cualquiera; implica una violación del espíritu mismo de la Carta de las Naciones Unidas, especialmente del artículo 2(4).

Una respuesta firme a la agresión

Tan significativo como su uso es su ausencia en otros lugares. Aparte de Rusia, Corea del Norte y Cuba, ningún otro Estado utilizó inicialmente el término «agresión» al condenar el ataque, ni siquiera China, que solo adoptó esa formulación después del 2 de marzo.

Este enfoque ha sido constante en todas las declaraciones rusas y en las declaraciones diplomáticas del presidente Vladimir Putin. Al mismo tiempo, Moscú ha mantenido una línea de actuación cautelosa en sus relaciones con las monarquías del Golfo Pérsico.

Aunque han evitado respaldar los ataques iraníes contra objetivos vinculados a Estados Unidos e Israel en el Golfo, los funcionarios rusos han subrayado repetidamente que la cuestión central sigue siendo la agresión estadounidense-israelí, y que no se puede permitir que las críticas a Irán oscurezcan este hecho.

El ministro de Asuntos Exteriores, Serguéi Lavrov, plasmó este equilibrio el 5 de marzo durante la Mesa Redonda de Embajadores sobre la crisis de Ucrania. Aunque se opuso a los ataques iraníes contra los Estados del Golfo y cuestionó su utilidad militar, advirtió que

decir simplemente que Irán no tiene derecho a hacer nada significa, en la práctica, animar abiertamente a Estados Unidos e Israel a continuar con lo que están haciendo.

En consonancia con este enfoque, Rusia (y China) no vetaron la resolución del Consejo de Seguridad de la ONU del 11 de marzo que condenaba a Irán. Sin embargo, el representante permanente de Rusia ante la ONU, Vasiliy Nebenzya, declaró que la resolución era parcial y «confundía causa y efecto».

Esta postura está vinculada en gran medida al papel fundamental de los Emiratos Árabes Unidos a la hora de facilitar el movimiento de capitales para Rusia bajo las sanciones occidentales.

Irritación israelí y escalada

Era poco probable que una definición tan intransigente de la agresión —y la aparente decisión del Kremlin de evitar incluso el contacto rutinario con el Gobierno israelí— pasara desapercibida en Tel Aviv.

La primera ruptura notable se produjo a través de una entrevista con la portavoz del ejército israelí, Anna Ukolova, en Radio RBK. Haciendo referencia a los informes de que Israel había pirateado las cámaras de tráfico de Teherán para rastrear a funcionarios iraníes, se le preguntó si existía un acceso similar en Moscú. Su respuesta fue sorprendente:

La eliminación de figuras clave —los líderes de todos estos grupos proxy, incluido el líder supremo de Irán, Alí Jamenei— ya demuestra que poseemos capacidades bastante formidables, y que nadie que intente hacernos daño saldrá indemne.

Por otra parte, la pregunta es: ¿quién querría hacernos daño? Espero que, en este momento, Moscú no le desee mal a Israel. Quiero creerlo.

El gobierno extremista del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, ha adoptado tradicionalmente una postura cautelosa y diplomática en sus relaciones con Rusia.

Incluso si hubiera decidido dar un giro hacia la hostilidad abierta, cabría esperar que lo hiciera a través de actividades diplomáticas, económicas o, como mucho, de quinta columna dentro de Rusia. La amenaza directa de Ukolova —estableciendo un paralelismo de «eliminación» contra los dirigentes rusos— no tenía precedentes.

Ataque contra Bandar Anzali

La observación en sí misma podría haberse descartado como una bravuconada si no hubiera ido seguida de algo mucho más trascendental: el supuesto ataque de Israel contra el puerto de Bandar Anzali, en la costa del Caspio.

El ataque fue noticiado por primera vez el 18 de marzo por el Canal 12 de Israel como un «ataque inusual» llevado a cabo a 1.300 kilómetros del territorio israelí.

Curiosamente, los medios occidentales guardaron silencio sobre el asunto durante algún tiempo. En Rusia, el secretario de prensa Dmitry Peskov declaró inicialmente el 20 de marzo que no tenía información al respecto. Cuando se le preguntó cómo vería Moscú una situación en la que el conflicto se intensificara hasta abarcar la región del mar Caspio, respondió: “Rusia lo vería de forma extremadamente negativa”.

Más tarde ese mismo día, la portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores de Rusia, Maria Zakharova, confirmó el ataque y advirtió de que la cuenca del mar Caspio siempre se ha considerado

una zona segura de paz y cooperación. Las acciones temerarias e irresponsables de los agresores suponen una amenaza de arrastrar a los Estados del Caspio a un conflicto armado.

También subrayó que Bandar Anzali es

un importante centro comercial y logístico que se utiliza activamente en el comercio ruso-iraní, incluso para el suministro de alimentos. El ataque ha afectado a los intereses económicos de Rusia y de los demás Estados del Caspio que mantienen comunicaciones de transporte con Irán a través de ese puerto». Dos días después, Peskov señaló que el conflicto «mostraba una tendencia a ampliar sus fronteras.

Dado que existe una tendencia general a seguir los acontecimientos desde la perspectiva de Londres o Washington, la noticia no cobró mayor relevancia hasta el 24 de marzo, cuando el Wall Street Journal (WSJ) la publicó como titular: «Israel ataca una ruta de contrabando de armas ruso-iraní en el mar Caspio».

Calificar un corredor logístico soberano como «contrabando» recodifica el ataque como una acción policial preventiva en lugar de una escalada. El mismo informe señalaba que el ataque amenazaba el suministro de alimentos de Irán y ponía de manifiesto la capacidad de Israel para infligir un mayor sufrimiento a la población civil —un lenguaje que trata el sufrimiento civil como un mensaje estratégico.

La respuesta pública de Rusia fue contundente —y previsible— por dos razones.

El orden jurídico del Caspio

En primer lugar, el estatuto jurídico del mar Caspio. A diferencia de otras masas de agua, el Caspio queda fuera de la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar. Su gobernanza viene definida, en cambio, por la Convención de 2018 sobre el Estatuto Jurídico del mar Caspio, acordada por sus cinco Estados ribereños.

En este marco, todas las decisiones relativas al Caspio deben ser tomadas conjuntamente por los cinco Estados ribereños: Rusia, Irán, Azerbaiyán, Kazajistán y Turkmenistán.

Se prohíbe a los Estados no ribereños mantener una presencia militar (artículo 3/6), y los Estados ribereños no pueden permitir que su territorio sea utilizado para cometer agresiones entre ellos (3/7). La seguridad de la navegación es una responsabilidad compartida (3/9).

Un ataque llevado a cabo por un actor no ribereño a través del Caspio socava no solo estas disposiciones, sino también la estabilidad general que pretenden garantizar.

Aunque no se ha identificado formalmente ninguna violación explícita de los artículos 3/6 o 3/7, la presencia de redes militares y de inteligencia israelíes, estadounidenses y británicas —especialmente en Azerbaiyán— es ampliamente reconocida. Esta infraestructura latente añade una nueva capa de tensión.

El ataque contra Bandar Anzali incumple directamente el artículo 3/9. Representa una violación de la seguridad de la navegación por parte de un actor externo, lo que hace recaer la responsabilidad en todos los Estados ribereños. Sin embargo, aparte de Rusia e Irán, ninguno ha respondido —una omisión que habla tan alto como cualquier posición formal.

Rutas comerciales y profundidad estratégica

El segundo factor es más sencillo: la geografía. El Caspio es el principal corredor comercial entre Rusia e Irán, y Bandar Anzali es uno de sus nodos clave.

Este comercio no se limita a los bienes civiles. Desde la firma del «acuerdo de asociación estratégica integral» el 17 de enero de 2025, se entiende ampliamente que la logística militar también transita por esta ruta.

El acuerdo fue firmado en Moscú el 17 de enero de 2025 por el presidente ruso, Vladímir Putin, y el presidente iraní, Masoud Pezeshkian. Fue aprobado por la Duma Estatal de Rusia el 8 de abril de 2025, firmado por Putin el 21 de abril de 2025, aprobado por el Parlamento iraní el 21 de mayo de 2025, ratificado por el Consejo de Guardianes el 11 de junio de 2025 y entró en vigor el 2 de octubre de 2025.

Como ya señaló The Cradle, el acuerdo no es un pacto de defensa mutua vinculante, sino una declaración de intenciones estratégicas.

El umbral de Rusia para el apoyo militar depende del marco jurídico; concretamente, de si una acción se considera «agresión» según los términos que reconoce Moscú. Irán, por su parte, se ha resistido a cualquier acuerdo que permita el uso militar extranjero de su territorio.

Aun así, el acuerdo dista mucho de ser simbólico. En él se esboza una amplia cooperación en materia de defensa, seguridad e inteligencia, y se compromete explícitamente a ambas partes a contrarrestar la injerencia de terceros en el Caspio, Asia Central, el Cáucaso y Asia Occidental.

Los artículos 4, 5 y 6 establecen marcos generales de cooperación militar y de seguridad, mientras que los artículos 4/1 y 4/2 formalizan específicamente el intercambio de inteligencia, el intercambio de experiencias y la coordinación operativa entre los servicios de seguridad e inteligencia de ambos países.

Una continuidad basada en principios

Tres puntos definen la posición de Rusia.

En primer lugar, a pesar de su dependencia de los vínculos con el Golfo en el contexto de las sanciones, Moscú no ha cambiado su discurso fundamental desde el 28 de febrero. Su enfoque del conflicto sigue siendo coherente, basado en la interpretación jurídica, los vínculos bilaterales y la geografía compartida.

En segundo lugar, Rusia no niega la cooperación militar con Irán. Tampoco debería hacerlo: dicha cooperación es tanto legal como esperada en el marco de una asociación estratégica entre Estados soberanos.

En tercer lugar, en cuanto al intercambio de inteligencia, ambas partes mantienen la ambigüedad. Ninguna confirma ni niega detalles concretos.

En una entrevista concedida a la NBC el 8 de marzo, el ministro de Asuntos Exteriores iraní, Abbas Araghchi, evitó dar respuestas directas sobre el apoyo ruso, haciendo hincapié en cambio en que Irán mantiene una «asociación estratégica» con Moscú y que «la cooperación militar entre Irán y Rusia no es algo nuevo. No es un secreto. Ha existido en el pasado, sigue existiendo y continuará en el futuro».

Añadió que Rusia ayuda a Irán «en muchos ámbitos diferentes», aunque se negó a dar detalles.

Lavrov se expresó en términos similares el 26 de marzo en una entrevista con France Télévisions:

Tenemos acuerdos de cooperación técnico-militar. Suministramos ciertos tipos de equipamiento militar a Irán, pero no podemos estar de acuerdo con las acusaciones de que proporcionamos asistencia en materia de inteligencia.

Tales respuestas tienen menos que ver con la divulgación que con el posicionamiento. La cooperación en materia de inteligencia, por definición, se resiste a la verificación.

La verdadera cuestión radica en otra parte: el esfuerzo coordinado de los medios de comunicación occidentales por presentar dicha cooperación como ilegítima. No se trata de una información neutral, sino de una construcción narrativa: un intento de criminalizar un comportamiento estatal habitual.

A dónde conduce esto

A menos que se rompa el equilibrio interno en Irán o cambien las tácticas de EE. UU. e Israel, la trayectoria ya está marcada. La presión externa ha acercado a Moscú y Teherán, reforzando su relación en lugar de tensarla.

Lo que está surgiendo es una convergencia estratégica más duradera, forjada bajo una presión sostenida y menos vulnerable a ella. Esto va más allá de los acuerdos formales, reflejando una creciente alineación de intereses que está marcando cada vez más los acontecimientos en Asia Occidental.

Traducción nuestra


*Hazal Yalin es autor de tres libros sobre las relaciones entre Turquía y Rusia y sobre la Rusia contemporánea. Escribe sobre asuntos internacionales, centrándose especialmente en Rusia, y ha traducido más de 70 libros, principalmente clásicos rusos. Es doctorando en Historia.

Fuente original: The Cradle

Deja un comentario