Roberto Iannuzzi.
Foto: La defensa aérea israelí intenta interceptar misiles iraníes sobre Tel Aviv durante la “guerra de los 12 días” del pasado mes de junio (Crédito de la foto: AP/Leo Correa)
03 de abril 2026.
A pesar de la voluntad del Gobierno de Netanyahu de continuar la guerra, surgen dudas sobre la solidez militar, económica y social del país.
Las declaraciones realizadas por el presidente estadounidense Donald Trump y el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu en los últimos días ponen de manifiesto el estancamiento de la ofensiva israelo-estadounidense contra Irán.
En su discurso del 1 de abril, Trump habló de una misión prácticamente cumplida, pero al mismo tiempo anunció una intensificación de las operaciones militares “durante las próximas dos o tres semanas”.
Tras la retórica de la victoria no hay, por tanto, ninguna fecha clara para el fin de las hostilidades, sino una continuación —y un recrudecimiento— del conflicto.
El presidente estadounidense ha afirmado sin rodeos que “los devolveremos a la Edad de Piedra, donde es justo que estén”, dando a entender que es toda la nación iraní la que es objetivo del ataque, no solo su Gobierno.
En los últimos días había amenazado con destruir las infraestructuras petroleras y la red eléctrica del país, si Teherán no aceptaba la rendición.
Mientras tanto, otros soldados y medios militares estadounidenses siguen llegando a la región del Golfo, lo que hace presagiar no una invasión a gran escala, sino probablemente incursiones arriesgadas y operaciones especiales en territorio iraní.
Por su parte, el propio Netanyahu ha modificado su discurso, sosteniendo que Irán sigue siendo capaz de amenazar a Israel, pero ya no representa una amenaza existencial.
Esta afirmación supone un retroceso con respecto a los tres objetivos principales enunciados anteriormente por el líder israelí: el cambio de régimen en Teherán, el desmantelamiento del programa nuclear iraní y la reducción del arsenal de misiles.
Sigue sin resolverse igualmente la cuestión de la reapertura del estrecho de Ormuz. Trump ha llegado incluso a decir que serán los países que reciben petróleo del Golfo los que deberán ocuparse de ello.
En Israel se extiende el temor de que el presidente estadounidense quiera desentenderse del conflicto. Netanyahu ha precisado que un eventual (y por el momento remoto) acuerdo entre Estados Unidos e Irán no detendría la ofensiva israelí en el Líbano.
El Gobierno israelí está ejerciendo presiones sobre la Casa Blanca para que intensifique los bombardeos sobre Irán, centrándose en particular en las infraestructuras energéticas de la estratégica isla de Kharg y del yacimiento de South Pars (el mayor del mundo, compartido por Irán y Catar).
Tel Aviv ha dejado claro que también apoyaría firmemente una posible operación militar terrestre dirigida por Washington, ofreciendo asistencia e información de inteligencia.
Aunque por el momento no está prevista una intervención directa de Israel con sus propias tropas en posibles incursiones estadounidenses en territorio iraní, algunos expertos israelíes no descartan la participación de fuerzas especiales, añadiendo que agentes israelíes podrían estar ya activos en Irán (como, por otra parte, ya ocurrió durante la «guerra de los doce días» del pasado mes de junio, y durante las protestas iraníes del pasado mes de enero).
Desde los primeros días del ataque a Irán, Israel ha desempeñado un papel destacado en la escalada que ha llevado a incluir las infraestructuras civiles entre los objetivos del enfrentamiento militar.
En los primeros días del conflicto, aviones israelíes atacaron decenas de depósitos de combustible en las afueras de Teherán, envolviendo la capital iraní en una densa nube tóxica de petróleo quemado, en lo que numerosos expertos han calificado como una terrible catástrofe medioambiental.
Posteriormente, Israel atacó las infraestructuras del yacimiento de South Pars, lo que provocó la represalia iraní contra las instalaciones energéticas de las monarquías del Golfo.
La aviación de Tel Aviv bombardeó luego dos acerías estratégicas del país, dejando claro que Israel pretende destruir la base industrial iraní.
Sin embargo, el Estado hebreo tuvo que sufrir la dura represalia de Teherán.
Cientos de misiles y drones se abatieron sobre Tel Aviv y otras zonas del país, mermando progresivamente el arsenal de interceptores de la defensa aérea israelí, provocando daños considerables y obligando a la población a refugiarse.
Los misiles hipersónicos iraníes, así como los misiles balísticos que lanzan decenas de submuniciones, son prácticamente imposibles de interceptar, y han atacado instalaciones militares, pero también infraestructuras económicas, energéticas (incluida la refinería de Haifa) y civiles de otro tipo.
La situación interna israelí se ha complicado aún más con la apertura del frente libanés, cuando Hezbolá comenzó a su vez a lanzar cohetes y misiles contra el territorio de Israel, a menudo coordinándose con su aliado iraní.
Por su parte, Israel ha lanzado una ofensiva militar terrestre en el Líbano en la que ha desplegado cinco divisiones y se prepara para desplegar una sexta. El objetivo oficial de las fuerzas israelíes es crear una zona de amortiguación en el sur del Líbano, hasta el río Litani.
Sin embargo, la ofensiva israelí se ha traducido en una operación de limpieza étnica que ha provocado el desplazamiento de más de un millón de libaneses.
La respuesta militar de Hezbolá está, a su vez, haciendo inhabitables numerosos centros en el norte de Israel. Según fuentes militares israelíes, el partido chií libanés lograría lanzar una media de 150 cohetes al día hacia territorio israelí.
En el Líbano, las fuerzas armadas de Tel Aviv se han encontrado con la dura resistencia de los milicianos de Hezbolá, que está convirtiendo el enfrentamiento en una guerra de desgaste en la que Israel sufre pérdidas de hombres y material.
Tras la dura derrota sufrida en el otoño de 2024, la preparación militar del grupo libanés ha sorprendido a los mandos israelíes, tanto por la rápida reacción de sus hombres en el sur del Líbano como por la frecuencia y el alcance de sus misiles, algunos de los cuales alcanzan los 200 km.
En Israel, el apoyo de la opinión pública a la guerra comienza a disminuir, al igual que la confianza en que el ejército pueda alcanzar los objetivos fijados.
Según una reciente encuesta del Instituto de Estudios de Seguridad Nacional (uno de los think tanks israelíes más importantes), el porcentaje de quienes consideran que el régimen de la República Islámica puede verse seriamente afectado ha descendido del 69 % de los primeros días del conflicto al 43,5 % actual.
Y el apoyo a la continuación de la campaña militar hasta un posible derrocamiento del Gobierno de Teherán ha descendido del 63 % al 45,5 %.
Existe, además, el problema del creciente desgaste del ejército, ya mermado por dos años de conflicto en Gaza y otros lugares. Además de sostener el enfrentamiento a distancia con Irán, las fuerzas armadas israelíes están comprometidas en el frente libanés y desplegadas en Gaza, Cisjordania y el sur de Siria.
El jefe del Estado Mayor, Eyal Zamir, ha advertido de que el ejército corre el riesgo de implosionar, sobre todo por la falta de efectivos.
Ha declarado que las fuerzas armadas necesitan una nueva “ley de reclutamiento, una ley sobre los reservistas y una ley para ampliar el servicio obligatorio”.
Otros altos mandos militares han expresado preocupaciones similares, subrayando en particular que el despliegue de efectivos en Cisjordania para defender a los colonos resta recursos esenciales.
También el general retirado Giora Eiland (exjefe del Consejo de Seguridad Nacional) ha advertido sobre la sobreextensión del ejército y sobre el hecho de que Israel estaría cometiendo “errores estratégicos” en el Líbano.
A ello se suman los enormes costes económicos y sociales del conflicto. Durante la guerra de los doce días, el coste del esfuerzo militar, de los daños materiales y de la paralización de las actividades económicas se estimó en al menos 1000 millones de dólares al día.
La guerra actual ya ha demostrado ser mucho más prolongada y destructiva, lo que plantea interrogantes sobre la resistencia militar, económica y social de Israel, sobre todo porque el fin de las hostilidades no parece inminente.
Traducción nuestra
*Roberto Iannuzzi es analista independiente especializado en Política Internacional, mundo multipolar y (des)orden global, crisis de la democracia, biopolítica y «pandemia new normal».
Fuente original: Intelligence for the people
