Enrico Tomaselli.
Imagen: Giubbe Rosse News
25 de marzo 2026.
La evidente confusión…que emana de Washington, y que aún no puede atribuirse a una táctica para despistar al adversario (ya nadie se lo traga…), es probablemente señal de que, al menos allí donde aún alberga un atisbo de racionalidad, se está haciendo evidente lo intransitable que se ha vuelto el camino.
Si queremos descartar la hipótesis de que Estados Unidos entrara en guerra con Irán como si se tratara de una aventura impulsiva, debemos considerar que —al menos en términos generales— contaba tanto con un diseño estratégico como con un plan operativo.
En cuanto al primero, sigo convencido de que estaba dictado fundamentalmente por la urgencia de frenar bruscamente el crecimiento de China —que, según las estimaciones, superará a EE. UU. en prácticamente todos los sectores en un plazo de cinco años— y de que la forma más sencilla, y considerada de más “alcance”, era asumir el control de las cadenas de suministro energéticas.
En cuanto al segundo, en cambio, considero que la idea era poner en práctica una réplica del modelo venezolano —por lo tanto, más bien un “reajuste de régimen” que un “cambio de régimen”—, pero que luego los altos mandos estadounidenses confiaron más en la información proporcionada por el Mossad israelí que en la de sus propios servicios de inteligencia, y creyeron efectivamente que el objetivo era alcanzable en los plazos y de la forma previstos.
Es evidente que aquí incidió mucho no solo la influencia de Netanyahu y de Barnea (jefe del Mossad), que llevaban meses ejerciendo una presión continua sobre Trump, sino también la del círculo más cercano del presidente (Witkoff, Kushner, Graham, Hegseth…), que por diversas razones apoyaron la tesis israelí.
Obviamente, no se puede descartar que, desde el punto de vista estratégico, se hubiera considerado también la hipótesis de un beneficio estratégico, es decir, una ventaja obtenida en un contexto a largo plazo, a pesar de las aparentes desventajas o costes inmediatos, o en la que el coste para los adversarios se estima superior al propio.
Si consideramos todo esto como un escenario plausible, se deduce que el horizonte de la operación militar israelo-estadounidense podría resumirse en los siguientes términos: mediante la combinación de disturbios callejeros y una acción de decapitación de las cúpulas político-militares, lograr una sumisión de facto del régimen iraní y, en caso de que esto no fuera posible, apuntar a la destrucción (más que al control) de la cadena de suministro energética de Oriente Medio, de modo que se generara un problema generalizado en todas las áreas dependientes de esta (Europa, China, Asia), capaz de frenar de todos modos el impetuoso crecimiento de Pekín.
En mi opinión, esta sigue siendo una medida desesperada y, como tal, poco eficaz, porque, aunque lograra provocar la deseada desaceleración china, no resolvería en ningún caso los problemas estructurales de los Estados Unidos, que, a su vez, dependen en gran medida de otras cadenas de suministro que tienen su origen precisamente en China —tierras raras, componentes, etc.—, incluso al margen de los problemas sin resolver de la desindustrialización y la deuda.
Se trataría, pues, ni más ni menos, que, de dar una patada al bote, que lo desplaza apenas un poco más allá.
Sea cual sea el diseño estratégico, sin embargo, parece bastante evidente que algo se ha atascado en el plano operativo.
Cualquier hipótesis de modificación del orden estratégico de la República Islámica de Irán ha resultado inviable; el régimen ha demostrado no solo una gran capacidad de resiliencia, sino también una considerable capacidad para hacer frente a la presión militar, llegando incluso a tomar la iniciativa estratégica tan solo 24/48 horas después del ataque israelo-estadounidense, y a pesar de la pérdida inmediata de la importante figura de Jamenei.
Esto plantea evidentemente dos problemas: uno inmediato, relativo al conflicto en curso, y otro de fondo, estratégico.
En el ámbito del conflicto, resulta cada vez más evidente que Irán dispone de la capacidad de resistir la presión estadounidense incluso a largo plazo —recordemos que la guerra con Irak duró ocho años.
Y ello manteniendo, como se decía, un control eficaz sobre el proceso bélico, capaz de contrarrestar cualquier movimiento táctico puesto en marcha por Washington y Tel Aviv.
Una condición que, en cambio, Estados Unidos —pero también Israel— no son capaces de sostener, tanto por razones políticas como materiales. Ante esta situación, existe una búsqueda evidente de alguna solución capaz de desbloquear el impasse, que, sin embargo, debe lidiar con toda una serie de factores que no pueden resolverse ni siquiera eludirse.
Por lo que se puede observar, por el momento esta solución parece haberse identificado en el paso a un nivel superior de la acción militar, con una intervención directa de fuerzas en territorio iraní.
Los posibles objetivos serían, presumiblemente, la isla de Kharg, principal terminal petrolera iraní, la isla de Qeshm, en el estrecho de Ormuz, y el puerto de Bandar Abbas, en la cabecera del estrecho.
Menos probable resulta la hipótesis de una incursión sobre uno de los emplazamientos nucleares, con el fin de recuperar el uranio enriquecido iraní.
Aparte de la dificultad operativa de una acción de este tipo, pesa, en cualquier caso, el hecho de que, aun si tuviera éxito, no frenaría la determinación de Teherán de continuar la guerra.
Obviamente, ninguna de estas opciones tiene por sí sola la capacidad de doblegar la resistencia iraní, e incluso sin tener en cuenta el coste que podrían suponer, en términos de pérdidas de personal y medios, y por lo tanto también de repercusiones políticas, tanto internas como internacionales. De ello se deduce que, a su vez y en el mejor de los casos, no serían más que otro golpe de efecto, pero a menor escala.
A menos que, a partir de una maniobra de este tipo, se apuntara a una cronificación del conflicto, es decir, a mantenerlo activo, pero al mismo tiempo sin salida.
En tal caso, el objetivo estratégico se convertiría, como se ha dicho antes, en la pura y simple destrucción de la cadena de suministro energético de Oriente Medio, reduciendo así a cero una gran parte de los suministros de combustibles fósiles para China.
Personalmente, considero que esta vía es sencillamente insostenible para Estados Unidos, y mucho más para Israel, por la mera falta de material bélico suficiente para una guerra de desgaste de alta intensidad y prolongada en el tiempo.
Además, es evidente que tanto Moscú como Pekín tienen muy claro que esta guerra representa un punto de inflexión crucial y, por lo tanto, alimentarían la capacidad de resistencia de Teherán mucho más allá de las capacidades de producción industrial de Estados Unidos.
Pero, en cualquier caso, incluso suponiendo que —teniendo en cuenta todos los factores adversos— Washington lograra mantener el conflicto durante un año o más, las consecuencias no serían en absoluto un resultado estratégico positivo, ya que la conclusión inevitable sería una victoria estratégica del eje Irán-China-Rusia, que asumiría el control total de toda la región.
Se cumpliría, por tanto, exactamente lo que reza una conocida máxima china: “no hagas nada, gana”.
La evidente confusión —también narrativa— que emana de Washington, y que aún no puede atribuirse a una táctica para despistar al adversario (ya nadie se lo traga…), es probablemente señal de que, al menos allí donde aún alberga un atisbo de racionalidad, se está haciendo evidente lo intransitable que se ha vuelto el camino.
Y, a veces, sencillamente no hay solución.
Traducción nuestra
*Enrico Tomaselli es Director de arte del festival Magmart, diseñador gráfico y web, desarrollador web, director de video, experto en nuevos medios, experto en comunicación, políticas culturales, y autor de artículos sobre arte y cultura.
Fuente original: Giubbe Rosse News
