M. K. Bhadrakumar.
Foto: Unos vecinos asisten a los incendios provocados por la aviación israelí en Teherán Alireza Sotakbar/ISNA via AP
20 de marzo 2026.
A menos de tres semanas del inicio de la agresión contra Irán, el 28 de febrero… la guerra está tomando un rumbo totalmente opuesto al que él había previsto.
A menos de tres semanas del inicio de la agresión contra Irán, el 28 de febrero, que el presidente de EE. UU., Donald Trump, calificó de “pequeña incursión”, la guerra está tomando un rumbo totalmente opuesto al que él había previsto.
El martes, Trump declaró: “Nos marcharemos en un futuro próximo —prácticamente en un futuro muy próximo”. De hecho, Axios informó el día anterior, citando a un funcionario estadounidense y a “una fuente con conocimiento del asunto”, que
en los últimos días se ha reactivado un canal de comunicación directo entre el enviado estadounidense Steve Witkoff y el ministro de Asuntos Exteriores iraní, Abbas Araghchi.
[Araghchi, por supuesto, lo desmintió rápidamente.]
Por el contrario, Israel está haciendo todo lo posible para asegurarse de que la guerra no termine ‘prematuramente’. La preferencia de Trump habría sido que en Teherán surgiera alguien equivalente a Delcy Rodríguez, la antigua vicepresidenta de Nicolás Maduro en Venezuela, una líder altamente pragmática. Pero el primer ministro Benjamin Netanyahu tiene otras ideas.
Él ve la guerra como una cruzada para hacer realidad el sueño sionista de la hegemonía sobre el Oriente Medio musulmán. Los objetivos que perseguía Trump nunca fueron realmente transparentes ni congruentes con los de Netanyahu.
La misión de Israel está lejos de haber concluido. La despiadada estrategia de decapitación es un medio para alcanzar un fin. Según las expectativas israelíes, tras el asesinato de los altos mandos del liderazgo iraní de un solo golpe, el régimen simplemente se derrumbaría. Pero las cosas no salieron así.
Por su parte, Trump mide el éxito de la guerra en función de la destrucción física que los ataques aéreos estadounidenses causaron a los edificios estatales, parques, escuelas, puentes, alcantarillas, hospitales, bases militares, etc. Y tiene motivos para sentirse satisfecho. Afirma que ya no quedan objetivos que atacar en Irán y que podría interrumpir el suministro eléctrico en todo el país en una hora si quisiera.
Pero la perspectiva de Netanyahu es totalmente diferente. Su descontento radica en que Teherán sigue en posesión de más de 400 kg de uranio altamente enriquecido y de un enorme arsenal de misiles y drones.
El régimen iraní sigue intacto y no hay indicios de insurrección alguna; de hecho, los iraníes ya están dictando las condiciones de paz: derechos de enriquecimiento, reparaciones de guerra, garantías de seguridad, levantamiento de sanciones, etc.
A diferencia de Trump, que se encuentra bajo una presión interna cada vez mayor para poner fin a la guerra, Netanyahu se complace en que la guerra en Irán sea ‘popular’ entre la opinión pública israelí, lo que incluso le ayuda a asegurarse un nuevo mandato en las próximas elecciones al Knesset.
En resumen, desde la perspectiva de Netanyahu, esta guerra no puede suspenderse todavía mientras sigan sin resolverse tantos asuntos pendientes. Y Netanyahu está acostumbrado a salirse con la suya.
Dos acontecimientos de esta semana indican que Netanyahu se centra ahora en bloquear las vías de Trump para un alto el fuego y las conversaciones posteriores con Irán. La primera medida, el martes, fue el asesinato en Teherán de Ali Larijani, un alto cargo de seguridad, al que siguió al día siguiente el bombardeo del yacimiento de gas de South Pars, en Irán.
La eliminación de Larijani del centro del escenario garantiza prácticamente que ningún alto cargo iraní se atreva ahora a aparecer como interlocutor en la mesa de negociaciones, por temor a encontrarse en el punto de mira del Mossad. Por otra parte, el ataque a los yacimientos de gas de South Pars aporta una nueva dimensión a la guerra, con un impulso propio y profundas implicaciones globales.
El editor de diplomacia del periódico The Guardian, Patrick Wintour, describió a Larijani en un conmovedor obituario como un «eje» de la política iraní que abarcaba tantos niveles de la política y ejercía una influencia personal tan enorme dentro de Irán y a nivel internacional que es prácticamente insustituible.
En la caja de Pandora que abrió la guerra, Larijani contaba con las credenciales únicas de ser “un líder alternativo para Irán en caso de que el Gobierno se desintegrara o, en la práctica, se rindiera”, escribió Wintour.
Como le dijo a Wintour Ellie Geranmayeh, experta en Irán del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores:
Netanyahu se centra ahora en bloquear las vías de Trump para un alto el fuego y las conversaciones posteriores con Irán. Larijani habría sido la persona indicada para llevar a cabo esa tarea.
Ahora, en lo que respecta al ataque israelí contra los yacimientos de gas de South Pars el miércoles, Trump afirma que Netanyahu le mantuvo al margen de lo que estaba tramando.
Es imposible verificar los hechos. Pero Trump escribió una publicación matizada en Truth Social en la que sostenía que ni Estados Unidos, ni Catar, ni él mismo tenían conocimiento previo de la operación israelí, y continuó declarando que no habrá más ataques israelíes de este tipo en el futuro. Trump concluyó exigiendo que Irán no tomara represalias. Irán, sin embargo, tomó represalias atacando Ras Laffan, en Catar, uno de los centros de gas natural licuado más importantes del mundo.
Es posible que Israel haya desencadenado una crisis regional de múltiples facetas que estaba a punto de estallar, la cual ya no se limitará únicamente a los activos militares, sino que afectará directamente a los sistemas que sustentan la estabilidad económica en todo el Golfo, con implicaciones regionales más amplias para la estabilidad de los regímenes que no pueden abordarse únicamente a través de canales bilaterales.
Riad convocó una reunión ministerial de alto nivel que reunió a naciones árabes y musulmanas, incluidos los Estados del Golfo, además de Egipto, Jordania, Turquía, Pakistán y otros, la cual, en una declaración conjunta, señaló un giro hacia la legitimación de posibles respuestas, al tiempo que mantenía un compromiso formal con la desescalada y subrayaba que el respeto a la soberanía y la no injerencia serían fundamentales para cualquier interacción futura con Teherán.
Arabia Saudí señaló por separado un giro hacia la legitimación de posibles respuestas, al tiempo que se adhería a un compromiso formal con la desescalada y hacía hincapié en la coordinación y la consulta continuadas entre los países participantes.
La conclusión es que la posición fundamental de los Estados del Golfo hacia Irán no ha cambiado de manera sustancial —mantener el diálogo al tiempo que se refuerza la disuasión—, pero las condiciones en las que opera están cambiando rápidamente.
Es evidente que el grave problema de acción colectiva de la región del Golfo debe superarse primero antes de dar un salto cualitativo hacia el desarrollo de una “fuerza similar a la OTAN” como disuasión alternativa al paraguas de seguridad estadounidense, que la guerra ha puesto de manifiesto que carece de sentido.
La importancia de la participación de Pakistán sigue sin estar clara y se presta a interpretarse como el pensamiento incipiente en torno a una alianza militar formal centrada en la «asociación islámica», que lleva la coordinación estratégica más allá de la región del Golfo para contener a Irán.
Baste decir que el enfoque de Israel en la energía y las infraestructuras como nuevo modelo de la guerra no fue en absoluto casual.
No obstante, en un escenario tan tenso, en lo que solo puede considerarse un gesto conciliador hacia Teherán, el secretario del Tesoro de EE. UU., Scott Bessent, planteó ayer con delicadeza (con la aprobación de Trump, por supuesto) una idea explosiva:
En los próximos días, podríamos levantar las sanciones al petróleo iraní que se encuentra en el mar. Se trata de unos 140 millones de barriles. Eso supone entre 10 días y dos semanas de suministro que los iraníes habían estado sacando al mercado y que habrían ido todos a parar a China. En esencia, utilizaremos los barriles iraníes contra los propios iraníes para mantener bajos los precios durante los próximos 10 a 14 días.
Es probable que esta medida tenga un efecto limitado sobre los precios, pero, de llevarse a cabo, supondría un sorprendente giro en la política estadounidense de larga data, ya que EE. UU. permitiría a Irán vender petróleo a precios de mercado, sabiendo perfectamente que Teherán se beneficiará de estas ventas. Este es un momento decisivo.
Traducción nuestra
*M.K. Bhadrakumar es Embajador retirado; diplomático de carrera durante 30 años en el servicio exterior indio; columnista de los periódicos indios Hindu y Deccan Herald, Rediff.com, Asia Times y Strategic Culture Foundation entre otros
Fuente original: Indian Punchline
