Phil Butler.
Foto: El presidente francés, Emmanuel Macron, presidió en París la reunión de la Coalición de los Voluntarios para defender a Ucrania en caso de un alto el fuego, 06 de enero 29026. Ludovic Marin / Reuters.
21 de marzo 2026.
Europa se encuentra en una situación en la que el desenlace del conflicto ucraniano no solo supone un reto en materia de política exterior, sino también una prueba de su capacidad para mantener su disposición de acción estratégica en un orden mundial en constante evolución.
Cuando las potencias en declive se enfrentan a la irrelevancia, la forma de perder se convierte en la propia estrategia.
Se instala una desesperación particular cuando una potencia se da cuenta de que ya no dirige los acontecimientos, sino que se limita a reaccionar ante ellos. Esa desesperación no implica el colapso dramático de un imperio, sino algo peor: la lenta constatación de que uno se ha convertido en un mero espectador en su propio entorno, con su capacidad de acción reducida al consumo económico y a la cuidadosa gestión de la memoria histórica.
Esta es la situación actual de Europa. Y Ucrania se ha convertido en el último escenario en el que esa situación podría revertirse o en el que se confirmará su carácter definitivo.
La cuestión no es si Europa puede ganar en Ucrania. La cuestión es si Europa puede perder de una manera que no formalice su transición de «potencia en declive» a «potencia irrelevante».
Esta es la distinción que importa. Las potencias en declive siguen teniendo peso, siguen acaparando la atención, siguen poseyendo la capacidad de actuar de forma independiente.
Las potencias irrelevantes son gestionadas, no consultadas. Son zonas económicas con banderas. Y esto es, más o menos, la Unión Europea y todo el continente. ¿Qué están dispuestos a hacer los principales líderes europeos? Esta es la cuestión central sobre la que se centra este artículo.
La trampa del compromiso
“La historia estratégica ofrece una lección recurrente: los actores sometidos a presión estructural a menudo intensifican la escalada no porque esperen la victoria, sino porque buscan definir los términos de la derrota”
El apoyo de Europa a Ucrania ha alcanzado ahora un umbral en el que la inversión en sí misma se ha convertido en la estrategia. No porque la victoria parezca probable, sino porque la retirada sería catastrófica —no militarmente, sino simbólicamente—.
Tras este nivel de compromiso, tras tanta retórica sobre valores y lo que está en juego para la civilización, dar marcha atrás supondría admitir que la voz estratégica de Europa es meramente decorativa.
Esto crea una lógica peculiar.
Los líderes europeos no están apostando por la victoria de Ucrania en ningún sentido convencional. Están apostando por no perder de una forma de la que no se les pueda culpar. El objetivo no es el triunfo, sino el aplazamiento, la opacidad y la capacidad de decir: «Hicimos todo lo posible» cuando llegue el colapso.
Esta es la psicología de la trampa del compromiso. Una vez que se está lo suficientemente metido en el asunto, el coste irrecuperable se convierte en su propia justificación.
No porque se crea que la próxima inversión vaya a cambiar las cosas, sino porque admitir que las inversiones anteriores fueron inútiles es políticamente insostenible.
Aquí es donde entra en juego lo que llamaré «la variable SVR». Rusia acusó a Gran Bretaña y Francia de planear armar a Ucrania con una o más armas nucleares.
Es una acusación que, naturalmente, provocó respuestas sobre su ‘absurdo’ y demás por parte de los líderes occidentales. Sin embargo, los servicios de inteligencia comprenden las trampas del compromiso mejor que nadie.
Saben que, una vez que un actor se ha sobrepasado, no se necesita una ventaja espectacular, sino algo decisivo en un contexto concreto. Algo que haga creer a los responsables clave de la toma de decisiones que ya han pasado el punto de no retorno.
Si el SVR ruso descubriera información útil —kompromat, exposición operativa, vulnerabilidad estratégica—, no tendría por qué ser sensacionalista.
Solo tendría que convencer a ciertos actores europeos de que se han comprometido con una línea de actuación que, de quedar al descubierto o fracasar, acabaría por completo con su viabilidad política. No se trata de chantaje en el sentido más burdo.
Se trata de información que hace que el cálculo de alguien pase de «esto es arriesgado» a «ya estoy perdido si esto sale mal».
Ese cambio modifica el comportamiento de forma drástica. Hace que la gente redoble la apuesta. Les hace preferir la escalada a la retirada, porque la retirada ahora parece una confesión.
La cuestión no es si existe tal información de inteligencia. La cuestión es si los principales responsables europeos creen que podría existir —o, peor aún, creen que Rusia cree que existe—. Esa incertidumbre por sí sola puede ser suficiente desde el punto de vista operativo.
El umbral de irrelevancia
Si el avance imparable de Rusia continúa mientras Estados Unidos se ve estratégicamente absorbido en otros frentes, Europa no se enfrenta a un único revés político, sino a una convergencia de vulnerabilidades estructurales que revelan los límites de su modelo de la posguerra fría.
La primera de estas vulnerabilidades es la aritmética energética. Antes de 2022, la base industrial de Alemania se apoyaba en contratos a largo plazo de gas ruso por gasoducto con precios que oscilaban aproximadamente entre los 200 y los 300 dólares por mil metros cúbicos, una estructura de costes que respaldaba la producción química de BASF, la fabricación de automóviles, el acero y las cadenas de suministro más amplias que constituían el núcleo económico de la Unión Europea. Esa arquitectura se ha visto ahora alterada de forma fundamental.
Tras la destrucción de los gasoductos Nord Stream en septiembre de 2022 —que, según confirmaron las investigaciones suecas y danesas, fue un acto de sabotaje—, Alemania pasó a importar GNL a precios de mercado al contado significativamente más elevados.
Desde entonces, los precios de la electricidad industrial se han situado entre los más altos de la OCDE, según datos de Eurostat para 2023-2024. BASF ha anunciado una reducción de plantilla a gran escala en Ludwigshafen, al tiempo que amplía la producción en China y Estados Unidos, y Volkswagen ha optado por el cierre de plantas nacionales debido a la presión de los costes y a la disminución de la competitividad.
No se trata de ajustes cíclicos. Reflejan una reasignación estructural impulsada por cambios duraderos en los costes de los insumos. Incluso en el improbable caso de que se aliviaran las sanciones, la restauración de la infraestructura de los gasoductos requeriría años de reconstrucción y unas condiciones políticas que ya no parecen alcanzables.
Las consecuencias van más allá de las facturas energéticas. Los fabricantes europeos se enfrentan ahora a desventajas simultáneas: mayores costes energéticos en comparación con Estados Unidos, amplificados por el gas de esquisto y las subvenciones de la Ley de Reducción de la Inflación; diferenciales persistentes en los costes de producción con respecto a la industria china; y cargas normativas que ralentizan el despliegue de capital y la iteración tecnológica.
La estrategia de adaptación de la UE ha hecho cada vez más hincapié en la exportación de regulaciones, convirtiendo los marcos de gobernanza —ya sea en materia de protección de datos, cumplimiento medioambiental o mercados digitales— en instrumentos de influencia.
Ese enfoque da por sentado que el mercado europeo sigue siendo lo suficientemente indispensable como para que las empresas globales absorban los costes de cumplimiento a cambio de acceso. Sin embargo, esa suposición se está debilitando.
El mercado interno de China supera ahora a la UE en escala industrial y trayectoria de crecimiento; Estados Unidos ha mostrado una resistencia creciente a la armonización normativa en los términos europeos; y las economías emergentes carecen tanto del capital como del incentivo para internalizar los regímenes de cumplimiento de la UE. La regulación sin peso industrial se convierte en consultiva en lugar de hegemónica.
Ucrania, en este contexto, no es meramente un compromiso moral, sino una prueba estructural. Europa ha comprometido más de 50 000 millones de euros en mecanismos de apoyo financiero colectivo hasta 2024, junto con ayuda militar bilateral que ha reducido considerablemente las reservas en varios Estados miembros.
La expansión de la producción de defensa se ha quedado por debajo de las previsiones iniciales, limitada por cuellos de botella industriales e ineficiencias en la contratación pública documentadas por el Tribunal de Cuentas Europeo.
Mientras tanto, Europa carece de una capacidad de proyección de fuerza independiente sin la logística, la inteligencia y el transporte estratégico de EE. UU. El fondo de defensa alemán «Zeitenwende», de 100 000 millones de euros, anunciado con urgencia retórica en 2022, ha sufrido retrasos ampliamente difundidos en su absorción y en las adquisiciones.
La exposición es múltiple: la tensión económica derivada de la reestructuración energética, las limitaciones militares por el agotamiento de las existencias y el compromiso político excesivo con un resultado que Europa no puede moldear de manera decisiva.
En tales condiciones, la dimensión de la inteligencia se vuelve menos teatral y más procedimental. La forma más desestabilizadora de influencia no sería un escándalo, sino la documentación: evaluaciones internas que reconozcan las perspectivas cada vez más reducidas de Ucrania; el reconocimiento privado de que la ruptura energética produciría una grave contracción industrial; canales extraoficiales exploratorios que contradigan la retórica pública maximalista.
Este tipo de material no requeriría su divulgación pública para ejercer influencia. Su valor estratégico residiría en hacer conscientes a los responsables de la toma de decisiones de que una retirada podría interpretarse como una confesión más que como un reajuste. Esa dinámica agrava la trampa del compromiso, reduciendo el abanico de opciones políticamente viables.
Esta reducción de opciones genera la estructura de incentivos definitiva y más peligrosa. Si los líderes europeos llegan a creer que la trayectoria conduce al colapso de Ucrania, a un estancamiento económico prolongado y al descrédito político, el cálculo cambia.
Un desmoronamiento lento maximiza la exposición al tiempo que minimiza el control del discurso. Bajo tal presión, una escalada más aguda puede adquirir su propia lógica, no porque garantice el éxito, sino porque replantea el fracaso como una falta de determinación aliada en lugar de un juicio estratégico erróneo. En ese sentido, el riesgo no es la imprudencia impulsiva, sino la desesperación estratégica moldeada por el declive estructural.
La cuestión central, por lo tanto, no es si Europa puede ganar en Ucrania en términos convencionales. Es si Europa puede absorber una pérdida estratégica sin cruzar el umbral de la irrelevancia —sin formalizar su transición de un actor en declive que aún conserva capacidad de acción a una zona económica gestionada cuyas decisiones se configuran en otros lugares. Las potencias en declive siguen influyendo en los acontecimientos. Las zonas gestionadas son administradas.
La lógica de la detonación controlada
Esta última posibilidad merece una atención especial porque no requiere que surja la irracionalidad. Solo requiere una reducción de las opciones. Si los responsables europeos comienzan a creer que la trayectoria conduce al colapso de Ucrania, al estancamiento industrial y a un eventual ajuste de cuentas político en casa, la estructura de incentivos cambiará de forma sutil pero decisiva.
En tales condiciones, el peor resultado no es la derrota en sí misma, sino un desmoronamiento lento y doloroso que pone de manifiesto los errores de cálculo sin proporcionar control narrativo. Un declive prolongado maximiza la vulnerabilidad. Parece un fracaso por vacilación más que un fracaso por circunstancias.
La historia estratégica ofrece una lección recurrente: los actores sometidos a presión estructural a menudo recurren a la escalada no porque esperen la victoria, sino porque buscan condicionar los términos de la derrota.
Thomas Schelling, el estratega galardonado con el Premio Nobel, argumentó en su famosa frase que «el poder de hacer daño es poder de negociación».
La credibilidad de la escalada radica no solo en su efecto en el campo de batalla, sino también en su señalización política. Cuando los líderes perciben que la retirada se interpretará como una capitulación, crece la tentación de alterar el tablero en sí mismo: de elevar las apuestas lo suficiente como para que la responsabilidad del fracaso pueda redistribuirse.
En el contexto europeo, una «detonación controlada» no significaría necesariamente una guerra imprudente. Podría manifestarse como medidas incrementales pero acumulativas que traspasen umbrales observados anteriormente: transferencias de armas ampliadas, misiones de «entrenamiento» de la OTAN más intensas con proximidad operativa, garantías de seguridad a largo plazo que afiancen la exposición fiscal y militar, o compromisos financieros tan sustanciales que dar marcha atrás resulte económicamente desestabilizador. Ninguna de estas medidas garantiza el éxito.
Lo que ofrecen, en cambio, es un aislamiento narrativo. Si los acontecimientos se deterioran a pesar del máximo esfuerzo, la culpa se desplaza hacia el exterior —hacia una solidaridad aliada insuficiente, hacia perturbaciones externas, hacia circunstancias geopolíticas— en lugar de hacia el interior, hacia un juicio estratégico erróneo.
El peligro es estructural, no emocional. En condiciones de declive, el margen de error se reduce mientras que lo que está en juego en materia de reputación aumenta. Un lento descenso hacia la irrelevancia priva al liderazgo tanto de impulso como de control.
Una escalada brusca, por el contrario, restaura la sensación de capacidad de acción —aunque sea temporalmente— al forzar decisiones de alineamiento tanto de aliados como de adversarios. Transforma la contracción pasiva en una postura activa.
Sin embargo, es precisamente aquí donde el riesgo se agrava. La escalada en un contexto de debilidad estructural no genera una influencia equivalente a la que se obtiene de una escalada desde una posición de fuerza. Aumenta la exposición al tiempo que reduce las vías de salida.
Lo que comienza como un intento de preservar la relevancia puede acelerar la transición hacia un estatus controlado si la escalada no logra producir una ganancia estratégica.
En ese sentido, la lógica de la detonación controlada no es intrínsecamente irracional; es una respuesta a lo que se percibe como inevitable. Pero también es la respuesta más peligrosa de las que tiene a su disposición un actor en declive cuyas bases materiales ya se han erosionado.
La cuestión, pues, no es si la escalada es deseable. Es si Europa puede resistir los incentivos creados por su propia trampa de compromiso el tiempo suficiente para recalibrarse sin hacer estallar el tablero.
La forma de perder puede ser importante para la supervivencia política, pero no revierte la aritmética estructural. Y la aritmética, al fin y al cabo, es indiferente a la narrativa.
Traducción nuestra
*Phil Butler es investigador y analista político, politólogo y experto en Europa del Este, además de autor del reciente éxito de ventas «Putin’s Praetorians» y de otros libros
Fuente original: New Eastern Outlook
