EL DECRETO PRESIDENCIAL DE TRUMP Y LAS OPCIONES DE CUBA. Pedro Monzón Barata.

Pedro Monzón Barata.

Ilustración: Zeniab el-Hajj para Al Mayadeen English

16 de marzo 2026.

Pedro Monzón Barata sostiene que la última orden ejecutiva de Trump y sus amenazas contra Cuba representan una escalada deliberada de la presión que Estados Unidos ejerce desde hace tiempo con el objetivo de estrangular la economía y la soberanía de la isla. La respuesta de Cuba es de resistencia, adaptación y defensa en los ámbitos de la energía, la diplomacia y la supervivencia nacional.


Una nueva y más directa amenaza se cierne ahora sobre Cuba, impuesta por la fuerza brutal del imperio. El 5 de marzo de 2026, mientras la atención del mundo se centraba en la agresión imperial en curso contra Irán, el presidente Donald Trump hizo una declaración escalofriante y arrogante: después de Irán, le toca a Cuba.

En una entrevista telefónica con Politico, afirmó sin rodeos que «Cuba también va a caer». Al día siguiente, en un acto en la Casa Blanca, reiteró que la acción contra Cuba es «solo cuestión de tiempo» una vez que concluya el conflicto con Irán.

No se trata de mera retórica; es el anuncio público de un plan premeditado para borrar a nuestra nación del mapa.

Sus planes incluyen cada vez más una agresión militar definitiva, pero el refuerzo del bloqueo energético es el arma elegida para este asalto final. Washington pretende paralizar las centrales eléctricas, las bombas de agua, los hospitales, las ambulancias y el transporte, congelando la economía del país. Esta tragedia, obra del Gobierno de los Estados Unidos, representa un acto de cinismo histórico sin parangón en el siglo XXI, que traspasa el umbral definitivo de la guerra no convencional para infligir un sufrimiento masivo a una población pacífica.

Los apagones de 12, 16 y 20 horas que soportamos no son un accidente geopolítico ni una crisis de gestión, sino más bien terrorismo de Estado a gran escala, un crimen contra la humanidad perfeccionado con la frialdad de un verdugo que determina el punto exacto donde cortar para provocar la máxima agonía.

La orden ejecutiva de Trump del 29 de enero de 2026, que declara a Cuba una «amenaza inusual y extraordinaria», es coherente con la intervención militar en Venezuela y el secuestro de Maduro. Son las dos puntas de la misma tenaza cuyo propósito último no es derrocar un gobierno, sino borrar de la historia el ejemplo vivo de la Revolución Cubana.

La retórica imperial de las «sanciones», la «promoción de la democracia» y la «lucha contra el terrorismo y las drogas» es la cáscara podrida que oculta el rostro genocida de la política exterior estadounidense.

¿Qué legitimidad moral puede reivindicar una nación que ha elevado la violencia de Estado tanto a doctrina como a práctica?

Desde Hiroshima y Nagasaki hasta Vietnam y Raqqa; desde la financiación de escuadrones de la muerte en Centroamérica y Oriente Medio hasta la tortura en Abu Ghraib y Guantánamo (territorio cubano usurpado), al tiempo que se protege en suelo estadounidense a terroristas condenados, como Luis Posada Carriles, el cerebro del atentado en pleno vuelo contra un avión de pasajeros cubano que mató a 73 personas inocentes el 6 de octubre de 1976.

Las acusaciones de Washington son una proyección patológica: acusa a Cuba de lo que constituye su propia esencia. Su terror tiene un rostro concreto: niños sin medicamentos oncológicos, respiradores que fallan, alimentos que no llegan por falta de combustible. Esta política inmoral ha sido condenada durante 32 años consecutivos en las Naciones Unidas. Es la política del gánster que quema la casa cuando la víctima se niega a arrodillarse.

La persistencia del crimen

Esta política de terror no surgió con Trump, ni con el siglo XXI. Tiene un origen preciso, un documento fundacional que revela su intención genocida.

El 6 de abril de 1960, el subsecretario Lester D. Mallory redactó el memorándum fundacional de esta política estadounidense hacia Cuba, desclasificado años más tarde como prueba irrefutable de intención genocida:

La mayoría de los cubanos apoya a Castro… No existe una oposición política efectiva… La única forma previsible de privarle del apoyo interno es a través del desencanto y la insatisfacción derivados de las dificultades económicas… Deben emplearse rápidamente todos los medios posibles para debilitar la vida económica de Cuba, privarla de dinero y suministros, provocar el hambre, la desesperación y el derrocamiento del Gobierno».

La orden ejecutiva de Trump de 2026 es la aplicación del principio de Mallory con herramientas del siglo XXI.

Esta agresión energética no ha comenzado ahora. Desde 2019, se persiguió, amenazó e interceptó a petroleros en aguas internacionales; se multó e intimidó a los armadores por temor a perder el acceso a la economía estadounidense.

La orden ejecutiva fue la formalización de una guerra energética ya en marcha. Ahora se prohíbe el suministro total de energía, el fluido vital de cualquier sociedad moderna, con el mismo objetivo de siempre: provocar la desesperación para derrocar la Revolución, pero con una precisión letal aún mayor.

El cálculo perverso busca el colapso multisistémico como caldo de cultivo para la intervención «humanitaria». No quieren una transición pacífica, sino un Estado fallido dócil que administrar y del que borrar el fantasma de la dignidad insurgente.

Apagón total y asfixia total

Lo que busca el imperio no es un simple ajuste económico, sino un colapso humanitario. El mundo fue testigo de ello el 4 de marzo, cuando una avería en la central termoeléctrica Antonio Guiteras, la mayor del país, dejó sin electricidad a dos tercios de la nación, incluida La Habana. No fue un accidente. Fue la manifestación más brutal de la «guerra energética» declarada por Washington.

Tal y como ha denunciado la Agencia de Noticias de Cuba, la orden ejecutiva de Trump reproduce la fórmula genocida del Memorándum Mallory de 1960: provocar hambre y desesperación en la población para derrocar la Revolución.

La causa inmediata del apagón fue la «debilidad del sistema eléctrico debido a la falta de combustible». Desde el 9 de enero no han llegado a la isla buques cargados de combustible, y la odiosa presión de EE. UU. mediante amenazas de aranceles a los países que envían petróleo a Cuba ha paralizado las importaciones.

El propio presidente Trump lo admitió el 5 de marzo, al afirmar: « Cortamos todo el petróleo, todo el dinero, o cortamos todo lo que viene de Venezuela, que era la única fuente. Y ellos quieren llegar a un acuerdo».

Mientras tanto, la Administración Trump, en un acto de cinismo sin límites, mantiene un «bloqueo de facto» al tiempo que permite ciertos envíos muy reducidos únicamente a empresas privadas, intentando dividir a la nación y crear una dependencia que socava la soberanía. Es el mismo guion: financiar una quinta columna mientras se asfixia al pueblo.

El terrorismo de Estado y sus consecuencias humanas

Las consecuencias de esta política criminal tienen nombres y rostros. Mientras los cubanos hacían cola para comprar velas durante el apagón masivo, el mundo pudo ver el rostro del terrorismo de Estado que denunciamos. Un padre, Damián Salvador, lo expresó con la crudeza de quien no tiene nada que perder: «Todo lo que tienes en la nevera se echa a perder: la carne, la leche del bebé, todo».

El Gobierno revolucionario, lejos de rendirse, ha puesto en marcha medidas de emergencia para preservar los servicios esenciales: una semana laboral de cuatro días para el sector estatal, el racionamiento de combustible y la reducción de las actividades de transporte y educación.

Estas son las medidas de una nación que se prepara para lo peor sin dejar de funcionar, dando prioridad a la vida. Pero la realidad es que la escasez de combustible está llevando al límite a sectores sensibles como la salud, el transporte y el suministro de agua, lo que ha llevado incluso a las Naciones Unidas a advertir de un riesgo inminente de «colapso humanitario».

La ominosa amenaza de Trump de una «toma de control amistosa»

Mientras el pueblo iraní resiste y se enfrenta a la agresión estadounidense-israelí que ya ha costado miles de vidas, incluidos niños asesinados en ataques aéreos, Trump ha vuelto su mirada hacia nuestra patria con creciente beligerancia.

El 9 de marzo, intensificó drásticamente sus amenazas, sugiriendo la posibilidad de una «toma de control amistosa» de Cuba —o quizá no tan amistosa—. «Puede que sea una toma de control amistosa, puede que no lo sea. No importaría porque, en realidad, están, como digo, al límite. No tienen energía. No tienen dinero. Están en graves apuros desde el punto de vista humanitario», declaró Trump. Este es el lenguaje de una potencia colonial, que trata a las naciones soberanas como territorios que deben ser adquiridos.

La estrategia del imperio es clara: primero Venezuela, luego Irán y ahora Cuba. Trump se ha jactado de que la captura del presidente Maduro el 3 de enero y la desestabilización de Venezuela fueron pasos esenciales para cortar el sustento de Cuba.

Ha reconocido públicamente que el empeoramiento de la situación en nuestra isla es el resultado directo de su «intervención». Y ahora, a medida que el conflicto en Irán se complica más de lo previsto, ha señalado con su arrogancia característica que el secretario de Estado de extrema derecha, Marco Rubio (hijo de inmigrantes cubanos con una larga historia de animadversión hacia la Revolución), está esperando entre bastidores para hacerse cargo de la cartera cubana.

El terrorismo de Estado como doctrina

Este patrón de explotación y agresión no es excepcional; es la doctrina constante de la política exterior estadounidense. La política exterior estadounidense es un catálogo de terrorismo de Estado: derrocamiento de gobiernos democráticos (Mossadegh en Irán, Arbenz en Guatemala, Allende en Chile), apoyo a dictaduras sangrientas (Pinochet, Videla, Somoza), las invasiones de Panamá y Granada; guerras basadas en mentiras descaradas, como en el caso de Irak; bombardeos con drones en guerras eternas; creación y financiación de grupos terroristas.

¿Y qué es el bloqueo sino terrorismo económico a gran escala? La diferencia entre un terrorista con una bomba y un burócrata que niega la insulina a un niño es solo una cuestión de método: ambos infligen dolor para quebrantar la voluntad. Este es el verdadero rostro del imperio: una máquina generadora de dolor que se presenta como el único médico capaz de curar las heridas que inflige.

La propaganda imperial como defensora de la democracia y los derechos humanos se desmorona ante los hechos. Estados Unidos carece de autoridad moral para juzgar.

Es el principal violador de soberanías, el mayor exportador de violencia del mundo y un patrocinador histórico del terrorismo de Estado. Mientras acusaba a Cuba de violaciones de los derechos humanos, Washington concedió asilo en Miami a los terroristas Posada Carriles y Orlando Bosch; mantuvo recluido y torturado a Julian Assange por denunciar sus crímenes de guerra; y, en Guantánamo, sigue usurpando territorio cubano y sometiendo a personas a prisión y tortura sin juicio.

Pero dejando de lado la inmoralidad del acusador, debemos plantearnos una pregunta más fundamental: ¿existen razones objetivas para que Cuba merezca un castigo? La respuesta documentada es un rotundo no. Cuba respeta y promueve los derechos humanos como prioridad absoluta. No hay ningún caso demostrado de tortura o represión inhumana.

Es un país de paz donde la justicia social y la solidaridad son la esencia misma del sistema: sanidad y educación universales y gratuitas, legislación laboral y seguridad social progresistas, participación política inclusiva, cooperación internacional desinteresada y mucho más.

Mientras que en EE. UU. y Europa se reprimen brutalmente las manifestaciones pacíficas, se discrimina a las personas, se criminalizan la pobreza y la migración, y los sistemas penitenciarios albergan a millones de personas, Cuba mantiene una seguridad ciudadana envidiable y da prioridad a la equidad y la solidaridad como principios del Estado.

La paradoja de la «amenaza inusual y extraordinaria»

Esto nos lleva a una aparente contradicción que, al examinarla, revela la verdadera naturaleza del conflicto.

¿Cómo puede una isla de 10 millones de personas, un supuesto «Estado fallido en declive», representar una «amenaza inusual y extraordinaria» para la superpotencia? Se trata de una burda falacia, destinada únicamente a confundir.

Pero si rascamos bajo la superficie, se revela una realidad: no temen a Cuba por nuestro tamaño militar o económico, sino por el poder de nuestro ejemplo. La demostración de que un pueblo pequeño, pobre y bloqueado puede construir una sociedad más justa, resistir durante décadas la agresión del imperio más poderoso y exportar solidaridad en lugar de guerra.

Esto demuestra que otro mundo es posible, que la dignidad no se compra ni se vende, y que la soberanía popular prevalece sobre la dominación imperial. Por eso deben destruir a Cuba: nuestra mera existencia desmiente su narrativa de que no hay alternativa al capitalismo salvaje.

Cuba resiste y no se detiene

Y, sin embargo, a pesar de esta amenaza existencial, Cuba no se limita a resistir; avanza.

La resistencia cubana no es inmovilidad, sino movimiento constante, adaptación permanente y creatividad incesante. No resistimos para permanecer estáticos, sino para seguir existiendo y avanzando. Cuba ha borrado el concepto de colapso que predice el imperio, transformando los obstáculos en oportunidades y la escasez en un estímulo para la innovación.

Consciente de nuestra vulnerabilidad energética, la Isla ha estado ideando medidas para hacer frente al bloqueo de combustible. No se trata de improvisaciones, sino del resultado de análisis estratégicos, escenarios de contingencia y la acumulación de reservas morales y materiales, que no siempre pueden hacerse públicas.

Junto con la resistencia contra el bloqueo, trabajamos con soberanía para resolver nuestros propios problemas y deficiencias. Somos conscientes de las insuficiencias de gestión, de los errores cometidos y de las estructuras que hay que perfeccionar. Pero precisamente porque buscamos soluciones con nuestros propios medios, sin tutela externa, el bloqueo es doblemente criminal: nos asfixia y reduce nuestra capacidad de corrección con nuestros propios recursos.

De la «opción cero» a la «guerra de todo el pueblo»

Esta capacidad de autocorrección y adaptación no es nueva. Se perfeccionó en el crisol del Período Especial, y de esa experiencia surgieron estrategias concretas.

Sin duda, la respuesta a la agresión ha sido calculada, serena y decisiva. Cuando el enemigo nos apaga las luces, encendemos la inteligencia colectiva y recurrimos a la experiencia pasada.

Uno de los legados del Período Especial fue la concepción de la «Opción Cero»: un escenario límite, para el que estamos preparados, basado en la decisión de resistir, desinteresadamente, en defensa de la soberanía. Implica un racionamiento energético draconiano, pero racional; la priorización absoluta del combustible para los servicios vitales; la agricultura urbana y suburbana para la autosuficiencia alimentaria; el retorno a la tracción animal y al transporte en bicicleta; y la conversión de la industria a tecnologías de bajo consumo.

Se da prioridad a los servicios esenciales: los hospitales, donde la electricidad decide entre la vida y la muerte; los centros de educación general y especial; y las industrias fundamentales para la supervivencia y el desarrollo. Se protegen todos los tejidos productivos y sociales básicos.

La respuesta: serenidad, racionalidad y soberanía energética

Pero el imperio y sus lacayos, como el secretario de Estado Marco Rubio, se equivocan de nuevo si creen que la desesperación nos hará rendirnos. La serenidad y la convicción de las que hablo quedaron demostradas el 6 de marzo, cuando, en menos de 48 horas, el 80 % de los hogares de La Habana y la mayor parte del país recuperaron el servicio eléctrico. Esa capacidad de respuesta no es improvisación: es la madurez de un pueblo que ha superado crisis mucho peores.

Paralelamente, aceleramos la revolución de las energías renovables. El primer ministro Manuel Marrero Cruz lo dejó claro: «Cuba sigue trabajando para alcanzar la soberanía energética».

No son palabras vacías. Mientras Washington bloquea, nosotros construimos. Estamos acelerando la instalación de 49 nuevos parques fotovoltaicos que ya aportan más de 1000 MW al sistema, duplicando la generación renovable del 3 % al 10 % en el último año.

El objetivo es alcanzar entre el 15 % y el 20 % de la matriz energética con fuentes limpias para finales de año. Además, el Gobierno ha aprobado exenciones arancelarias y fiscales para que las familias y las empresas importen e instalen paneles solares.

Convertimos la falta de combustible en la mayor oportunidad para aprovechar el sol que tenemos en abundancia. Es la victoria de la inteligencia colectiva sobre la fuerza bruta.

La diplomacia y el principio de solidaridad

Esta batalla no se libra únicamente dentro de nuestras fronteras. Se extiende a todas las trincheras diplomáticas donde está en juego la verdad sobre Cuba.

En el frente diplomático y jurídico, libramos una batalla global por la verdad. Desmontamos las acusaciones al poner al descubierto las acciones ilegales del agresor.

Insistimos en que el término correcto es bloqueo, no embargo: más precisamente, se trata de una guerra económica y política. La diferencia es crucial desde el punto de vista jurídico y moral: un embargo es una medida entre beligerantes; un bloqueo es un acto de guerra diseñado para aislar, asfixiar y matar de hambre a una población civil, con un alcance extraterritorial que incluso viola la soberanía de terceros países.

Nuestra voz cuenta con un apoyo abrumador en la Asamblea General de la ONU, año tras año, con la solidaridad orgánica de Nuestra América expresada a través de los comunicados del ALBA-TCP y las declaraciones conjuntas de organizaciones, instituciones, países y personalidades destacadas.

El Sur Global vive la agresión contra Cuba como propia y ve en ella la esencia de su propia lucha.

La solidaridad internacional cubana es un rasgo sin precedentes y definitorio. A diferencia del imperio, que promueve el terrorismo, Cuba ofrece ayuda médica, educación y asistencia técnica. Las brigadas médicas han salvado millones de vidas; los educadores han alfabetizado a poblaciones enteras. Se trata de pura cooperación, no de intervención militar ni de saqueo. «Médicos, no bombas», resumió Fidel. Esta verdad otorga a Cuba prestigio moral a los ojos del mundo e inspira reciprocidad.

Incluso dentro del «monstruo» (como lo llamó José Martí), surgen movimientos solidarios y voces valientes. Los cubanos en el extranjero, los empresarios extranjeros con inversiones en la isla y los gobiernos y ciudadanos amigos nos ofrecen su apoyo. Esta red transnacional demuestra que Cuba no está sola: nuestra causa es justa, y el imperio no ha logrado monopolizar la narrativa global.

Cuba y la multipolaridad

Esta creciente red de solidaridad no es casual. Coincide con un profundo cambio en el orden mundial.

Muchos se preguntan sobre el posible papel de la ayuda decisiva de las potencias emergentes que están configurando el orden mundial multipolar. Cuba reconoce las sinceras muestras de solidaridad de nuestros amigos más poderosos, pero abordamos la cuestión con serenidad estratégica, sin romanticismo ingenuo ni dependencia.

Apreciamos la ayuda en momentos críticos, pero nuestra victoria final debe ser el resultado de nuestro propio esfuerzo, nuestro ingenio y nuestra unidad.

Sin embargo, el valor simbólico de Cuba trasciende las circunstancias. No somos el Estado paria que la propaganda nos pinta; somos una nación con un capital político y moral sustancial, prueba viviente de que es posible resistir y derrotar al hegemonismo más poderoso de la historia.

Confiamos, sin chovinismo, en que el mundo en su conjunto, y los actores clave del orden multipolar, no permitirán que Estados Unidos borre a Cuba del mapa político. La solidaridad concreta ya se está haciendo sentir con fuerza creciente.

Una fortaleza invencible en la tormenta geopolítica

Nuestra lucha no es un asunto local: es la trinchera de primera línea de una guerra civilizacional global entre el unilateralismo genocida y la aspiración a un orden internacional justo basado en el respeto y la cooperación.

Cada día que resistimos, cada apagón que sobrevivimos, cada acto de agresión que desmantelamos, refuerza la credibilidad de nuestra alternativa. Defendernos es defender el derecho de todos los pueblos a vivir en soberanía.

La ferocidad del imperio no se detiene en las fronteras de Cuba. La agresión contra Venezuela, que condujo al secuestro del presidente Nicolás Maduro y su esposa el pasado 3 de enero, tenía un objetivo secundario: arrebatarle a Cuba su principal fuente de combustible.

Sin embargo, una vez más han subestimado la solidaridad militante de nuestros pueblos y la fortaleza de nuestros líderes. El presidente Miguel Díaz-Canel ha reiterado la voluntad de dialogar con Estados Unidos, pero siempre desde el respeto a la soberanía y sin la más mínima concesión a la injerencia. Cuando Trump amenazó con que «Cuba va a caer», la respuesta de nuestro presidente fue inmediata y firme: Cuba se defenderá «hasta la última gota de sangre».

Una fortaleza invencible

Pero si la diplomacia fracasa, si el bloqueo se endurece, si el imperio recurre a su argumento definitivo, Cuba está preparada para responder con su defensa definitiva.

Mientras libramos batallas económicas, de comunicaciones y diplomáticas, mantenemos una vigilancia y una preparación inquebrantables en materia de defensa nacional. La brutal intervención en Venezuela, donde cayeron 32 valientes colaboradores militares cubanos mientras luchaban contra fuerzas abrumadoras, no nos intimidó: nos llenó de orgullo y nos reveló la ferocidad del enemigo y la necesidad de estar preparados para el escenario más extremo.

Cuando el imperialismo amenaza, nuestro pueblo no tiembla ni se esconde: se presenta en las fortificaciones, los campos de tiro y las unidades militares. La «Guerra de todo el pueblo» no es un concepto abstracto: es una realidad física, ensayada cada sábado en todos los municipios, barrios y lugares de trabajo. Es la materialización del principio de Fidel de que todo cubano es un soldado.

Este sistema defensivo único no se basa en portaaviones sigilosos ni en armas hipersónicas inalcanzables, sino en la conciencia política, el entrenamiento y la valentía de millones de personas.

Las Fuerzas Armadas Revolucionarias, como columna vertebral profesional, se integran orgánicamente con la Milicia Popular de Tropas Territoriales, que domina el terreno y sabe cómo utilizar las armas, las tácticas y las estrategias. Se trata de la «disuasión por negación» llevada al extremo: hacer que el coste de una invasión sea tan prohibitivo en sangre, tiempo, recursos y prestigio que resulte impensable, incluso para los halcones más agresivos de Washington.

No encontrarían un ejército convencional que aniquilar, sino toda una nación transformada en un enjambre de resistencia, donde cada ciudadano está preparado y entrenado para enfrentarse al enemigo. No se trata de derrotar a un gobierno impuesto; tendrían que derrotar al propio pueblo, porque la Revolución Cubana es todo el pueblo.

Serenidad, racionalidad y convicción

Lo que sustenta esta preparación no es el miedo, sino un estado de ánimo particular que los visitantes de la isla suelen destacar.

En Cuba se percibe una atmósfera particular de serenidad, racionalidad, profunda convicción, disposición al sacrificio y seguridad en el éxito final. No se trata de una euforia ingenua ni de negar el peligro, sino de la madurez de un pueblo que ha atravesado múltiples crisis y conoce la capacidad destructiva del enemigo y nuestra propia fuerza.

Esta serenidad es confianza y concentración, la calma que precede y acompaña a la acción decisiva, resultado de décadas de educación política, educación integral y la institucionalización de la conducta revolucionaria.

Cuando Fidel ya no estaba físicamente entre nosotros, muchos predijeron un colapso inminente. Pero la perseverancia revolucionaria no es un fenómeno contingente: es el resultado de un proceso consciente que transformó la intuición, la actitud política y la valentía de héroes, mártires y del Comandante en Jefe en una doctrina de Estado resiliente y adaptable, profundamente arraigada en las masas. Ese es nuestro capital.

El absurdo del bloqueo

Y, sin embargo, todo este aparato de agresión, esta guerra de seis décadas, no solo es criminal, sino profundamente irracional.

Sin el bloqueo, ambos pueblos se beneficiarían. Los empresarios estadounidenses tendrían acceso a un mercado vecino de 10 millones de consumidores; disfrutarían de una cultura universalmente reconocida, hermosas playas, una naturaleza prodigiosa y una población comprensiva. Los cubanos tendrían acceso a tecnología, inversiones y mercados para potenciar su desarrollo.

Ambos pueblos podrían establecer relaciones amistosas en lugar de enfrentarse. Es irracional y doloroso promover el derramamiento de sangre en una confrontación innecesaria. El bloqueo es absurdo en todos los sentidos: económico, político, moral, cultural y jurídico.

A pesar de este absurdo, Cuba no cierra la puerta al diálogo, pero tampoco la abrirá a la sumisión.

Hay sectores en los que, a pesar de las profundas diferencias, podemos entablar un diálogo y trabajar juntos: cuestiones medioambientales, la lucha contra el narcotráfico, la gestión ordenada de la migración y la cooperación científica. Pero hay una línea roja no negociable: no negociaremos la soberanía. Ni un micrón. Nada. No pedimos permiso para existir, para elegir nuestro sistema político ni para mantener nuestra independencia. Estamos dispuestos a dialogar en pie de igualdad, pero nunca bajo amenaza, coacción o chantaje.

El error de cálculo de Trump

El líder del imperio cree que puede añadir a Cuba a una lista de conquistas, refiriéndose a nosotros como «uno de los pequeños» para él. Se jacta de que su intervención nos ha paralizado, de que estamos desesperados por llegar a un acuerdo. Habla de una «adquisición amistosa» como si nuestra patria fuera un inmueble que se puede adquirir. Está profundamente equivocado.

Lo que Trump no comprende (lo que ninguno de ellos comprende) es que Cuba no está en venta. No estamos desesperados por llegar a un acuerdo; estamos decididos a resistir.

Los «vapores» con los que cree que funcionamos no son los últimos estertores de un régimen moribundo, sino el combustible de un pueblo cuya dignidad se ha forjado en décadas de resistencia. La oscuridad que pretende imponernos solo hace que la luz de nuestra convicción brille con más intensidad.

La victoria de las ideas

Esto nos lleva a la pregunta final e inevitable:

¿Podrá el bloqueo energético, sumado al bloqueo de seis décadas, someter finalmente a la Revolución Cubana? La respuesta se encuentra en los archivos de los fracasos imperiales. Lo han intentado todo: la invasión de Playa Girón (1961), donde el Ejército Rebelde y una milicia recién creada y aún mal entrenada infligieron su primera gran derrota militar al imperialismo estadounidense en América; la guerra terrorista de los años sesenta y setenta, con sabotajes y ataques biológicos; la aterradora Crisis de los Misiles en Cuba (1962); el estrangulamiento del Período Especial, que forjó una resistencia de acero; una guerra cultural y mediática permanente, y el seductor atractivo del «cambio suave». Y ahora, el asalto final al sistema energético. Pero aquí estamos: en pie, luchando, creando.

Nuestra fuerza no se mide en barriles de petróleo ni en megavatios, sino en reservas morales inagotables. Se nutre de la ética de Martí, que situó «el culto a la plena dignidad del hombre» como la primera ley de la República.

Se alimenta del pensamiento de Fidel, que legó la convicción de que las batallas decisivas se ganan con ideas, unidad y una conexión indisoluble entre el liderazgo y el pueblo.

Se fortalece con la memoria viva de cada sacrificio colectivo superado, desde la campaña de alfabetización hasta la pandemia.

El camino inmediato será extremadamente difícil: una oscuridad física que duele, una escasez que oprime y una incertidumbre constante. Pero es precisamente en esta oscuridad impuesta donde la luz de nuestra razón, nuestra moral y nuestra certeza histórica brilla con fuerza inextinguible.

Estados Unidos, en su obsesión patológica por destruir nuestro ejemplo, solo pone de manifiesto su propia brutalidad y miseria moral, al tiempo que revela la fuerza de nuestros principios.

Haremos lo que siempre hemos hecho, lo que mejor sabemos hacer: resistir, crear y vencer. Porque sabemos que un pueblo unido por una causa justa, consciente de sus derechos y dispuesto a sacrificarse por su dignidad y soberanía, es una fuerza contra la que se desmoronan todos los imperios.

Nuestra victoria final no será un titular en la prensa occidental; será la perennidad eterna de Cuba como nación libre, soberana y socialista de solidaridad, inspirada por Martí y Fidel.

Será el triunfo de la idea de que otro mundo es posible, necesario e inevitable. Mientras los cubanos tengan la voluntad de luchar, la llama de la Revolución, como el sol que aprovechamos en nuestros paneles solares, nunca se extinguirá.

Estas son las opciones de Cuba.

Traducción nuestra


*Pedro Monzón Barata, exembajador y cónsul general de Cuba en São Paulo; investigador del Centro de Investigación de Políticas Internacionales

Bibliografía

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Fuente: Al Mayadeen English

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