LA APUESTA ENERGÉTICA DE EUROPA: CÓMO LA CRISIS DE IRÁN PODRÍA RECONFIGURAR LA GUERRA DEL GAS CON RUSIA. Ricardo Martins.

Ricardo Martins.

Imagen: Tomada de New Eastern Outlook

12 de marzo 2026.

Las perturbaciones en el estrecho de Ormuz y el aumento de los precios de la energía están poniendo de manifiesto la fragilidad de la estrategia energética europea tras la salida de Rusia, al tiempo que podrían reforzar la influencia de Moscú en los mercados energéticos mundiales.


Los costes de la dependencia estratégica

La actual inquietud energética de Europa no ha surgido de la noche a la mañana. Según un estudio de la Trans European Policy Studies Association (TEPSA), la vulnerabilidad del continente se debe en gran medida a las dependencias estratégicas estructurales que se han acumulado a lo largo de décadas.

El estudio identifica varios riesgos: vulnerabilidad estratégica cuando las dependencias económicas se traducen en presión política; pérdida de credibilidad interna si los gobiernos ceden repetidamente a las demandas externas; debilitamiento de la autoridad geopolítica cuando Europa lucha por defender las normas que promueve a nivel internacional; y la normalización gradual de la diplomacia transaccional, en la que la coacción se convierte en un instrumento habitual de negociación internacional.


«La crisis energética provocada por el conflicto en Oriente Medio está poniendo de manifiesto la incómoda realidad que se esconde tras la transición energética de Europa: la geopolítica sigue determinando quién mantiene las luces encendidas».


Los líderes europeos suelen hacer hincapié en los costes que supone enfrentarse a socios poderosos, en particular a Estados Unidos o a los principales exportadores de energía.

Sin embargo, la dependencia conlleva sus propios riesgos, sobre todo la lenta erosión de la capacidad de acción política.

La actual crisis energética ilustra este dilema de forma vívida: Europa ha intentado desvincularse de los hidrocarburos rusos, pero sigue estando profundamente expuesta a las perturbaciones del suministro mundial.

El resultado es un frágil equilibrio en el que las turbulencias geopolíticas lejos de las fronteras europeas pueden traducirse rápidamente en tensiones económicas y políticas internas.

Una crisis desde el Golfo

Esa vulnerabilidad se está poniendo ahora a prueba. El conflicto con Irán ha interrumpido el tráfico marítimo a través del estrecho de Ormuz, uno de los corredores energéticos más importantes del mundo. Aproximadamente el 20 % de los hidrocarburos líquidos mundiales transitan normalmente cada día por este estrecho paso. Con el tráfico marítimo suspendido o muy restringido, las consecuencias para los mercados energéticos han sido inmediatas.

Los precios mundiales del petróleo se dispararon tras la operación militar conjunta llevada a cabo por Estados Unidos e Israel contra Irán, mientras que los precios del gas en Europa subieron casi un 50 % en pocos días.

El momento no podía ser peor para Bruselas. La Comisión Europea ha estado preparando una prohibición total de las importaciones de energía rusa tras las elecciones húngaras previstas para abril de 2026. La nueva crisis plantea preguntas incómodas: ¿Refuerza la agitación la posición de Rusia? ¿Se verá la Unión Europea obligada finalmente a suavizar sus propias sanciones bajo la presión del mercado energético?

El comercio mundial de petróleo ya se está ajustando. El crudo ruso rechazado por los mercados occidentales y vendido a precios reducidos se ha redirigido en gran medida hacia compradores asiáticos, en particular China y la India, a través de complejas redes comerciales. En teoría, las perturbaciones en torno a Ormuz podrían aumentar la competencia por estos barriles con descuento.

Sin embargo, las sanciones siguen limitando el precio del petróleo ruso, lo que significa que, aunque el descuento puede reducirse en mercados más ajustados, es poco probable que desaparezca por completo.

Para Europa, el reto no radica tanto en las importaciones directas del Golfo Pérsico —que representan aproximadamente 0,53 millones de barriles al día, o alrededor del 5 % del total de las importaciones de petróleo de la UE— como en la competencia mundial por el suministro alternativo.

A medida que el petróleo ruso es absorbido cada vez más por los mercados asiáticos, otros productores del Golfo redirigen sus envíos hacia Europa. El resultado es un mercado mundial más restringido en el que Europa debe competir más agresivamente por los cargamentos disponibles, a menudo a precios más elevados.

En otras palabras, el verdadero campo de batalla no es simplemente el acceso al petróleo ruso, sino el acceso al resto de la oferta mundial competitiva.

Pánico en el mercado energético europeo

Las consecuencias ya son visibles en todo el continente. Los niveles de almacenamiento de gas en Europa han caído por debajo del 30,9%, y en varios países de la UE las reservas se han reducido hasta situarse cerca del umbral crítico del 25 %.

La situación es especialmente tensa en el Reino Unido. Según el exdiplomático británico Alastair Crooke, el país cuenta actualmente con reservas de gas equivalentes a solo unos pocos días de consumo. Aunque las cifras exactas siguen siendo objeto de debate, el mensaje ha resonado en los mercados financieros: el colchón energético de Europa es peligrosamente escaso.

El Reino Unido está especialmente expuesto porque alrededor de una quinta parte de sus importaciones de gas proceden de Qatar en forma de gas natural licuado.

Por lo tanto, cualquier interrupción en los envíos de GNL desde el Golfo repercute directamente en las facturas energéticas británicas. Los analistas estiman que la crisis actual podría añadir cientos de libras anuales a los costes energéticos de los hogares.

En toda la UE, los responsables políticos se apresuran a responder. Los gobiernos están debatiendo posibles límites de precios, la liberación de reservas de petróleo de emergencia y otras medidas de emergencia.

Sin embargo, la Comisión Europea se ha resistido hasta ahora a las peticiones de activar cláusulas de escape fiscales que permitirían un gasto público a gran escala para proteger a los consumidores del aumento de los precios.

A puerta cerrada, los líderes europeos están cada vez más preocupados por las repercusiones políticas. La inflación energética ya era un tema delicado tras la operación especial de Rusia en Ucrania.

Una nueva subida de los precios corre el riesgo de alimentar el descontento social, fortalecer a los partidos populistas y profundizar las divisiones dentro de la Unión.

Esta ansiedad explica la frenética actividad diplomática. Alemania, Bélgica e Italia han organizado consultas de emergencia antes de la próxima reunión del Consejo Europeo, en la que la seguridad energética dominará los debates.

El temor en Bruselas es sencillo: que Europa se enfrente a una repetición de la crisis inflacionista que siguió al conflicto de Ucrania, solo que esta vez con aún menos herramientas políticas disponibles.

Moscú apunta a un futuro energético diferente

En este contexto, Rusia está reposicionándose cuidadosamente. El 9 de marzo, Vladimir Putin convocó una reunión con funcionarios del Gobierno y ejecutivos del sector energético para debatir la agitación de los mercados mundiales del petróleo y el gas.

Durante la reunión, Putin advirtió de que la inestabilidad en torno al estrecho de Ormuz podría perturbar las cadenas de suministro mundiales, impulsar la inflación y desestabilizar la producción industrial en todo el mundo.

Hizo hincapié en que Rusia sigue siendo un proveedor fiable y sugirió que las exportaciones de energía podrían redirigirse cada vez más hacia «socios estables y a largo plazo».

El mensaje fue inequívoco. Moscú no esperará pasivamente el embargo previsto por Europa sobre los hidrocarburos rusos, que se endurecerá aún más en los próximos años.

En cambio, el Kremlin está acelerando un giro estratégico que ya está en marcha. Las exportaciones de gas ruso se están desplazando gradualmente hacia el este, en particular a través de infraestructuras como el gasoducto Power of Siberia, que abastece a China. Otros proyectos en construcción tienen como objetivo ampliar significativamente esta red durante la próxima década.

Al mismo tiempo, Putin dejó la puerta parcialmente abierta. Señaló que Rusia seguiría estando dispuesta a suministrar a los compradores europeos, siempre que la cooperación se basara en contratos a largo plazo y estuviera libre de lo que él describió como «oportunismo político».

En términos prácticos, esto significa que Europa se enfrenta ahora a una difícil elección estratégica.

Si Bruselas mantiene su régimen de sanciones, corre el riesgo de enfrentarse a unos mercados energéticos mundiales cada vez más restrictivos con un poder de negociación limitado.

Pero si reabre la puerta a las importaciones de energía rusa, corre el riesgo de socavar el consenso político que ha configurado su respuesta a Moscú desde 2022. Cualquiera de las dos opciones conlleva altos costes.

Por ahora, la crisis energética desencadenada por el conflicto de Oriente Medio está poniendo de manifiesto la incómoda realidad que se esconde tras la transición energética de Europa: la geopolítica sigue determinando quién mantiene las luces encendidas.

Las consignas políticas por sí solas no llenarán las instalaciones de almacenamiento de gas agotadas, ni estabilizarán los precios en un mercado energético mundial volátil.

Traducción nuestra


*Ricardo Martins es doctor en Sociología, especialista en política europea e internacional, así como en geopolítica.

Fuente: New Eastern Outlook

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