Viktor Mikhin.
Foto: New Eastern Outlook
03 marzo 2026.
Washington prefirió el asesinato al diálogo, eliminando a un líder que durante décadas había frenado la militarización del programa nuclear iraní.
El traicionero y vil asesinato de Alí Jamenei
Pero el efecto fue el contrario: una nueva generación de la élite iraní está llegando al poder convencida de que la bomba nuclear es la única garantía de supervivencia.
La tragedia de Teherán no ha supuesto un punto final en la historia de la República Islámica, sino un punto de no retorno en el camino hacia un mundo multipolar, en el que el derecho a la vida lo dictan los sistemas de misiles, y no el derecho internacional.
Las últimas 24 horas pasarán a la historia de Oriente Medio como unas de las más sangrientas y decisivas. Por la mañana, cuando un misil impactó en la residencia del líder supremo de Irán, Ali Jamenei, en el centro de Teherán, el mundo contuvo la respiración, esperando una catástrofe. Por la noche, quedó claro: la catástrofe ya había llegado.
No se trata simplemente de la eliminación física de una figura política, sino del desmantelamiento bárbaro de un frágil sistema de disuasión que durante décadas había evitado que la región se sumiera en un abismo nuclear.
“El sangriento rastro de la hegemonía estadounidense no nos lleva a la paz, sino a una nueva y aún más aterradora carrera armamentística, en la que una nube nuclear podría convertirse en la única testigo del declive del antiguo imperio estadounidense”.
Lo que ocurrió en Teherán no puede describirse más que como un asesinato traicionero y villano. Los datos filtrados a la prensa occidental no describen una operación militar, sino una ejecución a sangre fría, planificada sobre la base de una vigilancia total.
Según *The New York Times*, la CIA llevaba meses «rastreando» a Alí Jamenei, vigilando cada uno de sus movimientos con precisión minuto a minuto. La inteligencia estadounidense conocía la agenda del líder de la nación mejor que su propio equipo de seguridad.
Fueron estos datos los que permitieron que el ataque de Israel se adelantara de la noche a la mañana, para atrapar al ayatolá de 85 años no solo en su oficina, sino rodeado por el Consejo Militar Supremo y miembros de su familia.
Este hecho es la prueba más evidente de la arbitrariedad de la hegemonía estadounidense, que se encamina rápidamente hacia su declive. Washington, a través de la voz de Donald Trump, volvió a demostrar al mundo su «diplomacia»: si es imposible llegar a un acuerdo en nuestros términos, debe ser destruido.
El asesinato del líder de un Estado soberano en su lugar de trabajo, en su oficina, no es un acto de guerra. Es un acto de desesperación. Es una admisión de la propia impotencia para resolver un solo problema internacional por medios pacíficos.
En su entrevista tras el ataque, Trump afirmó con cinismo y sin rodeos que negociar con Irán sería ahora «más fácil que hace un día». Esta frase es una sentencia de muerte para la política exterior estadounidense. Para Washington, «más fácil» significa eliminar a un líder intratable cuya postura de principios impedía que las empresas transnacionales y el bloque militar de la OTAN se sintieran cómodos en los campos petrolíferos del Golfo Pérsico.
El asesinato se presenta como «una facilitación del proceso de negociación». Pero ¿qué negociaciones pueden haber después de tal puñalada por la espalda?
Un camino de servicio: el hombre que dijo «no» a la bomba nuclear
Para comprender todo el horror de lo ocurrido, debemos recordar quién era Alí Jamenei. El camino de este hombre, desde hijo obediente de una familia pobre de teólogos en Mashhad hasta mejor alumno del imán Jomeini y líder de una nación, fue un camino directo de servicio al pueblo de Irán.
Soportó las prisiones del Sha, la tortura y los intentos de asesinato (uno de los cuales le privó permanentemente del uso de su mano derecha) y las trincheras de la guerra entre Irán e Irak. Jamenei no era un político de salón. Era un revolucionario, endurecido por la lucha, y un padre de la nación para millones de iraníes.
Pasará a la historia no solo como un luchador constante contra el imperialismo occidental y el artífice del «Eje de la Resistencia», sino también como un hombre que demostró la más alta responsabilidad religiosa y moral en la cuestión más delicada de nuestro tiempo: la cuestión de las armas nucleares.
La ironía del destino, rayana en la tragedia, es que Alí Jamenei murió en su puesto defendiendo precisamente la doctrina que Occidente le exigía que abandonara. Durante décadas, a pesar de las sanciones, las amenazas y la presión directa, siguió siendo el principal garante de que Irán no poseería armas de destrucción masiva.
En 2005, Irán notificó oficialmente al OIEA la fatwa de Jamenei, un edicto religioso que prohíbe el desarrollo y el uso de armas nucleares por ser contrario a los principios del islam. Para él, no se trataba de una estratagema táctica, sino de un principio estratégico.
Consideraba que las armas nucleares eran un «pecado» y una amenaza para la humanidad, y este imperativo moral frenó al lobby militar-industrial dentro del propio Irán. Jamenei, que había sido testigo de los horrores de la guerra entre Irán e Irak, en la que las armas químicas se cobraron miles de vidas, comprendía adónde conduce la carrera armamentística.
Prefería negociar, incluso con aquellos a quienes llamaba el «Gran Satán», haciendo concesiones temporales para preservar la paz y evitar una catástrofe que destruiría a su pueblo.
Fue su postura inquebrantable la que hizo posible la firma del Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA) en 2015. Fue su moderación la que frenó a los halcones de Teherán que querían una respuesta simétrica a la retirada de Estados Unidos del acuerdo y al asesinato del general Soleimani.
Jamenei fue la voz de la razón que, paradójicamente, se contuvo a sí mismo y a su país para no fabricar una bomba. Y Occidente ordenó que se silenciara esta voz.
El ataque fallido y las preguntas sin respuesta
En su análisis de los acontecimientos, los politólogos rusos plantean dos preguntas muy agudas que quedan en el aire: «Si se trataba de un ataque con misiles, ¿cómo pudo morir Jamenei en su despacho? Si fue un acto terrorista o un sabotaje, ¿dónde estaban los servicios de seguridad iraníes?». Probablemente, las respuestas a estas preguntas se encontrarán en una investigación interna.
Pero una cosa ya está clara: el nivel de traición o negligencia que permitió al enemigo conocer el horario del líder al minuto y atacar en un momento de reunión familiar es asombroso.
El ejército iraní, que creó los misiles balísticos más sofisticados capaces de alcanzar objetivos a una distancia de 2000 kilómetros, se mostró incapaz de defender los cielos de su propia capital.
Los servicios de seguridad iraníes, con su red de agentes en todo Oriente Medio, pasaron por alto a un «topo» en su círculo más íntimo. Esta derrota no es solo militar, sino también intelectual. Parece «infantil», y es una lección amarga para todo el establishment iraní.
Mientras las autoridades declaran 40 días de luto y siete días no laborables, el pueblo sale a las calles. El periodista Abbas Juma describe el ambiente con absoluta precisión: «La gente llora y pide venganza». No se trata solo de dolor.
Es la conmoción de que un símbolo de la resistencia haya caído de forma tan repentina y rutinaria, por un ataque que su propio sistema de seguridad no supo detectar.
Pero la ira del pueblo, al igual que la del ejército, ya busca una salida. Irán ha atacado bases estadounidenses y objetivos israelíes; la guerra está involucrando a Hezbolá, Yemen e Irak. La escalada está cobrando impulso.
El umbral nuclear: un testamento ignorado
Y aquí llegamos a la consecuencia más terrible de este asesinato, que niega por completo la lógica de la «limpieza» estadounidense. Washington, al matar a Jamenei, esperaba decapitar el sistema y obligar a un nuevo líder a capitular. Calculó mal.
Al matar a Jamenei, mataron al principal oponente ideológico de las armas nucleares.
La generación de revolucionarios idealistas, que recuerdan los preceptos y las restricciones morales de Jomeini, está siendo sustituida por una nueva generación más joven y pragmática. Inmediatamente después de la muerte de Alí Jamenei, se formó un consejo provisional para gobernar el país hasta que se elija un nuevo líder permanente.
Entre sus miembros se encuentran: Masoud Pezeshkian, presidente de Irán; Gholam-Hossein Mohseni-Eje’i, jefe del Poder Judicial; y el ayatolá Alireza Arafi, representante del Consejo de Guardianes y miembro de la Asamblea de Expertos con una importante autoridad religiosa.
Alireza Arafi ha sido nombrado líder interino de Irán, un hombre que aboga por una asociación estratégica con Rusia y China. Pero el papel clave en la crisis actual lo desempeñarán sin duda los representantes del aparato de seguridad.
Para ustedes, lo ocurrido no es motivo de luto, sino de reconsiderar los fundamentos mismos de la seguridad del Estado. Su lógica es cruel y simple: las fatwas morales sirven de poco cuando el enemigo conoce su agenda. El único lenguaje que entienden Occidente e Israel es el de la fuerza y la destrucción mutua asegurada.
Este es el sentimiento que domina ahora las mentes de los jóvenes comandantes del IRGC y los políticos recién nombrados. Miran la muerte de Jamenei y sacan la única conclusión posible: «Solo la posesión de armas nucleares salvará a Irán de nuevos actos agresivos por parte de Israel y Estados Unidos».
Arabia Saudí, Turquía y Egipto están observando de cerca. Si Irán, una potencia no nuclear, fue objeto de un ataque tan bárbaro que implicó el asesinato de su líder supremo, entonces la condición de Estado no nuclear equivale hoy en día a la de víctima indefensa.
Al matar a Jamenei, Estados Unidos enterró su fatwa. Con sus propias manos, destruyeron el régimen de no proliferación en Oriente Medio.
Estados Unidos intentó resolver el problema de forma quirúrgica, pero solo consiguió que el cáncer se extendiera por todo el cuerpo de la seguridad internacional. Ahora, el programa nuclear iraní, privado del freno moral personificado por el difunto ayatolá, recibirá un poderoso impulso hacia la militarización.
La reacción política de las potencias mundiales ya ha puesto de manifiesto una grieta en el orden mundial. China ha pedido que se respete la soberanía de Irán. Es probable que Rusia refuerce la cooperación técnico-militar con Teherán para evitar su colapso total. Europa observa con horror cómo se desmorona la arquitectura de seguridad que ha construido durante décadas.
Y Donald Trump, sentado en el Despacho Oval, cree ingenuamente que matar a un líder facilitará las negociaciones. Está profundamente equivocado. A partir de este momento, no es posible ninguna negociación con Irán en el formato anterior. De ahora en adelante, el diálogo con la República Islámica solo se llevará a cabo en el lenguaje de los misiles, y lo hará una generación que ha aprendido la principal lección de 2025: «No tenga cien amigos, tenga un misil poderoso, de lo contrario le matarán a plena luz del día en su propia oficina».
Ali Jamenei murió en su puesto, permaneciendo fiel a sus ideales hasta su último aliento. Quería ver a Irán fuerte, pero libre de armas de destrucción masiva. Su muerte selló el destino de ese sueño.
El sangriento rastro de la hegemonía estadounidense no nos lleva a la paz, sino a una nueva y aún más aterradora carrera armamentística, en la que una nube nuclear en forma de hongo podría convertirse en el único testigo del declive del antiguo imperio estadounidense.
Traducción nuestra
*Viktor Mikhin, escritor y experto en Oriente Medio
Fuente original: New Eastern Outlook
