Lorenzo Maria Pacini.
Ilustración: OTL
28 de febrero 2026.
Irán es una civilización milenaria, cuya espada está lista para matar al león israelí.
Lo que sabemos hasta ahora
Parecía un escenario lejano y sombrío, pero sucedió: el sábado 28 de febrero de 2026, la entidad sionista conocida como Estado de Israel atacó una vez más a la República Islámica de Irán.
Israel decidió hacer lo que no había logrado en las últimas semanas con el apoyo estadounidense, prefiriendo actuar por su cuenta y arriesgarlo todo. Y lo consiguió.
En pocas horas, Estados Unidos también se vio arrastrado al conflicto, lo que abrió un escenario que, al margen de la guerra entre Pakistán y Afganistán que estalló el 27 de febrero, es sin duda un acto de pura locura. Sin embargo, así son las cosas.
El ataque inicial tuvo como objetivo a las dos principales figuras políticas, el líder supremo de la revolución, el ayatolá Alí Jamenei, y el presidente de la República, Masoud Pezeskhian. El ataque tenía claramente como objetivo golpear a los dirigentes iraníes. A continuación se produjeron ataques selectivos contra instalaciones militares y logísticas y, lamentablemente, también contra objetivos civiles.
El detonante fue una rápida reivindicación de la autoría y el nombre de la operación, «El rugido del león», en continuidad con la guerra de los 12 días. Las autoridades israelíes hicieron numerosas declaraciones contundentes, entre ellas la del general Halevi, que habló de un «ataque nuclear» contra Irán, un acto que estaría en consonancia con las repetidas amenazas del Gobierno de Tel Aviv hacia Teherán.
El ataque mediático también fue importante: al principio, Estados Unidos no se expuso al respecto, prefiriendo mantenerse al margen. Israel involucró inmediatamente a los principales periódicos estadounidenses, hablando de un ataque coordinado con Estados Unidos; poco después, el eco llegó a los medios de comunicación europeos y luego a los asiáticos.
Solo un par de horas más tarde llegó la primera declaración estadounidense (que analizaremos en el siguiente párrafo) del presidente Donald Trump.
La respuesta de Irán al ataque fue muy mesurada: Tel Aviv y otras dos ciudades israelíes fueron atacadas, con objetivos militares. Lo mismo ocurrió con las bases militares estadounidenses en Kuwait, Qatar, Jordania, Baréin y los Emiratos Árabes Unidos. Sin embargo, el ataque fue muy mesurado: unos pocos golpes, más simbólicos que efectivos, con armas convencionales, que demostraron un compromiso rápido y demostrativo, pero no destructivo en todos los aspectos.
Lo que dijo Trump
El discurso de Trump merece un análisis cuidadoso porque representa, quizás, el programa más creíble para comprender lo que está sucediendo y lo que sucederá a continuación.
El discurso comienza con un enfoque muy simbólico, construido en torno a la idea del «mal absoluto». Las primeras expresiones —«operaciones de combate importantes en Irán» y la definición del enemigo como un «grupo despiadado de personas muy duras y terribles»— no tienen un tono técnico o analítico, sino emocional y moralmente cargado.
No se menciona un gobierno con el que estén en conflicto, sino un «régimen terrorista», una «dictadura radical», incluso el «primer Estado patrocinador del terrorismo del mundo».
El plan geopolítico se transfigura así inmediatamente en un plan ético: no es una guerra entre Estados, sino un choque entre el Bien y el Mal. Estados Unidos no está luchando contra un adversario estratégico, sino contra una entidad moralmente corrupta. Esta elección lingüística produce un efecto específico: traslada la legitimación del conflicto del ámbito de la política al de la necesidad moral.
Este marco se ve reforzado por referencias sistemáticas a recuerdos traumáticos. El discurso evoca el asedio de la embajada en Teherán y los 444 días de cautiverio, el atentado de Beirut de 1983, el ataque al USS Cole y los acontecimientos del 7 de octubre atribuidos a Hamás. No se trata de referencias episódicas: cuando se ponen en secuencia, construyen una narrativa de continuidad, una «línea ininterrumpida de agresión» que abarca casi medio siglo.
El conflicto actual no se presenta como una elección contingente, sino como el resultado inevitable de 47 años de paciencia. Desde esta perspectiva, la guerra no es una opción entre otras: es la conclusión inevitable de una historia de amenazas y violencia. Este enfoque neutraliza de antemano las críticas internas, porque transforma la acción militar en un acto de defensa históricamente necesario.
Dentro de esta construcción retórica, la repetición obsesiva de la frase «Nunca tendrán un arma nuclear» desempeña un papel central. La repetición no es accidental: sirve para crear un ancla emocional, para establecer un principio percibido como no negociable y para condensar un dossier complejo en un eslogan simple y absoluto.
La cuestión nuclear, con todas sus implicaciones técnicas y diplomáticas, se reduce así a un objetivo claro y comprensible. Psicológicamente, esto permite presentar una operación militar potencialmente grande y compleja como el medio necesario para alcanzar un fin lineal y universalmente aceptable.
Al mismo tiempo, se construye la figura del líder fuerte. Cuando el presidente dice: «He construido y reconstruido nuestro ejército», surge una personalización del poder típica de su estilo de comunicación. No es «Estados Unidos ha decidido», sino «mi administración» y «estoy dispuesto a hacerlo esta noche».
El Estado y el líder tienden a superponerse. El mensaje implícito es claro: estoy haciendo lo que otros presidentes no tuvieron el valor de hacer. Esto activa una dinámica de excepcionalidad y ruptura con el pasado; la acción militar no es solo una elección política, sino el sello distintivo de un liderazgo salvador.
El discurso también adquiere una dimensión religiosa y casi mesiánica. Expresiones como «Le pedimos a Dios», «Que Dios bendiga» y «noble misión» sitúan el conflicto en un horizonte que va más allá de la contingencia histórica. La guerra se convierte en una misión providencial. La invocación religiosa refuerza el consenso interno, sacraliza la acción militar y la hace moralmente inexpugnable: no es solo una decisión estratégica, sino una tarea noble, casi investida de legitimidad trascendente.
Sin embargo, el pasaje más delicado es el llamamiento directo al pueblo iraní: «la hora de su libertad está cerca», «tomen el control de su gobierno», «esta será probablemente su única oportunidad».
Aquí, el discurso da un salto cualitativo. No se limita a la disuasión, sino que fomenta implícitamente el cambio de régimen. El conflicto adquiere una dimensión psicológica y política, además de militar.
El mensaje se dirige simultáneamente a diferentes públicos: la opinión pública estadounidense, los militares iraníes, a quienes se les ofrece «inmunidad», y la población civil iraní, a quien se invita a aprovechar una oportunidad histórica. Se trata de una comunicación con múltiples objetivos, calibrada para producir efectos internos y externos.
El ultimátum encaja en esta misma lógica: «dejen las armas… inmunidad total o… muerte segura». La fórmula clara y dicotómica sirve para dividir a las fuerzas opuestas, fomentar las deserciones y demostrar una determinación absoluta. Se trata de una estrategia clásica de guerra psicológica: reducir el espacio para las alternativas, forzar una elección drástica y comunicar que la voluntad es irrevocable.
En su conjunto, la estructura del discurso sigue un crescendo preciso: primero, la demonización del enemigo; luego, la reconstrucción histórica del trauma; después, la amenaza nuclear existencial; a continuación, la legitimación moral, la afirmación de la fuerza personal, la invocación religiosa, la oferta de rendición y, por último, el llamamiento revolucionario.
No parece ser un discurso improvisado, sino más bien una secuencia dramática diseñada para intensificar progresivamente la tensión emocional.
Los significados implícitos, más allá de cualquier teoría conspirativa, parecen ser múltiples. En primer lugar, la consolidación interna: la presencia de un enemigo externo tiende históricamente a fortalecer la unidad nacional. En segundo lugar, la construcción de un liderazgo «histórico»: el presidente se presenta como aquel que realiza el acto que nadie antes que él se había atrevido a realizar. Luego está la transformación del conflicto de una guerra contra un Estado a la liberación de un pueblo, con la consiguiente redefinición geopolítica que va más allá de la simple disuasión nuclear y abre la posibilidad de un reajuste regional.
Por el contrario, lo que no se dice es llamativo. No se menciona una estrategia de salida, la duración del conflicto, los costes económicos ni el papel detallado de los aliados. El discurso no es técnico ni diplomático: es emocional, moral y movilizador.
En última instancia, esta comunicación actúa sobre cuatro palancas fundamentales: el miedo existencial vinculado a la amenaza nuclear, la memoria histórica traumática, el liderazgo carismático y la misión moral-religiosa.
El mensaje central no es solo «vamos a atacar Irán», sino algo más ambicioso y relacionado con la identidad: estoy haciendo lo que la historia exige y lo que nadie antes ha tenido el valor de hacer.
¿Qué pueden esperar?
Ahora echemos un breve vistazo a lo que pueden esperar, tratando de hacer algunas proyecciones.
Irán ha bloqueado el estrecho de Ormuz, una medida que le obligará a entablar negociaciones con muchos otros países, ya que el estrecho es esencial para el tráfico de mercancías y recursos. Esto supondrá una gran presión para el bloqueo occidental, con repercusiones que podrían desencadenar un fuerte malestar social.
La respuesta militar de Irán, que no ha sido especialmente fuerte, puede significar que las negociaciones están en marcha y que el uso de armas de bajo impacto tiene por objeto mantener ocupado al enemigo mientras se espera una resolución política.
En este contexto, Estados Unidos ha reiterado su deseo de un cambio de régimen, por lo que es probable que la operación continúe en esta dirección, buscando golpear a Irán en su punto más vulnerable.
Por su parte, es probable que Israel intente terminar el trabajo, y la única barrera real es la contradicción con Estados Unidos. Si Israel llega a utilizar un arma nuclear, es casi seguro que esto no quedará impune en todo el mundo, a menos que Estados Unidos salga en su defensa.
Cabe señalar que la participación estadounidense también podría ser una forma de tomar el control de la situación y evitar una escalada nuclear israelí, aunque es más probable que, en este momento, Estados Unidos utilice a Israel para promover sus propios intereses.
China ha pedido una resolución del conflicto, interviniendo con una declaración muy clara y sorprendentemente rápida (China suele ser muy cautelosa a la hora de intervenir en estos asuntos).
La intervención de los países europeos ha sido vergonzosa: Francia ha pedido una reunión de emergencia del Consejo de Seguridad de la ONU. Rusia tiene derecho de veto. China tiene derecho de veto. Ambos apoyan a Irán.
La reunión se celebrará. No habrá resolución. El Consejo de Seguridad de la ONU es el lugar donde se discuten las guerras mientras estas continúan.
Mientras tanto, el Reino Unido echa más leña al fuego, con la ambición de conseguir una parte del pastel que lleva preparando desde los días de las Siete Hermanas del petróleo, y utilizando este asunto para encubrir los enormes escándalos que se están desarrollando actualmente en los medios de comunicación.
Una cosa es segura: Irán es una civilización milenaria, cuya espada está lista para matar al león israelí.
Traducción nuestra
*Lorenzo Maria Pacini es Profesor asociado de Filosofía Política y Geopolítica, UniDolomiti de Belluno. Consultor en Análisis Estratégico, Inteligencia y Relaciones Internacionales.
Fuente original: Strategic Culture Foundation
