Ramón Grosfoguel.
Ilustración: OTL
28 de febrero 2026.
Es momento de aprender las lecciones de Irán, de Libia, de Siria, de Irak. No caer en ingenuidades estratégicas.
Nota de Observatorio de Trabajador@s en Lucha esta redacción es una transcripción no literal del video de Ramón Grosfoguel del mismo nombre. Si quieres puedes ver el video
El ataque y la cortina de humo mediática
Compañeros y compañeras, nos encontramos ante una situación de emergencia este 1° de marzo. La coalición Epstein —la alianza entre el imperialismo estadounidense y el régimen sionista— ha lanzado un ataque contra Irán.
Como ha sido constante, la maquinaria de desinformación se activó inmediatamente, comenzando con la conferencia de prensa de Donald Trump esta mañana, donde volvió a repetir el guion de siempre: presentar a Irán como una amenaza para la seguridad nacional de Estados Unidos.
Trump hizo un recuento distorsionado de hechos de hace cuarenta o cincuenta años, buscando victimizarse y justificar lo injustificable: una nueva agresión de la coalición Epstein, una guerra más al servicio del sionismo. Todo esto proviene de un presidente que llegó prometiendo ser pacifista y poner «América Primero». Pero ya hemos visto de qué se trata realmente. Donald Trump es un maestro del fake news, un artista de la mentira que construye realidades paralelas para justificar sus crímenes.
¿Alguien puede creer seriamente que Irán está en capacidad de amenazar la seguridad nacional de Estados Unidos? Es un invento sacado de la manga a última hora. Durante décadas, la excusa ha sido el tema nuclear: que Irán está a punto de construir una bomba atómica. Hay innumerables videos de Netanyahu —o como deberíamos llamarlo, Santanyahu— desde los años ochenta, pasando por los noventa y hasta la actualidad, advirtiendo que Irán está «a dos semanas, un mes o dos meses» de tener la bomba. Lleva décadas metiendo miedo con la misma cantaleta.
La verdad sobre el programa nuclear iraní
Irán ha sido firme y consistente: no tiene intención de fabricar una bomba nuclear. Si hubieran querido hacerlo, lo habrían hecho hace tiempo. En octubre de 2003, el ayatolá Alí Jamenei, líder revolucionario de Irán, emitió una fatua —un pronunciamiento de la jurisprudencia islámica— que prohíbe explícitamente la construcción o uso de armas nucleares. Irán ha querido mantenerse al margen de ese circo de países nuclearizados.
En la década pasada, alrededor de 2015-2016, las inspecciones de Naciones Unidas verificaron que no había ningún programa de armas nucleares en Irán. Todo era mentira. Lo que Irán tiene, como cualquier país con derecho al desarrollo, son plantas nucleares para fines civiles, para producir electricidad. Y esto a pesar de que esas mismas inspecciones estaban infiltradas por el Mossad, que sabe perfectamente que Irán no tiene armas nucleares.
Pero siguieron con la misma historia. Es el cuento del lobo: una y otra vez anuncian que viene el lobo, que Irán va a construir la bomba. Así justifican las sanciones, el bloqueo y la agresión continua contra el gobierno revolucionario de Irán y su pueblo.
Recordemos el acuerdo firmado hace algunos años entre Irán, Estados Unidos y Europa, donde se contemplaba precisamente el no uso del uranio para fines militares. Ese acuerdo lo tumbó Donald Trump en su primera administración. Él mismo abrió la puerta a la incertidumbre que ahora dicen querer resolver con bombas.
El precedente de Irak: la misma mentira
Este mismo cuento lo hicieron con Saddam Hussein. «Irak tiene armas de destrucción masiva», repitieron hasta el cansancio. Iba a ser una bomba nuclear, decían. Y mintieron descaradamente al mundo. Nunca aparecieron las armas de destrucción masiva, nunca hubo programa nuclear. Todo fue fake news. Y ahora, con el mismo descaro, repiten la historia para justificar la invasión y destrucción de Irán.
Pero en la conferencia de prensa de hoy, el tema no era realmente las bombas nucleares. El tema era claro: cambio de régimen. Lo que quieren desde hace cincuenta años es tumbar el gobierno revolucionario de Irán. Llevan décadas buscando un pretexto para justificar la agresión militar.
El lobby sionista y el secuestro de la política exterior estadounidense
Donald Trump llegó a la presidencia con cerca de un trillón de dólares de financiamiento de los sionistas y el lobby sionista en Estados Unidos. El acuerdo fue explícito: te ponemos en la silla presidencial, pero a cambio apoyas el genocidio en Palestina y, sobre todo, nos respaldas en la guerra contra Irán. Porque estas son guerras sionistas.
La guerra contra Irak fue una guerra sionista. El ataque contra Siria fue una guerra sionista. La política exterior y militar de Estados Unidos está hackeada por el sionismo.
Han penetrado tan profundamente el Estado profundo estadounidense que prácticamente dirigen la política exterior. Esta no es una guerra que surja de un interés imperial estadounidense; es una guerra que responde más a los intereses de Israel que a los de Estados Unidos.
Estados Unidos podría llegar fácilmente a un acuerdo con Irán. No tiene por qué enfrascarse en esta confrontación. Pero el lobby sionista lo empuja hacia allá.
El engaño de las negociaciones
Recordemos lo sucedido el verano pasado. Mientras Irán estaba negociando, Israel atacó coordinadamente con el gobierno estadounidense. Entretenían a Irán con negociaciones para que bajaran la guardia, y en la cuarta o quinta sesión, Israel asesinó a todo el liderazgo del ejército revolucionario de Irán, a todo el equipo negociador, a científicos y a miles de personas en cuestión de horas. Así comenzó la guerra de los doce días.
Irán tardó en organizarse porque su ejército fue descabezado. Fue el imán Jamenei quien asumió el mando como comandante en jefe y dirigió las operaciones. En doce días, Irán lanzó una lluvia de misiles sobre Israel que obligó a los sionistas a suplicar la intervención estadounidense.
Trump intervino, pero de manera peculiar: bombardeó dos sitios donde supuestamente había laboratorios nucleares iraníes, pero casi avisando con antelación. Los iraníes vaciaron los lugares. Luego, Irán notificó que bombardearía la base estadounidense en Qatar, y Estados Unidos evacuó a todo su personal.
Fue un acto escenográfico coordinado para que Trump pudiera salir en conferencia de prensa diciendo: «He destruido los laboratorios nucleares de Irán. Gracias, Israel, los he salvado».
Pero Netanyahu y los generales israelíes salieron inmediatamente a decir: «Esto no ha terminado aquí. Esto sigue».
El mensaje a Trump: los casos Epstein y Charlie Kirk
En junio, en una entrevista con Atilio Borón, advertí que el sionismo no iba a parar, que vendría un acto de falsa bandera o la filtración de los archivos Epstein. No pasaron tres semanas. En julio comenzaron a filtrarse a la prensa los documentos Epstein comprometiendo a Donald Trump.
No hubo un acto de falsa bandera, pero asesinaron públicamente a Charlie Kirk, el líder más importante del movimiento MAGA, que arrastraba a millones de jóvenes conservadores de extrema derecha. Kirk había criticado a Israel públicamente.
Se reunió con Trump durante la guerra de los doce días y le dijo que no se metiera en esa guerra, que no era del interés de Estados Unidos sino de Israel, que no siguiera gastando dinero y sangre de soldados americanos para hacerle guerras a Israel.
Charlie Kirk, un sionista cristiano fundamentalista que había abogado por Israel, se viró contra el sionismo y comenzó a criticarlo. En cuestión de días, lo asesinaron. El mensaje llegó claro a la Casa Blanca: el que se salga de la línea sionista, esto le pasa.
Esa combinación del caso Epstein y el asesinato de Charlie Kirk generó temor en el liderazgo republicano. Trump quedó atrapado entre los sionistas que financiaron su campaña y el movimiento MAGA que le votó con una agenda antiguerra.
La trampa de febrero: negociar mientras preparan el ataque
Ahora repitieron la misma maniobra. Convocaron a nuevas negociaciones. Irán acudió sabiendo que no podía confiar, pero con flexibilidad táctica y sin ingenuidad estratégica. Como ha dicho Mohamed Marandi, saben que Estados Unidos usa las negociaciones como canción de cuna para dormir al enemigo mientras prepara el ataque.
Esta vez los iraníes no cayeron en la trampa, pero igual fueron a la mesa con esperanza y voluntad de paz. El canciller de Omán apareció en Washington, se reunió con el vicepresidente Vance y dio entrevistas en CNN anunciando que estaban a punto de llegar a un acuerdo histórico. Por primera vez, Irán ofreció reducir drásticamente —incluso eliminar— el enriquecimiento de uranio, algo que nunca había concedido porque es su derecho internacional para fines civiles. Todo con tal de evitar la guerra.
Pero Estados Unidos llegó a la negociación con las condiciones que puso Netanyahu: «Desármense, eliminen su programa de misiles, ríndanse». Eso no es negociar, es imponer. Aun así, Irán se sentó a dialogar sobre el tema nuclear.
No pasaron ni seis horas desde el anuncio del canciller omaní cuando Estados Unidos y los sionistas atacaron Irán. Abortaron la negociación porque nunca les interesó el acuerdo. Querían cambio de régimen, y la propaganda nuclear solo era la cortina de humo.
Alerta Venezuela
Y aquí quiero hacer un llamado de atención a Venezuela. Fíjense cómo mientras negociaban en mayo-junio del año pasado, preparaban el ataque. Ahora hicieron lo mismo. Es la misma táctica.
Es necesario negociar. Irán estuvo dispuesto a suspender su programa de uranio con tal de evitar una guerra. Escucho a algunas personas decir que negociar con el imperio es venderse. Me parece una irresponsabilidad y una inmadurez política. Me recuerda al panfleto de Lenin, «El ultraizquierdismo, enfermedad infantil del comunismo».
Ho Chi Minh negoció con los franceses y con los gringos en plena invasión militar a Vietnam. Mao Tse Tung negoció con Chiang Kai Shek, su enemigo histórico, e hizo alianza con él cuando los japoneses invadieron China. Si hubieran seguido en guerra civil, China habría sido exterminada por el imperialismo japonés. Hicieron pactos tácticos: flexibilidad táctica sin ingenuidad estratégica.
Estratégicamente sabían que una vez derrotado Japón, volverían a tener como enemigo a Chiang Kai Shek y los imperialismos occidentales. Y así fue: la guerra civil continuó del 45 al 49, hasta que el Kuomintang perdió y huyó a Taiwán. Pero esa flexibilidad táctica fue fundamental.
En Venezuela hay quienes tienen una lectura ultraizquierdista: si negocias con el imperio, te vendiste. Escuché a alguien decir que cuando vino el director de la CIA a reunirse con Delcy Rodríguez en Caracas, había que secuestrarlo y canjearlo por Maduro.
Comentarios que suenan muy revolucionarios, pero cuya factibilidad política es nula. Eso expondría a Venezuela a un ataque militar sin precedentes.
Hay que tener flexibilidad táctica, hacer concesiones para preservar la fuerza. El gobierno bolivariano sigue controlando cada metro cuadrado de Venezuela. Las comunas, las milicias, el ejército, los programas de vivienda, educación y salud siguen ahí. Y ahora, con el levantamiento parcial de sanciones, están recibiendo ingresos por la venta de petróleo que antes estaban bloqueados.
Pero al mismo tiempo, alerta Venezuela: no se puede caer en la ingenuidad de creer que, porque Estados Unidos negocia, nos van a dejar quietos. Miren lo que pasó en Irán: violaron las negociaciones en un segundo y fueron a destruir el gobierno, a matar el liderato. Es lo mismo que amenazaron con hacer en Venezuela después del secuestro de Maduro.
Ganar tiempo para prepararse
La flexibilidad táctica debe servir para ganar tiempo. Tiempo para superar los errores del 3 de enero, para estar mejor preparados ante una posible agresión militar.
El imperialismo necesita el petróleo venezolano para enfrentar la guerra con Irán. Con el cierre del estrecho de Ormuz, el petróleo se va a disparar y a escasear. Habrá una catástrofe económica mundial.
Estados Unidos necesita asegurar el acceso al petróleo venezolano. Por eso forzaron la negociación, levantaron parcialmente las sanciones y cambiaron la ley de hidrocarburos para beneficiar a las transnacionales.
Pero eso no puede verse como traición. Hay que entender la correlación de fuerzas. Lenin entregó territorio a Alemania en el tratado de Brest-Litovsk para evitar una guerra en condiciones desfavorables. No se puso a cuestionar, porque venían de la Primera Guerra Mundial y estaban en una guerra civil. Evitó una nueva invasión.
Gadafi creyó que entregando pozos petroleros lo iban a dejar quieto. Lo asesinaron. A Saddam Hussein le pasó lo mismo. A Assad también: mientras negociaban, planeaban la invasión para tumbarlo. Lo hacen una y otra vez. No se puede creer una sola palabra.
Eso no significa que no se negocie. Los iraníes negociaron hasta el último segundo, sabiendo que todo podía ser una falacia. Incluso ofrecieron algo que nunca habían querido conceder, con tal de evitar la guerra.
Porque a nadie le conviene una guerra, y menos hoy, cuando no hay un campo socialista fuerte, un bloque antiimperialista sólido que respalde. Los países están bastante aislados en términos de apoyos.
En ese contexto hay que entender la flexibilidad táctica. No podemos hacer moralismo. El moralismo no es hacer política. Desde el Monte Olimpo puedes criticar a todo el mundo y quedar impecable, pero no te estás embarrando las manos con la política real.
En política hay que hacer concesiones, hacer alianzas tapándose la nariz, como Mao con Chiang Kai Shek, como Ho Chi Minh negociando con franceses y estadounidenses en plena invasión. Pero siempre sabiendo los límites, sin ingenuidad estratégica.
El problema es cuando tienes flexibilidad táctica y caes en ingenuidad estratégica. Ahí es donde escucho algunas voces en Venezuela que parecen creerse el cuento desarrollista que promete Estados Unidos: que ahora van a tener dinero, que se van a desarrollar. La flexibilidad táctica está bien, pero no caigan en la ingenuidad de pensar que el imperialismo no va a por todo.
Ahora mismo necesitan el petróleo venezolano. Pero una vez que se estabilice la guerra con Irán, vendrán por el liderazgo bolivariano. Vendrán a destruir la revolución. No tengan la menor duda.
Este tiempo es precioso para prepararse para lo peor. No quiere decir que vaya a haber guerra, pero hay que prepararse como si la hubiera. Sin ingenuidad estratégica, como los iraníes: dispuestos a negociar siempre, pero preparándose para la guerra.
Hay que aprender de los errores del 3 de enero. Hay que aprovechar este tiempo para organizar mejor la defensa de Venezuela. A lo mejor no viene ninguna guerra. Puede que en Estados Unidos estalle una guerra civil, o que la economía colapse, o que Irán les dé una paliza tal que tengan miedo de intervenir en otro lado, como pasó después de Vietnam. Pueden pasar muchas cosas que le den respiro a la revolución bolivariana.
Pero ganar tiempo tiene que ser sin ingenuidad, esperando lo mejor, pero preparándose para lo peor.
Conclusión
Por eso pongo aquí en el título: Alerta Venezuela. Porque lo que le han hecho a Irán es otro ejemplo más de lo que le hicieron a Siria, a Irak, a Libia. Mientras negocian, están preparando tu tumba.
Eso lo debe tener claro el liderazgo bolivariano. Están negociando, están haciendo concesiones porque necesitan el petróleo venezolano de cara a la guerra con Irán.
Pero no pierdan de vista: primero secuestraron al presidente, después negocian para estabilizar la relación económica, y la tercera fase será destruir el liderazgo de la revolución bolivariana, imponer cambio de régimen y poner una élite neocolonial al servicio del imperio.
Es momento de aprender las lecciones de Irán, de Libia, de Siria, de Irak. No caer en ingenuidades estratégicas. Espero que esto provoque discusión, debate, y nos ayude a prepararnos mejor en la lucha antiimperialista que tenemos por delante.
*Ramón Grosfoguel es un sociólogo puertorriqueño perteneciente al Grupo modernidad/colonialidad (Grupo M/C) que se desempeña en la Universidad de California en Berkeley. Define su pensamiento como perteneciente a la corriente decolonial, superadora de la corriente poscolonial con la que se considera emparentado.
Fuente: Ramón Grosfoguel
