Alastair Crooke.
Ilustración: OTL
28 de febrero 2026.
Trump es un partidario verdaderamente comprometido con Israel, pero está a punto de hundir su presidencia en esta roca.
Las negociaciones diplomáticas del jueves (26 de febrero), a pesar de todo el optimismo de los mediadores y negociadores, confirmaron el estancamiento esencial.
Las exigencias de Estados Unidos a Irán fueron las siguientes:
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El desmantelamiento completo de las instalaciones nucleares de Fordow, Natanz e Isfahán.
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La transferencia de todo el uranio enriquecido a Estados Unidos.
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El fin de todas las cláusulas de caducidad y las restricciones permanentes.
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La aceptación del enriquecimiento cero, permitiéndose únicamente el reactor de investigación de Teherán.
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Un alivio mínimo de las sanciones por adelantado; un alivio mayor solo tras el cumplimiento total.
Estas exigencias se formularon claramente para obstaculizar, en lugar de facilitar, cualquier solución diplomática.
Reflejan una estrategia basada en la presunción visceral de la debilidad iraní que, ante la demostración de fuerza militar de Estados Unidos, se anticipaba con confianza que seguramente daría lugar a la capitulación iraní.
Esa hipótesis siempre fue arrogante. Ha resultado ser manifiestamente falsa, ya que, como era de esperar, Teherán rechazó las exigencias de Estados Unidos:
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[Irán] insistió en el reconocimiento de su derecho (en virtud del TNP) a enriquecer uranio para fines civiles.
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Rechazó el «enriquecimiento cero».
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Se negó a transferir el uranio enriquecido iraní de su territorio.
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Insistió en que cualquier acuerdo debía incluir tanto el reconocimiento de su derecho al enriquecimiento como una levantamiento significativo de las sanciones. Irán rechaza la idea de que se le impongan restricciones indefinidas.
El tono al final de las conversaciones era decididamente optimista. El principal negociador de Irán, el ministro de Asuntos Exteriores Araghchi, dijo:
La ronda de hoy ha sido la mejor de todas las celebradas hasta ahora. Hemos presentado claramente nuestras exigencias.
La parte iraní quería dejar claro, tanto a la opinión pública nacional como a la internacional, que (al menos) habían negociado con seriedad.
Sin embargo, los informes procedentes de Estados Unidos sugieren que la decisión de atacar ya se tomó durante la cumbre de Mar-a-Lago del 29 de diciembre de 2025, entre Netanyahu y Trump.
Los dirigentes iraníes comprendieron perfectamente que ninguna concesión que Irán pudiera haber ofrecido razonablemente en las conversaciones habría dado a Trump la rápida ‘victoria’ política que deseaba. Más aún, ya que Irán insistió en que las defensas antimisiles no eran negociables.
Aunque situó el programa nuclear de Irán en el centro de las conversaciones, el secretario de Estado estadounidense Rubio, antes de esta (última) ronda de negociaciones, subrayó que, desde la perspectiva de Washington, la amenaza de los misiles balísticos de Irán era «un componente fundamental que no se puede ignorar».
Sin embargo, la improbable afirmación de Rubio concuerda con la información publicada en la prensa hebrea israelí, según la cual, tras la reunión de Netanyahu con Trump en diciembre de 2025, fue Netanyahu quien exigió que Estados Unidos atacara las capacidades balísticas de Irán, y que el ataque a su arsenal de misiles debía tener prioridad sobre los ataques a las instalaciones nucleares iraníes.
La misma información (israelí) afirmaba que Trump aceptó la demanda perentoria de Netanyahu.
En general, Trump se ha mantenido firme en que, sea cual sea el resultado del enfrentamiento con Irán, ya sea mediante la capitulación iraní o por la fuerza militar, él personalmente tenía que salir de la confrontación mostrando ‘fuerza’ y con un ‘logro’ histórico en su haber.
Una guerra en busca de una justificación
Así, con el fin de la diplomacia, el conflicto ha pasado del ámbito del cálculo estratégico y el realismo al del condicionamiento psicológico. Es decir, cómo caracterizar una guerra sin una justificación clara ante un público estadounidense cada vez más escéptico.
Y cuál es la mejor manera de desencadenar la guerra para proporcionar la ventaja psicológica adecuada a Trump en vísperas de las elecciones de mitad de mandato.
De ahí las absurdas afirmaciones de Trump de que Irán está trabajando para producir misiles balísticos intercontinentales con los que atacar el territorio continental de Estados Unidos. En esta narrativa psicológica, Trump no solo está salvando a Israel, ¡está salvando a Estados Unidos!
Estas consideraciones de condicionamiento psicológico están obligando a un equipo de Trump dividido a alejarse cada vez más de la realidad, luchando por encontrar un casus belli plausible que justifique un ataque militar contra Irán.
Irán, a pesar de las afirmaciones de Rubio, no amenaza a Estados Unidos con misiles balísticos intercontinentales. Irán no supone ninguna amenaza para Estados Unidos, ni posee armas nucleares.
No se equivoquen, observa Will Schryver:
Esta es una guerra elegida por Estados Unidos. Esta guerra, y todas sus consecuencias, son responsabilidad de Estados Unidos. Esta es la guerra de Trump. Esta guerra comenzó el 3 de enero de 2020, por orden directa de Donald Trump.
Pero para el equipo de Trump, decir en voz alta que un ataque contra Irán tiene como objetivo consolidar la hegemonía de Israel en Oriente Medio se considera un argumento poco aceptable para promover «otra gran guerra en Oriente Medio» ante un electorado estadounidense reacio a las bajas y cada vez más escéptico ante la prioridad que Trump da a los intereses israelíes.
El dilema de la falta de justificación para la guerra se volvió tan agudo que los funcionarios estadounidenses acordaron que Israel debía atacar primero, con el fin de hacer que una guerra contra Irán fuera lo más «políticamente aceptable» posible para la opinión pública nacional.
Anna Barsky, en un artículo publicado la semana pasada en el diario hebreo Ma’ariv, argumentó que la sugerencia de que Israel «atacara primero»
… pasa de lo irónico a lo escalofriante. Porque esboza un escenario en el que Israel actúa, de forma consciente y deliberada, como el disparo inicial de una maniobra cuyo objetivo principal es producir un efecto de conciencia en Estados Unidos.
Trump imaginó inicialmente que el despliegue de fuerzas estadounidenses sería, por sí solo, lo suficientemente intimidatorio psicológicamente para Irán como para que la capitulación estuviera predeterminada.
Witkoff lo dijo claramente en Fox News: Trump estaba confundido y frustrado por el hecho de que Irán no hubiera capitulado aún ante tal despliegue de fuerzas estadounidenses cerca de Irán.
Pero más allá de esto, a Trump —que vive de declaraciones grandilocuentes y promesas de «la increíble destreza militar estadounidense»— le desconcertó ver filtraciones que revelaban que, a pesar del despliegue de fuerzas, Estados Unidos no tiene la capacidad militar «para sostener [más allá] de cuatro o cinco días de intensos ataques aéreos contra Irán, o una semana de ataques de menor intensidad». Más tarde contradijo a sus generales.
Los generales de Trump le habían proporcionado un panorama mucho más complejo: no estaban dispuestos a garantizar un cambio de régimen; no habría certeza sobre la duración de la campaña y no habría capacidad para predecir con precisión la respuesta de Teherán, ni las implicaciones regionales.
Probablemente, Trump, a pesar de las advertencias, imaginó (o esperó…) una guerra sangrienta de pocos días, tras la cual podría proclamar la ‘victoria’ sobre los escombros, y luego esperar maniobrar hacia un alto el fuego, con los titulares de los medios de comunicación proclamando otra ‘paz de Trump’.
Por supuesto, las guerras nunca las decide una sola parte. Irán advirtió de que, si era atacado, desencadenaría una guerra total, no solo en Irán, sino en toda la región.
En el primer día de la guerra, esto es lo que ha hecho Irán, con ataques a bases estadounidenses en todo el golfo Pérsico: las bases militares estadounidenses están en llamas y echando humo a la vista de todos. Las principales compañías petroleras acaban de suspender los envíos a través del estrecho de Ormuz.
Trump —pero más precisamente Netanyahu— acaba de desencadenar una guerra en múltiples frentes, con ataques a Israel desde muchas direcciones (desde Irán, Yemen, Irak…). Es más probable que se trate de una guerra larga que de una guerra rápida.
Trump está atrapado en un zugzwang [1]. Se ve obligado a actuar contra Irán, pero al hacerlo, agrava su propia situación: «zugzwang». Según se informa,
muchos dentro del Pentágono creen que Estados Unidos se enfrentará a un desastre generacional si se compromete en exceso en un conflicto a gran escala con Irán [y no actúa de forma «brillante»].
Sin embargo, el impulso ideológico para un ataque procedente del bando de Netanyahu y sus diversos auxiliares y donantes en Estados Unidos resultó convincente.
Estos últimos ven un ataque estadounidense como una «oportunidad única en una generación» para reestructurar el mapa geoestratégico, para reconvertir a Irán en un aliado prooccidental de Israel en una nueva coalición en guerra contra el radicalismo islámico.
Estos sentimientos, aunque fantásticos, no deben descartarse a la ligera. Están profundamente arraigados en la cultura y en diversas creencias escatológicas.
La logística de la guerra tiene su propio impulso: una vez que se libera el «resorte» del despliegue militar, se necesita un gran esfuerzo para revertirlo.
Al comienzo de la Primera Guerra Mundial, resultó imposible para los líderes europeos revertir la mecánica del despliegue, simplemente debido a las limitaciones inherentes al sistema ferroviario. Se necesita un gran esfuerzo para detener el impulso de una guerra a gran escala.
Al desencadenar una prueba de fuerza global tan existencial, Trump no podrá, como el rey Canuto, ‘ordenar’ que la marea retroceda.
Ha puesto en marcha acontecimientos que determinarán nuestro futuro geopolítico global. El futuro de China, Rusia e Irán penderá de un hilo, de una forma u otra.
El orden económico también pende de un hilo. La solución de Trump a la crisis de la deuda depende en gran medida de su guerra comercial.
La viabilidad de los aranceles de Trump para mitigar sus obligaciones de deuda depende de la hegemonía del dólar.
Y la hegemonía del dólar depende en gran medida de preservar el mito de la invulnerabilidad militar excepcional de Estados Unidos.
Pero ahora que Irán ha descubierto el farol de Trump, este se enfrenta a la humillante disyuntiva de retirarse (es decir, tergiversar alguna petición prematura de alto el fuego, como en la guerra de los 12 días, para proclamar la «victoria») o, si la guerra se prolonga, aceptar que el ejército estadounidense sea percibido como un tigre de papel y ver cómo las consecuencias repercuten en los mercados de deuda.
Trump es un partidario verdaderamente comprometido con Israel, pero está a punto de hundir su presidencia en esta roca.
Quizás no tenía otra opción.
Traducción nuestra
*Alastair Crooke, es un exdiplomático británico y es el fundador y director del Foro de Conflictos con sede en Beirut, una organización que aboga por el compromiso entre el Islam político y Occidente.
Nota nuestra
[1] El zugzwang es un término ajedrecístico de origen alemán que significa «obligación de mover», donde cualquier jugada posible empeora la situación del jugador que mueve.
Fuente original: Conflicts Forum
