LA “CONFERENCIA DE GUERRA” DE MÚNICH. Roberto Iannuzzi.

Roberto Iannuzzi.

Foto: El secretario de Estado estadounidense Marco Rubio en la Conferencia de Seguridad de Múnich (Fuente: MSC/Kuhlmann)

20 de febrero 2026.

Los llamamientos al rearme de Merz y Macron se vieron coronados por el discurso de Rubio, marcado por un supremacismo y un neocolonialismo tan peligroso como anacrónico.


Nota: la segunda parte del artículo «Los archivos Epstein: la bancarrota moral y política de Occidente» se publicará la próxima semana.


La Conferencia de Seguridad anual de Múnich, Alemania, no es un evento destinado a proporcionar un análisis neutral de la realidad internacional, sino más bien una narración.

El objetivo es garantizar el consenso en torno a políticas que a menudo no se elaboran democráticamente, sino que se imponen desde arriba.

La narrativa de los últimos años, centrada en la «amenaza rusa», presentaba a Moscú no como un «competidor» con intereses y preocupaciones específicos en materia de seguridad, sino como la «encarnación» del mal.

La consecuencia lógica de tal descripción es que cualquier propuesta de negociar con los rusos se tacha de traición, y cualquier enfoque pragmático del conflicto se considera una forma de apaciguamiento.

Este año, a la narrativa anterior se ha sumado la de la «destrucción» del orden internacional liderado por Estados Unidos.

Fiel al enfoque de la narrativa, más que al análisis de las causas, el informe introductorio de la conferencia, elocuentemente titulado «Under Destruction» (Bajo destrucción), habla del auge de fuerzas políticas dentro de las sociedades occidentales que, impulsadas por el «resentimiento» hacia «la trayectoria liberal que han tomado sus sociedades», «favorecen la destrucción frente a las reformas».

A la cabeza de estas fuerzas, el informe sitúa al presidente estadounidense Donald Trump, acusado de una retirada gradual de Europa y de un apoyo vacilante a Ucrania.

Junto con la amenazante retórica de la Casa Blanca sobre Groenlandia, esta actitud sería responsable del creciente sentimiento de inseguridad en Europa.

Si bien algunas de las críticas dirigidas a Trump están justificadas, ciertamente no lo están las desmesuradas reacciones europeas, derivadas de la superposición de la narrativa actual sobre la «traición» estadounidense a la anterior sobre la «amenaza rusa».

Para el canciller alemán Friedrich Merz, el orden internacional «ya no existe» y la libertad de Europa está amenazada, no desde dentro, sino desde fuera. La única solución es el rearme y convertir a las fuerzas armadas alemanas en «el ejército convencional más fuerte de Europa lo antes posible».

También afirmó que la guerra en Ucrania terminará «solo cuando Rusia esté agotada, al menos económicamente y, potencialmente, militarmente».

El presidente francés se hizo eco de sus palabras, afirmando que este es «el momento de la audacia» y que Europa «debe aprender a convertirse en una potencia geopolítica».

El periódico estadounidense Politico se encargó de alcanzar nuevos niveles de alarmismo con un artículo titulado «Los países occidentales ven llegar la Tercera Guerra Mundial».

Pero el punto álgido de la Conferencia de Múnich fue sin duda el discurso del secretario de Estado estadounidense Marco Rubio.

Aparentemente destinado a tranquilizar a los europeos sobre las intenciones de Estados Unidos, dicho discurso resultó ser un compendio de ideología supremacista y neocolonial, en desprecio del orden internacional cuyo deterioro los líderes occidentales suelen achacar a adversarios como Rusia y China.

Rubio criticó duramente la globalización y el sistema internacional fundado por su propio país, al tiempo que condenaba el estado del bienestar europeo:

Hemos externalizado cada vez más nuestra soberanía a las instituciones internacionales, mientras que muchas naciones han invertido en un estado del bienestar masivo a expensas de su capacidad de defenderse.

Afirmó que “ya no podemos anteponer el llamado orden global a los intereses vitales de nuestro pueblo y nuestras naciones”.

Condenó a la ONU por su incapacidad para resolver crisis como la de Gaza, cuando fue Estados Unidos quien impuso innumerables veces el veto para bloquear cualquier iniciativa del Consejo de Seguridad destinada a poner fin a la masacre.

Sostuvo que las Naciones Unidas no han sido capaces de hacer frente a “la amenaza a nuestra seguridad que representa el dictador narcoterrorista de Venezuela», y que “han sido necesarias las fuerzas especiales estadounidenses para llevar a este fugitivo ante la justicia».

Elogió el bombardeo estadounidense de Irán el pasado mes de junio, otra violación del derecho internacional.

Alabó la civilización occidental que une las dos orillas del Atlántico, exaltando su peor componente, el expansionismo colonial:

Durante cinco siglos […] Occidente se ha expandido: sus misioneros, sus peregrinos, sus soldados, sus exploradores han salido de sus costas para cruzar los océanos, colonizar nuevos continentes y construir vastos imperios que se extienden por todo el mundo.

Y afirmó que “Estados Unidos no tiene interés en ser el guardián cortés y disciplinado del declive controlado de Occidente”, sino que, por el contrario, pretende restablecer su hegemonía, a ser posible con los europeos, pero también en solitario si es necesario.

Esta declaración de supremacismo y unilateralismo no es meramente teórica. Por el contrario, ya se está poniendo en práctica en acciones como el secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro, el asedio medieval impuesto a Cuba, el secuestro de petroleros de varias naciones en aguas internacionales, los continuos bombardeos de Somalia y un ataque militar quizás inminente y aún más peligroso contra Irán.

Estas acciones constituyen violaciones del derecho internacional y un rechazo de ese mundo multipolar que es, a todos los efectos, una realidad ya en marcha a la luz del declive económico de Occidente.

Este declive, por otra parte, se debe en gran parte a razones internas, que van desde la desindustrialización hasta la financiarización de la economía, el aumento vertiginoso de las desigualdades y la concentración de capital, y la erosión del estado del bienestar y la democracia.

Occidente no se refundará sometiendo a sus enemigos externos, como querría la retórica que emana de Múnich.

Se refundará desde dentro, incluso haciendo tabla rasa de la arrogancia y las ideas supremacistas de las que se ha hecho portavoz Marco Rubio.

Este artículo apareció en Il Fatto Quotidiano

Traducción nuestra


*Roberto Iannuzzi es analista independiente especializado en Política Internacional, mundo multipolar y (des)orden global, crisis de la democracia, biopolítica y «pandemia new normal».

Fuente original: Intelligence for the people

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