EDUCACIÓN Y RESISTENCIA: EL MUNDO TRAS LA AGRESIÓN ESTADOUNIDENSE CONTRA VENEZUELA. Pedro Monzón Barata.

Pedro Monzón Barata.

Ilustración: Ali al-Hadi Shmeiss para Al Mayadeen English

16 de febrero 2026.

Pedro Monzón Barata sostiene que, tras la agresión de Estados Unidos contra Venezuela, la educación es el campo de batalla decisivo, donde se forjan la soberanía, la resistencia y la claridad ideológica.


El panorama geopolítico actual de Nuestra América está marcado por una escalada agresiva del imperialismo estadounidense, que ha dejado de lado cualquier pretensión de multilateralismo o respeto por el derecho internacional.

El vil ataque militar contra Venezuela, el secuestro arbitrario e ilegal de su presidente constitucional Nicolás Maduro, el cobarde asesinato de más de 100 venezolanos y cubanos, las explícitas amenazas militares contra Colombia, México y, especialmente, Cuba, y la intensificación de los asfixiantes bloqueos económicos no son incidentes aislados.

Estos acontecimientos son eslabones de la misma cadena de dominación, diseñada para revertir cualquier proyecto de soberanía nacional o integración regional independiente.

Ante esta ofensiva multidimensional, que combina guerra económica, operaciones psicológicas, acciones cibernéticas y el uso o la amenaza del uso directo de la fuerza, la respuesta de los pueblos no puede limitarse al ámbito diplomático o a reacciones defensivas ocasionales.

Educación para forjar un rechazo consciente y práctico

La educación del pueblo para un rechazo consciente y práctico se convierte en imperativa, como condición misma de la supervivencia. Consciente, porque debe estar arraigada en una profunda comprensión de los mecanismos históricos, económicos y culturales del imperialismo.

Práctica, porque debe traducirse en una movilización organizada, la defensa de las instituciones legítimas, la solidaridad internacionalista activa y la construcción diaria de alternativas.

La educación, en su sentido más amplio y transformador, es la herramienta fundamental para forjar esta capacidad de respuesta. Lejos de ser un apéndice cultural, es el campo de batalla principal donde se gana o se pierde la batalla de las ideas, una batalla que precede y condiciona cualquier otra forma de confrontación.

De la alfabetización a la alfabetización crítica

La educación no es neutral; la alfabetización del pueblo es el fundamento primordial. Nadie que haya vivido la Campaña de Alfabetización de 1961 en Cuba, en la que tuve la oportunidad de participar cuando era niño, puede albergar ilusiones sobre la neutralidad de la educación.

Ese episodio, en el que más de 100 000 jóvenes marchamos a los campos y las montañas para enseñar a leer y escribir, fue un acto de profunda subversión del orden neocolonial. Los alfabetizadores no solo llevábamos cartillas y manuales, sino también una idea revolucionaria: que el conocimiento es un derecho universal y un instrumento de liberación. Los asesinatos de los jóvenes alfabetizadores Conrado Benítez y Manuel Ascunce Domenech a manos de bandas contrarrevolucionarias armadas y financiadas por la CIA demostraron con brutalidad que la oligarquía y el imperialismo comprendían perfectamente el peligro que representaba un pueblo ilustrado.

Hoy en día, el analfabetismo en el mundo ha mutado. Junto al analfabetismo residual, persiste un analfabetismo funcional, político y digital, cuidadosamente cultivado por un ecosistema mediático transnacional al servicio del capital.

Consiste en la incapacidad de descifrar los intereses que hay detrás de una noticia, de contextualizar un conflicto geopolítico, de reconocer lo que representan las doctrinas de la «guerra híbrida» o los «golpes blandos».

Las personas, bombardeadas por narrativas que presentan a las víctimas como perpetradores y a los agresores como salvadores, pueden verse impulsadas a actuar (incluso electoralmente) en contra de sus propios intereses de clase y nacionales.

La desinformación sobre Venezuela o sobre Cuba, donde las graves consecuencias de una guerra económica y un bloqueo económico, comercial y financiero genocida sostenido se presentan como el «fracaso del socialismo», es el arma preferida de estos protagonistas de un fenómeno tan cruel.

Por lo tanto, la educación contemporánea debe tener como eje central la educación general del pueblo y la alfabetización crítica en medios de comunicación e historia.

Debe enseñar a desmontar la propaganda, identificar las fuentes primarias, rastrear la propiedad de los medios de comunicación y comprender la historia de la cruel explotación colonial, de las intervenciones yanquis en la región, desde México en 1847 hasta Panamá en 1989, y ahora la agresión contra Venezuela en 2026. Solo un pueblo capaz de «leer entre líneas» o interpretar el discurso hegemónico (cada vez más burdo) puede generar el rechazo consciente necesario frente a las campañas de intoxicación que buscan desmoralizar, dividir y paralizar la resistencia.

Guerra cognitiva: la campaña de desinformación contra Venezuela

Un ejemplo paradigmático de este fenómeno es la intensa campaña de desinformación desplegada tras la agresión militar contra Venezuela el 3 de enero y el secuestro ilegal del presidente Nicolás Maduro, con un claro objetivo político: erosionar la legitimidad y la unidad del gobierno bolivariano.

Esta operación busca presentar al chavismo como un movimiento derrotado y traicionado desde dentro, afirmando falsamente que figuras clave como Delcy Rodríguez o Diosdado Cabello hicieron un pacto con Washington para derrocar a Maduro.

Estas narrativas, amplificadas por los medios hegemónicos alineados con los intereses de la Casa Blanca, se basan principalmente en fuentes inventadas y han sido categóricamente desmentidas por el Gobierno venezolano.

Su propósito es sembrar la confusión y la desmoralización, intentando fracturar el apoyo popular y debilitar la resistencia ante lo que es, en esencia, un acto de guerra y una violación flagrante del derecho internacional.

La arquitectura de esta manipulación es multifacética. Por un lado, se difunden falsedades estratégicas sobre una supuesta rendición económica y política de Venezuela promovida por el propio presidente Donald Trump, con el fin de fabricar una narrativa de sumisión y beneficio. Por otro lado, se viralizan contenidos audiovisuales falsos diseñados para provocar un impacto emocional inmediato: vídeos de celebraciones populares en Caracas que en realidad fueron filmados en Santiago de Chile, imágenes generadas por inteligencia artificial de Maduro en prisión o escenas de películas presentadas como pruebas de torturas reales a opositores.

Incluso se manipuló un vídeo del bombardeo del Comando de la Milicia Bolivariana para hacerlo pasar por un ataque al mausoleo de Hugo Chávez, en un cínico intento de herir el símbolo fundacional del chavismo.

Estas noticias falsas no son errores fortuitos, sino componentes de una guerra cognitiva que busca reescribir la percepción de la realidad, haciendo que la resistencia parezca inútil y la colaboración un fait accompli.

El objetivo final de esta campaña es triple:

en primer lugar, negar el carácter imperialista de la operación militar, presentándola como una intervención «limpia» o incluso deseada internamente.

En segundo lugar, proyectar una imagen de control absoluto por parte de Washington, bajo la cual cualquier acción del Gobierno interino venezolano se interpreta como una subordinación a Trump, ignorando las firmes declaraciones de condena y continuidad constitucional.

Y, en tercer lugar, aislar a Venezuela internacionalmente, haciendo que su Gobierno parezca ilegítimo y dividido, a pesar del rechazo generalizado a la agresión expresado por países como México, Colombia y Cuba, que la han calificado de peligroso precedente contra la soberanía y la Carta de las Naciones Unidas.

Estas narrativas constituyen un nuevo ataque a la soberanía del país, librado en el campo de batalla de la información, donde el objetivo fundamental es la aniquilación de la verdad.

De la hegemonía de Gramsci al pensamiento descolonizador

La construcción de un pensamiento propio y descolonizador en Nuestra América y el Tercer Mundo proporciona el arsenal teórico para enfrentar tales distorsiones.

El marxismo, al denunciar que las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en cada época, sentó las bases para entender a las escuelas y los medios de comunicación como aparatos ideológicos.

El pensamiento de Antonio Gramsci enriqueció este análisis con su concepto de hegemonía, explicando cómo la clase dominante se mantiene no solo a través de la coacción estatal, sino también a través del consenso cultural, logrando que su visión del mundo sea aceptada como «sentido común» por las amplias masas.

La batalla por esta hegemonía es una «guerra de posiciones» librada precisamente en las trincheras de la sociedad civil: en las escuelas, en los medios de comunicación, en la cultura.

Fueron precisamente los pensadores de la periferia quienes profundizaron en la dimensión cultural y colonial de la dominación. José Martí, el apóstol de la independencia cubana, con su visión de que «ser culto es la única forma de ser libre», estableció el vínculo indisoluble entre la independencia nacional y la soberanía del pensamiento.

Para Martí, la educación debe formar a las personas «para la vida», no para servir a intereses extranjeros. Paulo Freire, desde la pedagogía de los oprimidos, transformó la educación en un acto de diálogo y concientización, donde «leer la palabra» es inseparable de «leer el mundo» para transformarlo. Su método rechaza la «educación bancaria», que deposita información pasiva, y promueve una educación problemática que convierte a cada estudiante en un sujeto crítico.

Desde Argelia, Frantz Fanon expuso cómo el colonialismo ocupa no solo territorios, sino también mentes, imponiendo la inferiorización cultural y una ruptura con la propia historia.

La descolonización, para ser real, debe incluir una «descolonización de la mente», un rescate de la propia cultura e historia como fuentes de identidad y resistencia. El sirio Constantine Zurayk argumentó, tras la Nakba palestina, que la verdadera independencia es imposible sin una «educación de la dignidad nacional» que combata la mentalidad de derrota y dependencia.

En Cuba, Fidel Castro sintetizó y puso en práctica estas ideas a gran escala. Sus largos discursos didácticos eran lecciones de historia, economía política y ética internacionalista.

Su máxima, «¡No crean, lean!», es el núcleo de una ética revolucionaria del conocimiento: es un llamamiento a la duda metódica, a la investigación propia, a no delegar en otros la interpretación de la realidad.

Fidel fue más allá, defendiendo con vehemencia una cultura general integral, una formación que une las ciencias y las humanidades, la teoría y la práctica, rompiendo la división capitalista entre el trabajo manual y el intelectual. Un pueblo fragmentado en sus conocimientos es un pueblo vulnerable a la manipulación. Un pueblo con una cultura integral puede comprender la complejidad del mundo y, por lo tanto, apreciar adecuadamente lo que le rodea y defenderse mejor.

Soberanía frente a subordinación

El siglo XX ofreció dos modelos antagónicos. Por un lado, las experiencias socialistas y los movimientos de liberación nacional dieron prioridad a la educación masiva y la erradicación del analfabetismo como pilares de la construcción nacional y la soberanía.

En la URSS, China, Vietnam y Cuba, la educación fue un motor de movilidad social y de creación de capacidades científicas endógenas. Por otro lado, los «milagros» educativos capitalistas en Asia (Corea del Sur, Singapur…) lograron sin duda un alto rendimiento técnico, pero a un enorme coste humano: sistemas de feroz competitividad, alienación de los estudiantes y una educación funcionalizada exclusivamente para el mercado laboral, sin espíritu crítico ni fines sociales.

Sin embargo, incluso dentro de los marcos capitalistas, algunos líderes intentaron imprimir un carácter soberano a la educación. El primer ministro malasio Mahathir Mohamad promovió una educación con un fuerte contenido nacionalista y antiimperialista, con el fin de crear una burguesía industrial local y reducir la dependencia mental.

En Tanzania, Julius Nyerere impulsó la «Educación para la Autosuficiencia», vinculando la escuela a la producción comunitaria y a los valores africanos de ujamaa (familia extensa), aunque más tarde fue estrangulada por las condicionalidades del FMI.

Estos ejemplos contrastantes revelan una verdad crucial: un sistema educativo que no está al servicio de un proyecto nacional soberano termina, inevitablemente, sirviendo a un proyecto de subordinación a los centros de poder globales.

Una educación técnicamente eficiente pero acrítica produce excelentes empleados para las empresas transnacionales, pero ciudadanos pasivos y sumisos ante la explotación de clase y el saqueo de los recursos de su patria. La educación que necesitamos hoy debe formar técnicos y patriotas, científicos e internacionalistas, profesionales y defensores de la soberanía.

La soberanía educativa de Cuba bajo asedio

El caso de Cuba es paradigmático. De ser un país con una de las tasas de analfabetismo más altas de América Latina en 1959, se transformó, en pocas décadas, en una potencia educativa y científica reconocida mundialmente.

Este salto no fue el resultado de una receta técnica, sino de una clara voluntad política que ha priorizado al ser humano como centro del desarrollo. La Campaña de Alfabetización fue el acto fundacional, pero el sistema se expandió de manera universal y completamente gratuita, desde la guardería infantil hasta los estudios de posgrado.

Se rompió el divorcio entre la ciudad letrada y el campo, entre la ciencia y el pueblo. La formación de cubanos patriotas y solidarios y de decenas de miles de médicos, ingenieros, maestros y científicos se convirtió en la base material para alcanzar hitos como la industria biotecnológica, capaz de crear sus propias vacunas (como las anticovid Abdala y Soberana) en medio de un bloqueo endurecido.

El hecho más elocuente: durante el Período Especial, en medio de la crisis económica más profunda, Cuba no cerró ni una sola escuela. Hoy en día, destina alrededor del 13 % de su PIB a la educación. No se trata de una mera estadística, sino de una declaración de principios en un mundo en el que el conocimiento se mercantiliza.

Demuestra que, incluso bajo el asedio más feroz, es posible y necesario defender la educación como bastión de la soberanía nacional. Un pueblo educado es un pueblo que puede resistir, innovar y sostenerse cuando las puertas del comercio internacional tienden a cerrarse debido a la coacción extranjera.

El patriótico pueblo cubano soportó estoicamente el Período Especial sin rendirse, a pesar del implacable bloqueo estadounidense. En la actual coyuntura amenazante, aunque los cubanos aman y disfrutan de la paz, estamos dispuestos y preparados para enfrentar cualquier circunstancia con el objetivo de defender nuestra independencia y soberanía.

Cualquier intento de agresión contra nuestro país por parte del imperialismo yanqui causaría grandes dificultades, pero tendría un costo inmenso para los Estados Unidos y fracasaría debido a la resistencia activa y firme de la inmensa mayoría del pueblo. Tal agresión representaría una trampa ineludible para el imperio.

El internacionalismo educativo cubano extiende el principio de que la educación es el medio principal para formar individuos capaces de comprender la realidad y resistir la injusticia.

Respaldado por la UNESCO, el sencillo pero profundo método de alfabetización «Sí, puedo» ha enseñado a leer y escribir a más de 10 millones de personas en más de 30 países.

Como embajador en Australia, fui testigo de su impacto transformador en comunidades aborígenes segregadas, como el caso de Wilcannia. Allí, los adultos que aprendieron a leer y escribir no solo firmaron con su nombre por primera vez, sino que comenzaron a utilizar ordenadores, a comprender documentos oficiales y a comunicarse con parientes lejanos. La incidencia de los problemas sociales disminuyó.

La palabra recuperada era sinónimo de dignidad recuperada y capacidad organizativa reforzada.

El capitalismo cognitivo y las trincheras de la resistencia

El imperialismo ha modernizado sus herramientas de dominación intelectual. Hoy en día, nos enfrentamos al capitalismo cognitivo, una fase en la que la principal fuente de valor y control es la extracción de datos, atención y conocimiento en sí mismo.

Las grandes plataformas digitales (Google, Meta, etc.), con su oferta de «educación gratuita» y acceso a la información, actúan como nuevos mecanismos de colonización, homogeneizando el pensamiento, imponiendo el inglés como lengua franca y convirtiendo a los usuarios en productos cuyos datos se venden.

La financiarización de la educación superior, con deudas estudiantiles que esclavizan a generaciones enteras (como los 1,7 billones de dólares en Estados Unidos), es un mecanismo eficaz de disciplina social: quienes están endeudados se vuelven cautelosos, menos propensos a desafiar el sistema. El algoritmo amenaza con sustituir al profesor, prometiendo personalización pero imponiendo estándares ocultos y una visión fragmentada del conocimiento.

Ante este panorama, la resistencia educativa tiende a reorganizarse en nuevas trincheras: las universidades indígenas de América Latina desafían el eurocentrismo académico, validando sus propias epistemologías; el Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST) de Brasil crea escuelas donde se enseña agroecología y conciencia de clase; en Europa y Estados Unidos crecen las escuelas gestionadas colectivamente, y los jóvenes de África y Asia desarrollan plataformas educativas en lenguas locales. Estas experiencias diversas pero convergentes demuestran que otra educación es posible: una que surja de las necesidades e intereses concretos de la gente, que fortalezca las identidades, que se gestione democráticamente y que tenga como fin la emancipación, no la adaptación al mercado.

Inmunidad ideológica y soberanía

La educación que necesitamos para estos tiempos de agresión no puede ser solo otro plan de estudios. Debe ser un proyecto político-pedagógico explícito para la defensa integral de la soberanía.

Debe integrar de manera sustantiva los conocimientos indígenas, afrodescendientes y populares; explicar qué es el imperialismo y analizar casos concretos como el de Venezuela; fomentar el pensamiento estratégico y la unidad, y mostrar que la agresión contra un país hermano es un ataque a toda la Gran Patria; formar en ciencias con conciencia del desarrollo nacional, y enseñar a crear medios comunitarios y redes de comunicación propias.

La máxima de Fidel, «¡No crean, lean!», y la de Martí, «Ser culto es la única forma de ser libre», no son eslóganes decorativos: son esencias para sobrevivir en la guerra no convencional que estamos viviendo. Un pueblo educado críticamente es un pueblo con inmunidad ideológica.

Es un pueblo que no se traga entera la narrativa del «régimen» fabricada en Washington. Es un pueblo que puede organizar el rechazo práctico. Cuba, con sus logros y sus limitaciones, no es un modelo para copiar mecánicamente, sino un testimonio esperanzador: incluso en las condiciones más adversas, el compromiso con la formación y la educación de calidad para todos construye un muro de dignidad que ni siquiera el imperio más poderoso ha sido capaz de derribar.

La tarea de hoy es universalizar ese principio, para que cada niño, cada joven, cada trabajador de Nuestra América no solo aprenda a leer y escribir, sino a leer el mundo con sus propios ojos, a escribir su historia con sus propias manos y a defender su futuro con una conciencia inquebrantable. En esa educación reside la semilla de la derrota definitiva del proyecto imperial.

Ante la guerra multidimensional desatada por el imperialismo, que encuentra su expresión más brutal y criminal en la agresión contra Venezuela, la educación no se erige como un refugio, sino como el taller donde se forja el antídoto: un pueblo consciente.

Un pueblo que, al aprender a leer el mundo con sus propios ojos, desarma las mentiras que justifican el saqueo; que, al escribir su historia con sus propias manos, levanta las barricadas de la dignidad nacional.

El futuro de Nuestra América, su capacidad para resistir, reexistir y vencer, se decide en esta batalla por la conciencia.

Y es en la defensa inquebrantable de la soberanía venezolana donde hoy, con total claridad, se libra el combate decisivo por ese futuro.

Traducción nuestra


*Pedro Monzón Barata Ex embajador y cónsul general de Cuba en Sao Paulo; investigador del Centro de Investigación de Política Internacional.

Referencias bibliográficas

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Fuente: Al Mayadeen English

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