Juan Carlos Monedero.
Foto: Continúan las manifestaciones populares pidiendo la liberación de Nicolás Maduro y Cilia Flores. REUTERS
10 de febrero 2026.
Los cambios que permiten que un país avance son cambios de conciencia que logren a su vez gobiernos más eficaces, que logren a su vez una paz social guiada por la libertad y por la justicia social. Y no olvidemos nunca que los trenes a Finlandia son solo eso, trenes a Finlandia.
Siempre he pensado que la revolución bolivariana tuvo más éxito en pelear contra el neoliberalismo, que en ese momento estaba en su apogeo, que en superar los problemas estructurales históricos de Venezuela.
Pero claro, es que para superar los problemas históricos de un país hace falta por lo menos una generación. Y también que no tengas a los Estados Unidos poniendo palos en las ruedas. En España se murió Franco hace 50 años y todavía nos huelen los pies a franquismo.
La Venezuela chavista, la que acabó con el analfabetismo, devolvió la dignidad a los barrios, hizo una de las constituciones más avanzadas del mundo, empezó a cuidar a los ancianos, abrió hospitales, escuelas, universidades, construyó casas, cientos de miles de casas para el pueblo, unió a todo el continente. Pues claro que tiene que seguir avanzando.
La compleja situación actual sirve para precisamente seguir avanzando. Y avanzar no significa, como pretende la oposición, que no ha sido capaz de ganar nunca apenas elecciones en el país, desmantelar los logros alcanzados, sino todo lo contrario.
Andan los politólogos, los mismos que han estado enredando durante décadas con la mentira de que la democracia norteamericana era el ejemplo de democracia para el mundo. Vaya académicos intentando comparar la Venezuela asediada por el ejército más poderoso del mundo y que además posee armas nucleares que podría usar, pues la comparan con la España de la transición, intentando encontrar justificaciones.
¿Para qué? Pues para ocultar el hecho incontrovertido y más relevante, que el presidente constitucional Nicolás Maduro y la diputada y primera dama Cilia Flores han sido secuestrados por otro país en una declaración de guerra de facto.
Aunque la ruptura del cacareado mundo basado en reglas no ha hecho necesaria esa declaración, que un senador norteamericano echaba en cara al secretario de Estado Marco Rubio que si un país invadiera Estados Unidos y secuestrara a nuestro presidente y a la primera dama, no sería un evidente caso de declaración de guerra.
Es importante no olvidar esto porque el presidente Nicolás Maduro está en Nueva York como prisionero de guerra.
Digo que estamos jugando con la idea de la transición para intentar borrar de un plumazo el pasado bolivariano y también la victoria electoral de Chávez en 1998, pese a todos los intentos en aquel momento de EEUU, con la entonces secretaria de Estado Madeleine Albright como ejecutora, la de Marco Rubio de Clinton para impedir esa victoria.
Como si el secuestro de Maduro fuera equiparable a la muerte biológica de Francisco Franco, un dictador que dio un golpe contra la Segunda República con ayuda de Hitler y de Mussolini, que fusiló a 200.000 españoles, que desterró a 500.000, que metió en cárceles condenados a trabajos forzosos y torturas a 350.000 y que robó, según estimaciones de organizaciones civiles, 300.000 hijos de mujeres republicanas presas.
¿Qué hacéis comparando como si la transición española hubiera tenido lugar con el mar Mediterráneo, el Cantábrico y el Atlántico repletos de barcos y aviones en una suerte de cerco medieval?
La idea de concordia y entendimiento del chavismo con la oposición existen desde siempre. Porque desde siempre la oposición intentó tumbar a Chávez y luego a Maduro. Y siempre se les perdonó.
¿Para qué sirvió? Para que los mismos siguieran intentándolo. María Corina Machado firmó el decreto de Carmona Estanga con el que se quiso sustituir al gobierno de Hugo Chávez que había ganado las elecciones. Era 2002 y era un golpe dirigido por la patronal, por militares traidores y por los Estados Unidos.
En aquel año esta señora firmó, Chávez perdonó a los golpistas y se lo agradecieron con el sabotaje petrolero. La amnistía de la transición española era para los demócratas antifranquistas que habían luchado contra una dictadura que nació de la mano de Hitler y de Mussolini. Porque ser antifranquista en España es una obligación de cualquier demócrata, igual que ser antifascista o ser antinazismo.
Pero los antichavistas que han terminado en la cárcel lo son por haber ejercido la violencia o pretender acabar con gobiernos que han nacido en las urnas y de la Constitución y con formas violentas.
La amnistía en España fue un logro de los demócratas, mientras que la amnistía en Venezuela es un ejercicio, otra vez, de una enorme generosidad del chavismo en un contexto de amenaza constante contra la vida de los venezolanos.
¿Es que ya nos hemos olvidado del infierno que cayó del cielo el 3 de enero? ¿Nos hemos olvidado de los 120 asesinados, de las lanchas hundidas y los asesinados con misiles o de los barcos petroleros secuestrados?
Vengo dándole vueltas al episodio del tren a la estación Finlandia, un suceso decisivo para la Revolución Rusa, donde hubo que decidir si dar dos pasos atrás para poder dar después un paso adelante.
Ese momento fue narrado espléndidamente por Edmund Wilson, un socialdemócrata, “Hacia la estación de Finlandia”, un libro de 1940. Ahí se resume un dilema estructural de la izquierda.
¿Cómo actuar en la historia real sin quedar paralizados por la pureza ideológica? El regreso de Vladimir Lenin a Rusia, facilitado por la Alemania imperial, que era en ese momento la enemiga del zarismo de los rusos.
Pero no fue una alianza política ni una adhesión ideológica, sino una decisión táctica en una coyuntura extrema. Rechazar esa posibilidad habría significado renunciar a intervenir en un proceso histórico ya abierto.
Wilson muestra que las tradiciones emancipatorias no avanzan en condiciones limpias y puras. Se mueven en terrenos atravesados por guerras, por asedios, por contradicciones.
Aceptar el tren implicó riesgos reales, pérdida de legitimidad, dependencia, acusaciones de tradición. Pero también expresó una verdad incómoda. La alternativa a veces no es la coherencia moral, sino la irrelevancia política. La lección no es romantizar esas decisiones, sino reconocer que la izquierda, cuando enfrenta situaciones límite, debe equilibrar principios y eficacias y debe asumir conscientemente los costos.
Los trenes a Finlandia no garantizan el éxito ni preservan, por supuesto, la pureza. Pero puede ser la única vía para mantener vivos procesos políticos y para poder disputar el poder real. Negarlos de antemano es elegir la derrota en nombre de una ética abstracta.
Desde una lectura de izquierda, el episodio plantea un problema más complejo y también ¿Qué hacer cuando la coyuntura histórica obliga a elegir entre la pureza ideológica y la posibilidad real de intervenir en la historia, eliminar daños, dar dos pasos atrás para poder dar un paso adelante?
Lenin aceptó el tren a Finlandia no por afinidad con el imperialismo alemán, sino porque entendió que la guerra imperialista había abierto una grieta histórica que era irrepetible y había que usarla. El cálculo fue crudo.
Usar una contradicción entre potencias para regresar al terreno político e intervenir en un proceso revolucionario vivo y disputar el poder a una élite que era incapaz de sacar a Rusia del desastre social y bélico.
Rechazar esa vía habría significado probablemente renunciar a toda capacidad de acción en nombre, eso sí, de una enorme coherencia abstracta.
Y aquí emerge un dilema recurrente para la izquierda el riesgo de aceptar ayudas, mediaciones o condiciones impuestas por actores que no comparten o que incluso combaten el proyecto emancipador, con el riesgo de que puede erosionar legitimidad, abrir flancos morales, generar divisiones y generar dependencias futuras.
Y la necesidad en contextos de asedio de guerra o bloqueo, donde negarse a toda negociación impura puede equivaler a dejar intacto el orden que se pretende transformar y que para eso se hace la política. El tren a Finlandia no es entonces una anécdota de otra, sino una metáfora política.
Representa el momento en que una fuerza de izquierda debe decidir si prioriza la supervivencia y la intervención histórica, aun pagando costos simbólicos o reales, o si se repliega una coherencia que, aunque moralmente impecable, resulta políticamente estéril.
La lección incómoda es que los procesos emancipatorios no avanzan en condiciones ideales. Ya quisieran. Se mueven en terrenos contaminados por relaciones de fuerza desiguales, por presiones externas, por decisiones contradictorias. La izquierda que aspira a transformar la realidad debe aprender a navegar esas contradicciones sin perder de vista su horizonte, sabiendo que cada tren a Finlandia implica un equilibrio precario entre táctica y principios.
Tomar demasiados trenes a Finlandia, cuidado, puede acabar con el propio proyecto. Aceptar esos trenes no garantiza el éxito.
La historia también muestra cómo esas concesiones pueden volverse contra el proyecto original, pero rechazarlos de antemano puede condenar a la izquierda a la irrelevancia política, incapaz de disputar el poder real y de mejorar materialmente la vida de las mayorías. En ese sentido, el desafío no es negar la contradicción, sino hacerla consciente, debatirla y asumirla colectivamente, sabiendo que la historia rara vez ofrece, como decíamos, caminos limpios para quienes intentan, intentamos cambiarla.
América Latina se está llenando de obligatorios trenes a Finlandia que pasan por Caracas, por Bogotá, Brasilia, por Ciudad de México, donde los dirigentes tienen que ganar tiempo a la espera de que, por ejemplo, elecciones intermedias en Estados Unidos en noviembre de 2026 frenen o al menos le quiten la antorcha de la mano al presidente Trump.
Ella tiene suficientes problemas dentro de su casa. En Venezuela, aún asediada por la marina norteamericana, las exigencias de los Estados Unidos no son amables. Por eso hace falta que el pueblo redoble su consciencia para no perder el rumbo.
Les han puesto una pistola en la sien, en las sanciones y el bloqueo, que incluía secuestrar a cualquier barco que saliera con gas o petróleo, no les ha dejado mucha alternativa.
Porque ¿Cuál era la alternativa?
Perder todo el proceso revolucionario que empezó hace 26 años Chávez y que la derecha lo niega, o a ciencia cierta infligir un daño enorme para los venezolanos, que ya han visto, como también decíamos, lo fácil que le resulta a los Estados Unidos desatar un infierno desde el cielo.
Parece sensato hacer de la necesidad virtud.
Y como decíamos aquí, aprovechar el fin de las sanciones para recuperar todo el daño infligido en estos años y mejorar el nivel de vida de los venezolanos, incluidos los que se tuvieron que marchar por culpa de las sanciones y el bloqueo.
Pero todo esto sin perder el lugar desde donde se están tomando las decisiones, que está presidido, no olvidemos, por una enorme espada de Damocles. A Trump sólo le interesa el dinero. Y cuidado, hemos visto que no le gustan tampoco las mentiras de los suyos.
Por eso no quiere a María Corina Machado, porque le hace perder dinero.
Pueden encontrarse en esta complicada situación esperanzas donde no es asumible olvidar Gaza.
No podemos olvidar la bravuconería. No podemos olvidar el cerco medieval aquí. No podemos olvidar los riesgos climáticos del planeta. No podemos olvidar el secuestro de un presidente en ejercicio y de la primera dama y el bombardeo de una ciudad latinoamericana. Y tampoco el rearme militar o el regreso de la proliferación nuclear. Con estos trenes al norte, los países latinoamericanos ganan tiempo.
El problema estaría en que se quedaran en esa vía. Porque Trump es todo lo contrario de los valores de la izquierda. Y todos los países que están negociando con Estados Unidos no lo están haciendo hoy desde la plena soberanía, voluntad propia. Estados Unidos es una potencia nuclear y un solo portaaviones tiene más aviones que todo un país latinoamericano.
La soberanía hoy pasa, como decíamos, por redoblar la conciencia popular y trabajar para la unidad latinoamericana.
Porque si hoy estuviera fuerte y viva esa unidad latinoamericana, otro gallo cantaría. Y por eso le molesta a Trump Naciones Unidas, y le molesta la CELAC, y le molesta la UNASUR, le molesta la Unión Europea.
Los cambios en Venezuela deben estar pensados para ahondar en el proceso democrático que empezó Hugo Chávez no puede haber cambios si la oposición sigue pensando en términos golpistas o si pretende, como le ocurre a muchos de ellos, que Estados Unidos les haga el trabajo que ellos son incapaces de lograr en las urnas.
Los cambios que permiten que un país avance son cambios de conciencia que logren a su vez gobiernos más eficaces, que logren a su vez una paz social guiada por la libertad y por la justicia social. Y no olvidemos nunca que los trenes a Finlandia son solo eso, trenes a Finlandia.
*Juan Carlos Monedero es doctor en Ciencias Políticas y profesor de Ciencia política en la Universidad Complutense de Madrid. Hizo sus estudios de posgrado en la Universidad de Heidelberg (Alemania) y ha sido ponente en Naciones Unidas en Nueva York y Ginebra, así como profesor invitado en universidades de América Latina y Europa. En 2018 recibió el Premio de Ciencias Sociales de CLACSO. Dirige el Departamento de Sociedad Civil Global en el Instituto Complutense de Estudios Internacionales. Entre sus publicaciones están El gobierno de las palabras. Política para tiempos de confusión (FCE, 2011) La Transición contada a nuestros padres (Catarata, 2017), Curso Urgente de Política para Gente Decente (Seix Barral, 2014) y Nuevos Disfraces del Leviatán (Akal, 2017). Es fundador de Podemos, trabaja en el Instituto 25M y dirige el programa En la frontera.
Fuente: Transcripción realizada por Observatorio de Trabajadores en Lucha al video de Multimedia del sur para TeleSur de Juan Carlos Monedero
