Ricardo Martins.
Foto: El primer ministro británico, Keir Starmer, visita la Ciudad Prohibida en Beijing el 29 de enero de 2026. © Carl Court, AP
08 de febrero 2026.
La avalancha de líderes occidentales que acuden a Pekín tiene menos que ver con la ideología que con la supervivencia, y marca un reinicio estratégico en un orden mundial fragmentado y cada vez más multipolar.
La reciente procesión de líderes occidentales a Pekín —Noruega, Finlandia, Francia, Canadá, Reino Unido, Alemania y España (por segunda vez)— supone algo más que un deshielo diplomático con China. Refleja un cambio estructural más profundo en la política mundial: el despertar estratégico de las potencias medias en un orden fragmentado, coercitivo y cada vez más multipolar.
En medio de la errática y abusiva política exterior de Donald Trump y las crisis internas de Europa, China ya no se considera simplemente un rival de Occidente, sino un socio necesario y, para muchos, un refugio más seguro.
“En resumen, el desfile hacia Pekín no refleja una conversión ideológica, sino un ajuste pragmático a un orden internacional fracturado”.
¿Qué es una «potencia media» en términos geopolíticos?
En teoría geopolítica, una potencia media es un Estado que carece del dominio absoluto de una superpotencia, pero que posee suficiente peso económico, diplomático, tecnológico o regional para influir en los resultados internacionales.
Las potencias medias no son creadoras de sistemas, pero sí las moldean. Dependen de coaliciones, instituciones y diplomacia, más que de la fuerza unilateral. Países como Canadá, Australia, el Reino Unido, Francia, Alemania y los estados nórdicos entran en esta categoría, aunque su poder relativo ha disminuido debido al auge de estados como India, Indonesia o Brasil.
Es fundamental señalar que «potencia media» no es una identidad colectiva. Lo que les une hoy en día es la vulnerabilidad: están profundamente integrados en las redes mundiales de comercio y seguridad que ahora están siendo utilizadas como arma por las grandes potencias.
Las potencias medias occidentales desfilan en Pekín
La contundente formulación de Mark Carney —«o están en el menú o están en la mesa»— captura el dilema al que se enfrentan las potencias medias. En una era en la que los aranceles, las sanciones, las cadenas de suministro y los sistemas financieros son instrumentos de coacción, la dependencia se convierte en una desventaja estratégica.
Las amenazas de la Administración Trump hacia sus aliados, como los aranceles a Canadá y otros países, la apropiación territorial de Groenlandia y la política transaccional de la OTAN, han destruido la suposición de que la alineación con Washington garantiza la estabilidad.
Para las potencias medias, relacionarse con China no tiene tanto que ver con la convergencia ideológica como con la supervivencia geopolítica. Pekín ofrece acceso al mercado, inversión, cooperación tecnológica y, sobre todo, previsibilidad.
China parece ahora más coherente a las potencias medias occidentales en comparación con unos Estados Unidos erráticos que tratan cada vez más a sus aliados como puntos de influencia en lugar de socios.
¿Qué ha ganado cada país al comprometerse con Xi Jinping?
Los resultados de estas visitas han sido más pragmáticos que transformadores:
Reino Unido: El primer ministro Keir Starmer consiguió una reducción de los aranceles (especialmente sobre el whisky), la exención de visados, acuerdos sanitarios y comerciales, y la renovación de los flujos de inversión. Y lo que es más importante, Londres señaló que no «iría de un lado a otro» entre Washington y Pekín, afirmando su autonomía estratégica.
Canadá: La visita de Mark Carney dio lugar a la ampliación de los canales comerciales, la cooperación en materia de vehículos eléctricos y la diversificación para alejarse de la abrumadora dependencia de las exportaciones estadounidenses. Simbólicamente, reforzó la negativa de Canadá a aceptar la coacción económica de Estados Unidos.
Finlandia y los países nórdicos: Estas visitas se centraron en la tecnología, la energía limpia y la cooperación industrial, lo que refleja el papel de China en las cadenas de suministro críticas.
Francia y Alemania: París y Berlín buscan acceso industrial, cooperación climática y compromiso tecnológico, al tiempo que se protegen discretamente contra la falta de fiabilidad de Estados Unidos. El interés de Alemania en la tecnología de detección de satélites y misiles subraya el impulso de Europa hacia la autonomía estratégica.
Ninguno de estos Estados está «girando» completamente hacia China. Se están protegiendo, es decir, reduciendo su exposición a cualquier gran potencia en particular.
La reacción de Trump y lo que significa para Estados Unidos
La respuesta de Donald Trump ha sido abiertamente hostil. Ha calificado las relaciones entre el Reino Unido y China de «muy peligrosas» y ha advertido a Canadá de que «China no es la solución».
Sin embargo, esta reacción es muy reveladora. Desde la perspectiva de Washington, los líderes occidentales en Pekín representan una pérdida de control. El orden posterior a la Guerra Fría dependía no solo del poder de Estados Unidos, sino también del consentimiento de sus aliados. Ese consentimiento ahora es condicional.
Irónicamente, las amenazas de Trump validan el argumento de Carney de que la integración económica se está utilizando como arma. Cada amenaza arancelaria y cada humillación pública refuerza el incentivo de las potencias medias para diversificarse y alejarse de Estados Unidos.
¿Qué esperan las potencias medias de China y cómo cambia esto sus relaciones con Estados Unidos?
Las potencias medias no buscan protección de China, sino opciones.
Quieren acceder al vasto mercado chino, participar en sus ecosistemas industriales y cooperar en áreas como la tecnología verde, las infraestructuras y las finanzas.
Igualmente importante es que quieren influencia: la capacidad de decir «no» a Washington sin consecuencias catastróficas.
Incluso el mejor amigo europeo de Trump, el presidente de Finlandia, Alexander Stubb, ha instado a Europa a reconocer un cambio en Estados Unidos, afirmando que la ideología de la política exterior de la actual Administración estadounidense ya no se ajusta a los valores fundamentales de Europa.
Esto no pone fin a las alianzas con Estados Unidos, pero las reequilibra. La relación se vuelve menos jerárquica y más transaccional. Las potencias medias están indicando que la lealtad ya no se puede dar por sentada: hay que ganársela.
Conclusiones geopolíticas
Se pueden extraer varias conclusiones generales:
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El orden basado en normas se ha fracturado: no porque las normas nunca hayan existido, sino porque Estados Unidos ahora las ignora abiertamente cuando le resultan inconvenientes.
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Las potencias medias ya no son pasivas: están experimentando con la coordinación, la diversificación y las coaliciones de «geometría variable» en lugar de bloques rígidos. La supervivencia es la prioridad absoluta.
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China se beneficia de la extralimitación de Estados Unidos: la postura de estabilidad y diálogo de Pekín contrasta fuertemente con la imprevisibilidad de Washington y su tono coercitivo y abusivo.
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La multipolaridad se está acelerando: no a través del surgimiento de una nueva hegemonía, sino a través de la acción colectiva de Estados que no están dispuestos a ser dominados por una sola superpotencia.
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«America First» está pasando a significar «America Alone»: el aislamiento es lo que Trump está generando; para evitar un mayor aislamiento y desencanto, se aplica la coacción.
En resumen, el desfile hacia Pekín no refleja una conversión ideológica, sino un ajuste pragmático a un orden internacional fracturado. A medida que Estados Unidos deja cada vez más de lado sus propias reglas y recurre a la coacción, las potencias medias están afirmando su agencia mediante la diversificación, la coordinación y las coaliciones flexibles, con la supervivencia como prioridad absoluta.
China se ha beneficiado de este momento no por la fuerza, sino por proyectar estabilidad, diálogo y previsibilidad, en contraste con la volatilidad de Washington.
El resultado es una multipolaridad acelerada, impulsada menos por el surgimiento de una nueva hegemonía que por la voluntad colectiva de los Estados que no están dispuestos a subordinarse a una sola potencia.
En este contexto, «America First» se percibe cada vez más como «America alone», mientras que Pekín emerge como un polo central, si no indispensable, en un orden mundial más plural.
Traducción nuestra
*Ricardo Martins, doctor en Sociología con especialización en geopolítica y relaciones internacionales
Fuente original: New Eastern Outlook
