Paula Klachko.
Ilustración: Montaje de Global Voices (imagen de Flickr, con CC BY-SA 2.0) y el mapa de Latinoamérica
08 de febrero 2026.
Los pueblos y gobiernos bolivariano y cubano hoy están militarmente colocados en la mira de un imperialismo decadente, brutal, asesino, xenófobo, racista, pedófilo, misógino, neofascista y heredero de todas las aberraciones de la prehistoria humana en la que nos siguen subsumiendo las relaciones capitalistas de producción y dominación.
Sabían lxs cuadros políticos administradores del capital occidental con sede Washington que no podían desembarcar para tomar territorio venezolano y mucho menos permanecer de manera prolongada para organizar y forzar su tan ansiado “cambio de régimen”.
Lo dejaron bien claro lxs millones de nuevxs milicianxs inscriptxs para defender a su patria en respuesta a la convocatoria para su defensa integral y popular frente al asedio militar de la flota naval gringa desplegada en el Caribe: ¡seremos tu Viet Nam Latinoamericano!
Les gritaron cada día in his face. Se escucharon también varias voces autorizadas expresando que estarían dispuestxs a destruir rápidamente sus pozos e instalaciones petroleras antes de que sean ocupadas por el enemigo.
Pero el corolario Trump de la doctrina Monroe también precisó que el estado gendarme del gran capital ya dejaría atrás las formas institucionales pseudodemocráticas -que luego de sus dictaduras cívico-militares-eclesiásticas les sirvieron para continuar la dictadura del capital (hasta que llego Chávez y mandó a parar la fiesta de lxs privilegiadxs)- para pasar a la dominación directa y desnuda de la violencia imperialista sobre nuestros territorios.
La clase dominante aprendió bien la lección: desplegarían toda la artillería contrarrevolucionaria para aplacar el ciclo progresista del siglo XXI que les abortó su proceso anexionista y colonialista cuya máxima expresión fue el ALCA derrotado en 2005.
Pudieron durante unos años, desde el 2015 (con la derrota electoral del kirchnerismo en Argentina, el golpe institucional contra Dilma Rousseff en Brasil y otra serie de éxitos cosechados por las maniobras imperialistas) hasta fines de 2018, frenar y hacer retroceder el desarrollo de este ciclo histórico[1], pero no pudieron impedir que comenzara a resurgir desde ese momento.
Se reiniciaría entonces un segundo turno del ciclo progresista con la profundización de la lucha de clases, la emergencia en varios territorios de luchas populares con elementos insurreccionales contra gobiernos subordinados al imperialismo estadounidense, con la tenaz resistencia del núcleo duro revolucionario (Cuba, Venezuela y Nicaragua) y con nuevas victorias electorales progresistas, sobre todo en tres de las primeras cuatro economías de la región (México, Brasil y Colombia).
La combinación de esa realidad en América latina y la disputa geopolítica entablada por Washington por no perder del todo su declinante lugar como potencia hegemónica global, llevaron a acelerar su repliegue estratégico en su “patio trasero” apelando a una estrategia de violencia recolonizadora.
Radicalizaron los ataques en toda la línea para alinear, valga la redundancia, a todos los países latinoamericanos y caribeños. Las opciones fueron y son: o alinearse por sometimiento consentido y cómplice (como Argentina, Ecuador, Perú, etc.) o por la fuerza de la violencia económica y/o militar para reconquistar los territorios que pretenden ser autónomos.
Así nos despertamos el 3 de enero los pueblos de mundo con la tragedia invadiendo nuestras vidas y corazones al enterarnos que caían bombas sobre Venezuela y que nos habían secuestrado a uno de los muy pocos referentes revolucionarios de nuestra época, junto con su digna compañera.
En la estrategia trumpista de golpear para negociar, esta vez el golpe fue mortal y brutal, para luego negociar con la cancha absolutamente inclinada.
Por si a alguien le quedaban dudas, quedó claro que semejante despliegue naval con 8 buques de guerra, el mayor portaaviones del mundo, submarinos de propulsión nuclear, 15.000 marines, etc. no fue solamente para matar extrajudicialmente a más de un centenar de personas tripulantes de pequeñas embarcaciones en el Caribe.
Aunque tampoco les alcanzaba para invadir territorio bolivariano, si les bastó para implementar un bloqueo naval petrolero que venía a blindar el bloqueo económico, financiero y comercial. Pero, además, desde esas plataformas con las más alta y desconocida, hasta ahora, tecnología militar y cibernética, se dieron todo el tiempo necesario para organizar la operación terrorista del 3 de enero.
Lograron con su parafernalia de la vigilancia y la muerte atacar por completo y secuestrar a Nicolás Maduro y a Cilia Flores apagando más de 100 generosas, solidarias y combatientes almas venezolanas y cubanas que lo dieron todo para defender la dignidad de la Patria Grande.
Pero no derrocaron al gobierno revolucionario ni a la revolución, ni tampoco al presidente que sigue siendo reconocido como tal en su tierra. Lo secuestraron pasando por alto sus tan mentadas reglas que diseñan y cambian a cada minuto según sus necesidades hegemónicas.
Estas son mis reglas, pero si no me gustan, tengo otras, podríamos decir, parafraseando a Groucho Marx. De manera sincera, anunció Trump que impondría su paz –es decir, su dominación- mediante la fuerza.
La operación militar criminal asesina que secuestró al presidente constitucional de Venezuela fue un poderoso golpe de efecto para negociar las condiciones del levantamiento de su propio bloqueo económico autolimitante para el imprescindible abastecimiento petrolero y para intentar un “control de régimen” al no poder lograr durante 27 años un “cambio de régimen”.
Es sabido en el arte de la guerra (guerra que no eligió Venezuela pero que tuvo y tiene que afrontar) que el arma más importante es el arma moral: la convicción de dar la vida por una justa causa. Fue con esa arma que el pueblo bolivariano soportó grandes dosis de sacrificios (como todos los pueblos que conquistan el poder para enfrentar a lxs privilegiados de su época).
En esta etapa geopolítica en la que a EE.UU. se le acabaron sus años de gracia como vencedor de la guerra fría, y en la que, además, “la Agencia Internacional de Energía (EIA por sus siglas en inglés) ha informado que 80% de los campos petroleros del mundo ya alcanzó su pico máximo de producción y están en declive” (Misión Verdad, https://misionverdad.com/venezuela/el-replanteo-estrategico-de-la-actividad-petrolera-venezolana), el país con la principal reserva comprobada de petróleo aun sin explotar se configura como el jardín del Edén para el capitalismo occidental en declive.
Sus cuadros políticos anuncian sin eufemismos su interés estratégico de recuperar la que había sido durante 100 años su colonia petrolera, hasta la llegada de Chávez al gobierno y al poder.
Tal interés se convirtió en una exigencia o requisito indispensable para mantener su dominación al menos en “su” continente.
Adquirir Groenlandia y Canadá (para controlar el Ártico), el canal de Panamá y reforzar el control que ya tienen (con la OTAN en las Malvinas) en el Atlántico sur, suman a esa estrategia que pone en el centro la profundización del saqueo histórico de nuestros bienes naturales y sociales para el desarrollo (deforme) de las fuerzas productivas actuales en competencia desenfrenada frente a China.
Así lo manifiestan en su documento de seguridad estratégica nacional de noviembre de 2025, en el que dicen que “fortalecer las cadenas de suministro críticas en este hemisferio reducirá las dependencias y aumentará la resiliencia económica estadounidense” (https://www.whitehouse.gov/wp-content/uploads/2025/12/2025-National-Security-Strategy.pdf).
La imposibilidad de gestionar directamente las reservas petroleras venezolanas con gobiernos subordinados como en otras épocas o en otras latitudes, les impidió sentarse a negociar bajo condiciones relativamente igualitarias tal como les ofreció el presidente Maduro numerosas veces. Petróleo y revolución no caben en el mismo territorio para los apetitos imperialistas.
Y mucho menos aceptarían que siempre estuvieron equivocadxs y que hubieran podido sentarse a conversar, claro, con respeto a la soberanía venezolana, para hacer negocios. También Venezuela necesita de las empresas petroleras gringas porque su estructura hidrocarburífera fue diseñada por esos capitales.
Había que dar el golpe de efecto para, ahora sí, negociar pero con el brutal chantaje del líder tomado como rehén, como prisionero de guerra, con la amenaza de volver a bombardear y de secuestrar o matar a lxs demás componentes del alto mando revolucionario que sigue en pie.
Y eso es lo más importante: el gobierno revolucionario sigue en pie. Hemos conocido de golpes de estado para implementar el terrorismo capitalista, de invasiones, de asesinatos de presidentes, de organización de fraudes políticos, pero en todos los casos el imperio había logrado desalojar a las fuerzas progresivas de los gobiernos y colocar otras regresivas, dóciles, títeres civiles o militares que cuidaran de sus intereses.
Pues en Venezuela, el pueblo chavista sigue en las calles, continúa construyendo el socialismo comunal y el alto mando revolucionario sigue al timón del estado. Con más presión que nunca, amenazado, pero allí esta, ganando tiempo, negociando el desbloqueo petrolero para que las empresas gringas puedan volver a operar en Venezuela y derivando esos ingresos para mejorar la calidad de vida de la población.
Tampoco era tolerable para el imperio que la recuperación económica en marcha haya podido burlar (trabajosamente y solo en parte) el bloqueo y en sociedad con capitales indios, chinos, rusos, etc.
A partir del criminal ataque del 3 de enero comienza una nueva etapa operativa de la continua guerra psicológica para dividir, fragmentar, atemorizar y debilitar la moral.
Ahora el objetivo principal es convencer que han derrotado al chavismo y han recolonización Venezuela y sembrar dudas sobre posibles traiciones y entregas del alto mando revolucionario aduciendo supuestas acomodaciones individuales que solo pueden creerlas quienes creen en el pato Donald o en el ratón Mickey, pues si se hubieran querido vender o salvarse individualmente ya lo hubieran hecho hace rato.
Además sería una rara traición en masa pues es evidente la unidad de todxs lxs ministrxs, autoridades, jefes de la FANB, segundas y terceras líneas, diputadxs, dirigentes sociales, comunerxs y el pueblo movilizado que cada día, desde el 3 de enero en las calles, exigen la devolución del presidente y de la primera combatiente.
El gobierno revolucionario gestiona en las condiciones extraordinariamente duras, complejas y difíciles la continuidad del proyecto chavista que tiene a la justicia social en el corazón. Solo por poner un ejemplo, es asombrosa la rapidez con la que el gobierno encabezado por la digna compañera Delcy Rodriguez ha puesto todo el esfuerzo en reconstruir las viviendas y zonas afectadas por los bombardeos.
¡Qué contraste con el gobierno ridículamente entreguista y lamebotas de Milei en Argentina que anda en las más absolutas frivolidades y pergeñando cómo despojarnos de nuestros derechos adquiridos mientras se incendia de manera inédita y bestial la bella y biodiversa Patagonia argentina o se inunda el hermoso litoral!
Quienes hablan de protectorado en Venezuela creen y repiten las palabras de Trump y el odiador de Latinoamérica Narco Rubio. Es claro que hoy la disputa instalada en Venezuela constituye un desafío mucho más peligroso, pues el enemigo ha desembarcado ya sin intermediarios: no más Guaidos, ni Goudreaus, ni Marias Corinas Machados.
Ataque militar, secuestro extorsivo y la CIA intentando (y con misiles apuntando) dar órdenes directamente. Pero, al mismo tiempo, el hecho de ir y ser recibido por la presidenta chavista es el reconocimiento de la imposibilidad de tumbar al gobierno bolivariano. Ahora el jefe de la CIA debe ir a presionar sentándose en Miraflores. Con una presidenta encargada, Delcy Rodríguez, que no se cansa de repetir que lucharán incansablemente por el regreso del presidente constitucional y su compañera diputada y que, además, siguen con el proyecto de gobernar para el pueblo.
Pero no es un problema venezolano. Hoy América latina toda se encuentra en un punto de inflexión. La cuestión primaria de la soberanía territorial y todas las dimensiones de la soberanía (que en nuestra región periferializada y dependiente no puede ser sino popular) se constituye en el problema principal de todas nuestras naciones y territorios.
El ataque militar criminal de EE.UU. del 3 de enero no fue solo contra Venezuela. Fue la puesta en práctica del corolario Trump de la doctrina Monroe, de su “paz por medio de la fuerza”, del poder del capital al desnudo. Una demostración de fuerzas, un ataque ejemplificador para todos aquellos países y gobiernos que intenten desacoplarse de los planes de Washington, como expresión política de las grandes corporaciones financieras occidentales.
Aunque los modales de los republicanos sean más brutales, también los demócratas expresan los intereses de largo plazo del gran capital occidental. Obama puso la piedra de toque con el decreto que declaró a Venezuela como “amenaza inusual y extraordinaria para la seguridad nacional de EEUU” en 2015, el mismo que establecieron hace unos meses en la pulseada de Trump contra Brasil y que ahora toca a Cuba para sumar el bloqueo petrolero al criminal bloqueo económico que sufre hace más de seis décadas.
El corolario Trump realiza el decreto de Obama. Habilita a neutralizar “amenazas” incluso por la vía de la fuerza militar. Pues, si Venezuela fue declarada como tal por no someterse, entonces hay que invadirla.
Las excusas inventadas como la existencia de cárteles o narcoterrorismo solo sirvieron como instrumento de guerra cognitiva para (intentar) legitimar el inicio del ataque y luego ya rápidamente las descartaron porque no hay prueba real alguna que sustente ese argumento.
La reacción del centro imperialista contra el resurgimiento del ciclo progresista (en el contexto de transición geopolítica hacia la multipolaridad), ahora sumando el elemento militar directo y el bloqueo total, configura un escenario de polarización asimétrica en el que se radicalizan las derechas en posición de gobierno o de oposición y sus corporaciones mediáticas, logrando asediar a las experiencias antiimperialistas a las que no han podido derrotar desde hace décadas.
También consiguen presionar a los gobiernos encabezados por fuerzas progresistas que se ven autolimitadas, sobre todo en política exterior, o bien por la correlación de fuerzas institucionales internas o por las propias alianzas que han debido tejer para lograr las victorias electorales y luego mantenerse en el gobierno (Brasil), o bien, en otros casos, por haber heredado un pesado entramado político, económico (que incluye la organización del narcotráfico) y militar con EEUU (Colombia en los tres aspectos y México sobre todo en la cuestión económica).
Sin duda el avance de las derechas con la agresividad recolonizadora es abrumadora, pero más que una predominancia de éstas en la región, como algunxs analistas señalan, el peso territorial, político, económico y demográfico de Brasil, México y Colombia, más la resistencia tenaz de otros gobiernos populares y revolucionarios, nos permiten pensar en un empate catastrófico entre fuerzas progresivas y fuerzas regresivas que gobiernan mayor número de países pero con menos peso en las dimensiones planteadas.
Esta situación se asemeja más a las experiencias de gobiernos nacionales y populares del siglo XX que se desarrollaron de manera intensa pero asincrónica y jaqueada por la estrategia de seguridad nacional de EEUU, lo que restó la posibilidad de proyectar ámbitos de unidad regional, a diferencia de lo que ocurrió en el primer turno del ciclo progresista el siglo XXI.
En éste la sincronía de gobiernos populares en varios países, los liderazgos fuertes y emergentes posibilitados por las crisis de las partidocracias bipartidistas neoliberales, los protagonismos populares y la derrota del ALCA generaron la fortaleza de un ciclo político que todavía no se agota pero que sin duda debe afrontar serios desafíos para sobreponerse a la brutalidad imperialista.
Hoy además del núcleo duro revolucionario asediado hay tres países estratégicamente significativos con grados de soberanía e independencia que siguen siendo una amenaza para la aristocracia financiera y tecnológica occidental que necesita nuestros bienes naturales y sociales como oxígeno en su ridícula disputa por acrecentar su capital.
En ese camino el imperialismo occidental herido en su hegemonía planetaria combina todas las formas de dominación, ataque y subordinación desplegadas durante el siglo XIX, XX y XXI, desde invasiones, golpes de estado, fraudes político electorales, bloqueos y toda forma de fascismo y deshumanización que toleren los pueblos, o parte de ellos, para aumentar los grados de superexplotación y opresión.
En esta etapa de la lucha de clases se nos plantea entonces la guerra cognitiva como escenario principal. Desnaturalizar las injusticias y hacerlas intolerables para incentivar y fortalecer la rebeldía práctica y teórica se torna indispensable.
En el campo del pensamiento y conocimiento críticos sabemos, como nos han legado, que no existe práctica revolucionaria -que exige estos tiempos de revanchismo imperialista- sin teoría revolucionaria.
Por eso la intelectualidad orgánica de los pueblos debe asumir el compromiso colectivo de sistematizar las experiencias de lucha, diagnosticar las complejas dimensiones de sus escenarios, diseminar sus verdades, socializar los ensayos y casos de radicalización democrática (como la de las comunas en Venezuela) y profundizar el conocimiento histórico para enraizarnos en la memoria y lecciones de las luchas que nos precedieron.
Los pueblos y gobiernos bolivariano y cubano hoy están militarmente colocados en la mira de un imperialismo decadente, brutal, asesino, xenófobo, racista, pedófilo, misógino, neofascista y heredero de todas las aberraciones de la prehistoria humana en la que nos siguen subsumiendo las relaciones capitalistas de producción y dominación.
Pero esos mismos pueblos en su resistencia nos dan el ejemplo de dignidad, lucha, seriedad y compromiso imprescindibles para defender a la humanidad contra la barbarie imperialista. Centremos nuestros esfuerzos en defenderles y estaremos pavimentando la senda de la correlación de fuerzas favorable a los pueblos en América Latina y de un futuro posible y mejor para la humanidad.
*Paula Klachko es Licenciada en Sociología por la Universidad de Buenos Aires, doctora en Historia por la Universidad Nacional de La Plata, profesora en la Universidad Nacional de José C. Paz y la Universidad Nacional de Avellaneda, y coordinadora del Capítulo Argentina de la Red de Intelectuales y Artistas en Defensa de la Humanidad (REDH).
Nota
[1] Denominamos al ciclo político progresista y no revolucionario porque aun teniendo un núcleo duro revolucionario, lo que predominado son experiencias reformistas que lograron mejorar cuantitativa y cualitativamente la vida de sus pueblos y construir importantes grados de autonomía, soberanía e independencia, pero no se plantearon transformar el sistema capitalista.
Fuente: Red de Intelectuales y Artistas en defensa de la humanidad
