¿CAMBIO DE RÉGIMEN EN TEHERÁN? Enrico Tomaselli.

Enrico Tomaselli.

Foto: Dos mujeres iraníes caminan junto a un cartel que dice «Irán es nuestra patria» en la Plaza Enqelab, en Teherán. EFE.

05 de febrero 2025.

Israel y Estados Unidos son sociedades cansadas, enfermas, asustadas, en las que de esa voluntad solo queda un destello desesperado. El final, en cualquier caso, será aterrador.


Independientemente de cómo evolucione la actual crisis entre Estados Unidos e Irán, es bastante evidente que nos enfrentamos a un problema estratégico de suma importancia para Washington.

Dada la estructura histórica de la sociedad iraní, que es multiétnica pero sin ninguna «opresión» de las minorías, la hipótesis de una balcanización sigue siendo extremadamente improbable; obviamente, es posible que, con una acción específica, Estados Unidos (e Israel) puedan alimentar molestas guerrillas separatistas, especialmente en las regiones habitadas por kurdos y baluchis, pero nada que pueda socavar seriamente la estabilidad de la nación.

Por lo tanto, la perspectiva no puede ser otra que el derrocamiento del régimen y su sustitución por uno absolutamente vasallo. Y este objetivo se perseguirá hasta que una de las dos partes sufra una derrota estratégica.

La cuestión iraní es hoy absolutamente central, en relación con toda la zona del Gran Oriente Medio (desde África oriental hasta Asia central), y es también el único punto de encuentro estratégico entre Estados Unidos e Israel.

El objetivo a medio plazo de los Estados Unidos es estabilizar la región dejando su control en manos de un socio fiable, capaz de gestionar las tensiones sin necesidad de la presencia y el apoyo continuo de los Estados Unidos; y esto significa eliminar el único obstáculo que impide a Israel convertirse en la potencia hegemónica regional.

Para Tel Aviv, consciente de que el proceso de «retirada» estadounidense conlleva en perspectiva un cambio sustancial en el apoyo, eliminar la amenaza iraní es la condición previa para poder desarrollar con suficiente tranquilidad el control político-militar sobre toda la zona.

Aparte del «diente envenenado» de Estados Unidos hacia Irán —desde la ocupación de la embajada estadounidense en Teherán en 1979—, el derrocamiento de la República Islámica tiene un valor estratégico múltiple para Washington.

Eliminar el único obstáculo real que impide el expansionismo israelí es, ante todo, la condición previa que permite el abandono de la región por parte de las fuerzas estadounidenses, delegando su control a un socio seguro como Israel.

Pero derribar a Irán también significa introducir una cuña hacia Asia Central, expandiendo su influencia en una zona decisiva para amenazar el desarrollo de un bloque euroasiático entre Rusia y China, especialmente hacia los países exsoviéticos.

Por último, pero no menos importante, un cambio de régimen en Teherán significa hacer saltar por los aires los proyectos de la Nueva Ruta de la Seda china, socavar los BRICS y, sobre todo, recuperar el control de dos puntos neurálgicos del tráfico energético y comercial este-oeste: el estrecho de Ormuz y el estrecho de Bab el-Mandeb.

Esto significa, sencillamente, que Estados Unidos no puede renunciar al intento de eliminar la pieza iraní del tablero regional. Los intentos se sucederán, en función de las oportunidades que ofrezca la situación local e internacional, y de la disponibilidad operativa de Estados Unidos.

El conflicto es estratégico para ambas partes y, por lo tanto, no terminará hasta que una de ellas sea derrotada definitivamente. Lo cual, obviamente, no significa lo mismo para uno y para otro.

Para Washington significa barrer la República Islámica, para Teherán significa quebrantar la determinación estadounidense de perseguir su destrucción.

Para complicar las cosas, desde el punto de vista de Estados Unidos, está la situación actual en Oriente Medio. Como se ve precisamente en esta crisis, la mayoría de los países árabes prooccidentales, que por muchas razones no aprecian a Irán, se oponen decididamente a una guerra para eliminarlo, por temor a verse arrastrados por ella.

A su vez, Israel ha abandonado la idea de buscar un apaciguamiento con estos países y apunta decididamente a posicionarse como potencia regional mediante la fuerza.

La «nueva Esparta» de la que delira Netanyahu es precisamente eso. Un país en guerra permanente, con una economía que se convierte a la producción bélica y que recluta «mano de obra étnica» (los drusos en Siria, mañana quizá los drusos y los cristianos en el Líbano, los egipcios del Sinaí, los palestinos «domesticados» …) en una zona indeterminada y cambiante en la periferia del Estado judío, en la que las fronteras nacionales —que, por otra parte, no están definidas jurídicamente— se vuelven elásticas, expandiéndose y contrayéndose según las necesidades.

Una proyección extralímite que sirva a la vez como disuasión, como control de los recursos y como adquisición de profundidad estratégica.

Este plan israelí, por otra parte, extremadamente explícito, es sin embargo un factor de preocupación para todos los países de la región, incluso los amigos de Washington.

Turquía y Arabia Saudí, en primer lugar, no ven con buenos ojos la idea de una región dominada por Israel, en la que ya no serían socios sino sometidos, o al menos estarían bajo una constante amenaza militar.

Conseguir el resultado estratégico, por lo tanto, es una operación extremadamente complicada para Washington. No solo porque Irán es un hueso duro de roer, que además Rusia y China no están dispuestas a abandonar fácilmente, sino porque el contexto regional es demasiado articulado y complejo para aceptar una «solución» que contemple el predominio israelí.

Por otra parte, Tel Aviv ha emprendido ya un camino sin retorno hacia la radicalización y la militarización, lo que la coloca objetivamente en ruta de colisión con todos los países de la zona.

Mantener unidas las piezas de esta contradicción y, al mismo tiempo, llevar a cabo el objetivo estratégico esbozado anteriormente, parece, por lo tanto, una tarea muy ardua, por decir lo menos, sobre todo para los Estados Unidos de este segundo cuarto de siglo, que se muestran cada vez más incapaces de gestionar de forma «conciliadora» las zonas periféricas del imperio.

Y, como siempre, el tiempo juega en su contra. Irán solo tiene que resistir más tiempo. Estados Unidos e Israel deben darse prisa, porque cuanto más tiempo pasa, más se cierran las ventanas de oportunidad, en un sentido amplio y estratégico.

Ambos países viven hoy una especie de embriaguez de violencia. Aturdidos por sus éxitos tácticos, que además se perciben como más relevantes de lo que son en realidad, pierden de vista las perspectivas estratégicas y se convencen de que realmente pueden lograr «la paz a través de la fuerza».

Cuando esta fuerza se está agotando. Esparta tuvo su época de hegemonía no por la fuerza de sus armas, sino por la determinación que brotaba de una sociedad cohesionada y férrea en su voluntad de poder.

Israel y Estados Unidos son sociedades cansadas, enfermas, asustadas, en las que de esa voluntad solo queda un destello desesperado. El final, en cualquier caso, será aterrador.

Traducción nuestra


*Enrico Tomaselli es Director de arte del festival Magmart, diseñador gráfico y web, desarrollador web, director de video, experto en nuevos medios, experto en comunicación, políticas culturales, y autor de artículos sobre arte y cultura.

Fuente original: Arianna Editrice

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