CLAVES HISTORICAS PARA ENTENDER LA AGRESIÓN IMPERIAL CONTRA VENEZUELA. Observatorio de Trabajador@s en Lucha.

Observatorio de Trabajador@s en Lucha.

Foto: Reuters.

17 de enero 2026.

La dignidad de Maduro en cautiverio es, por tanto, el espejo público de la dignidad colectiva silenciosa de millones de venezolanos que, en su vida diaria, se niegan a ser doblegados. Su resistencia personal encarna y amplifica la resistencia nacional.


Diego Sequera nos realiza un análisis histórico para entender la agresion actual contra Venezuela en entrevista con Julian Vigo

Reportaje realizado por Observatorio de Trabajador@s en Lucha, basado en la entrevista de Julián Vigo a Diego Sequera para Savage Minds (16 de enero de 2026)


El secuestro del presidente Nicolás Maduro y el bombardeo a Caracas en enero de 2026 no son hechos aislados. Son la culminación de una guerra prolongada, multifacética y profundamente ideológica contra la Revolución Bolivariana. En una entrevista explosiva para Savage Minds, el periodista e investigador venezolano Diego Sequera desmenuza la lógica imperial, desnudando sus tácticas, sus fracasos y la inquebrantable resistencia de un pueblo. Estas son las claves, en sus propias palabras.

1. EL ORIGEN: LA RESPUESTA POPULAR CONTRA LA OBSCENIDAD NEOLIBERAL

La Venezuela «profundamente obscena» del puntofijismo.

Diego Sequera no habla de simples desigualdades, sino de una estructura perversa. Define la Venezuela pre-Chávez como una sociedad «profundamente desigual y también profundamente obscena en la forma en que se gestionaba«. Esta «obscenidad» no es retórica: es la descripción de un sistema donde la riqueza petrolera era administrada por una élite en detrimento de las mayorías, bajo el consenso neoliberal de los 90 que imponía privatizaciones, recortes y dependencia externa. Sequera recalca que este modelo ya estaba «destruyendo» a la clase media, no solo a los pobres tradicionales.

«Los años de neoliberalismo, la deuda externa y toda la historia que todo el mundo conoce. La cuestión es que las furias de la historia al principio fueron bastante, bastante francas y directas.»

El Caracazo (1989) como preludio y la falla tectónica.

El entrevistado ubica el levantamiento popular de 1989 como el síntoma crítico de una sociedad al borde del colapso. Fue la respuesta explosiva a un «intenso nivel de desigualdad» combinado con el «constante mensaje de ese estilo de vida que no era posible en la región». Este contraste entre el espejismo consumista y la realidad de empobrecimiento masivo creó una fractura social irreparable.

El Caracazo no fue un disturbio aislado; fue el grito de una Venezuela que ya no aguantaba más, mostrando que las «líneas de clase», aunque menos visibles que en otros países latinoamericanos, eran fallas tectónicas listas para estallar.

1992-1999: El fracaso militar que fue un triunfo político.

Sequera enfatiza el período entre 1992 y 1999 como la incubadora de la solución revolucionaria. El levantamiento militar del 4F de 1992, liderado por Hugo Chávez, fue «militarmente fallido, pero políticamente exitoso». ¿Por qué? Porque catalizó y le dio voz y un rostro a esa «furia de la historia» que ya recorría el país.

Chávez emergió no como un caudillo impuesto, sino como la encarnación de un descontento nacional acumulado. Su llegada al poder en 1998 por vía electoral fue, por lo tanto, «básicamente una respuesta definitiva de un amplio segmento de la sociedad».

Una respuesta «definitiva» y de amplio espectro social.

Aquí Sequera desmonta el mito de que el chavismo fue solo un movimiento de los pobres. Subraya que la respuesta incluyó a «parte de la clase media venezolana, que ya estaba siendo destruida».

Esto es crucial: el proyecto bolivariano no nació de un sector marginal, sino como un frente de clases subalternas y una clase media empobrecida y traicionada por la oligarquía criolla y el capital trasnacional. Era el rechazo popular a un modelo que, en palabras de Sequera, había hecho de la gestión del país una «obscenidad».

Sobre la victoria electoral de Chávez: «Fue… una respuesta definitiva de un amplio segmento de la sociedad.»

PRIMERA CONCLUSIÓN

El chavismo no fue un «experimento» ni un «populismo». Fue, usando las palabras de Sequera, la «respuesta definitiva» y necesaria de un pueblo a décadas de saqueo neoliberal y humillación política. Nació de la rabia del Caracazo, se politizó con la rebelión militar del 92 y se coronó con el voto popular del 98. Entender este origen es entender que la Revolución Bolivariana tiene raíces profundas en la lucha de clases venezolana.

Por eso el imperio y la oligarquía no pudieron derrotarla con votos: porque combatían no solo a un gobierno, sino a una insurgencia cívica y popular legitimada por la historia. El ataque brutal actual es el reconocimiento tardío de que, para acabar con este proyecto, debían ir más allá de lo político: tenían que destruir la nación misma que lo parió.

2. LA GUERRA HÍBRIDA: MANUAL IMPERIAL PARA EL CAMBIO DE RÉGIMEN

El Golpismo clásico y su fracaso (1999-2002).

Sequera describe los primeros años del chavismo como una lucha frontal donde «el frente de batalla estaba distribuido» de forma clásica. La oposición, con apoyo estadounidense, recurrió a las tácticas convencionales del siglo XX: golpes de estado, sabotaje económico y asesinatos.

El punto cumbre fue el golpe de Estado de abril de 2002, que duró 47 horas. Su fracaso demostró que la Revolución tenía una base popular capaz de ejecutar un «contragolpe popular». Según Sequera, el enemigo necesitaba «crear un enemigo» tocando «reflejos históricos habituales, como el anticomunismo o Cuba», pero esta narrativa maniquea ya no era suficiente frente a un pueblo movilizado.

«El frente de batalla estaba distribuido y cómo… uno de los bandos tenía que crear un enemigo que, de hecho, también tocaba otros reflejos históricos habituales, como el anticomunismo o Cuba o lo que sea.»

El Replanteamiento estratégico: Aprendiendo de las «Revoluciones de Color».

Tras el fracaso del golpismo duro, EE.UU. y sus aliados internos «absorbieron los nuevos recursos de las experiencias en la antigua Unión Soviética de las revoluciones de colores». Sequera señala que figuras como Gene Sharp (teórico de la resistencia no violenta como arma política) ya eran referentes, pero fue a mediados de la década de 2000 cuando se llevó esta estrategia «a otro nivel».

Se trataba de aplicar un manual probado en Europa del Este: deslegitimar mediante una guerra narrativa, construir una oposición «civil», fomentar la división social y orquestar protestas callejeras que pudieran escalar hacia una crisis institucional.

La Generación de relevo y la sofisticación de los métodos.

Sequera, hablando de esa generación, apunta que «cambió de táctica y profundizó en los recursos y metodologías». Esto ya no era solo la CIA operando en las sombras, sino una orquestación multifacética que involucraba ONGs «pro-democracia», fondos «para la sociedad civil», entrenamiento de activistas, y una maquinaria mediática global.

El objetivo era erosionar desde dentro, hacer que el desgaste fuera sistémico y crear la percepción de un colapso inevitable. Pese a esta sofisticación, Sequera recalca que «no tuvieron éxito, ni fuera ni dentro, para llevar a cabo un cambio de régimen total» durante los años de Chávez.

La Plantilla perfeccionada: De Venezuela a Irán y Siria.

Lo crucial, expone Sequera, es que Venezuela se convirtió en un laboratorio. Las tácticas híbridas ensayadas allí —la combinación de guerra económica, operaciones psicológicas, activismo financiado y violencia callejera selectiva— se perfeccionaron y exportaron.

Sequera lo define como «la plantilla, la racionalidad» que luego se vería aplicada con variaciones en la Primavera Árabe, Ucrania, Siria e Irán.

«Se convirtió básicamente en la plantilla, la racionalidad. A partir de ese momento… fue como después de la etapa beta de principios de la década de 2000 en Kirguistán y Ucrania propiamente dicho, etcétera.»

La irrupción de la «Guerra No Convencional» Total.

Esta evolución culmina en lo que hoy se denomina «guerra híbrida»: un conflicto asimétrico donde se borran las líneas entre guerra y paz, entre lo civil y lo militar. No es una sucesión de tácticas, sino su aplicación simultánea y coordinada.

Las sanciones son un arma de guerra masiva. Los medios y redes sociales son un campo de batalla. La diplomacia es un arma de coerción. El objetivo ya no es solo derrocar un gobierno, sino «domesticar a una sociedad» completa, como señala Sequera en otros puntos.

SEGUNDA CONCLUSIÓN

La guerra contra Venezuela no es una simple intervención. Es la aplicación secuencial y luego simultánea de un manual imperial de última generación. Comenzó con el golpismo caricaturesco de la vieja escuela y, tras fracasar, evolucionó hacia una guerra compleja de espectro completo.

El imperio aprendió, se adaptó y sofisticó su agresión. Entender esta evolución es comprender que la resistencia venezolana no ha enfrentado a un enemigo estático, sino a una hidra que cambia de formas. El hecho de que la Revolución haya sobrevivido a todas estas fases —del golpe de 2002 al secuestro de 2026— no es un dato menor: es la prueba de fuego de un proyecto político con raíces profundas y una capacidad de resiliencia que ha desafiado los manuales más avanzados del imperio. La «plantilla» se probó aquí, y aquí mismo ha encontrado su desafío más formidable.

3. 2013-2014: EL LABORATORIO SINCRONIZADO DEL GOLPE MODERNO

La «Ventana de Oportunidad» tras la Muerte de Chávez.

Sequera identifica el período entre 2013 y 2014 como un momento de reconfiguración crítica. Con la muerte del Comandante Hugo Chávez, EE.UU. y la oposición radical evaluaron que el presidente Nicolás Maduro era «un rival más débil» y que la sociedad estaba en un proceso de «reencontrarse».

Esta percepción creó una «urgencia de aprovechar la oportunidad» para dar el «empujón definitivo al cambio de régimen». No se trataba solo de explotar una supuesta debilidad, sino de actuar en el preciso instante en que, creían, las bases chavistas podrían estar desorientadas y la cohesión social, vulnerable.

La «Guarimba»: El Secuestro de la protesta legítima y la exportación del caos.

Sequera describe cómo se ejecutó el manual de las revoluciones de colores en suelo venezolano. Lo que comenzó como protestas legítimas fue rápidamente «secuestrado».

Grupos violentos, financiados y entrenados, implementaron tácticas de «guerra urbana asimétrica»: barricadas incendiarias (guarimbas), ataques a instituciones públicas, linchamientos y una narrativa de «protesta pacífica» para encubrir la violencia.

Sequera es contundente: «las protestas que en realidad eran toleradas por el gobierno se volvieron extremadamente violentas». El objetivo no era canalizar un descontento, sino crear un clima de ingobernabilidad total que justificara una intervención externa o un autogolpe.

Los rostros de la estrategia: López, Machado y la conexión transnacional.

El periodista nombra a los actores locales que encarnaron esta fase: Leopoldo López, María Corina Machado y Antonio Ledezma. Los define como el «otro lado de la moneda» en una operación destinada a «fracturar para intentar dividir a la sociedad una vez más y profundizar las divisiones».

No eran líderes espontáneos; eran la cara visible de un guion escrito en think tanks estadounidenses. Su rol era catalizar el conflicto y servir de figuración para un eventual gobierno títere. Sequera señala la conexión internacional de Ledezma, «muy activo en España», evidenciando la red de apoyo logístico y político en el exterior.

La sincronía geopolítica: Venezuela y Ucrania, dos frentes de un mismo plan.

Aquí Sequera expone la prueba irrefutable de la coordinación imperial. Subraya que la violencia de 2014 en Venezuela ocurrió «en paralelo» y «no es una coincidencia» con el golpe de Estado de febrero de 2014 en Ucrania (Maidan).

«Y esto ahora, especialmente en retrospectiva, no es una coincidencia. Me refiero al golpe de Estado de 2014 en enero y febrero en Ucrania.»

Esta sincronía revela que Washington y sus aliados estaban ejecutando una ofensiva coordinada en múltiples frentes contra Estados soberanos que se resistían a su órbita (Venezuela en el patio trasero, Ucrania como bisagra contra Rusia). Era la «plantilla» en acción, ajustada a cada contexto, pero con un núcleo común: desestabilizar mediante violencia callejera orquestada.

El fracaso y la evolución hacia la Guerra Económica.

Pese a la intensidad y crueldad de las guarimbas (con quemaduras, decapitaciones y linchamientos), la estrategia fracasó. Sequera lo afirma: «no tuvo éxito». El pueblo venezolano, en su mayoría, no se sumó al caos, y las instituciones estatales, aunque golpeadas, resistieron.

Este fracaso es un punto de inflexión: al ver que la táctica de la «revolución de colores» violenta no derrocaba a Maduro, el imperio cambió de énfasis hacia la guerra económica total.

Las sanciones de Obama en 2015 y luego la asfixia financiera de Trump fueron la consecuencia lógica. La violencia callejera dejó el centro de la escena para cederla al castigo colectivo contra toda la población.

TERCERA CONCLUSIÓN

Los años 2013-2014 no fueron una simple crisis política interna. Fueron la implementación en tiempo real y de forma sincronizada con Ucrania del manual del golpe suave 2.0. Fue el momento en que la oposición venezolana, dirigida por Washington, intentó convertir al país en un «Maidan tropical«.

Su fracaso no se debió a la falta de violencia o financiamiento, sino a la profunda raigambre del proceso bolivariano y a la capacidad de resistencia popular que ya había sido forjada en luchas anteriores.

Esta derrota forzó al imperio a escalar hacia una guerra de exterminio económico, reconociendo que el pueblo venezolano no se rendiría con tácticas de desgaste político callejero. El paralelo Venezuela-Ucrania queda, así como un documento histórico de la agresión imperial coordinada, y su fracaso en Venezuela como una primera gran fisura en la efectividad del manual de las revoluciones de colores.

4. EL ARSENAL DEL IMPERIO: SANCIONES, LEY Y PROPAGANDA COMO ARMAS DE GUERRA

La legalización de la agresión: El andamiaje jurídico del castigo.

Diego Sequera desenmascara cómo EE.UU. construyó un marco legal ficticio para dar legitimidad a su guerra económica. El hito fundamental fue la «Ley de Derechos Humanos y Sociedad Civil Venezolana» sancionada por el Senado estadounidense a finales de 2014. Sequera revela la hipocresía bipartidista detrás de esta ley:

«Que fue impulsada por muchas personas que ahora están condenando lo que está sucediendo contra Venezuela. Pienso, por ejemplo, en el senador demócrata Tim Kaine, que en realidad fue una de las personas que patrocinó y apoyó este tipo de legislación.»

Esta ley no era un instrumento de derechos humanos, sino la «materia prima» legal para justificar el posterior castigo colectivo. Fue el primer paso para convertir a Venezuela en un caso excepcional, sujeto a un régimen extraterritorial fuera del derecho internacional.

La escalada sancionatoria: Del Decreto de Obama a la estrangulación total.

Sequera traza la escalada lógica y premeditada. Tras el marco legal, vino la acción ejecutiva:

«el decreto de Obama en enero, una orden ejecutiva que profundizó el programa de sanciones contra Venezuela».

Pero esto no fue el punto final, sino el inicio de una espiral. El objetivo estratégico se hizo explícito en 2017:

«Especialmente después de 2017, cuando se apuntó contra la industria petrolera.»

Aquí, la máscara humanitaria cayó. Las sanciones dejaron de ser «selectivas» para convertirse en un arma de destrucción masiva de la economía nacional, diseñada para paralizar los ingresos en divisas, sabotear la producción de alimentos y medicinas, y generar un máximo de sufrimiento social que pudiera traducirse en desestabilización política.

La farsa del «consenso bipartidista»: Demócratas y Republicanos en la misma misión.

Sequera es tajante al señalar que este arsenal no es propiedad de un partido, sino de la estructura imperial bi-partidista de EE.UU.

«Todas estas son las bases que han estado utilizando tanto los demócratas como los republicanos de diferentes maneras para llegar a lo que ocurrió a finales de enero, concretamente el 3 de enero de 2026.»

Esta observación es crucial para desmontar la narrativa de la «oposición demócrata benevolente». Mientras figuras como Bernie Sanders o Tim Kaine podían criticar la forma de Trump, su voto y su patrocinio legislativo habían sentado las bases concretas para la agresión final. Son cómplices por acción en la construcción del arsenal.

La ingeniería del «Sentido Común»: La propaganda como arma de desmoralización.

El arsenal no sería completo sin su componente psicológico. Sequera analiza cómo la maquinaria mediática global trabajó para «crear este sentido común» tóxico.

Este no era solo un sesgo informativo, era una campaña sistemática de desprestigio y deshumanización con varios objetivos:

  1. Desacreditar al Estado: «el descrédito, ya fuera contra el presidente, contra el Gobierno, contra Venezuela como país».
  2. Desmoralizar a la Sociedad: Crear la percepción de un fracaso inevitable y aislar internacionalmente al pueblo venezolano.
  3. Justificar lo Injustificable: Preparar el terreno moral para medidas más brutales. Sequera lo ejemplifica con el trato a los migrantes: «basta con ver cómo ven ahora a los migrantes venezolanos que están siendo deportados y la forma en que se les está incriminando.»

El objetivo final: Domesticar y dar ejemplo.

Sequera vincula este arsenal combinado (leyes, sanciones, propaganda) a un propósito estratégico superior al mero cambio de régimen:

«Se trata de domesticar a una sociedad. Se trata de dar ejemplo de un país que decide tomar un camino diferente.»

Las sanciones son el látigo, la ley es el garrote que lo sostiene y la propaganda es el megáfono que anuncia el castigo al mundo. Juntos, buscan quebrar la voluntad soberana de un pueblo y enviar un mensaje disuasorio a cualquier otra nación que contemple un camino fuera del dominio unipolar.

CUARTA CONCLUSIÓN

El imperio no invade solo con marines. Su arsenal principal en el siglo XXI son los «instrumentos de dominación estructural»: leyes hegemónicas, sanciones genocidas y una propaganda omnipresente. Venezuela ha sido el campo de prueba de este triángulo de hierro de la guerra híbrida.

Entender que la Ley de Tim Kaine, el decreto de Obama y los titulares de la BBC son igual de armas como un misil es esencial. La resistencia, por tanto, no solo debe ser política y económica, sino también jurídica y comunicacional.

Cada barril de petróleo que evade el bloqueo, cada sentencia de un tribunal internacional que condena las sanciones, y cada verdad que se filtra a través de la cortina de mentiras mediática, es un contraataque exitoso que debilita este arsenal imperial. La lucha por la soberanía es también una batalla por las leyes y por la narrativa.

5. EL VERDADERO BOTÍN: LA GUERRA POR LOS RECURSOS, LA HEGEMONÍA Y LA SUPREMACÍA DEL DÓLAR

El saqueo material: Petróleo, gas y minerales como objetivo primario.

Diego Sequera no deja lugar a dudas sobre el núcleo material del conflicto. El asalto a Venezuela responde, «en el nivel más básico», a la codicia por sus riquezas naturales. El imperialismo no ataca fantasmas ideológicos, ataca reservas estratégicas.

«Aquí, en el nivel más básico, que es, por supuesto, los recursos, el petróleo y varios yacimientos minerales, el gas, etc.»

Esta es la lógica del pirata moderno: un país con las mayores reservas petroleras certificadas del planeta representa un botín que el capital trasnacional no está dispuesto a dejar en manos de un proyecto soberano que decide su uso y sus socios. La agresión es, en esencia, un acto de robo a escala geológica, disfrazado de cruzada democrática.

La geopolítica del “patio trasero”: Reafirmar la hegemonía regional.

Más allá del petróleo inmediato, está el diseño geopolítico. Sequera señala que el ataque busca «reafirmar la hegemonía para expulsar a los actores multipolares fuera de la región».

Venezuela, bajo la Revolución Bolivariana, se convirtió en un pivote de integración antiimperialista (ALBA, Petrocaribe) y un puente estratégico para aliados como Rusia, China e Irán en América Latina. Derrotarla no es solo tomar sus pozos, es desalojar a toda potencia rival del hemisferio que Washington considera su «patio trasero» desde la Doctrina Monroe. Es un mensaje de hierro: aquí no se toleran alternativas.

El dólar como religión: Salvaguardar el arma financiera suprema.

Sequera apunta al corazón del sistema de dominación global: el petrodólar. La capacidad de Venezuela de comerciar su petróleo en otras monedas o de intentar mecanismos financieros alternativos representa una herejía intolerable para la teología económica estadounidense.

«Esto también es una forma de intentar desesperadamente conseguir… que el sistema del petrodólar, el propio dólar, no se desmorone.»

Cada barril venezolano que se vende fuera del circuito dólar es un golpe a un pilar fundamental del imperio: su capacidad de imprimir la moneda de reserva mundial y de imponer sanciones financieras paralizantes. Atacar a Venezuela es defender el privilegio exorbitante del dólar y prevenir un efecto dominó que aliente a otros países a buscar autonomía financiera.

El castigo ejemplarizante: Domesticar sociedades rebeldes.

El botín no es solo lo que se roba, sino el escarmiento que se inflige. Sequera eleva el análisis: esto es «castigo a varios niveles».

«Se trata de domesticar a una sociedad. Se trata de dar ejemplo de un país que decide tomar un camino diferente, una posibilidad diferente, y hacer todo lo posible para destruirlo o envenenar su alma.»

El objetivo trascendente es pedagogía del terror imperial. Mostrarle al mundo, y especialmente a los pueblos del Sur Global, el precio de la desobediencia. El mensaje es claro: si se atreven a nacionalizar sus recursos, a comerciar con nuestros rivales o a construir un modelo social distinto, seran asfixiados, bombardeados, secuestrados y humillados. Venezuela es el ejemplo vivo para disuadir a otras naciones.

La conexión Irán-Venezuela: El mismo patrón, el mismo enemigo.

Sequera conecta los puntos del mapa de la agresión. El ataque a Venezuela y la operación de bandera falsa en Irán son caras de la misma moneda. Ambos países son «potencias energéticas soberanas» que desafían el unilateralismo.

Secuestrar el petróleo venezolano y desestabilizar Irán responde a la misma lógica: controlar los nudos críticos de la energía global y debilitar a los Estados que son pilares de la multipolaridad emergente. Es una guerra por reconfigurar el tablero mundial a favor del hegemon en declive.

QUINTA CONCLUSIÓN

La guerra contra Venezuela no es una «crisis» humanitaria ni un conflicto político. Es una operación de despojo y disciplinamiento capitalista en su fase superior. Se libra por: El botín concreto: El petróleo, el oro, el coltán. El botín geopolítico: La restauración del control absoluto sobre América Latina. El botín financiero: La preservación de la dictadura del dólar. El botín ejemplarizante: El mensaje de terror para futuras rebeliones.

Entender esto es entender que no hay salida negociada dentro de este marco. El imperio no quiere «diálogo»; quiere la rendición incondicional y la entrega de la soberanía.

Por eso, la resistencia venezolana, al defender su petróleo y su derecho a elegir socios, está librando una batalla epocal por la autodeterminación de los pueblos y contra la arquitectura financiera global de rapiña.

Cada día que Venezuela resiste y sigue comerciando su petróleo, quiebra un eslabón de la cadena del dominio imperial. Esta no es la lucha de un país solo; es el frente de avanzada de la lucha por un mundo multipolar y soberano.

6. LA RESISTENCIA Y LA FALSA DIVISIÓN: EL PUEBLO SEMBRADO VS. LA DIÁSPORA DESARRAIGADA

La geografía de la traición: Quién celebra el bombardeo.

Diego Sequera traza un mapa preciso y revelador de dónde surgieron los festejos por el secuestro del presidente y el bombardeo a Caracas. No fue en los barrios de Caracas, sino en los enclaves de la diáspora radicalizada:

«La mayoría de las celebraciones que vemos son de la diáspora en Bogotá, en Madrid, en Miami y en otros lugares.»

Estos núcleos, financiados y promocionados por los aparatos de propaganda imperial, conforman una «diáspora enajenada» que, desde la comodidad del exterior, celebra la destrucción de su propia patria.

Son, en palabras de Sequera, «clases acomodadas que nunca se beneficiaron ni se sintieron cercanas al país«. Su alegría no es popular; es la de una burguesía apátrida que ansía regresar como virreyes de un territorio recolonizado.

La falsa dicotomía mediática: El espejismo de las «dos Venezuelas».

El periodista desmonta el mito central de la guerra psicológica: la narrativa de «dos Venezuela brutalmente diferentes». Esta construcción mediática, afirma Sequera, es un arma para «explotar nuestras diferencias históricas, nuestras debilidades» y justificar la intervención.

Sin embargo, la realidad sobre el terreno lo desmiente. La división no es una fractura nacional, sino una brecha entre el pueblo que habita y defiende el territorio, y una élite desterritorializada que lo odia.

«Muestra lo artificial que es la división al final, dentro de Venezuela, y la urgencia de llevar a cabo ese procedimiento de gobierno dividido que ahora depende en gran medida de la diáspora.»

La oposición real: Los que se quedaron y rechazaron la guerra.

Sequera aporta un dato crucial ignorado por los grandes medios: existe una oposición política real, moderada y legal dentro de Venezuela. Esta no es la oposición de María Corina Machado o Leopoldo López, sino una que opera dentro de las instituciones.

«Hay una oposición moderada, coherente y legal dentro de Venezuela que, de hecho, forma parte del Parlamento y que también está en contra de los ataques militares. Ha estado en contra de la escalada. Ha estado en contra de las sanciones.»*

Estos sectores, tras la farsa de Juan Guaidó, comprendieron que alinearse con la agenda de guerra de EE.UU. era un suicidio político y nacional. Su postura demuestra que la verdadera línea divisoria no es chavismo/anticomunismo, sino soberanía vs. sumisión.

El consenso nacional silenciado: La economía de guerra como unificador.

Sequera revela un fenómeno silencioso pero poderoso: la formación de un «consenso económico» forjado en la emergencia. Ante el bloqueo criminal, tanto el sector público como parte importante del sector privado nacional comprendieron que o se unían para «no permitir que la economía del país se derrumbara», o perecían todos.

Este consenso pragmático de supervivencia fue «atacado severamente» por la facción extremista de Machado y Marco Rubio, precisamente porque debilitaba su relato de colapso total y demostraba la capacidad de resiliencia nacional.

La resistencia cotidiana: El pueblo como bastión invisible.

La mayor resistencia, según Sequera, no siempre es política o armada, sino social y cultural. Es la capacidad de «mantener la normalidad» en medio del infierno. Él rechaza el término vacío de «resiliencia», pero describe justo eso: la «una de las formas más sólidas de resistencia venezolana» ha sido preservar la vida cotidiana, el tejido social, el día a día, negándose a ser convertidos en «biomasa» del caos.

«Esta ha sido una de las formas más sólidas de resistencia venezolana, una de las formas de mantener la normalidad a un nivel que básicamente no permite que las manifestaciones más bajas rompan la sociedad y la vida cotidiana… Esto va mucho más allá del marco politizado.»

Es la dignidad del amanecer, del trabajo, de la solidaridad vecinal, como acto de desafío político supremo.

SEXTA CONCLUSIÓN

El imperio y sus mercenarios mediáticos necesitan vender la mentira de una Venezuela dividida para justificar su «misión salvadora». Pero la verdad, expuesta por Sequera, es otra: la división fundamental es entre la Patria y la Anti-Patria. Entre el pueblo sembrado que sufre, lucha y construye en su tierra, y la diáspora enajenada que, desde urbanizaciones lujosas en el extranjero, clama por el bombardeo de sus antiguos compatriotas.

La resistencia venezolana es, por tanto, un frente múltiple: El frente militar e institucional que sostiene el Estado. El frente político que incluye a una oposición patriótica que rechaza la injerencia. El frente económico del consenso productivo para sobrevivir. El frente social y cultural, el más profundo, que es la decisión colectiva de seguir viviendo, amando y luchando en Venezuela.

Esta unidad fáctica, tejida en la adversidad, es el gran fracaso de la guerra psicológica imperial. No pudieron convertir al pueblo venezolano en su propio verdugo. La verdadera Venezuela, la que no sale en CNN, no está dividida. Está resistiendo.

 7. EL PARALELO IRÁN-VENEZUELA: UN SOLO GUION, UN SOLO ENEMIGO

El manual de la desestabilización: Protestas legítimas secuestradas.

Diego Sequera, quien visitó Irán en dos ocasiones, identifica el mismo patrón siniestro aplicado en ambos países: la instrumentalización del malestar social. Describe cómo en Irán, al igual que en Venezuela, «las protestas legítimas fueron secuestradas, lo que suele ser el caso».

Grupos violentos, infiltrados y entrenados, convierten reclamos sociales en disturbios extremadamente violentos con el objetivo único de crear caos e ingobernabilidad. Sequera desnuda la operación: no es una revolución espontánea, es un montaje de bandera falsa donde se queman mezquitas y se asesina a ciudadanos para justificar una narrativa de «régimen brutal».

«Las protestas que en realidad eran toleradas por el gobierno se volvieron extremadamente violentas… la participación de agentes del Mossad en la preparación, formación y organización de personas… que realmente mataron a agentes de seguridad, a ciudadanos al azar, quemaron mezquitas… quemaron el Corán.»

Los mismos arquitectos: Washington, Tel Aviv y sus mercenarios.

El periodista no deja dudas sobre la autoría intelectual y material. Así como en Venezuela se habla de la CIA y del lobby de Marco Rubio, en Irán señala directamente a «Estados Unidos, Israel y los secuestradores de cualquier manifestación».

Es la misma alianza imperial operando en teatros distintos. Sequera conecta el tuit de Mike Pompeo enviando saludos a los manifestantes iraníes con las declaraciones de apoyo a María Corina Machado: es el mismo lenguaje codificado de respaldo a sus fuerzas proxy de desestabilización.

El botín estratégico: Energía, territorio y orden multipolar.

Sequera vincula los motivos materiales. Ambos países son potencias energéticas soberanas (petróleo, gas) y pilares geopolíticos en sus respectivas regiones. Atacarlos responde a la necesidad imperial de: controlar recursos vitales, expulsar actores rivales (Rusia, China) de sus esferas de influencia, castigar el desafío al orden unipolar y a la hegemonía del dólar.

«Es la misma amenaza. Es el mismo enemigo. El mismo interés. La misma forma obscena y vulgar de intentar destruir sociedades.»

La guerra cultural y la deshumanización: El hiyab y el «socialismo fallido».

El paralelo se extiende a la guerra narrativa. A Irán se lo ataca centrando la propaganda en el hiyab y los «derechos de la mujer», construyendo una imagen medieval. A Venezuela, con el relato del «socialismo fallido» y el «narcoestado». Ambos son estereotipos deshumanizantes diseñados para ocultar la complejidad de sociedades vibrantes y justificar la agresión. Sequera, desde su experiencia en Teherán, desmiente la caricatura:

«Todo eso del velo, todo eso del hiyab, es tan infantil… Hay gente que lleva algo intermedio, solo el hiyab, o simplemente no lo llevan. Y todo eso ocurre al mismo tiempo. No hay ningún problema.»

 Sociedades sofisticadas vs. la mentira mediática: Cine, ciencia y resistencia.

Sequera enfatiza un punto crucial que los medios ocultan: tanto Irán como Venezuela son sociedades cultural y científicamente sofisticadas. Destaca de Irán su «tradición literaria, artística y musical increíble», su cine premiado mundialmente, su lugar entre los cinco primeros en nanotecnología e inteligencia artificial.

Esta grandeza civilizatoria es precisamente lo que el imperio busca borrar, reduciéndolos a caricaturas de «países problemáticos». La resistencia, por tanto, también es la defensa de una identidad cultural rica y diversa frente al colonialismo homogenizador.

Un Solo frente de lucha: La trinchera compartida de la dignidad.

La conclusión de Sequera es poderosa: Venezuela e Irán están unidos en la misma batalla existencial.

«Esto nos acerca aún más en muchos sentidos, a Venezuela e Irán en ese sentido… porque es el mismo enemigo.»

No se trata de una alianza táctica, sino de un reconocimiento estratégico de un enemigo común. La lucha por la soberanía venezolana y la resistencia iraní son partes de un mismo contraataque global contra la hegemonía unilateral. La solidaridad entre sus pueblos no es retórica, es una necesidad de supervivencia política.

SÉPTIMA CONCLUSIÓN

El paralelo Irán-Venezuela no es una casualidad ni una simple analogía. Es la evidencia irrefutable de un plan imperial unificado. El mismo guion de desestabilización, los mismos actores, los mismos objetivos y las mismas mentiras mediáticas se aplican contra dos pueblos distintos para un mismo fin: aplastar cualquier polo de poder soberano que desafíe el dominio unipolar.

Venezuela e Irán son, hoy, dos trincheras avanzadas en la primera línea de la guerra por el mundo multipolar. Su resistencia conjunta es el mayor obstáculo para el nuevo orden colonial que el imperio intenta imponer a sangre, fuego y mentiras.

8. DELCY RODRÍGUEZ: SANGRE, LEY Y FIRMEZA EN LA TRINCHERA DEL PUEBLO

Legado de sangre y lucha: La herencia revolucionaria de Jorge Rodríguez.

Diego Sequera desmonta cualquier intento de presentar a Delcy Rodríguez como una figura improvisada o ajena a la historia de lucha venezolana. Su origen está marcado por el martirio revolucionario. Su padre, Jorge Rodríguez, fue un líder social «muy dotado, con mucho talento y muy sensible socialmente» que operaba en el frente legal y de organización de base durante los años 70. Su crimen: luchar por su pueblo. Sequera relata con crudeza:

«Fue secuestrado y torturado y se convirtió en uno de los casos más famosos y escandalosos de Venezuela durante los años 70… Jorge Rodríguez, también presidente de la Asamblea Nacional. De ahí es de donde viene ella. Viene de una familia en la que su padre fue torturado hasta la muerte.»

Este asesinato, parte de la Doctrina de Seguridad Nacional aplicada con apoyo de terroristas como Posada Carriles y Orlando Bosch, no es un dato biográfico anecdótico. Es el cimiento de su linaje político: una familia que pagó con sangre el derecho a la rebeldía anticolonial. Delcy no llegó a la política por ambición; heredó una trinchera.

La formación como arma: Oxford y el Derecho Internacional como escudo de la Patria.

Frente a la caricatura mediática que intenta presentarla como una «militante ideologizada», Sequera destaca su formación de elite al servicio del proyecto nacional. Es una «política y jurista muy bien formada en Oxford, especializada en derecho internacional».

Esta formación no es un título decorativo; es un arma estratégica en una guerra donde el imperio usa cortinas legales falsas para sus crímenes. Su conocimiento es fundamental para litigar en el campo del derecho internacional, desenmascarar la ilegalidad de las sanciones y organizar la defensa jurídica de la nación. Es la combatiente intelectual que el momento exige.

La firmeza ante el secuestro: Desmontando los rumores de traición.

En medio del caos posterior al secuestro de Maduro, la maquinaria propagandística imperial lanzó una narrativa venenosa: la de una posible «traición» o «negociación» de Delcy Rodríguez.

Sequera desbarata esto con contundencia. Primero, por lógica política: ella fue la arquitecta de la recuperación económica y petrolera pese al bloqueo, logrando que Venezuela fuera «la economía de más rápido crecimiento en 2025» según la CEPAL. ¿Por qué traicionaría su propia obra?

«Todo eso es una tontería, sinceramente.»

Sequera explica que su firmeza no es una pose, sino una cualidad probada en el fuego de la guerra económica. Ante la pregunta de si es «fuerte como Chávez o Maduro», responde:

«Esa no es la forma de hacerlo… ella es, es una persona dura. Incluso puedo decir que podría ser más dura que los demás que se enfrentan a este tipo de amenazas y a este tipo de retos, y también tiene el ingenio para hacerlo.»

El plan previsto: Estrategia, no improvisación.

Quizás el dato más revelador y crucial que aporta Sequera es que la respuesta a la crisis no es improvisada. Existe un «plan que se estableció antes» entre el Presidente Maduro y su equipo.

«Hay un plan, y este plan se estableció antes. También se esbozó con el presidente Maduro por si acaso ocurría precisamente esto. Así que no hay ese nivel de improvisación o sumisión en la forma en que Delcy Rodríguez está maniobrando ahora.»

Esto desnuda la previsión del gobierno bolivariano y revela a Delcy Rodríguez no como una suplente en apuros, sino como la comandante en jefe de un plan de defensa nacional previamente diseñado. Su actuación es la ejecución disciplinada de una estrategia de resistencia a largo plazo.

La Presidenta en funciones: Continuidad revolucionaria y defensa de la soberanía.

Sequera contextualiza su rol actual: Delcy Rodríguez no es una «interina» accidental. Es la continuidad lógica del proyecto de recuperación nacional que ella misma lideró. Fue quien «implementó la restauración de la industria petrolera» tras perder el 99% de los ingresos por sanciones, y quien «sacó al país del atolladero«.

Por lo tanto, su presidencia en funciones garantiza que la respuesta al secuestro y la agresión no sea de pánico, sino la de quien ya ha derrotado tácticas de asfixia económica y conoce los flancos del enemigo.

OCTAVA CONCLUSIÓN

Delcy Rodríguez encarna la síntesis del carácter indoblegable de la Revolución Bolivariana.

No es un «reemplazo». Es la evolución natural de la resistencia: de la lucha guerrillera y social de su padre, a la batalla legal y económica que ella libra, y ahora a la defensa militar y política de la soberanía ante la agresión final.

En sus manos no solo está el cargo, sino el legado de sangre de los mártires, la inteligencia para vencer en los tribunales del mundo, y la firmeza para no ceder un milímetro de la patria. Su presencia al mando es la prueba de que la Revolución no depende de un solo hombre, sino de un pueblo organizado, con planes, con memoria histórica y con la voluntad de vencer.

9. LA DIGNIDAD COMO TRINCHERA: MADURO Y LA INVENCIBILIDAD MORAL DE LA REVOLUCIÓN

El gesto que derrotó al verdugo: «Venceremos» con las manos esposadas.

Diego Sequera destaca un momento icónico que desbarató toda la puesta en escena de la humillación imperial. Mientras sus captores buscaban la foto del presidente derrotado, Nicolás Maduro, esposado, transformó el símbolo de sumisión en un acto de desafío histórico. No hizo un gesto de rendición, sino el de «Venceremos».

«Estaba esposado y, en un momento dado, hizo esto. Básicamente dice: ‘Nosotros venceremos’. No es ‘victoria’, sino ‘venceremos’, es decir, ‘nosotros prevaleceremos’.»

Este gesto no fue espontáneo; fue un mensaje político calculado dirigido al pueblo venezolano y al mundo. Mientras el imperio exhibía su poderío bruto, Maduro exhibió su poder moral inexpugnable. La trinchera, en ese instante, no fue de concreto, sino la dignidad inquebrantable de sus manos levantadas.

La sonrisa y el «buenas noches»: La moral como arma de guerra psicológica.

Sequera describe el comportamiento de Maduro como una demostración de dominio psicológico total. Frente a sus carceleros, preguntó a su esposa cómo se decía «buenas noches», y luego se dirigió a la prensa con ironía imperturbable: «buenas noches, feliz año nuevo».

Esta actitud de aparente normalidad en medio del horror era un acto de guerra asimétrica. Les robaba el guion del miedo y la derrota, y los colocaba a ellos en el lugar de los bárbaros que secuestran a un hombre que solo les saluda con educación. Fue la victoria del civismo sobre la barbarie.

El líder forjado en el fuego: De vilipendiado a «nuevo Mandela».

Sequera contextualiza la entereza de Maduro recordando su trayectoria de resistencia. No es un novato en el sufrimiento bajo el ataque imperial.

«Es una de las personas más vilipendiadas del mundo, uno de los personajes más tergiversados del mundo, que ya ha sobrevivido a varios intentos de asesinato, complots terroristas, etc., y ha sido capaz de burlar a todo el mundo durante más de una década.»

Su firmeza actual es el producto de haber «sopesado aguas e incertidumbre« durante la pandemia bajo sanciones, de haber mantenido la cohesión social y de haber impedido una guerra civil. Por eso, Sequera recoge la potente comparación hecha por el expresidente ruso Medvédev:

«Medvédev… dijo que ahora podría convertirse en una especie de nuevo Mandela.»

Esta analogía no es casual: lo sitúa en el linaje de los presos políticos cuya dignidad en cautiverio se convierte en el símbolo más poderoso de la justeza de su causa.

La dignidad como reflejo de la sociedad que dirige.

Sequera vincula inextricablemente la fortaleza del líder con la del pueblo que representa. La pregunta no es solo qué tipo de líder es Maduro, sino «qué tipo de sociedad ha sido capaz de soportar todo esto».

«Qué tipo de sociedad ha sido capaz de soportar todo esto, especialmente en América Latina o en el mundo occidental en general?… Son cosas que también ponen de relieve valores que no son transaccionales, que no son cínicos… como la dignidad, la independencia, la soberanía y el derecho absoluto a vivir según nuestros propios términos.»

La dignidad de Maduro en cautiverio es, por tanto, el espejo público de la dignidad colectiva silenciosa de millones de venezolanos que, en su vida diaria, se niegan a ser doblegados. Su resistencia personal encarna y amplifica la resistencia nacional.

La derrota del propósito imperial: La humillación que nunca llegó.

El objetivo del secuestro espectacular era doble: material (controlar el petróleo) y psicológico (infligir una derrota simbólica catártica al chavismo).

Sequera señala que fracasaron en lo segundo. Intentaron la «exhibición de un trofeo», pero obtuvieron la exhibición de un mártir victorioso. En lugar de quebrar la moral revolucionaria, la fortalecieron y universalizaron. Cada sonrisa, cada gesto de Maduro, fue un misil contra la narrativa imperial de la «liberación».

NOVENA CONCLUSIÓN

Nicolás Maduro, secuestrado y esposado, logró lo que los tanques y los misiles no pudieron: convertir su propio cuerpo en la trinchera más inexpugnable de la Revolución. Su dignidad se transformó en: Un arma de comunicación global que desnudó la barbarie del imperio; Un símbolo de cohesión nacional que unió al pueblo en torno a su resistencia; Un legado de entereza que eleva la causa venezolana a la altura ética de las grandes luchas anticoloniales.

Su actitud no es la de un hombre esperando un salvador, sino la de un comandante que sigue dirigiendo la batalla desde la primera línea del cautiverio. Al hacerlo, demostró que el chavismo no es un proyecto de poder, sino un proyecto de dignidad inquebrantable.

Mientras el imperio secuestraba a un presidente, el pueblo venezolano, reflejado en su gesto, le respondía al mundo: Aquí no se rinde nadie. Venceremos. Esta es la lección definitiva: se puede secuestrar a un hombre, pero jamás se podrá secuestrar la dignidad de un pueblo que ha decidido ser libre.


*La transcripción, traducción al español y realización del reportaje por Observatorio de Trabajador@s en Lucha

*Savage Minds, es una revista y un podcast que tratan temas políticos, sociales y culturales de actualidad.

Referencia: Savage Mind

Entrevistado

*Diego Sequera es escritor, periodista, analista político e investigador. Fundador de Misión Verdad. Licenciado en Letras de la UCV. Perteneció al equipo fundador de la Editorial El Perro y la Rana del Ministerio de Cultura de Venezuela, levantando la primera colección de poesía venezolana. Formó parte de la Unidad de Apoyo Documental de la Secretaría Privada de la Presidencia de Hugo Chávez.

Entrevistador

* Julian Vigo es un investigador y cineasta independiente que escribe sobre antropología, tecnología y filosofía política.

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