EUROPA Y EL FIN DE LA ALIANZA TRANSATLÁNTICA: DE LA NEGACIÓN ESTRATÉGICA A LA DEPENDENCIA ESQUIZOFRÉNICA. Ricardo Martins.

Ricardo Martins.

Foto: Europa Press.

13 de enero 2026.

Mientras Washington redefine abiertamente a Europa como subordinada en lugar de como socia, Bruselas persiste en el lenguaje de la alianza. Esta creciente discrepancia entre la estrategia estadounidense y la autopercepción europea está convirtiendo las relaciones transatlánticas en una peligrosa ilusión.


La suposición de que Europa seguirá siendo un aliado natural y duradero de Estados Unidos ha estructurado durante mucho tiempo la política exterior y de seguridad europea. Sin embargo, esta suposición ya no se comparte en Washington, como sostiene Sven Biscop, del Egmont Institute, un think tank tradicional de Bruselas.

Bajo la segunda presidencia de Donald Trump, y expresado explícitamente por eminentes figuras políticas estadounidenses como J.D. Vance y Marco Rubio, Estados Unidos ha redefinido formalmente a Europa no como un socio estratégico, sino como una región problemática, en declive y políticamente sospechosa.

La Estrategia de Seguridad Nacional (NSS) de Estados Unidos de 2025 cristaliza este cambio. Europa ya no se considera un coarquitecto del orden internacional, sino un espacio que hay que disciplinar, reformar o eludir. La negativa de la Unión Europea a reconocer esta realidad ha dado lugar a una relación profundamente esquizofrénica: Europa sigue hablando el lenguaje de la alianza, mientras que Estados Unidos practica cada vez más una política de jerarquía, condicionalidad e interferencia.


«Europa ya no se considera un pilar del liderazgo global estadounidense, sino una región cuya dinámica política y social interna supuestamente amenaza a la propia civilización occidental».


En las secciones siguientes, basándome en la tesis de Biscop, sostengo que la alianza transatlántica, tal y como se ha entendido históricamente, ha llegado a su fin. Lo que queda es una relación asimétrica e inestable en la que Europa se comporta como un actor dependiente, mientras que Washington ya no concibe a Europa como un aliado, sino como un sujeto subordinado cuya autonomía es indeseable. La persistencia de Europa en negar esta realidad no solo debilita la posición estratégica de la UE, sino que también acelera su marginación geopolítica.

El fin de la alianza: de la retórica a la doctrina

La hostilidad de Donald Trump hacia Europa no es nada nuevo. Durante su primera presidencia, describió repetidamente a la Unión Europea como un adversario económico y acusó a los Estados europeos de aprovecharse de las garantías de seguridad estadounidenses.

Lo que distingue al momento actual es que esta hostilidad ha pasado de la retórica a la doctrina. La Estrategia de Seguridad Nacional de 2025 representa una ruptura cualitativa con la ortodoxia transatlántica de la posguerra. Europa ya no se considera un pilar del liderazgo global estadounidense, sino una región cuyas dinámicas políticas y sociales internas amenazarían a la propia civilización occidental, según la NSS.

La NSS insta explícitamente a los Estados europeos a asumir la «responsabilidad principal» de su propia defensa, lo que supone el fin de las garantías de seguridad incondicionales de Estados Unidos.

El apoyo está supeditado al gasto en defensa, a la alineación política con Washington y a la voluntad de adoptar las políticas económicas y tecnológicas estadounidenses.

Al mismo tiempo, el documento acusa a la Unión Europea de limitar la libertad política, socavar la soberanía a través de la gobernanza transnacional y erosionar la confianza en la civilización. La implicación es clara: Europa ya no es un socio fiable, sino objeto de sospecha ideológica.

Esta perspectiva se ve reforzada por figuras destacadas de la administración Trump. J.D. Vance ha descrito repetidamente a Europa como culturalmente decadente y políticamente a merced de las élites liberales hostiles a la soberanía nacional. Marco Rubio ha reiterado afirmaciones similares, describiendo a la UE como una entidad excesivamente regulada que limita la libertad y el dinamismo económico. En conjunto, estas narrativas convergen en una única conclusión: Europa no es un aliado cuya autonomía deba reforzarse, sino un espacio cuya transformación interna debe fomentarse desde el exterior.

¿Alianza o vasallaje? La OTAN y la asimetría histórica

La erosión de la alianza no comenzó con Trump. Las relaciones transatlánticas siempre se han caracterizado por una asimetría estructural, especialmente dentro de la OTAN, como señaló Zbigniew Brzezinski en su obra fundamental «El gran tablero».

Mientras que Washington ha invocado constantemente la retórica de la «asociación en pie de igualdad» y ha profesado su lealtad a la causa de una Europa unida, en la práctica Estados Unidos ha sido menos claro y menos coherente, según Brzezinski. La OTAN ha funcionado principalmente como un instrumento de influencia estratégica estadounidense sobre Europa.

El liderazgo estadounidense no era meramente militar, sino político, ya que moldeaba la percepción de la amenaza europea, las doctrinas de defensa e incluso los debates internos sobre la integración, según el exasesor de seguridad nacional de Carter.

Esta asimetría fue tolerada y, a menudo, aceptada por las élites europeas a cambio de garantías de seguridad. Sin embargo, también desalentó el surgimiento de una verdadera autonomía estratégica europea. Estados Unidos apoyó retóricamente la integración europea, pero solo en la medida en que no cuestionaba la primacía estadounidense. El tácito apoyo de Washington al obstruccionismo británico hacia una integración más profunda y su preferencia por el liderazgo alemán frente a la ambición estratégica francesa ejemplificaron esta lógica.

La América de Trump simplemente abandonó la pretensión de que esta asimetría sirviera a un proyecto compartido.

La OTAN sigue siendo útil en la medida en que impone la transferencia de cargas, pero la alianza ya no se concibe como una comunidad de iguales.

La ausencia simbólica de Estados Unidos en las principales reuniones ministeriales de la OTAN en diciembre de 2025 ilustró vívidamente este cambio. El mensaje era inequívoco: se espera que Europa actúe, pero no que lidere.

Negación europea y esquizofrenia estratégica

A pesar de las crecientes pruebas, los líderes de la UE siguen insistiendo en la ficción de la alianza. Las declaraciones de altos funcionarios de la UE, entre ellos la alta representante para Asuntos Exteriores, Kaja Kallas, reiteran que Estados Unidos sigue siendo el aliado más cercano de Europa.

Este discurso no refleja una evaluación estratégica, sino una dependencia política. Permite a las instituciones europeas evitar afrontar las implicaciones de la retirada estadounidense, al tiempo que preserva las estructuras de poder existentes dentro de la UE.

El resultado es una relación esquizofrénica. Se pide a Europa que gaste más en defensa, que se alinee con los controles de exportación estadounidenses, que se enfrente económicamente a China y que acepte una solución negociada en Ucrania, todo ello mientras se le niega voz estratégica y respeto. Europa debe hacer más, pero con menos autonomía. Esta contradicción paraliza la toma de decisiones europea y erosiona la confianza de los ciudadanos.

Como ha sostenido Sven Biscop, Europa ya no puede contar con una «asociación global» con Estados Unidos. La relación se ha vuelto transaccional, condicional y cada vez más coercitiva. Insistir en el lenguaje de la alianza en estas condiciones no es diplomacia, es negación.

Interferencia en lugar de asociación

Quizás la característica más sorprendente de la nueva actitud de Estados Unidos es su disposición a intervenir en la política interna europea. La NSS apoya explícitamente a los llamados «partidos patrióticos europeos», una referencia velada a los movimientos de extrema derecha y euroescépticos. Esto supone una ruptura fundamental con las normas de la política de alianza. Los aliados no cultivan la oposición política dentro de sus respectivos sistemas.

Estas prácticas sitúan a Estados Unidos como una fuente de amenazas híbridas para la Unión Europea. El objetivo no es la asociación, sino la fragmentación: debilitar la integración de la UE, debilitar el poder normativo y liberar a las empresas estadounidenses de las restricciones europeas.

En este sentido, la política estadounidense hacia Europa refleja cada vez más las estrategias asociadas desde hace tiempo a Moscú.

La palanca financiera no utilizada de Europa

La tragedia de la posición actual de Europa es que no es impotente. La UE sigue siendo el principal socio económico de Estados Unidos, una superpotencia normativa y un nudo crucial en las cadenas de suministro globales. La interdependencia transatlántica es una realidad, no un hecho retórico. Sin embargo, los líderes europeos fracasan sistemáticamente a la hora de movilizar esta palanca.

Este fracaso refleja una cultura política más profunda de vasallaje. Aceptar las demandas estadounidenses parece más fácil que articular una estrategia europea autónoma. La dependencia estratégica se ha convertido en un hábito, incluso cuando ya no es recíproca. Como advierte Biscop, este tipo de comportamiento invita a una mayor falta de respeto.

Conclusión: afrontar la realidad o aceptar la irrelevancia

La alianza transatlántica, tal y como la ha conocido Europa desde 1945, ha llegado a su fin. Estados Unidos ya no ve a Europa como un aliado, sino como una región subordinada cuya autonomía es indeseable y cuyas políticas internas son objetivos legítimos de intervención. La negativa de Europa a reconocer este cambio ha dado lugar a una relación disfuncional y humillante.

La elección a la que se enfrenta Europa es clara: o afronta la realidad y emprende el largo proceso de reconstrucción de su soberanía militar, estratégica y política, o acepta una progresiva irrelevancia en un mundo dominado por la política de poder.

Biscop sostiene que Europa debe declarar finalmente su independencia de los Estados Unidos y recuperar su soberanía militar, estratégica y política. De lo contrario, el Viejo Continente correrá la misma suerte que Yugoslavia, Libia e Irak, víctimas de la lucha de Washington contra los «regímenes antidemocráticos».

No habrá más señales de alarma. La negación se ha convertido en la vulnerabilidad más peligrosa para Europa.

Traducción nuestra


*Ricardo Martins, doctor en Sociología, especialista en política europea e internacional, así como en geopolítica.

Fuente original: New Eastern Outlook

Fuente tomada: Giubbe Rosse News

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