Enrico Tomaselli.
12 de enero 2026.
El antiguo imperio de los Estados Unidos de América no es ahora más que el imperio del caos. Y en el caos. Y seguirá sembrando el caos y la violencia hasta su muerte.
No sabemos, y quizá nunca sepamos, el verdadero balance de víctimas mortales de estos días de revueltas en Irán. Sabemos que las víctimas entre las fuerzas del orden se cuentan por centenares. Y las de entre los revueltos, probablemente por centenares.
Más algunas decenas de personas inocentes, víctimas del fuego, como la niña de 3 años asesinada por los disparos de algunos “manifestantes”.
Muchos de ellos —lo sabemos no porque lo digan los ayatolás, sino porque lo han reivindicado oficialmente desde Tel Aviv y Washington— eran agentes del Mossad.
Los hackers del grupo iraní Handala han conseguido en los últimos días localizar una lista de 600 agentes dirigidos por un tal Mehrdad Rahimi (nomen omen), que trabajaba precisamente para los servicios israelíes.
Pero una cosa es segura. La sangre de estos muertos recae sin duda sobre las manos del Gobierno israelí, del estadounidense, de ese minus habens del hijo del sha y, en general, de todos aquellos que alentaron la revuelta.
Porque, ya fuera por mala fe o por simple estupidez, una cosa estaba clara desde el principio: no había ninguna posibilidad real de derrocar a la República Islámica, salvo mediante una intervención militar extranjera.
Pero no un ataque a distancia, como el del pasado mes de junio, sino una auténtica invasión terrestre. Como ocurrió con el Irak de Sadam Husein. Una invasión y ocupación militar, tal vez durante décadas.
En definitiva, algo que nadie en el Pentágono ha considerado nunca, ni siquiera remotamente, y mucho menos en Israel. Irán es un país tan grande como el Reino Unido, Francia, España y Alemania juntos, y con una población de casi 90 millones de habitantes. Se necesitarían al menos dos o tres millones de hombres para la invasión. Más que ciencia ficción, una locura.
Por lo tanto, todos los que instigaron la revuelta siempre supieron que no habría ningún cambio de régimen y que esas personas iban a ser enviadas a la cárcel o a la muerte.
El objetivo nunca fue derrotar al “régimen de los ayatolás”, no porque no lo deseen, sino porque saben que está fuera de su alcance.
El objetivo era y es el caos, la desestabilización. La “lógica” es: si no podemos tenerlo nosotros, entonces nadie debe poder tenerlo. Ya se trate del petróleo o simplemente del control geopolítico.
No hay un solo caso en el que el cambio de régimen intentado por Occidente haya funcionado. Irak, más de veinte años después de la invasión de la coalición liderada por Estados Unidos, sigue siendo un país parcialmente ocupado, chantajeado por Washington (que controla directamente los ingresos de la venta de petróleo), con una parte del país desmembrada (el Kurdistán cedido a los clanes kurdos Barzani y Talabani, auténtica base de apoyo del Mossad).

Libia está dividida en dos, y la parte apoyada por Occidente es un conglomerado de bandas criminales que alimentan el tráfico de seres humanos. Afganistán ha caído en manos de los talibanes, el ala más reaccionaria y retrógrada del fundamentalismo local, cuyo único mérito es haber acabado con la producción y el tráfico de heroína (que, en cambio, florecía bajo la CIA).
De Siria ni hablemos: al frente, un exjefe de ISIS y Al Qaeda, el país sumido en una guerra civil encubierta y parcialmente ocupado por fuerzas extranjeras.
En resumen, una serie de éxitos realmente encomiables. Pero que, sin embargo, Estados Unidos simplemente ya no es capaz de replicar.
Véase Venezuela, donde el resultado final —sin contar las fanfarronadas de ese adolescente narcisista que ocupa la Casa Blanca— es que el régimen socialista de la República Bolivariana sigue gobernando en Caracas y el pueblo venezolano se ha unido a sus líderes como nunca antes.
Exactamente igual que ayer y hoy, millones de iraníes han salido a la calle para manifestar su apoyo a la República Islámica. Les guste o no a los Fratoianni de turno.
Independientemente de la opinión que se pueda tener sobre el imperialismo estadounidense, es imposible no darse cuenta de que la pérdida de cualquier poder blando empuja a Washington a recurrir continuamente al poder duro, y que en lugar del uso de la fuerza solo queda el uso gratuito de la violencia.
El antiguo imperio de los Estados Unidos de América no es ahora más que el imperio del caos. Y en el caos. Y seguirá sembrando el caos y la violencia hasta su muerte.
Traducción nuestra
*Enrico Tomaselli es Director de arte del festival Magmart, diseñador gráfico y web, desarrollador web, director de video, experto en nuevos medios, experto en comunicación, políticas culturales, y autor de artículos sobre arte y cultura.
Fuente original: Arianna Editrice
