SOBRE EL PODER EMANCIPADOR DE LAS REVOLUCIONES DE COLORES. Andrea Zhok.

Andrea Zhok.

10 de enero 2026.

Luego, por supuesto, están los que simplemente quieren que ganen los vaqueros, que Rambo acabe con los amarillos y que las mezquitas sean sustituidas por megatiendas, porque eso es el progreso. Y para ellos no hay ningún argumento.


En los periódicos italianos, a la oposición armada en Irán se la suele denominar con el término «manifestantes».

Son los mismos periódicos que, cuando algún exaltado quema un contenedor en Italia, llaman a la Digos y a la Antiterrorismo.

Ahora bien, para ser claros, las protestas en Irán se iniciaron a partir de una situación interna objetivamente difícil, debida en primer lugar a la larga sequía que ha creado graves problemas de abastecimiento de agua y, en segundo lugar, a la crisis económica, desencadenada por las sanciones internacionales y que ha culminado en una fuerte devaluación monetaria.

En relación con estas protestas, el Gobierno iraní no solo ha permitido la plena libertad de manifestación (¿quieren recordar cómo terminaron las últimas manifestaciones filopalestinas en Inglaterra y Alemania?), sino que también ha asumido la responsabilidad de lo ocurrido, aunque dicha responsabilidad sea solo parcial (y así debe actuar un Gobierno: pero no creo haber oído nunca en Italia a un Gobierno admitir responsabilidad alguna por ningún problema; siempre es culpa del gobierno anterior, de los italianos holgazanes o de los astros).

A estas protestas inicialmente pacíficas se ha sumado un grupo radical armado (hay vídeos de patrullas de estos sujetos enfrentándose a las fuerzas del orden armados con AK-47), que ha puesto literalmente a fuego y espada algunas ciudades del país, devastado lugares de culto, atacado hospitales, quemado coches, asesinado a numerosos miembros de la seguridad interna y derribado estatuas.

Al mismo tiempo, Trump ha dicho que si se produce una represión armada de los «manifestantes», se verá obligado a intervenir (esperemos el enésimo bombardeo humanitario).

Ahora bien, es evidente que se trata del enésimo intento de «revolución de color» fomentado por Estados Unidos (e Israel) para lograr un cambio de régimen. Israel tiene una gran capacidad de infiltración en territorio iraní, también debido a la fuerte tolerancia confesional que existe en Irán, donde se encuentra la segunda comunidad judía más grande de Oriente Medio, después de Israel.

Que este intento de cambio de régimen no se hace en interés del pueblo iraní es obvio para cualquiera que no sea completamente idiota.

Sin embargo, en Occidente hay una nutrida representación de iluminados que consideran que un derrocamiento violento del régimen, apoyado desde el exterior, es bueno porque Irán sería una teocracia misógina y atrasada.

Ahora bien, sería fácil demostrar que las únicas formas de maduración social duraderas y sólidas son las que proceden del desarrollo interno, mientras que cuando son producidas por intervenciones externas generan sistemáticamente híbridos culturales deformes y frágiles.

Pero quiero detenerme en otro aspecto, que tiene que ver con nuestra actitud hacia las civilizaciones que consideramos ‘atrasadas’ en uno u otro aspecto.

Como recordaba un amigo siciliano de nacimiento, la situación social en la Sicilia de la posguerra era sin duda más ‘atrasada’ para la condición femenina que la del Irán actual, donde las mujeres tienen en promedio un alto nivel de estudios y ocupan puestos de responsabilidad en todos los sectores del Estado.

Si miramos un momento con un mínimo de perspectiva histórica, vemos que cuando nací (en los años 60) en Estados Unidos todavía existía el apartheid y en Suiza las mujeres aún no tenían derecho al voto. Las «leyes contra la sodomía» existieron en muchos estados estadounidenses hasta 2003. Anteayer.

En los relatos progresistas, siempre parece que la historia es una carrera en la que hay que llegar lo antes posible a una meta emancipatoria predeterminada.

Y esta meta está predeterminada por quienes se autodefinen como ‘avanzados’ con respecto a quienes ellos mismos definen como ‘atrasados’.

Se olvida con indecente presunción que esa posible meta, incluso cuando se está convencido de su optimización, es siempre solo el producto de la investigación interna de una cultura: no es algo obvio, dado por la naturaleza, que simplemente espera ser alcanzado y agarrado.

La historia no es una carrera para ver quién llega primero al progreso. No hay ningún premio para quien llega primero y nunca es fácil distinguir realmente qué es ‘progreso’, salvo proyectando los propios prejuicios.

Aparte de eso, olvidamos con demasiada rapidez lo que éramos ayer o anteayer y nos lanzamos, con el celo del neófito, del neoconverso, a adiestrar a los demás, violándolos por su bien, a nuestras inciertas y confusas ‘conquistas’.

Eso era lo que se les debía a aquellos que, ante los cambios de régimen dirigidos desde fuera, piensan de buena fe que están asistiendo a un acontecimiento emancipador.

Luego, por supuesto, están los que simplemente quieren que ganen los vaqueros, que Rambo acabe con los amarillos y que las mezquitas sean sustituidas por megatiendas, porque eso es el progreso. Y para ellos no hay ningún argumento.

Traducción nuestra


*Andrea Zhok estudió y trabajó en las universidades de Trieste, Milán, Viena y Essex. Actualmente es catedrático de Filosofía Moral en el Departamento de Filosofía de la Universidad de Milán; colabora con numerosas revistas y medios periodísticos. Entre sus publicaciones monográficas destacan: «El espíritu del dinero y la liquidación del mundo» (2006), «La realidad y sus sentidos» (2013), «Libertad y naturaleza» (2017), «Identidad de la persona y sentido de la existencia» (2018), «Crítica de la razón liberal» (2020) y «El sentido de los valores» (2024).

Fuente original: Arianna Editrice

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