CLAVES GEOPOLÍTICAS Y MILITANTES DEL ANÁLISIS DE SERGIO RODRÍGUEZ GELFENSTEIN EN LA ENTREVISTA REALIZADA POR CLODOVALDO HERNÁNDEZ. Observatorio de Trabajador@s en Lucha.

Observatorio de Trabajador@s en Lucha.

Foto: Imágenes de la extraordinaria movilización de las y los jóvenes venezolanos recorriendo las calles de Caracas en defensa de la paz, de la estabilidad de nuestro país, y por la liberación del presidente Nicolás Maduro y la primera dama, Cilia Flores.

10 de enero 2026.

Observatorio de Trabajador@s en Lucha realizo un reportaje en claves de la entrevista que en el programa “Cara a Cara” de La Iguana TV realizara el periodista Clodovaldo Hernández al analista geopolítico venezolano Sergio Rodríguez Gelfenstein. Por considerarlo muy importante para nuestros lectores lo presentamos a continuación; además les colocamos el video original.



Introducción

La madrugada del bombardeo y posterior secuestro del presidente Nicolás Maduro no solo marcó un punto de inflexión en la historia contemporánea de Venezuela, sino que reveló con crudeza el carácter estructural del conflicto global en curso. Así lo plantea Sergio Rodríguez Gelfenstein, analista geopolítico venezolano, testigo directo del ataque y voz autorizada para desmontar la narrativa imperial construida desde Washington.

Desde Cara a Cara, programa conducido por el periodista Clodovaldo Hernandez Gelfenstein nos habla, no desde la especulación ni desde el impacto emocional, sino desde la experiencia, el conocimiento militar y la lectura estratégica del sistema internacional.

CLAVE 1: No fue un “fallo”: fue una agresión de las fuerzas especiales de Estados Unidos para secuestrar a un jefe de Estado

La madrugada del ataque contra Venezuela no admite lecturas ingenuas ni análisis superficiales. Lo ocurrido no fue un “error”, ni una “falla” de la defensa aérea, ni una sorpresa atribuible a descuidos operativos. Fue, como lo explica Sergio Rodríguez Gelfenstein, una operación de fuerzas especiales, diseñada precisamente para evadir los sistemas convencionales de defensa, sembrar desconcierto y ejecutar un objetivo político central: el secuestro del presidente Nicolás Maduro.

Gelfenstein no habla desde la distancia ni desde la conjetura. Habla como testigo directo y como especialista militar formado en artillería y defensa antiaérea, con experiencia concreta en escenarios de guerra real.

“Yo me desperté con el primer misil… cuando cayó el segundo ya me di cuenta por el tipo de explosión que no era fuego artificial”.

A las 2:01 de la madrugada, con precisión quirúrgica, comenzaron a caer misiles en las inmediaciones de Fuerte Tiuna. No fue una lluvia indiscriminada, sino una secuencia calculada. Luego vino el apagón inmediato, otro elemento clásico de la guerra electrónica moderna. Y después, lo decisivo:

“Cuando veo pasar los helicópteros volando muy bajo, me di cuenta de que eran Chinook. Y los Chinook no son helicópteros de ataque, son helicópteros de transporte de fuerzas especiales. Ahí le dije a mi esposa: van por Nicolás”.

Ese detalle desmonta toda la narrativa del “fallo defensivo”. Los Chinook no participan en combates abiertos: transportan comandos, extraen objetivos, ejecutan secuestros o asesinatos selectivos. Su presencia confirma que no se trató de un bombardeo clásico, sino de una operación combinada: misiles para desorganizar, guerra electrónica para cegar y fuerzas especiales para capturar.

Desde su experiencia en Nicaragua, donde fue fundador de la Defensa Antiaérea Sandinista, Gelfenstein introduce un elemento clave que suele omitirse deliberadamente:

“Nadie en el mundo está preparado para enfrentar la acción de fuerzas especiales”.

Y lo demuestra con ejemplos irrefutables. Rusia, con una de las redes antiaéreas más sofisticadas del planeta, no pudo evitar asesinatos selectivos en Moscú. Irán, potencia militar regional, fue atacado por operaciones similares. Israel, con toda la tecnología de la Cúpula de Hierro, no pudo impedir la acción de comandos de Hamás.

La conclusión es contundente: no existe sistema antiaéreo capaz de impedir totalmente una operación de fuerzas especiales, porque ese tipo de guerra se libra fuera de los esquemas clásicos.

“Que alguien me explique cómo matan generales en el centro de Moscú o cómo atacan a Irán. Esto no tiene que ver con incapacidad, tiene que ver con el tipo de guerra”.

En ese sentido, Gelfenstein rechaza de plano la especulación, el rumor y el análisis desde el chisme militar:

“Yo no voy a caer en que me dijeron, que un amigo general, que un experto mundial… Yo voy a esperar lo que informe la Fuerza Armada Nacional Bolivariana. Esa es mi verdad y no admito otra”.

Por tanto, convertir la agresión en una discusión técnica sobre radares o tiempos de reacción es aceptar el marco narrativo del agresor. El verdadero debate no es militar, sino político. Estados Unidos decidió ejecutar una agresión unilateral, ilegal y terrorista contra un Estado soberano, utilizando métodos propios de la guerra encubierta. La insistencia en hablar de “fallos” busca desviar la atención del crimen central: el uso de fuerzas especiales para secuestrar a un jefe de Estado, en violación absoluta del derecho internacional.

CLAVE 2: Estados Unidos fracasó estratégica y políticamente

En el análisis de los hechos, Sergio Rodríguez Gelfenstein introduce una distinción fundamental que el relato mediático dominante intenta borrar: no es lo mismo un resultado táctico que un resultado estratégico. Confundirlos es una forma deliberada de encubrir una derrota política. Desde esa perspectiva, el analista es categórico: Estados Unidos fracasó.

“No cambió el gobierno, fracasó Estados Unidos. No se fracturaron las Fuerzas Armadas, fracasó Estados Unidos. No se produjeron fracturas en el pueblo, fracasó Estados Unidos”.

El secuestro del presidente Nicolás Maduro —hecho doloroso y grave— no puede analizarse aislado del objetivo mayor que perseguía Washington: provocar un cambio de régimen, instaurar un gobierno subordinado y apoderarse de los recursos estratégicos del país. Ninguno de esos objetivos se concretó. Gelfenstein insiste en que el análisis debe hacerse con frialdad política, no desde la conmoción emocional:

“Tenemos un dolor muy grande porque nos secuestraron al presidente, pero ese dolor no se puede transformar en instrumento de análisis”.

En términos tácticos, admite que Estados Unidos logró ejecutar una operación puntual. Pero inmediatamente establece el límite de ese logro:

“Si el objetivo táctico era secuestrar al presidente, lo lograron. Pero si el objetivo era generar condiciones para un cambio de régimen, no lograron nada. Y en términos estratégicos, no lograron nada”.

Esta afirmación es clave porque desmonta el núcleo de la propaganda imperial, que busca presentar el ataque como un triunfo irreversible. Para Gelfenstein, la realidad concreta desmiente el discurso.

Aquí se revela la dimensión estructural del fracaso. El ataque no era un fin en sí mismo, sino un medio para reordenar el control de la riqueza energética venezolana. Sin control territorial, sin gobierno títere y sin legitimidad, ese objetivo quedó bloqueado.

Desde esta clave, la conclusión es inapelable: Estados Unidos mostró su capacidad de daño, pero también expuso sus límites históricos. Pudo golpear, pero no pudo gobernar. Pudo secuestrar, pero no pudo mandar. Pudo agredir, pero no pudo vencer. La derrota estratégica del imperialismo se mide en lo esencial: Venezuela sigue siendo Venezuela. Y eso, en la lógica del poder global, es una derrota política de gran magnitud para quien se presenta como dueño del mundo.

CLAVE 3: Venezuela sostiene el Estado y derrota la narrativa del colapso

Uno de los principales objetivos de la agresión estadounidense no fue únicamente militar ni exclusivamente político. Fue simbólico. Se trató de instalar, dentro y fuera de Venezuela, la idea de que el Estado había colapsado, que el gobierno ya no gobernaba y que el país se encontraba en una suerte de limbo institucional listo para ser ocupado. Sergio Rodríguez Gelfenstein desmonta esa narrativa con una lógica simple, concreta y profundamente política: la realidad cotidiana del poder.

Mientras desde Washington se hablaba de “control”, “transición” y “nuevo orden”, en Venezuela el Estado seguía funcionando, las instituciones seguían operando y los símbolos del poder legítimo permanecían intactos. En términos políticos, eso significa una sola cosa: no hubo vacío de poder. La narrativa del colapso necesita imágenes de caos, de desorden, de parálisis. Pero lo que ocurrió fue exactamente lo contrario. El gobierno tomó decisiones inmediatas, activó mecanismos de respuesta y sostuvo la conducción del país en uno de los momentos más complejos de su historia reciente.

“La segunda gran batalla es dar continuidad al funcionamiento del Estado y del gobierno, y eso lo hemos logrado”.

Esa continuidad no es un detalle administrativo: es el corazón del fracaso estratégico del imperialismo. Sin colapso institucional no hay cambio de régimen posible. Sin parálisis del Estado no hay legitimación de una intervención externa. Sin desorden interno no hay justificación política para la ocupación.

La respuesta es evidente para quien observa la realidad más allá de las redes sociales y los titulares fabricados. Gobierna donde funcionan las oficinas públicas, donde se toman decisiones económicas, donde se mantiene el orden constitucional y donde la vida institucional continúa. Incluso en medio del apagón inducido y del impacto inicial del ataque, el Estado respondió. La restauración del sistema eléctrico es presentada por Gelfenstein como un ejemplo concreto de esa capacidad:

“Yo vi a los trabajadores de Corpoelec trabajando 48 horas seguidas y restablecieron el servicio en todo el país”.

Aquí aparece una dimensión clave del momento político: la exigencia nacional de mejor gestión, que surge precisamente porque existe Estado, porque existe patria y porque existe conciencia de soberanía. Solo un país que se reconoce dueño de sí mismo puede exigirle más a su gobierno.

La narrativa del colapso también buscaba mostrar a Venezuela como un país aislado, ingobernable y fragmentado. Sin embargo, la realidad interna mostró otro dato contundente: la conducción política no se quebró.

“No se produjeron fracturas en la conducción política del país”.

El Estado no solo se sostuvo desde arriba, sino que encontró respaldo desde abajo. La agresión actuó como catalizador de un proceso de unidad nacional, incluso más allá de las diferencias políticas tradicionales.

“Yo escuché a diputados de la oposición haciendo intervenciones extraordinarias en defensa de la nación, de la venezolanidad”.

Ese dato es demoledor para la estrategia imperial. Cuando una agresión externa logra unificar lo que antes estaba fragmentado, el agresor ha cometido un error histórico. El enemigo que buscaba gobernar se encontró con un país que se reconoció como nación.

Por eso Gelfenstein afirma que el cambio más importante no fue institucional, sino político-cultural:

“Venezuela avanzó hacia la condición de una fortaleza interna”.

No una fortaleza militar cerrada, sino una fortaleza de conciencia nacional, donde la idea de patria dejó de ser una consigna para convertirse en experiencia vivida. En ese contexto cobra pleno sentido una frase del comandante Chávez que durante años fue banalizada:

“Ahora tenemos patria”.

Para Gelfenstein, el ataque permitió entender su verdadero significado. Tener patria no es solo tener territorio o símbolos. Es tener Estado, instituciones, capacidad de decisión y voluntad colectiva de defensa. La narrativa del colapso fracasó porque chocó con un hecho irrebatible: Venezuela siguió existiendo como Estado soberano. Y mientras eso ocurra, ninguna operación especial, ningún bombardeo quirúrgico y ninguna campaña mediática podrá sustituir la realidad del poder legítimo.

CLAVE 4: Las cinco grandes batallas del momento histórico

Tras la agresión y el secuestro del presidente Nicolás Maduro, el escenario venezolano no quedó suspendido en la incertidumbre. Por el contrario, se reorganizó rápidamente en torno a una agenda de lucha clara, definida no por la improvisación sino por la lectura estratégica del conflicto. Sergio Rodríguez Gelfenstein identifica con precisión cinco grandes batallas que estructuran este momento histórico y que explican por qué la agresión imperial no logró su objetivo central.

No se trata de frentes aislados. Son batallas interconectadas, que se cubren unas a otras y que forman parte de una guerra de nuevo tipo.

“Nosotros tenemos hoy tres, cuatro grandes batallas… pero todas están cubiertas por una gran batalla que las engloba”.

Primera batalla: rescatar al presidente y a Cilia Flores. Una batalla de honor

Para Gelfenstein, esta no es una batalla más. Es la primera porque es fundacional, ética y simbólica.

“La primera es rescatar al presidente Maduro y a la compañera Cilia Flores. Esa es la primera gran batalla, y es una batalla de honor”.

No se trata solo de una exigencia política o jurídica. Es una causa nacional que define la dignidad del país. Aceptar el secuestro de un jefe de Estado equivaldría a aceptar la condición colonial. Por eso, esta batalla trasciende al gobierno y convoca a la nación entera. Aquí se expresa una idea central del pensamiento de Gelfenstein: la soberanía no se negocia desde la humillación. Cualquier proceso posterior —negociación, diálogo o resolución— pasa necesariamente por la restitución del presidente legítimo.

Segunda batalla: garantizar la continuidad del Estado y del gobierno

Mientras el enemigo apostaba al vacío de poder, Venezuela respondió con conducción política. Esta batalla ya fue librada con éxito en los primeros días posteriores al ataque.

“La segunda batalla es dar continuidad al funcionamiento del Estado y del gobierno, y eso lo hemos logrado”.

No hubo parálisis institucional, no hubo acefalía, no hubo quiebre en la cadena de mando. El Estado siguió funcionando, se tomaron decisiones estratégicas y se transmitió un mensaje político inequívoco: Venezuela no se rinde ni se disuelve.

Tercera batalla: la batalla económica y la prioridad agroalimentaria

Gelfenstein subraya que ninguna resistencia política es sostenible sin base material. Por eso la batalla económica ocupa un lugar central en la estrategia nacional.

“La tercera batalla es la batalla económica, y por eso la primera reunión de trabajo fue para la creación del Estado Mayor Agroalimentario”.

La decisión no es casual. En un contexto de agresión, bloqueo y amenaza permanente, garantizar la alimentación del pueblo se convierte en un acto de soberanía. La economía deja de ser un asunto tecnocrático para transformarse en un frente de lucha política. Aquí aparece una lectura profundamente militante: defender la producción, la distribución y el acceso a los alimentos es defender la independencia nacional.

Cuarta batalla: la defensa territorial y el control popular armado

La agresión no es un hecho cerrado. Gelfenstein lo advierte sin eufemismos: esto puede repetirse.

“La cuarta gran batalla es la defensa de la seguridad a partir de un control territorial armado del pueblo, porque esto lo pueden repetir”.

Este planteamiento rompe con la idea de que la defensa es una tarea exclusiva de los cuarteles. La seguridad nacional se concibe como una responsabilidad compartida, donde el pueblo organizado asume un rol activo en la protección del territorio.  La defensa territorial no es paranoia ni retórica: es prevención estratégica frente a un enemigo que ya demostró su disposición a violar todas las normas.

Quinta batalla: la batalla jurídica internacional

En paralelo a la lucha política y territorial, se libra una batalla menos visible pero igualmente decisiva: la jurídica.

“Hay una quinta batalla, que es la batalla jurídica, que se va a dar en Nueva York”.

Gelfenstein aclara un punto fundamental: no se trata de confiar ingenuamente en la justicia estadounidense, sino de desenmascarar la mentira construida por el propio gobierno de Estados Unidos.

“No es la justicia de Estados Unidos la que retira las acusaciones. Es el propio gobierno aceptando que construyó una mentira”.

Cada retroceso del Departamento de Justicia, cada cargo retirado, cada contradicción expuesta, debilita la narrativa imperial y fortalece la posición política de Venezuela en el escenario internacional.

CLAVE 5: La batalla que las cubre a todas. La guerra mediática y cognitiva: desinformar es un arma imperial

Todas estas batallas están atravesadas por una guerra mayor, que no se libra con misiles sino con relatos. Si las bombas buscan destruir infraestructuras y las fuerzas especiales buscan secuestrar cuerpos, la guerra mediática apunta a un objetivo más profundo y duradero: destruir la capacidad de pensar, interpretar y decidir de los pueblos.

“Hoy el combate ya no se va a dar en Fuerte Tiuna ni en La Guaira. Hoy el combate se va a dar en el cerebro de los seres humanos”.

La guerra es mediática, comunicacional y simbólica. Se trata de imponer sentidos, fabricar consensos y desmoralizar al adversario.

La disciplina comunicacional se convierte así en una forma de militancia. Informarse bien, contrastar fuentes y no reproducir la narrativa del agresor es parte esencial de la defensa nacional. Desde esta perspectiva, la agresión contra Venezuela no puede entenderse sin analizar el dispositivo comunicacional que la acompaña. No se trata de errores, excesos ni malas interpretaciones: se trata de una estrategia deliberada de desinformación.

Gelfenstein es radical en su postura, precisamente porque entiende la naturaleza del conflicto:

“Yo no escucho al enemigo. No me interesa lo que diga, porque eso es asumir conscientemente que quiero ser desinformado”.

Esta afirmación no es una consigna emocional, sino una definición política. Escuchar al enemigo mediático —sabiendo que su función es mentir— implica aceptar el terreno narrativo del agresor. En tiempos de guerra, esa actitud equivale a una forma de rendición simbólica.

“Si yo sé que los medios del enemigo me desinforman, ¿por qué los escucho? Eso es masoquismo. Eso es esquizofrenia”.

El imperialismo necesita instalar confusión, duda y fragmentación. No busca convencer, sino desorganizar cognitivamente. Por eso la guerra mediática no se basa en una gran mentira única, sino en una avalancha de versiones contradictorias, rumores, “expertos”, filtraciones y análisis interesados. Gelfenstein describe con claridad el cambio histórico en el régimen de la verdad:

“Antes, la mayor parte de lo que se decía era verdad y uno tenía que demostrar lo contrario. Hoy, casi todo lo que se dice es mentira y uno tiene que demostrar dónde hay algo de verdad”.

Este giro metodológico obliga a una nueva disciplina militante. Ya no basta con “escuchar todas las campanas”. Esa lógica, válida en tiempos de normalidad institucional, se vuelve suicida en contextos de agresión imperial.

“Mi verdad se configura a partir de las fuentes que yo considero confiables y de las fuentes oficiales. Si no, entramos en una locura total”.

Aquí Gelfenstein introduce una noción clave: la verdad como construcción política consciente, no como acumulación pasiva de informaciones. Elegir fuentes no es censura; es defensa cognitiva. La guerra mediática, además, busca convertir el dolor en arma. El secuestro del presidente, la incertidumbre inicial, el apagón inducido, todo es utilizado para provocar reacciones emocionales que anulen el análisis racional.

Uno de los recursos centrales del dispositivo imperial es la ocupación simbólica del poder. Se habla como si el gobierno ya no existiera, como si el país estuviera intervenido, como si las decisiones se tomaran en Washington. Frente a esa ficción, Gelfenstein opone una escena mínima pero demoledora:

“Yo fui a una notaría y lo que vi fue la foto de Nicolás Maduro”.

Esa imagen desarma cientos de titulares. La guerra mediática puede fabricar realidades virtuales, pero no puede borrar la materialidad del poder cuando el Estado sigue funcionando. Además, el analista advierte sobre un fenómeno aún más peligroso: la internalización de la narrativa del enemigo por sectores propios. Cuando se repiten rumores, se amplifican matrices de opinión adversas o se desconfía sistemáticamente de toda fuente nacional, se está haciendo —consciente o inconscientemente— el trabajo del agresor. Por eso Gelfenstein llama a asumir posiciones claras:

“Eso pasa por asumir posiciones radicales”.

Radicales no en el sentido del fanatismo, sino en el sentido etimológico: ir a la raíz del conflicto. Y la raíz está en entender que la información es hoy un campo de guerra. En este escenario, la neutralidad no existe. Cada mensaje, cada retuit, cada conversación reproduce o resiste una narrativa. La guerra mediática no distingue entre periodistas, militantes o ciudadanos comunes: todos somos blanco y, a la vez, trinchera.

La clave final es contundente: mientras el imperialismo necesita mentir para sostener su agresión, Venezuela necesita claridad política para defender su soberanía. Y esa claridad comienza por una decisión consciente: no dejar que el enemigo piense por nosotros.

CLAVE 6: El retroceso interno de Trump define el conflicto

Para comprender la agresión contra Venezuela no basta con mirar hacia Caracas. Sergio Rodríguez Gelfenstein insiste en que el eje decisivo del conflicto no está únicamente en el tablero internacional, sino en la crisis interna que atraviesa Estados Unidos, y particularmente en el deterioro político acelerado del gobierno de Donald Trump.

“Este asunto no lo va a definir ni Rusia, ni China, ni Europa, ni la ONU.
Esto se va a definir en Venezuela y en Estados Unidos”.

Desde esta premisa, el analista plantea que la agresión no surge desde una posición de fortaleza imperial, sino desde una posición de debilidad política interna, donde la política exterior se convierte en instrumento de supervivencia personal y electoral.

Trump necesitaba una victoria rápida, espectacular y simbólica. Venezuela fue presentada como ese objetivo “fácil”. Pero la realidad volvió a imponerse.

Una agresión para consumo interno

Gelfenstein vincula directamente la operación contra Venezuela con el calendario político estadounidense. Trump entra en un período crítico de elecciones de medio término, con un deterioro creciente de su imagen pública y una fractura visible en su propia base política.

“Trump está evolucionando muy aceleradamente en forma negativa para sus propios intereses”.

El secuestro del presidente venezolano no buscaba solo alterar la correlación de fuerzas en América Latina. Buscaba fabricar una victoria externa que permitiera desviar la atención de los problemas internos y reconstruir liderazgo.

Pero el efecto fue el contrario.

Derrotas electorales y fractura republicana

Gelfenstein detalla un dato clave que suele pasar desapercibido en la cobertura mediática: Trump ha perdido 22 de 23 procesos electorales durante su primer año de gobierno, incluyendo elecciones altamente simbólicas.

“Perdió la alcaldía de Nueva York, la de Miami, la de Seattle, perdió gobernaciones, perdió magistraturas”.

A esto se suma un hecho político de enorme gravedad: la ruptura interna en el Senado.

“Cinco senadores republicanos se voltearon, y uno demócrata que antes votaba con los republicanos esta vez votó con su partido”.

Esta votación no es solo un trámite legislativo. Es una señal política de abandono, una advertencia clara de que sectores del propio establishment republicano ya no están dispuestos a pagar el costo de respaldar a Trump.

Rechazo popular masivo a la agresión

El analista introduce un dato demoledor para la narrativa imperial:

“Según encuestas estadounidenses, ya hay un 72 o 73 % de estadounidenses que rechazan estas acciones”.

Este rechazo no nace de una simpatía con Venezuela, sino del impacto que la política exterior agresiva tiene sobre la vida cotidiana del pueblo estadounidense: inflación, deuda, inseguridad, desgaste institucional. Trump no logra convertir la agresión en consenso interno. Por el contrario, la convierte en un factor de deslegitimación adicional.

Crisis económica y promesas incumplidas

El deterioro político se agrava por el fracaso económico del gobierno estadounidense. Gelfenstein enumera cifras que desmienten el discurso triunfalista:

“La inflación creció y la deuda aumentó de 3.6 a 3.8 billones. En el gobierno de Trump la deuda aumentó 2 billones”.

El margen de maniobra se reduce. No pueden emitir dinero sin agravar la inflación, ni pueden estabilizar la economía sin afectar intereses corporativos. Incluso el intento de atraer petroleras a Venezuela fracasa.

“Los petroleros no quieren venir a invertir por el clima que ha generado el propio Estados Unidos”.

Paradójicamente, la agresión contra Venezuela se convierte en un obstáculo para los propios intereses económicos estadounidenses.

El miedo al impeachment

Gelfenstein señala el verdadero temor de Trump, que explica su desesperación política:

“El impeachment que le preocupa no es por Venezuela. Le preocupa por las causas que tiene abiertas”.

Con decenas de procesos judiciales congelados solo por su condición de presidente, Trump sabe que una derrota electoral puede significar su caída política y judicial.

“Él mismo lo dijo: si perdemos las elecciones, vienen por mí”.

Desde esta perspectiva, la agresión contra Venezuela aparece como una huida hacia adelante, una apuesta riesgosa para ganar tiempo, intimidar adversarios y recomponer poder.

Movilización popular dentro de Estados Unidos

Uno de los datos más significativos del análisis de Gelfenstein es el surgimiento de un fenómeno poco difundido:

“Hubo manifestaciones de apoyo al presidente Maduro en más de 100 ciudades de Estados Unidos”.

Este hecho quiebra la narrativa del consenso imperial. No solo hay rechazo a Trump, sino organización y movilización contra la agresión, incluso dentro del territorio estadounidense.

CLAVE 7: Unidad nacional: el mayor triunfo venezolano

Si la agresión imperial buscaba quebrar a Venezuela desde adentro, el resultado fue exactamente el contrario. Para Sergio Rodríguez Gelfenstein, el mayor triunfo político del país tras el ataque no fue militar ni diplomático, sino profundamente social y cultural: la consolidación de una unidad nacional inédita, forjada no desde la consigna sino desde la experiencia concreta de la amenaza.

“Estados Unidos logró algo que nadie había logrado antes: unificar al país”.

La frase no es retórica. Resume un proceso real, visible y medible. Frente a una agresión externa abierta, violenta y humillante —el secuestro de un presidente en ejercicio—, Venezuela respondió como nación, no como suma de facciones. Gelfenstein subraya que esta unidad no fue planificada ni decretada. Fue una reacción orgánica, nacida de la conciencia colectiva de que lo que estaba en juego no era un gobierno, sino la existencia misma del país como sujeto soberano.

Cuando la patria desplaza a la polarización

Durante años, la política venezolana estuvo atravesada por una polarización profunda. Sin embargo, la agresión externa operó como un punto de inflexión histórico.

“Yo escuché a diputados de la oposición haciendo intervenciones extraordinarias en defensa de la nación, de la venezolanidad”.

Ese hecho tiene un peso político enorme. No se trata de coincidencias tácticas ni de pactos circunstanciales, sino de un reconocimiento explícito de un límite infranqueable: la soberanía nacional no se negocia. La agresión obligó a redefinir prioridades. Las diferencias internas quedaron subordinadas a una certeza compartida: ninguna contradicción interna justifica la entrega del país a una potencia extranjera.

Fracaso del guion imperial

Uno de los objetivos centrales de Estados Unidos era profundizar la fractura interna, provocar enfrentamientos y legitimar una intervención “humanitaria”. Ese guion fracasó estrepitosamente.

“No se produjeron fracturas en el pueblo, fracasó Estados Unidos”.

En lugar de caos, hubo cohesión. En lugar de enfrentamiento civil, hubo reconocimiento mutuo frente al enemigo común. La agresión dejó en evidencia una verdad histórica: las identidades nacionales se consolidan en los momentos de amenaza.

Para Gelfenstein, este proceso no fue espontáneo ni superficial. Fue el resultado de un largo aprendizaje colectivo, acumulado durante años de resistencia al bloqueo, a las sanciones y a la guerra mediática.

Una unidad que se expresa en lo cotidiano

Gelfenstein destaca que la unidad no se expresó solo en discursos o declaraciones públicas, sino en la vida cotidiana del país. Trabajadores del sector eléctrico, funcionarios públicos, comunidades organizadas y ciudadanos comunes asumieron tareas extraordinarias en condiciones extremas.

“La gente respondió como país, no como individuos”.

Esa respuesta colectiva refuerza una idea clave: la nación venezolana no es una abstracción. Es una comunidad política real, capaz de reconocerse a sí misma cuando es atacada.

Unidad como derrota estratégica del imperialismo

Desde el punto de vista geopolítico, la unidad nacional es el peor escenario posible para una potencia agresora. Sin fractura interna, no hay ocupación viable. Sin guerra civil, no hay legitimidad internacional para intervenir. Sin aliados internos fuertes, no hay gobernabilidad posterior.

Por eso Gelfenstein afirma que esta unidad constituye una derrota estratégica profunda:

“Cuando un país se une frente a una agresión externa, el agresor ya perdió”.

La unidad no elimina los problemas estructurales ni resuelve todas las tensiones, pero impide que el enemigo las utilice como arma.

CLAVE 8: El mundo no avanza hacia la multipolaridad, sino hacia una balanza de poder

Uno de los errores más frecuentes en el análisis político contemporáneo es hablar de “multipolaridad” como si se tratara de un proceso armónico, ordenado y progresivo. Sergio Rodríguez Gelfenstein desmonta esa idea con una advertencia clave: el mundo no está entrando en una etapa multipolar estable, sino en una fase peligrosa de reequilibrio forzado del poder.

“Aquí no hay multipolaridad. Aquí lo que hay es una balanza de poder que se está recomponiendo violentamente”.

Esta afirmación cambia por completo el marco de análisis. No estamos frente a un tránsito pacífico entre hegemonías, sino ante un conflicto abierto entre potencias, donde Estados Unidos intenta conservar su supremacía recurriendo cada vez más a la fuerza, la coerción y la guerra encubierta.

El declive de la hegemonía y la reacción violenta

Para Gelfenstein, la agresión contra Venezuela no puede entenderse sin este contexto global. Estados Unidos ya no es el poder incontestado del mundo, pero tampoco acepta perder su lugar.

“Estados Unidos está perdiendo poder y no sabe cómo administrarlo”.

Esa incapacidad de gestionar su declive explica la radicalización de su política exterior. Cuando la hegemonía se erosiona, el imperio deja de persuadir y empieza a imponer. Venezuela aparece entonces como un blanco estratégico: un país con enormes recursos, con una posición geopolítica clave y con un proyecto político que desafía la subordinación histórica. La agresión no es una anomalía: es una respuesta desesperada al desplazamiento del eje del poder mundial.

No hay polos estables, hay choques permanentes

Gelfenstein rechaza la idea de que Rusia y China constituyan “polos” equivalentes a Estados Unidos en un sistema ordenado.

“Rusia y China no están disputando la hegemonía mundial. Están defendiendo sus intereses”.

Esta distinción es central. No hay un bloque alternativo dispuesto a reemplazar a Estados Unidos como poder global dominante. Lo que existe es una resistencia al dominio unilateral, que obliga a Estados Unidos a enfrentar límites que antes no tenía. La balanza de poder se expresa en conflictos regionales, sanciones económicas, guerras híbridas y operaciones especiales. Venezuela es uno de esos escenarios donde se mide hasta dónde puede avanzar el imperialismo sin provocar una respuesta mayor.

Venezuela como punto de fricción global

Desde esta clave, Venezuela no es un caso aislado ni un problema “local”. Es un nodo geopolítico donde se cruzan intereses energéticos, militares y simbólicos.

“Venezuela se convirtió en un punto donde se expresa la disputa global”.

La agresión busca enviar un mensaje al resto del mundo: Estados Unidos todavía puede castigar a quien se le enfrente. Pero al mismo tiempo, expone sus límites. Cada vez que necesita recurrir a la fuerza para imponer su voluntad, revela su debilitamiento estructural.

Una balanza inestable y peligrosa

Gelfenstein advierte que este reequilibrio no es neutro ni pacífico. Es una etapa particularmente peligrosa de la historia mundial.

“Cuando una potencia hegemónica comienza a perder poder, el mundo se vuelve más inestable”.

La historia respalda esta afirmación. Las grandes guerras no estallan cuando una hegemonía se consolida, sino cuando empieza a declinar. En ese contexto, las agresiones unilaterales, los golpes encubiertos y las guerras proxy se multiplican. Venezuela enfrenta al imperialismo en uno de los momentos más volátiles del sistema internacional.

La ilusión de la protección externa

Desde una mirada militante, Gelfenstein desmonta otra idea peligrosa: la creencia de que el equilibrio global garantiza protección automática.

“Nadie va a pelear por nosotros si nosotros no estamos dispuestos a pelear por nosotros mismos”.

Ni Rusia, ni China, ni ningún actor internacional sustituirá la voluntad soberana del pueblo venezolano. La balanza de poder puede crear márgenes de maniobra, pero no reemplaza la defensa nacional ni la conciencia política interna.

Esta afirmación tiene un profundo contenido pedagógico: la soberanía no se delega.

CLAVE 9: Un cambio de época civilizatorio

Para Sergio Rodríguez Gelfenstein, la agresión contra Venezuela no puede leerse solo como un conflicto geopolítico ni como una disputa coyuntural entre Estados. Lo que está en juego es algo mucho más profundo: el fin de una forma de organizar el mundo. Estamos, afirma, ante un cambio de época civilizatorio, marcado por el agotamiento del orden occidental liberal y por la emergencia violenta de un nuevo escenario global aún no resuelto.

“Esto no es un problema de Venezuela. Esto es un problema del mundo”.

La frase resume una mirada histórica. Venezuela no es la causa del conflicto: es uno de los territorios donde se expresa con mayor crudeza una crisis estructural del sistema internacional, del modelo económico y del relato civilizatorio que lo sostuvo durante décadas.

El agotamiento del modelo occidental

Gelfenstein señala que el sistema que hoy se defiende a bombazos ya no puede ofrecer bienestar, estabilidad ni futuro, ni siquiera a sus propios pueblos.

“El modelo occidental está en crisis. No puede garantizar ni paz, ni prosperidad, ni estabilidad”.

Las promesas de democracia, derechos humanos y desarrollo se han vaciado de contenido. En su lugar, aparecen guerras preventivas, sanciones económicas, secuestros de jefes de Estado y manipulación informativa masiva.

El imperialismo ya no construye consenso. Administra decadencia.

La violencia como signo de declive civilizatorio

Uno de los rasgos centrales de este cambio de época es la normalización de la violencia extrema como herramienta política.

“Cuando el poder deja de convencer, empieza a imponer”.

La agresión contra Venezuela —ilegal, encubierta, sin declaración de guerra— expresa esa mutación. No se trata de una anomalía, sino de una nueva forma de dominación, propia de un orden que ya no puede sostenerse por medios institucionales. El secuestro de un presidente, lejos de ser un exceso, es un síntoma: el sistema ha cruzado umbrales que antes decía defender.

Crisis de valores, no solo de poder

Para Gelfenstein, el cambio de época no es solo geopolítico. Es ético y cultural.

“Estamos viendo cómo se derrumba un sistema de valores”.

El derecho internacional se viola abiertamente. La legalidad se convierte en arma selectiva. Los derechos humanos se utilizan como excusa para la guerra. La verdad se vuelve irrelevante frente a la eficacia de la mentira. En este contexto, la guerra mediática no es secundaria: es constitutiva del nuevo orden en crisis.

Venezuela como frontera histórica

Desde esta clave, Venezuela ocupa un lugar singular: es una frontera civilizatoria. No porque proponga un modelo acabado, sino porque resiste.

“Venezuela se convirtió en un símbolo”.

Resistir, en este momento histórico, es ya una forma de proponer otro mundo posible. No perfecto, no terminado, pero distinto al orden basado en la depredación, la exclusión y la guerra permanente. La defensa de la soberanía venezolana se transforma así en una defensa del derecho de los pueblos a existir fuera del mandato imperial.

El nacimiento de lo nuevo no es pacífico

Gelfenstein rechaza cualquier lectura ingenua del cambio de época. No hay transición ordenada ni reemplazo automático.

“Los cambios de época nunca son tranquilos”.

El mundo que muere no lo hace en silencio. Se defiende. Golpea. Destruye. Y arrastra consigo enormes sufrimientos. Pero esa violencia no garantiza su supervivencia; al contrario, acelera su deslegitimación. En ese escenario, los pueblos que resisten pagan costos, pero también ganan conciencia histórica.

La conciencia como campo decisivo

El cambio civilizatorio no se define solo en el plano material. Se define en la conciencia de los pueblos.

“Aquí lo que se está disputando es cómo se va a vivir en el mundo que viene”.

Aceptar la dominación como inevitable es aceptar el viejo orden. Resistir, pensar críticamente y organizarse es abrir grietas en ese orden. Por eso Gelfenstein insiste en la importancia de la batalla ideológica y cultural: sin conciencia, no hay transición posible.

Realizado por Observatorio de Trabajador@s en Lucha


Entrevistado

*Sergio Rodríguez Gelfenstein es Consultor y analista internacional venezolano, graduado en Relaciones Internacionales de la Universidad Central de Venezuela y Magíster en Relaciones Internacionales UCV. Ha sido profesor de la Universidad Central de Venezuela (UCV) y la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas (UNICACH). Imparte cursos en los posgrados del Instituto de Altos Estudios Diplomáticos Pedro Gual (IAEDPG) de Venezuela y en el Instituto de Estudios Avanzados de Venezuela (IDEA). Candidato a Doctor en Estudios Políticos por la Universidad de los Andes (Venezuela). Ha publicado artículos en Revistas especializadas de Puerto Rico, Chile, Bolivia, Perú, Brasil, Venezuela, México, Argentina y España así como en diversos periódicos e innumerables páginas de Internet. Es autor de numerosos libros entre ellos: ¿Y cuándo Fidel no esté?. Además es colaborador de La Pluma.net. Twitter: @sergioro0701. http://www.sergioro07.blogspot.com

Entrevistador

*Clodovaldo Hernandez es periodista, es conductor del programa de entrevistas «Cara a Cara» en La Iguana TV.

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