Enrico Tomaselli.
Ilustración: Ilustración fotográfica de Alberto Mier/CNN/Getty Images.
25 de noviembre 2025.
La esperanza de Estados Unidos es que los rusos estén dispuestos a discutir (mucho menos a aceptar). Y, sobre todo, que, una vez iniciada la discusión, también estén dispuestos, como señal de buena voluntad, a ralentizar la ofensiva.
En cuanto al plan de paz de 28 puntos, que, al parecer, ya se han reducido a 19, se manifiesta de forma evidente todo el occidentocentrismo que les aflige —a todos, eh, europeos y estadounidenses…
La idea misma del plan y la prisa con la que se quiere concretar surgen de una necesidad casi exclusiva de Occidente, es decir, impedir el colapso del ejército ucraniano bajo la presión de las fuerzas armadas rusas; en definitiva, transformar el inminente colapso de Ucrania, con la consiguiente capitulación y derrota político-militar de Kiev, la UE, la OTAN y Estados Unidos, en una negociación que difumine al máximo la imagen de la victoria rusa.
La formulación del plan original, el de los 28 puntos, aunque se presentó como si hubiera sido “escrito por Putin”, es en realidad un paso parcial hacia las posiciones rusas, pero repleto de elementos difícilmente aceptables para Moscú y, en cualquier caso, dictado precisamente por la necesidad de hacerlo al menos aceptable como punto de partida, dada la firmeza rusa sobre una serie de principios.
Pero, obviamente, observándolo desde la perspectiva distorsionada de Occidente, ombligo del mundo, parece demasiado favorable a Rusia.
En cualquier caso, el plan está siendo revisado en estas horas junto con los ucranianos, que, aunque sometidos a chantaje, siguen siendo una parte ineludible de cualquier acuerdo.
Y aunque, al menos hasta ahora, los europeos parecen estar excluidos de este proceso, está claro que están ejerciendo su presión a través de los propios ucranianos.
Todo el debate, por otra parte, parece girar en torno al contenido del plan, como si este no fuera una base de partida, que luego se someterá a la comparación con los rusos, sino como si se tratara del texto definitivo; también en este caso, el mecanismo mental, quizás incluso inconsciente, es “esta es la propuesta de paz, ustedes deben aceptarla tal como está”.
También parece bastante evidente que, quieran o no, en Washington tendrán que aceptar al menos algunas de las observaciones de Ucrania y Europa, por lo que la propuesta final que se presente a Moscú estará aún más lejos de poder ser aceptada sic et simpliciter (simplemente así).
La esperanza de Estados Unidos es que los rusos estén dispuestos a discutir (mucho menos a aceptar). Y, sobre todo, que, una vez iniciada la discusión, también estén dispuestos, como señal de buena voluntad, a ralentizar la ofensiva.
Sin duda, Washington tiene en sus manos las cartas decisivas —sin la ayuda de Estados Unidos, ni Ucrania ni los Estados europeos podrían continuar la guerra más allá de unas semanas—, pero cabe dudar de que quieran (y puedan) jugárselas realmente.
Tanto porque un abandono total de Kiev tendría consecuencias casi tan negativas como una derrota militar sobre el terreno, como porque, en cualquier caso, Ucrania no ofrece grandes alternativas:
aunque se destituyera a Zelensky, la casi totalidad del ejército, los partidos nacionalistas y nazis, y parte de la opinión pública, seguirían oponiéndose decididamente a la capitulación, independientemente de que se trate de una posición irracional. Por lo tanto, es probable que ni siquiera un nuevo liderazgo resolviera la cuestión.
El curso previsible de este intento, bastante desesperado, es probablemente algo similar a lo siguiente:
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el plan definitivo, aún menos aceptable para Moscú, se presenta de todos modos a Rusia
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el liderazgo ruso manifiesta su escepticismo sobre la propuesta, pero se declara dispuesto a iniciar las conversaciones
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el proceso de negociación, aún más complicado por el hecho de que el frente occidental está dividido en dos, si no en tres posiciones diferentes, se inicia
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la ofensiva rusa sobre el terreno continúa, mientras que la crisis de las fuerzas armadas ucranianas se acentúa
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la negociación toma un giro tal que se prevé que dure varios meses, por decir lo menos
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en primavera, la capacidad de resistencia militar de Kiev sufre un nuevo y acentuado deterioro
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Como consecuencia, Rusia tiene toda la libertad para mantener firmes sus puntos ineludibles y negociar desde una posición cada vez más fuerte sobre los demás.
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La posición europea se endurece aún más, como consecuencia de la firmeza rusa.
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Las ventajas de la negociación parecen cada vez más escasas y los nudos fundamentales cada vez más difíciles de superar.
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Estados Unidos se enfrenta a la elección entre romper el frente occidental y perder toda influencia sobre la Ucrania de posguerra, o limitar su disposición hacia Moscú a lo acordado hasta ese momento.
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Washington opta por un camino de “suicidio asistido” de Ucrania, un desenganche calibrado y progresivo, tal vez acordado bajo mano con Moscú, que conduzca de todos modos a la derrota en el campo de batalla, pero gestionado directamente por los ucranianos y sin un colapso estrepitoso.
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Mientras se consuma la capitulación de facto de Kiev, Moscú se queda con todas las oblast formalmente anexionadas. (renunciando quizás a Odessa), Washington relanza a lo grande las negociaciones bilaterales con Rusia, para silenciar lo que acaba de ocurrir
(todo esto, por supuesto, es una valoración basada en lo que sabemos en este momento, no una predicción, y como tal debe tomarse)
Traducción nuestra
*Enrico Tomaselli es Director de arte del festival Magmart, diseñador gráfico y web, desarrollador web, director de video, experto en nuevos medios, experto en comunicación, políticas culturales, y autor de artículos sobre arte y cultura.
Fuente original: Target Metis
