Mohammad al-Ayoubi.
Ilustración: The Cradle
20 de noviembre 2025.
Los altos el fuego, al igual que las negociaciones, se han convertido en otro campo de batalla en el que Tel Aviv gana tiempo y Washington decide el resultado. El futuro de Gaza ya está escrito, y no por los palestinos.
La primera fase del acuerdo de alto el fuego nunca pretendió ser un final, sino solo un comienzo. Para los palestinos, supuso un respiro excepcional de la matanza, una oportunidad para recuperar cadáveres, reunir a familias y hacer frente a la maquinaria del genocidio.
Pero en el momento en que la resistencia cumplió sus compromisos entregando a los cautivos, devolviendo los restos mortales y respetando todas las cláusulas, se cayó la máscara.
La intención de Tel Aviv nunca fue avanzar a una segunda fase, sino extraer lo que pudiera, luego estancar, cambiar las reglas del juego y reafirmar su control por otros medios.
La estrategia de pausa y dominación
El alto el fuego, negociado bajo el pretexto del alivio, fue diseñado por Tel Aviv y Washington como una herramienta para restaurar su control, no solo sobre Gaza, sino en términos más amplios de guerra y paz en Asia Occidental.
Las potencias occidentales llevan mucho tiempo utilizando las negociaciones como mecanismos para relegitimar su dominio. El lenguaje del derecho internacional, la arquitectura de la diplomacia e incluso el vocabulario del humanitarismo se utilizan habitualmente como armas al servicio de los intereses del imperialismo.
Detrás de las declaraciones públicas y los retrasos procedimentales se escondía un plan más profundo destinado a convertir la pausa en un punto de inflexión y a replantear el futuro de Gaza de una manera que dejara totalmente al margen a los palestinos.
El propio proceso de alto el fuego se convirtió en una herramienta de dominio, moldeada por las mismas potencias cuya maquinaria militar y política había llevado a Gaza a la catástrofe.
La pregunta central, entonces, no es por qué se retrasa la segunda fase. Es:
¿quién la retrasa, con qué fin y dentro de qué arquitectura política se gestiona este proceso?
Para responder a eso hay que mirar más allá de los titulares y fijarse en los pasillos del poder que se extienden desde el gabinete de guerra israelí hasta el aparato de seguridad nacional de Washington, desde las divisiones dentro del ejército israelí hasta las líneas rojas trazadas por la resistencia palestina en torno a los planes internacionales de tutela.
La resistencia cumplió el acuerdo, Tel Aviv lo rompió
En declaraciones a The Cradle, el alto cargo de Hamás Abdel Majid al-Awad expone un relato sencillo pero condenatorio:
la resistencia cumplió plenamente sus obligaciones en la primera fase, incluida la liberación de todos los cautivos vivos en un solo lote y la entrega continuada de cadáveres a pesar de las complejidades logísticas.
Por otro lado, no hubo tal compromiso. Las violaciones diarias del alto el fuego, la destrucción implacable de las infraestructuras y el asesinato selectivo de civiles representan una continuación del patrón bien establecido de Israel de retrasos y evasivas bajo el pretexto de ‘consideraciones de seguridad’.
Este es el contexto en el que se encuentra ahora la segunda fase. Y aquí, es la posición de la resistencia la que da un vuelco a la narrativa dominante.
Según Mahfouz Munawwar, alto cargo de la Yihad Islámica Palestina (PIJ), la resistencia no ha firmado ningún acuerdo político posterior al conflicto.
El único acuerdo firmado fue el de la primera fase. Todo lo demás, incluidas las discusiones sobre la gobernanza y la seguridad en Gaza, se aplazó hasta que se alcance un consenso intra-palestino. El desarme no está sobre la mesa. Solo se discutirá una vez que termine la ocupación.
Esta verdad desmonta el mito, ampliamente difundido en los medios de comunicación israelíes, de que la resistencia ha aceptado implícitamente la segunda fase. No es así. Ha mantenido la postura de que cualquier futuro político para Gaza debe ser decidido colectivamente por los palestinos, y no impuesto por potencias extranjeras.
Una tutela con otro nombre
En este contexto, la reciente decisión del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (CSNU) de establecer una ‘Junta de Paz’ para administrar Gaza es uno de los acontecimientos más peligrosos hasta la fecha.
Para Hamás,
la resolución impone un mecanismo de tutela internacional sobre la Franja de Gaza, que nuestro pueblo y sus facciones rechazan. También impone un mecanismo para lograr los objetivos de la ocupación, que no ha conseguido alcanzar mediante su brutal genocidio.
La llamada ‘aprobación condicional’ citada por Washington y Tel Aviv no es más que una maniobra mediática. La aplicación real de la segunda fase sigue siendo imposible porque Israel quiere que se eliminen los costes, la política, los derechos palestinos y cualquier retirada real.
Israel vincula ahora el progreso de la segunda fase a tres cuestiones: la devolución de los cadáveres, las redes de túneles y lo que denomina ‘amenazas residuales’.
Como explican Awad y Munawwar, no se trata de auténticas preocupaciones de seguridad, sino de herramientas políticas para retrasar la retirada e imponer nuevas realidades sobre el terreno.
Desde el comienzo de la guerra, Israel ha utilizado la cuestión de los túneles para justificar la continuación de las operaciones terrestres, a pesar de que su propio ejército reconoce que erradicar la red de túneles es un objetivo inalcanzable.
El término ‘amenazas residuales’ es deliberadamente vago, diseñado para mantener una situación de guerra permanente.
En otras palabras, se trata de intentos de imponer las condiciones del vencedor tras una derrota en el campo de batalla. Tel Aviv está tratando de obtener concesiones políticas a través de conversaciones que no logró conseguir por la fuerza.
Recortar Gaza
Uno de los intentos más peligrosos es la imposición de la llamada «línea amarilla», una partición geográfica que dividiría efectivamente Gaza en norte y sur, convirtiendo un acuerdo militar temporal en una ruptura política permanente.
La llamada zona de seguridad forma parte de la campaña en curso de Israel para dividir la geografía palestina, separando Gaza de la Cisjordania ocupada, aislando la Jerusalén Oriental ocupada y ahora dividiendo en dos la propia Gaza.
Awad es inequívoco:
la resistencia no aceptará ninguna redefinición de las fronteras, ya sea militar o política. No hay Gaza sin Palestina, ni Palestina sin Gaza. Cualquier intento de convertir las líneas del campo de batalla en fronteras permanentes no es más que una nueva versión del proyecto ‘Nueva Gaza’, un plan para separar la franja de su contexto nacional y transformarla en una zona desmilitarizada y dependiente de la ayuda.
Igualmente, alarmante es el cambio de mandato de la “Fuerza de Seguridad Internacional” (ISF) propuesta. Lo que inicialmente se planteó como una misión de supervisión del alto el fuego se ha transformado ahora, a propuesta de Estados Unidos, en una entidad administrativa en toda regla.
Desde supervisar la retirada hasta administrar Gaza, ejercer la autoridad e imponer un nuevo orden político, la fuerza de seguridad pretende despojar a la resistencia de cualquier papel e imponer un orden político que sirva a los intereses extranjeros.
Tanto Hamás como la YIP han rechazado categóricamente esta propuesta, no como una postura táctica, sino como una posición de principio:
cualquier fuerza extranjera que no cuente con el consenso palestino es una fuerza de ocupación, independientemente de la bandera que enarbole.
Incluso los principales Estados árabes han expresado sus objeciones, reconociendo que este plan no es más que un reinicio del antiguo modelo de tutela de Washington. Reduce la causa palestina a un problema humanitario y oscurece la cuestión fundamental de la liberación nacional.
Entonces, ¿por qué Israel obstaculiza la segunda fase?
Fuentes tanto de Hamás como de la YIP informan a The Cradle de que Israel obstaculiza la segunda fase por cuatro razones fundamentales.
En primer lugar, porque avanzar a la siguiente fase equivaldría a reconocer el fracaso de su guerra. Dentro de Israel, el consenso es claro: la campaña militar no ha dado resultados. Formalizar una segunda fase confirmaría ese fracaso, por lo que los líderes políticos y militares prefieren mantener el proceso en el limbo, ganando tiempo con la esperanza de recuperar la influencia perdida.
En segundo lugar, porque Washington juega a dos bandas. Mientras presiona públicamente a Tel Aviv para que cumpla, permite al mismo tiempo que el ejército israelí redefinir los términos. Esta duplicidad crea una zona gris que Tel Aviv explota en su beneficio.
En tercer lugar, porque el gobierno de extrema derecha israelí percibe cualquier retirada como una capitulación. El progreso en el alto el fuego amenaza con fracturar la coalición gobernante, exponiendo al gobierno al colapso interno.
Y en cuarto lugar, porque Tel Aviv está intentando obtener en las negociaciones lo que no ha podido imponer por la fuerza. Exige el desarme de la resistencia sin concesiones, la destrucción de los túneles sin combate, la supervisión extranjera sin responsabilidad y la separación permanente de Gaza de la Cisjordania ocupada, todo ello bajo la apariencia de un alto el fuego.
Estados Unidos, que ha orquestado el alto el fuego, se enfrenta ahora a un dilema. Quiere que la guerra termine para evitar el colapso regional y reparar su imagen internacional. Pero no puede obligar a Israel a retirarse por completo sin provocar una reacción política en su país y desestabilizar aún más la región.
El resultado es una congelación controlada. El objetivo no es poner fin a la guerra, sino contenerla, manteniéndola dentro de unos límites que protejan los intereses de Estados Unidos sin poner en peligro su estrategia regional.
Esto marca un cambio de la ‘guerra total’ a una guerra a cámara lenta gobernada por decisiones políticas internacionales, no por ataques aéreos o invasiones.
Una visión palestina para la segunda fase
En este vacío, la resistencia ha presentado su propia visión para la segunda fase.
En primer lugar, Gaza no es una entidad separada. Es inseparable del tejido nacional palestino. No hay futuro para Gaza fuera del contexto de la unidad palestina.
En segundo lugar, cualquier fuerza internacional debe limitarse a la vigilancia de las fronteras. No puede gobernar, gestionar ni vigilar la sociedad palestina.
En tercer lugar, la reconstrucción de Gaza y la gobernanza civil deben estar dirigidas por un comité tecnocrático palestino, formado por consenso nacional y apoyado por los Estados árabes e islámicos.
Sin embargo, esta visión no es compatible con el plan estadounidense. Es su antídoto.
Entonces, ¿se retrasó la segunda fase o se obstaculizó?
La respuesta se inclina hacia lo segundo. De forma deliberada, estratégica y en plena coordinación entre Tel Aviv y Washington.
Como dicen tanto Awad como Munawwar a The Cradle, la segunda fase, lejos de ser una mera negociación, determinará el futuro de Gaza, la Cisjordania ocupada, la Autoridad Palestina (AP), la resistencia y el orden regional.
Por eso Israel y sus aliados están dando largas al asunto. Quieren asegurarse de que, cuando comience la segunda fase, esta no devuelva a la resistencia a una posición de iniciativa ni provoque el colapso del Gobierno israelí.
Buscan bloquear cualquier camino hacia la unidad palestina en torno a una administración nacional independiente.
Quieren impedir la reapertura de una vía viable hacia la creación de un Estado, mantener la separación entre Gaza y Cisjordania ocupada y conservar su control sobre los pasos fronterizos, la agenda de reconstrucción y el discurso político general.
La segunda fase solo comenzará cuando Tel Aviv esté seguro de que no desencadenará una nueva ola de liberación palestina.
Y así, volvemos a la contradicción fundamental: la resistencia ha cumplido con sus obligaciones; la ocupación no ha cumplido con ninguna. En esta brecha entre el cumplimiento y la evasión totales, se está desarrollando uno de los capítulos más trascendentales de la lucha palestina.
En Asia Occidental, los acuerdos rara vez son herramientas para poner fin a los conflictos, sino instrumentos para desmantelar la resistencia.
Sin embargo, la pregunta sigue siendo: ¿puede Israel posponer lo inevitable para siempre, o el impulso político forjado a través de la resistencia en el campo de batalla se impondrá también en la mesa de negociaciones?
La respuesta está en el pueblo palestino, en su unidad, en su rechazo a la tutela extranjera y en la capacidad de la resistencia para traducir su resistencia militar en una estrategia política que pueda reconfigurar toda la ecuación regional.
Traducción nuestra
*El Dr. Mohammad al-Ayoubi es un escritor e investigador palestino licenciado en Periodismo y Estudios de Medios de Comunicación y doctor en Derecho.
Fuente original: The Cradle
