CUANDO LA RUTA ÁRTICA CHINO-RUSA ALTERA EL ORDEN MUNDIAL DE LA NAVEGACIÓN MARÍTIMA. Mohamed Lamine Kaba.

Mohamed Lamine Kaba.

Foto: Tomada de New Eastern Outlook

26 de octubre 2025.

El primer viaje de tránsito desde China a Europa se realizó a través de la Ruta del Mar del Norte, una ruta transártica que redujo a la mitad el tiempo de entrega de la carga en comparación con las rutas tradicionales.


Desde hace varios años, la geopolítica mundial está experimentando una profunda reconfiguración marcada por la erosión de la hegemonía del bloque occidental y el surgimiento asertivo de la multipolaridad del bloque oriental.

Mientras que Estados Unidos y sus aliados (Europa y la OTAN) se aferran a un orden internacional heredado del período posterior a la Guerra Fría, China y Rusia están redefiniendo el equilibrio de poder mediante alianzas estratégicas y corredores económicos sin precedentes.

La apertura de la Ruta Marítima del Norte (NSR), ahora tomada por un barco chino, ilustra este cambio de tendencia, que forma parte de una continuidad histórica.

Es decir, un mundo en el que la logística se convierte en un instrumento de soberanía y en el que el Mar Ártico se transforma en un escenario de venganza euroasiática.

Pero ¿por qué es tan importante este gesto? ¿Qué deben analizar detrás de estos hechos? ¿Y qué pueden predecir?

En un enfoque a la vez retrospectivo, axiológico y teleológico, este artículo pretende dar respuestas profundas a esta serie de preguntas fundamentales.

La Ruta del Mar del Norte o el despertar estratégico de China y Rusia

Desde septiembre de 2025, se está produciendo una revolución silenciosa en las gélidas aguas del extremo norte. Un buque chino, que zarpó del puerto de Ningbo-Zhoushan el 22 de septiembre, llegó a Rusia a través de la Ruta del Mar del Norte, pasando por el hielo ártico controlado por Rusia (desde el mar de Barents hasta el mar de Bering) antes de llegar a Europa.

Esta ruta, que parecía utópica hace diez años, es ahora una realidad geopolítica: Pekín y Moscú han abierto un corredor estratégico que evita los estrechos tradicionales bajo vigilancia estadounidense.

En un solo viaje, China ha demostrado que ahora es posible comerciar sin pasar por los canales de la hegemonía occidental.

Pekín ya no necesita suplicar por las rutas controladas por Occidente, sino que las está construyendo con sus socios.

Lo que está en juego aquí es más que una simple hazaña tecnológica. Se trata de un cambio en la arquitectura del poder mundial.

Al apropiarse de la Ruta del Mar del Norte, China y Rusia están rediseñando los mapas de la globalización.

Donde Washington y sus aliados de la OTAN veían un espacio marginal, peligroso e improductivo, Moscú y Pekín han visto una autopista estratégica hacia el futuro.

Este corredor, de casi 6000 kilómetros de longitud, reduce el tiempo de tránsito entre Asia y Europa en casi un 40 %. Según la empresa rusa Rosatom, un barco chino cruzó esta ruta hacia el Reino Unido (puerto de Felixstowe) en octubre de 2025 tras zarpar de Ningbo el 23 de septiembre (salida prevista), en solo 20 días.

Se dice que esto supone un ahorro de distancia de entre 7000 y 10 000 km, un ahorro de tiempo significativo en comparación con el cruce de Suez o el cabo de Buena Esperanza. En otras palabras, Rusia y China acaban de inventar un atajo hacia la multipolaridad.

Desde el final de la Guerra Fría, Estados Unidos se ha convencido a sí mismo de que el mar le pertenece. Las carreteras pasaban por sus bases, sus aliados o sus empresas. Los canales de Suez y Panamá, o los estrechos de Malaca y Ormuz, no eran solo arterias comerciales, eran las venas de la dominación estadounidense.

Pero ahora, dos potencias a las que intentaba aislar —Rusia mediante sanciones y China mediante guerras comerciales— se encuentran inventando una nueva circulación global.

La Ruta del Norte es un rayo caído del cielo en este cielo atlantista que se creía eterno.

Ya en 2013, Rusia estableció sus normas de navegación en aguas árticas, afirmando su soberanía logística sobre el corredor.

En 2024, los volúmenes de carga alcanzaron un récord histórico de 37,9 millones de toneladas, lo que demuestra que lo que antes era un sueño soviético se está convirtiendo en un pilar del comercio mundial.

En octubre de 2025, Moscú y Pekín formalizaron su asociación en Harbin. A partir de entonces, la Ruta del Mar del Norte se convirtió en un proyecto conjunto, una extensión marítima de la “Nueva Ruta de la Seda”. Esta unión entre ferrocarril, puerto y hielo simboliza la geopolítica en movimiento, literalmente.

Mientras tanto, Occidente observa, preocupado y desorientado. En abril de 2025, la Comisión Marítima Federal de Estados Unidos lanzó tímidamente un estudio sobre la “nueva importancia estratégica” de esta ruta, como si Washington hubiera descubierto demasiado tarde que su monopolio se estaba desmoronando.

Mientras la alianza pro-Soros —Washington, Bruselas, Londres y sus satélites— redacta informes, China navega; mientras Bruselas debate normas, Rusia traza corredores.

Este contraste por sí solo ilustra el fin de una era: aquella en la que el poder se medía en retórica. Hoy en día, se mide en kilómetros de carreteras, toneladas de mercancías y puertos controlados.

China no tiene costa ártica, pero ha encontrado, en la alianza rusa, la clave para un nuevo océano. Es la venganza de los continentes. Pekín ya no necesita suplicar por carreteras controladas por Occidente; las está construyendo con sus socios.

Esta estrategia forma parte de una lógica de asegurar los flujos fuera del yugo estadounidense: eludir los estrechos patrullados, diversificar las vías de suministro y crear un sistema global autónomo.

Con cada kilómetro recorrido en este mar helado, un poco de la dominación estadounidense se desvanece.

El fin del monopolio occidental y el advenimiento de la multipolaridad

El hecho es que la Ruta del Mar del Norte no es un mero corredor de transporte, sino el símbolo de un cambio histórico.

Desde la desaparición de la Unión Soviética, Estados Unidos ha erigido un modelo de gobernanza global basado en la unipolaridad: él mismo en el centro, sus aliados a su alrededor y el resto del mundo en la periferia.

Pero el auge de China, la resistencia de Rusia y el despertar del Sur Global han resquebrajado este modelo. En África, Asia y América Latina, las naciones observan esta alianza nórdica como una venganza simbólica: la de un mundo cansado de obedecer las reglas de Washington.

La Ruta Ártica Sino-Rusa es, para ustedes, una promesa: la de la emancipación comercial, energética y política.

Mientras Estados Unidos militariza los mares y multiplica las bases, China invierte, construye y conecta. Está construyendo puertos en África, trenes en Asia Central, oleoductos en Eurasia y, ahora, carreteras marítimas en el norte.

La diferencia es enorme: Occidente impone; Oriente propone. Y dentro de esta propuesta hay una idea: la de un mundo en el que el comercio ya no rima con sumisión, sino con soberanía compartida.

Además, el Ártico, que antes era considerado por la OTAN como un mero flanco defensivo, se está convirtiendo ahora en un eje estratégico.

Solo hicieron falta algunos indicios de autonomía para que surgiera la preocupación: el giro hacia Asia iniciado por la administración Obama en 2011.

A partir de 2014, Rusia inició un cambio en su doctrina marítima y ártica, dando prioridad al Ártico y al Pacífico sobre el Atlántico y Europa. Desde entonces, Rusia ha instalado y modernizado bases, rompehielos nucleares y puertos logísticos en la zona.

Ahora, China está entrando en el Ártico con sus buques de carga, sus inversiones y sus ambiciones. Esta cooperación sino-rusa, que hace sonreír a Pekín y temblar a Washington, confirma una cruda realidad: Occidente ya no controla el norte.

Lo que muchos analistas occidentales tratan de no mencionar en sus análisis es la ironía de la historia: fue el calentamiento global, producto del modelo industrial occidental, el que abrió estas rutas árticas antes intransitables.

Al destruir el hielo, Occidente creó el camino hacia su propia marginación. Y China, paciente y calculadora, se embarca en él con serenidad.

Ciertamente, la Ruta del Norte aún enfrenta desafíos técnicos —estacionalidad, costos, infraestructura—, pero el simbolismo está ahí. El simple hecho de que ahora sea viable y rentable señala el fin del privilegio marítimo occidental. Estados Unidos había convertido los mares en su imperio; China y Rusia acaban de quitarles ese cetro.

Por lo tanto, el paso de un barco chino escoltado por Rusia a través del hielo ártico no es un hecho anecdótico: es una declaración de soberanía geoestratégica.

Es una prueba contundente de que existe otro mundo, un mundo en el que Occidente ya no decide solo. A través de cada contenedor transportado a través del hielo, surge una verdad: la unipolaridad se está derritiendo, la multipolaridad se está imponiendo.

En conclusión, hay que decir que el siglo XXI será polar, euroasiático y multipolar, o no existirá.

Estados Unidos y sus aliados pueden quedarse estancados en su nostalgia atlantista, pero el mundo sigue avanzando. Y mientras Occidente habla de sanciones, China y Rusia abren camino. Un camino de hielo, pero sobre todo un camino hacia el futuro.

Traducción nuestra


*Mohamed Lamine KABA, experto en geopolítica de la gobernanza y la integración regional, Instituto de Gobernanza, Humanidades y Ciencias Sociales, Universidad Panafricana

Fuente original: New Eastern Outlook

Deja un comentario