EUROPA COMO ESPACIO SUBORDINADO DE OCCIDENTE. Pino Cabras.

Pino Cabras.

Foto: La sumisa Europa. Casa Blanca

19 de agosto 2025.

Europa sigue presentándose como la correa de transmisión de un Occidente en declive.


El episodio que concluyó con la cumbre de Zelensky y los huérfanos europeos de Biden en casa de Trump no es un caso aislado, sino la repetición de una condición histórica consolidada.

Europa ya no es un sujeto autónomo desde mediados del siglo XX, cuando las dos guerras mundiales disolvieron el antiguo equilibrio de poderes y entregaron su destino al nuevo centro imperial: Washington.

Hasta el colapso de la Unión Soviética, también había una parte de Europa en la órbita de Moscú, pero las clases dirigentes de Europa del Este, que eran provincias del imperio, se adaptaron fácilmente a ser provincias celosas de otro imperio, hasta llevar al resto del continente occidentalizado a la mezquindad provincial.

Lo que a veces se cuenta como “renacimiento europeo” —los planes Marshall, los milagros económicos, la construcción comunitaria— fue en realidad un proceso de reconstrucción bajo tutela.

No bastan el capital, las tecnologías y los mercados comunes para generar una verdadera fuerza histórica: es necesario que exista un bloque dirigente capaz de ejercer conjuntamente el poder económico, militar y cultural.

Por “bloque dirigente” se entiende un conjunto cohesionado de élites políticas, económicas y culturales capaces de dar dirección a un pueblo y a un territorio: no solo riqueza o ejércitos, sino también un proyecto compartido.

Esto nunca ha madurado en Europa, salvo como una formidable acumulación retórica. Se ha producido riqueza, se han acumulado instituciones, pero sin un verdadero centro político capaz de traducirlas en autonomía.

En las últimas décadas, a medida que Estados Unidos ha mostrado las grietas de su primacía, el continente europeo ha reaccionado de forma cada vez más contradictoria, adaptándose a las estrategias decididas al otro lado del Atlántico, incluso cuando eran contrarias a los intereses materiales de sus pueblos.

Es el signo de una clase dirigente que no tiene un proyecto propio, sino que vive dentro de un bloque histórico subordinado, es decir, un sistema en el que las decisiones fundamentales no se toman aquí, sino que se importan, y en el que las élites locales administran una dependencia estructural.

La irrupción de nuevas potencias —Rusia, China, India, Brasil— ha hecho aún más evidente esta condición: el mundo avanza hacia un orden multipolar, en el que ya no hay un único centro de mando, sino varios polos de fuerza que compiten entre sí.

Sin embargo, Europa sigue presentándose como la correa de transmisión de un Occidente en declive.

Así, ante la crisis ucraniana, se ha optado por la guerra por poder (es decir, librada por los ucranianos con armas, dinero y estrategias proporcionadas por Occidente), con enormes costes en términos de recursos y credibilidad, sin ninguna perspectiva de autonomía.

Los primeros ministros europeos se presentaron en la Casa Blanca haciendo una humillante espera y sin un plan B: siguen allí como el primer día, soñando con la guerra total y la “debellatio”(aniquilación total) de Rusia, en total negación de la realidad.

El regreso de Trump a la Casa Blanca ha acentuado un panorama que ya era claro para quienes lo veían sin velos ideológicos. Washington ya ni siquiera se preocupa por mantener las apariencias: trata directamente con Moscú y Pekín, reorganiza Oriente Medio según sus necesidades y rediseña las relaciones internacionales a la medida de sus intereses.

A Europa le queda el papel de comparsa totalmente humillada, obligada a legitimar decisiones tomadas en otros lugares.

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PERSPECTIVAS

La integración atlantista —es decir, la alineación política, económica y militar de Europa con la alianza liderada por Estados Unidos, encarnada en la OTAN y las instituciones occidentales—, lejos de ser un dique de contención, ha producido una burguesía compradora.

Con esta expresión se entiende una clase dirigente que no defiende los intereses de los pueblos a los que representa, sino que se limita a actuar como intermediaria: compra y vende, media y traduce los deseos del centro imperial estadounidense a cambio de rentas y protecciones.

Es una clase dirigente que acepta la subordinación como horizonte natural, carente de voluntad para elaborar un proyecto estratégico propio. Buena para nada, capaz de todo.

Lo que hace aún más dramática la situación es, de hecho, la calidad de los dirigentes europeos actuales: los peores de los últimos ochenta años.

No tienen ninguna visión política, salvo la del rearme; no conocen otro lenguaje que el de las armas y las sanciones; y, sobre todo, su único horizonte económico es el saqueo sistemático de las clases medias, tratadas como una cantera de la que extraer recursos fiscales y sacrificios sociales hasta reducirlas a la miseria.

Es un proceso que tal vez garantice unos años de supervivencia a unos sistemas políticos ya agotados, pero que al mismo tiempo corre el riesgo de destruir naciones enteras, vaciándolas de su energía productiva y civil.

Giorgia Meloni, tras una interminable propaganda ‘soberanista’, se revela definitivamente como un dramático cruce entre [Luigi] Di Maio[1] (el ‘traga-todo’) y [Mario] Draghi[2] (el ‘come-todo’). Puro atlantismo terminal con la correspondiente traición a la ‘Nación’, de la que tanto alardea

Sin embargo, en un mundo multipolar, la lógica podría invertirse: los Estados europeos liberados de las ataduras de la UE y la OTAN, a pesar de su pequeña escala, tendrían paradójicamente un mayor margen de soberanía.

De hecho, un país que no dependiera de Bruselas o Washington para cada decisión podría tejer relaciones más autónomas con los gigantes emergentes, decidir su propia política energética, abrir canales comerciales y culturales sin tener que pedir permiso.

Se trataría de Estados pequeños, sin duda, pero menos “clavados” a una arquitectura que los convierte en súbditos.

No se trataría de una restauración de la antigua primacía europea, ya desaparecida para siempre, sino de la posibilidad de ser, una vez más, actores y no espectadores en la transformación del mundo.

Traducción nuestra


*Pino Cabras es un político y periodista italiano, diputado de la XVIII legislatura, primero por el Movimiento 5 Estrellas y luego por Alternativa.

Notas nuestras

[1] Luigi Di Maio fue un líder del Movimiento 5 Estrellas (M5S), conocido por dar volantazos en su política y «tragarse» sus palabras anteriores, es decir, retractarse por completo de lo dicho.

[2] Mario Draghi fue el Presidente del Consejo de Ministros de unidad nacional apoyado por casi todos los partidos, desde la izquierda hasta la Liga. Su gobierno era visto por la derecha radical como un «gobierno que se come todo», es decir, que absorbe y anula las identidades políticas, implementando políticas tecnocráticas y pro-europeas.

Fuente original: Arianna Editrice

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