John Bellamy Foster y Brett Clark.
Foto: Soldados estadounidenses en maniobras militares. Nikolay DOYCHINOV | AFP
01 de julio 2024.
Estados Unidos, enfrentado a la desaparición de su imperialismo hegemónico global, no sólo se está preparando para una Tercera Guerra Mundial, sino que la está provocando activamente.
Indo-Pacífico es un término con una larga historia dentro del léxico imperialista.
Se originó en los escritos de Karl Haushofer, el principal teórico geopolítico alemán, en su Geopolítica del Océano Pacífico de 1924 y en otras numerosas obras.1 Haushofer fue agregado militar alemán en Japón en 1908-1909 y viajó mucho por Asia Oriental.
Gracias a estas experiencias, se convertiría en un importante analista geopolítico. Sirvió como comandante de brigada en la Primera Guerra Mundial, ascendiendo al rango de general de división al final de la guerra. Rudolf Hess, que había sido ayudante de campo de Haushofer y más tarde su alumno, fue uno de sus principales discípulos. En 1920, Hess se afilió al Partido Nazi. Tras el Putsch de la Cervecería de 1923, cuando Adolf Hitler y Hess fueron confinados en la prisión de la Fortaleza de Landsberg, Haushofer instruyó a ambos en geopolítica, mientras Hitler dictaba Mein Kampf a Hess. Una década más tarde, cuando Hitler llegó al poder en Alemania, Hess fue nombrado Führer Adjunto del Partido Nazi. Se creó una cátedra especial de geografía de la defensa para Haushofer en la Universidad de Munich.2

La designación del Indopacífico como región geopolítica surgió en la estrategia imperial global de Haushofer, dirigida a labrar una nueva «panregión» (similar a Panamérica bajo la hegemonía estadounidense) en Extremo Oriente, que sería dirigida por Alemania, Japón y Rusia/URSS. El objetivo era superar el control colonial británico y estadounidense de las regiones del Océano Índico y del Pacífico Occidental, con el fin de crear un nuevo imperio Indo-Pacífico bajo hegemonía germano-japonesa que fuera capaz de contrarrestar a escala mundial el dominio de la superregión euroatlántica por parte de las antiguas potencias coloniales. A diferencia del Euroatlántico, Haushofer consideraba que el control imperialista angloamericano del Indopacífico era vulnerable a una alianza germano-euroasiática. Así pues, Haushofer basó su análisis en la noción de un «Pacífico imperialistamente disputado».3
Las ideas de Haushofer despertaron un enorme interés en Estados Unidos hasta la Segunda Guerra Mundial y durante ella. En opinión de Hans W. Weigert, que escribía en la publicación Foreign Affairs del Consejo de Relaciones Exteriores en julio de 1942, la Geopolítica del Océano Pacífico de Haushofer era «la Biblia de la geopolítica alemana», considerada comúnmente en Estados Unidos como una «superciencia».
En West Point se sostenía que Haushofer había hecho posibles las victorias de Hitler tanto en la paz como en la guerra. En el artículo de Weigert en Foreign Affairs, se condenaba a Haushofer por haber destruido «la unidad de la raza blanca» al defender una alianza con Japón y otras potencias euroasiáticas contra Gran Bretaña, Estados Unidos y Francia. (El propio Haushofer era racista, caracterizaba a Francia como una «potencia medio africana» y empleaba la noción de las «razas superiores»). «El pacto de no agresión germano-ruso del 9 de agosto de 1939», observó Weigert, «fue el mayor triunfo de Haushofer». Planteó la posibilidad de una alianza centroeuroeuroasiática y de un dominio global de la «Isla Mundial» de Eurasia del tipo contra el que advirtió Halford Mackinder, el fundador británico de la geopolítica.4 En 1939, tras el Pacto de No Agresión, Haushofer escribió: «Ahora, por fin, la colaboración de las potencias del Eje, y del Extremo Oriente, se presenta claramente ante el alma alemana. Por fin existe la esperanza de sobrevivir frente a la política Anaconda [el estrangulador cerco] de las democracias occidentales».5
Haushofer se deleitaba en las «hazañas externamente brillantes del imperialismo». En lugar de ser el enemigo de la humanidad, como pronuncian los «materialistas marxistas», el imperialismo era para él una manifestación de la lucha darwiniana «por la preservación de la vida», un producto de la «voluntad de poder» y del afán de «espacio vital» (Lebensraum). Admiraba no sólo lo que consideraba la historia excepcionalmente violenta del imperialismo estadounidense, sino también la lograda «escritura en espejo» de pensadores geopolíticos estadounidenses como Isaiah Bowman, que consiguieron reflejar la imagen del imperialismo estadounidense para que pareciera antiimperialismo. En realidad, el poder imperial estadounidense, tanto real como potencial, insistía Haushofer, era entonces «insuperable» en el mundo.6
Tan aterrador fue el análisis geopolítico de Haushofer para las potencias coloniales dominantes en Occidente, durante la oleada de luchas de descolonización tras la Segunda Guerra Mundial -junto con la exposición por parte de Haushofer de la verdadera naturaleza del imperialismo británico y estadounidense-, que el término geopolítica quedó efectivamente prohibido del debate público en la ideología occidental de la Guerra Fría durante décadas. Sin embargo, a principios de la década de 1990, tras la desaparición de la Unión Soviética, resurgió un «imperialismo mucho más desnudo» en la búsqueda del dominio mundial unipolar estadounidense. Más recientemente, como escribieron Timothy Doyle y Dennis Rumley en The Rise and Return of the Indo-Pacific, la geopolítica clásica ha sido plenamente «‘exhumada’ en el nuevo contexto de Guerra Fría» planteado por la confrontación de EEUU con China.7
No obstante, a lo largo de los años de la Guerra Fría (1946-1991), la geopolítica, aunque no se anunciara públicamente como tal, había constituido la base del desarrollo de la gran estrategia imperial estadounidense. Tales puntos de vista se asociaron a personalidades como Nicholas Spykman, Dwight D. Eisenhower, Dean Acheson, George Kennan, Paul Nitze, John Foster Dulles, Henry Kissinger, Eugene Rostow, Zbigniew Brzezinski y Alexander Haig, junto con el Consejo de Relaciones Exteriores, coloquialmente conocido como el «grupo de cerebros imperiales».8
Como en el caso de la «geopolítica», el término «Indo-Pacífico» estuvo excluido de hecho del debate público durante muchos años debido a su asociación con las potencias del Eje y al contexto original en el que había aparecido, que cuestionaba el colonialismo británico, estadounidense y francés en el sur y el este de Asia, aunque surgiera desde una perspectiva imperialista rival. Hoy, sin embargo, esta noción anterior del «Pacífico en disputa imperialista» se ha puesto patas arriba.
Ya no tiene como objetivo desafiar el papel de Estados Unidos y Gran Bretaña como potencias imperiales en el Océano Índico y el Pacífico Occidental, como en la concepción original de Haushofer, la categoría del Indo-Pacífico representa ahora una gran estrategia imperial para cercar y contener estratégicamente a China, concebida como una «potencia revisionista» que amenaza el «orden basado en normas» dominado por Estados Unidos.9
En sus documentos de los últimos años, Estados Unidos se ha declarado una potencia del Indo-Pacífico, tratando de establecer su dominio soberano en gran parte de la región.10 Como declaró el Secretario de Estado estadounidense Antony J. Blinken en 2021, «Estados Unidos ha sido, es y será siempre una nación del Indo-Pacífico». Esto es un hecho geográfico, desde nuestros estados de la costa del Pacífico hasta Guam, nuestros territorios [colonias] en todo el Pacífico».11
El primer ministro japonés Shinzo Abe, aliado de Estados Unidos, abrió el camino de esta gran transición estratégica al introducir la noción de la confluencia de los océanos Índico y Pacífico en 2007, como parte de un intento de establecer un diálogo estratégico con India dirigido contra China. Sin embargo, el primer uso del término «Indo-Pacífico» por parte de un dirigente político importante en el periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial fue en un discurso pronunciado por la Secretaria de Estado estadounidense Hillary Clinton en Hawai en 2010, cuando se preparaba para emprender una gran gira asiática, en el que presentó el Indo-Pacífico como un concepto geopolítico para una nueva alianza estratégica más amplia en Asia.
Su discurso y todo su viaje por Asia pretendían ser una obertura que precediera al «Pivote hacia Asia» del presidente estadounidense Barack Obama al año siguiente. En el discurso de Clinton, la «cuenca indopacífica» constituía la base para que la Armada india operara conjuntamente con la estadounidense en la superregión, y en particular en el Mar de China Meridional, en un proceso de «compromiso integral» y «despliegue avanzado». El hecho de que la nueva estrategia Indo-Pacífica iba dirigida directamente a la República Popular China estaba escrito en cada línea del discurso de Clinton, aunque no se afirmara rotundamente.12
El discurso de Clinton de 2010 también pretendía reforzar la resurrección del Diálogo Cuadrilateral de Seguridad (Quad) entre Estados Unidos, Japón, Australia e India. El diálogo Quad se había interrumpido durante el gobierno del primer ministro australiano Kevin Rudd y fue revitalizado en 2010 por su sucesora Julia Gillard, pocos meses antes del discurso de Clinton. De ahí que la referencia de Clinton a la «cuenca indopacífica» como nuevo campo de operaciones de las fuerzas armadas estadounidenses, junto con India, fuera oportuna para añadir importancia estratégica a la reactivada Quad, señalando la posibilidad de un alineamiento más amplio contra China que pretendía incluir a India (aunque India no tiene un tratado de defensa con Estados Unidos).13
A pesar de que Clinton sólo lo mencionó brevemente, el drástico cambio que representaba la referencia al Indopacífico se puso de manifiesto de inmediato. El término fue rápidamente difundido, a partir del año siguiente, por los dos aliados militares fundamentales de Estados Unidos en el Pacífico Occidental, Japón y Australia, así como en documentos estratégicos estadounidenses. Sin embargo, bajo Obama, el Indopacífico seguía concibiéndose simplemente como una confluencia oceánica, que se extendía desde la costa oriental de África hasta el Pacífico Occidental, fuera de la esfera del poder soberano estadounidense (aparte de sus colonias en la región -Guam y Samoa Americana).14
La Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos de 2017, bajo la presidencia de Donald Trump, se centraba en el Indopacífico como zona estratégica clave a escala mundial, centrada en una posible guerra con China.15 De acuerdo con esta nueva concepción, el Mando del Pacífico de Estados Unidos (USPACOM) pasó a denominarse Mando Indo-Pacífico de Estados Unidos (USINDOPACOM).
El nuevo mapa estratégico del Indopacífico que delimitaba el campo operativo del USINDOPACOM subrayaba que el Indopacífico era el principal teatro estratégico para enfrentarse a China en lo que ahora se conoce ampliamente en los círculos gobernantes y estratégicos estadounidenses como la «Nueva Guerra Fría» contra China.
De ahí que el USINDOPACOM (ver Mapa 1) desplazara todo el mapa del Indopacífico hacia el este, en comparación con la concepción anterior bajo la administración Obama, abarcando ahora la zona que va desde la frontera occidental de la India hasta la costa del Pacífico de Estados Unidos. Esto abarcaba el estado de Hawai, así como los territorios coloniales estadounidenses en el Pacífico, con lo que Estados Unidos entraba de lleno en el Indo-Pacífico.
Es este mapa militar-estratégico ideado por el USINDOPACOM el que domina ahora todas las discusiones estratégicas de Estados Unidos sobre la superregión, marcada por una cadena de bases que, combinadas con las del Mando Central de Estados Unidos (USCENTCOM), pretenden constituir un «lazo gigante» alrededor de China.16 Las descripciones del Indopacífico más orientadas a la economía, como la de Canadá, no incluyen a Estados Unidos (ni a Canadá), sino que la restringen a las «cuarenta economías» de la región, incluyendo como entidad única a todo el grupo de Países Insulares del Pacífico, algunos de los cuales son colonias/territorios estadounidenses.
Mapa 1. Mapa USINDOPACOM del Indo-Pacífico, Área de Responsabilidad

En sus documentos estratégicos, Estados Unidos ha designado oficialmente a China como «Potencia revisionista», respaldada por Rusia, a la que califica de «Estado maligno», mientras que la etiqueta de «Estado canalla» se aplica a la República Popular Democrática de Corea (Corea del Norte).17 China es vista como el principal enemigo en la gran estrategia imperial estadounidense, ya que es una economía en rápido crecimiento -actualmente la segunda mayor economía del mundo, y es probable que pronto supere a la de Estados Unidos en ese sentido- y debido a su negativa a aceptar sin más el «orden internacional basado en normas» imperial dominado por Estados Unidos, introducido al final de la Segunda Guerra Mundial.
En la Estrategia Indo-Pacífica 2019 del Departamento de Defensa estadounidense, se afirma que el principal objetivo estratégico es mantener a Estados Unidos como «potencia militar preeminente», tanto en el Indo-Pacífico como a escala mundial.18 Esto se traduce en los esfuerzos estadounidenses por frenar el avance de China y limitar al mismo tiempo su proyección de poder en todo el mundo. La mayoría de las estrategias estadounidenses para ganar la Nueva Guerra Fría dirigidas contra China tienen como objetivo una derrota estratégica-geopolítica de ésta que derribaría al presidente chino Xi Jinping y destruiría el enorme prestigio del Partido Comunista de China, lo que conduciría a un cambio de régimen desde dentro y a la subordinación de China al imperio estadounidense desde fuera.19
Ostensiblemente, estas acciones se tomarán en defensa de la propia región Indo-Pacífica en respuesta a la llamada «coerción y agresión» de China.20 Sin embargo, a Washington le cuesta encontrar casos de tal agresión. Es cierto que China, como cualquier gran potencia, ha intentado consolidar su soberanía y su zona de control en el Mar de China Meridional por razones estratégicas y económicas, lo que la ha colocado en disputas jurisdiccionales con Filipinas y otras naciones.
Pekín también se mantiene absolutamente firme en su política de Una Sola China, apoyada por casi todos los países del mundo -incluido, oficialmente, Estados Unidos-, que estipula que Taiwán sigue formando parte de China, aunque con una autoridad gubernamental separada, con la expectativa de su eventual reunificación con el continente.
Sin embargo, en el Indopacífico en su conjunto, nada de esto ha provocado temor a una agresión militar por parte de China, ya que el gasto militar per cápita en casi todos los Estados de Asia Oriental (incluidos tanto los que tienen tratados de defensa con Estados Unidos como los que no), ha disminuido en la última década o en las dos últimas, aunque Washington ha intentado cambiar esta situación en los últimos años.21
Más bien, es Estados Unidos, que ve el ascenso de China como una amenaza para su propia preeminencia mundial, con la superregión Indo-Pacífica considerada cada vez más como el lugar central de la Nueva Guerra Fría, el que está impulsando a toda la humanidad hacia una Tercera Guerra Mundial.
El Indo-Pacífico y la Nueva Guerra Fría
El cambio en las relaciones de Washington con Pekín, que comenzó en 2010, fue una reacción al enorme éxito de la economía china y al declive relativo de la de Estados Unidos, junto con los cambios percibidos en la postura político-económica de China, en la que ha ido trazando cada vez más un rumbo independiente.
Como señaló Yi Wen, economista y vicepresidente de la Junta de la Reserva Federal de San Luis, entre 1978 y principios de la década de 2000, «China comprimió en una sola generación los aproximadamente 150 a 200 (o más) años de cambios económicos revolucionarios experimentados por Inglaterra en 1700-1900 y por Estados Unidos en 1760-1920 y Japón en 1850-1960».22 En 1978, la renta per cápita de China era sólo un tercio de la del África subsahariana, y 800 millones de la población china vivían en 1981 con menos de 1,25 dólares al día.
En 2018, la renta per cápita de China había ascendido hasta el nivel de renta media mundial, y el país ha eliminado la pobreza absoluta dentro de sus fronteras.23 En 1953, China representaba el 2,3 por ciento del potencial de producción industrial mundial, pero, en 2020, su participación en la fabricación mundial había aumentado hasta alrededor del 35 por ciento.24 En la actualidad, China es el primer exportador mundial, con una cuota del comercio mundial de aproximadamente el 15% en 2020, frente al 8% de Estados Unidos.25
La Gran Crisis Financiera marcó un antes y un después.26 Aunque China experimentó un enorme descenso de su demanda exterior de bienes, su economía giró sobre sí misma mientras el resto de la economía mundial se hundía en un profundo estancamiento y sólo se recuperaba lentamente. China, con su gran sector estatal, consiguió salir de la Gran Crisis Financiera prácticamente intacta, con una tasa de crecimiento de dos dígitos, al mismo tiempo que lo que The Economist apodó «el moribundo mundo rico» se esforzaba por lograr algún crecimiento positivo.27 La conmoción en Washington fue grave. China no sólo era ahora el motor del crecimiento económico mundial; en 2010, había superado a Japón y se había convertido en la segunda economía mundial. Nada parecía detener su rápido desarrollo.
Los teóricos de la profundización del estancamiento económico en el capitalismo monopolista sostenían desde hacía tiempo que los flojos resultados de todas las economías capitalistas maduras, a saber, Estados Unidos y Canadá, Europa Occidental y Japón, estaban asociados a bajos niveles de inversión neta debidos a una sobreacumulación de capital en la cúspide de la sociedad y a la disminución de los beneficios esperados de las nuevas inversiones que esto creaba.28
Tras la Gran Crisis Financiera, economistas de la corriente dominante como Lawrence Summers se sumaron a este análisis (sin reconocer sus orígenes), escribiendo sobre el «estancamiento secular».29 Pero mientras los países del núcleo imperial de la economía capitalista mundial crecían cada vez más lentamente debido a la falta de formación neta de capital (acompañada de la acumulación de pretensiones financieras de riqueza en la cúspide de la sociedad), China era un ejemplo de exactamente lo contrario, con niveles históricamente altos de inversión neta durante décadas, que dieron lugar a tasas de crecimiento que marcaron una época.30
La gran estrategia Indo-Pacífica de Clinton, seguida del «Pivote hacia Asia» de Obama en 2010-2011, fue una respuesta a este cambio de época en la economía mundial. En esta situación, Washington se vio envuelto en numerosas contradicciones. No sólo Estados Unidos, que salía de una profunda recesión, estaba ansioso por obtener una parte mayor del valor económico que se estaba generando en Asia, y en particular en China, sino que al mismo tiempo intentaba frenar el crecimiento del poder chino mediante un proceso de cerco estratégico, a través de la mejora de las bases militares, las alianzas y las asociaciones; las limitaciones tecnológicas; y el intento de crear acuerdos comerciales que beneficiaran a las potencias imperiales al tiempo que subvertían a China.
No obstante, la estrategia de Obama para el aprovechamiento por parte de Estados Unidos de las diversas dimensiones del poder contra China seguía siendo relativamente prudente, dados los acontecimientos políticos que se estaban produciendo en la propia China. A partir del XVII Congreso del Partido en 2007, iniciada la segunda mitad de la década de Hu Jintao como secretario general del Partido Comunista de China y presidente del país, el ala reformista dominante (también conocida como derecha) en China se vio cada vez más desafiada por los conservadores (también denominados izquierda).
Aunque las líneas de disputa no estaban firmemente establecidas, los primeros se identificaban más con las reformas de mercado introducidas por Deng Xiaoping, y fomentadas por su sucesor Jiang Zemin, mientras que los segundos se centraban más en el Estado, y a menudo se remontaban de diversas formas a Mao Zedong. Esto podía verse en las principales líneas de disputa, que implicaban cuestiones sobre cómo definir el Desarrollo Científico y una Sociedad Armoniosa.
Esta última cuestión giraba en torno a los Tres Representantes presentados por Jiang en 2000, que esbozaban el curso del avance de China. Aquí, una Sociedad Armoniosa: «[1] Representa las tendencias de desarrollo de las fuerzas productivas avanzadas; [2] Representa las orientaciones de una cultura avanzada; y [3] Representa los intereses fundamentales de la inmensa mayoría del pueblo de China».31 Los Tres Representantes se introdujeron originalmente como respuesta a la izquierda, y pretendían continuar la senda reformista en dirección al liberalismo/neoliberalismo.
Por el contrario, el enfoque conservador consistía en enarbolar el «Socialismo con Características Chinas» e instituirlo como la clave tanto del Desarrollo Científico como de una Sociedad Armoniosa. Lo que surgió en el XVII Congreso del Partido, sorprendentemente, fue un énfasis en el Socialismo con Características Chinas como el «Camino de la Bandera» definitorio que determina el desarrollo político chino, y por tanto una victoria para la izquierda.
Los Tres Representantes de Jiang fueron degradados, y ya no se consideraban una contribución independiente, sino subsumidos dentro del Socialismo con Características Chinas, «absorbiendo ahora todo lo que vino después de Mao». Más tarde, Xi caracterizaría el «Sistema Teórico del Socialismo con Características Chinas» como el Segundo Salto Histórico después de Mao, y el Pensamiento Xi Jinping asociado al Socialismo con Características Chinas para una Nueva Era alcanzaría finalmente el estatus de Tercer Salto.32
Al fuerte retorno del conservadurismo/izquierdismo en el XVII Congreso del Partido le siguió un mayor fortalecimiento del izquierdismo en el Partido tras la Gran Crisis Financiera de 2008-2009, que comenzó en Estados Unidos. Con todo el núcleo imperial de la economía mundial capitalista, así como las economías más dependientes del Sur Global, entrando en una crisis sistémica de escala sin precedentes desde la Segunda Guerra Mundial, el prestigio del neoliberalismo en China empezó a decaer, aunque siguió siendo fuerte entre los economistas chinos formados en el extranjero.
El alejamiento de las concepciones occidentales podía apreciarse en artículos clave publicados en medios centrales como el Manuscrito de la Bandera Roja. Una importante manifestación de ello fue un repentino giro en los análisis de la desaparición de la Unión Soviética. De 1994 a 2008, las principales explicaciones del fracaso soviético fueron la falta de reforma del mercado, la crisis institucional y la erosión ideológica, en ese orden, mientras que la construcción del partido apenas se hizo evidente. Sin embargo, en 2009-2018, las dos primeras de estas explicaciones desaparecieron por completo, mientras que el énfasis cambió a los fracasos con respecto a la erosión ideológica y la construcción del partido, con un énfasis añadido en los malos líderes (es decir, la corrupción).33
El ascenso de Xi a secretario general del partido y presidente fue visto por muchos como una victoria de los reformistas de derechas. En los círculos de política exterior de Estados Unidos se esperaba que Xi fuera otro Mijaíl Gorbachov y ampliara la privatización de la economía china y las reformas liberales, lo que acabaría con la caída del Partido Comunista de China.34 En los primeros años de su primer mandato, a muchos les pareció que Xi seguía un camino reformista. Su «sueño chino» de que China volviera a ser fuerte y se convirtiera en «una gran sociedad socialista moderna» (tras haberse «levantado» bajo Mao y haber «mejorado» bajo Deng) se consideró a menudo una postura puramente nacionalista.35
Pero pronto quedó claro que, para Xi, el Sueño Chino estaba completamente de acuerdo con el Socialismo con Características Chinas, y que no sólo estaba de acuerdo con la postura conservadora (de izquierdas), sino que representaba a un «Gorbachov al revés», que se dedicaba a restaurar la «conexión partido-pueblo al estilo de la Línea de Masas».36 Un factor clave que condujo a la enemistad occidental fue la presentación por Xi de la Iniciativa del Cinturón y la Ruta en 2013, destinada a crear una infraestructura global masiva que conectaría a China en términos de relaciones geoeconómicas con el Sur Global y con Europa.
Si el «Pivote hacia Asia» de Obama se había dirigido a reforzar el cerco militar y geoeconómico de China, Washington aún no había lanzado el guante de forma decisiva, pues los grandes estrategas estadounidenses aún esperaban un nuevo Gorbachov, que socavaría internamente al partido, debilitando a China y el desafío global que representaba. En 2015, estaba claro no sólo que Xi era sincero en el avance del socialismo en sus propuestas de la Nueva Era, sino que la marea se había vuelto contra los reformistas.37
Los estrategas republicanos en torno a Trump durante su campaña electoral de 2016 fueron los primeros en exigir una Nueva Guerra Fría con China (al tiempo que buscaban la distensión con Rusia). Los demócratas, en cambio, a pesar del llamamiento de Obama a un pivote, seguían centrados en Rusia más que en China.38 Pero con el inicio por Trump de una Nueva Guerra Fría, lanzando enormes subidas de aranceles a China, el aumento de las sanciones y un gran impulso militar, los demócratas se subieron rápidamente al carro. Así, declararon que China era una «Potencia revisionista» que amenazaba el «orden internacional basado en normas».
Esta frase, debe quedar claro, no se refiere al derecho internacional, al sistema westfaliano de diplomacia internacional, a la asamblea general de las Naciones Unidas, al Tribunal Internacional de Justicia, ni siquiera a la Organización Mundial del Comercio (que Estados Unidos ha reducido ahora a una nulidad al socavar su proceso jurídico). Más bien, el «orden internacional basado en normas» representa las principales instituciones (económicas y militares) del imperio global estadounidense: desde el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y la hegemonía del dólar, hasta el sistema global de bases y alianzas militares estadounidenses.39
Hasta dónde ha llegado el discurso de la Nueva Guerra Fría en Estados Unidos, cada vez más centrado en el Indo-Pacífico, puede verse en un artículo titulado «No Substitute for Victory: America’s Competition with China Must Be Won Not Managed» para el número de mayo/junio de 2024 de Foreign Affairs, escrito por Matt Pottinger y Mike Gallagher.40 Pottinger fue Viceconsejero de Seguridad Nacional de Estados Unidos en la Casa Blanca de Trump entre 2019 y 2021. Gallagher fue representante estadounidense por Wisconsin de 2017 a 2024, y ex presidente del Comité Selecto de la Cámara de Representantes sobre el Partido Comunista Chino.
Ahora trabaja para la corporación Palantir Technologies, una multinacional estadounidense de vigilancia y minería de datos respaldada por la CIA y con fuertes conexiones con el Estado Profundo e Israel.41 Pottinger y Gallagher apoyan firmemente la posición belicista del gobierno de Joe Biden hacia China, pero sostienen que todavía no es lo suficientemente belicista, porque no ha declarado oficialmente una «Nueva Guerra Fría» con China.
Ignorando en gran medida el hecho de que Estados Unidos, bajo la administración Biden, ha dejado claro tanto en palabras como en hechos que está implicado en una ofensiva estratégica contra China, Pottinger y Gallagher, dando la vuelta a la realidad, proclaman que «los dirigentes chinos ya están librando una guerra fría contra Estados Unidos», a lo que Washington no ha respondido suficientemente.42 Su prueba de ello es que China ha proporcionado apoyo militar a Rusia en su guerra contra Ucrania en forma de pólvora, semiconductores, aviones no tripulados no especificados «y otros artículos». Pekín, se nos dice, se ha preparado para una posible intervención militar contra Taiwán (parte de China). Además, China ha explotado su control sobre los algoritmos de TikTok para desencadenar propaganda contra Israel tras la inundación palestina de Al Aqsa el 7 de octubre de 2023, al tiempo que ha utilizado su poder de veto en el Consejo de Seguridad de la ONU para bloquear la condena de Hamás. Además, recordamos el globo chino que se desvió de su trayectoria por Estados Unidos (aunque no constituía ninguna amenaza para la seguridad), junto con la afirmación, como loro de la administración Trump, de que el COVID-19 era de algún modo un «virus chino» y podía haberse originado en un laboratorio chino, algo que los investigadores científicos ya han descartado por completo.43
Como verificación de la «agresión» china, todo esto es lamentable en términos históricos mundiales. Si se comparan con ejemplos de intervenciones militares masivas reales de Estados Unidos en el extranjero en los últimos treinta y cinco años, durante los cuales ha participado en guerras, contrainsurgencia, golpes de estado, sanciones y embargos en todos los continentes habitados, con el resultado de la muerte de millones de personas, apenas puede decirse que las supuestas «agresiones» de China pesen en absoluto en la balanza.44 En una extraña inversión de papeles, Pottinger y Gallagher acusan a China de constituir una «amenaza» agresiva, peligrosa y no tolerable para los cientos de bases militares estadounidenses en Asia que actualmente rodean a la propia China.45
Gran parte del intento de Pottinger y Gallagher de justificar una Nueva Guerra Fría contra China se dirige directamente contra Xi, criticándole por afirmar que el mundo actual está sumido en el «caos», lo que, en su imaginación belicista, se interpreta como que Xi está «fomentando maliciosamente el caos mundial» a expensas de Estados Unidos. Además, Xi debe ser condenado no sólo por su papel de «agente del caos», sino por haber «vilipendiado a Gorbachov», que como jefe del Partido Comunista Soviético presidió la destrucción de la URSS.
Por lo tanto, Pottinger y Gallagher argumentan que Xi debería ser clasificado como un «enemigo implacable» de los Estados Unidos, responsable del «imperialismo del PCC [Partido Comunista Chino]»—aunque no está claro en relación con qué se usa «imperialismo». (Es notable que la designación oficial es el Partido Comunista de China [PCCh]. Esto subraya el hecho de que el PCCh pertenece específicamente a China y no forma parte de una entidad internacional. PCC, por el contrario, se utiliza comúnmente, de forma incorrecta, en Occidente, en particular en Estados Unidos, a menudo con el objetivo de sugerir muy señaladamente exactamente lo contrario con fines propagandísticos.47)
Es absolutamente esencial, afirman Pottinger y Gallagher, que la oposición a China, y en particular al Partido Comunista de China, se presente como lo que es: una Nueva Guerra Fría, que hay que ganar o perder. «El remilgo de los responsables políticos estadounidenses ante el término ‘guerra fría'», escriben, «les hace pasar por alto la forma en que puede movilizar a la sociedad. Una guerra fría ofrece un marco relacionable que los estadounidenses pueden utilizar para guiar sus propias decisiones», lo que «permite al gobierno estadounidense… reclutar a la próxima generación de guerreros fríos… [en] el contexto con China».48
Los preparativos bélicos estadounidenses contra China, proponen, deberían ampliarse enormemente, aumentando «la huella militar estadounidense» en el Indo-Pacífico, y Washington debería militarizar todas sus relaciones políticas y económicas en la superregión estratégica. Como sólo un aspecto de esto, Estados Unidos, insisten, debería gastar 100.000 millones de dólares «adicionales» en los próximos cinco años en forma de «fondo de disuasión» para dominar el estrecho de Taiwán en aguas territoriales chinas. En conjunto, piden un gran aumento del «gasto en armamento y base industrial [militar] destinado al Indo-Pacífico».49
Una parte crucial del argumento de Pottinger y Gallagher en Foreign Affairs es que Washington debe tener claro el «estado final» al que aspira en la Nueva Guerra Fría con China, que no es otro que el fin del gobierno de Xi y la destrucción del Partido Comunista de China, reproduciendo los acontecimientos del periodo de Gorbachov en la Unión Soviética.
En lugar de tomar como modelo a Gorbachov, como esperaban las potencias occidentales, Xi, según acusan, ha tomado como modelo a «José Stalin». El «estado final» que se pretende promover es el mismo que el presidente Ronald Reagan propuso con respecto a la URSS: acabar con «el mal en el mundo moderno» mediante la destrucción externa e interna del Partido Comunista de China en un final definitivo de la Revolución China, que ahora cumple setenta y cinco años.50
El hecho de que el artículo de Pottinger y Gallagher sobre una Nueva Guerra Fría intensificada contra China apareciera en la revista insignia del Consejo de Relaciones Exteriores, Foreign Affairs, significa que hasta cierto punto se ha ganado el apoyo bipartidista del orden estratégico estadounidense. La propia administración Biden justifica su aumento militar en el Indo-Pacífico en términos de la necesaria defensa de las naciones de la superregión frente al ascenso de China.
Se considera que esto exige un «despliegue avanzado» más agresivo por parte de Estados Unidos. Según la Estrategia Indo-Pacífica 2022 de Estados Unidos, China «pretende convertirse en la potencia más influyente del mundo», desplazando a Estados Unidos en ese sentido, y por esa misma razón constituye un peligro para los países del Indo-Pacífico y para el mundo entero. Además, el objetivo declarado de Washington es llevar más activamente a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) al Indopacífico. Un elemento central de toda la estrategia Indo-Pacífico es la construcción de una sólida relación con India dentro de la Cuádruple como «proveedor neto de seguridad».51 Encima de esto está la articulación de una estrategia de armamentismo general, convirtiendo los activos militares estadounidenses en poder económico adicional, y el poder económico en poder militar-estratégico.52
Como parte de la Nueva Guerra Fría contra China, la administración Biden no sólo ha mantenido los aranceles de Trump que convirtieron en armas las relaciones comerciales, sino que en mayo de 2024 los elevó a lo que la revista The Economist denominó niveles «ultraaltos». El arancel sobre los vehículos eléctricos chinos se ha cuadruplicado, pasando del 25% al 100%, mientras que el arancel sobre las células solares ha aumentado del 25% al 50%, el de las baterías de iones de litio del 7,5% al 25%, y el de las jeringuillas y agujas del 0% al 50%. Lejos de libre comercio, esto es guerra comercial.53
Aun así, los intentos estadounidenses de constreñir el desarrollo de China, se basan en última instancia en su cerco estratégico, apoyándose en sus cinco alianzas de defensa en el Indo-Pacífico (con Japón, Australia, Corea del Sur, Filipinas y Tailandia), así como en sus numerosas asociaciones estratégicas. El objetivo es formar una confrontación en bloque, o lo que Haushofer, en su geopolítica muy explícita, llamó una estrategia «Anaconda» de constreñir al adversario mediante la coerción militar.54
En abril de 2024, el ejército estadounidense empezó a desplegar en el Indo-Pacífico un nuevo sistema de misiles terrestres de alcance intermedio, conocido como Typhon, que incluye misiles de crucero Tomahawk, misiles interceptores multiuso supersónicos estándar 6 (SM-6) y el sistema de lanzamiento vertical terrestre Mark 41. Es la primera vez que Washington introduce un sistema ofensivo de misiles terrestres de alcance medio en cualquier parte del mundo desde que en 2019 se retiró unilateralmente del Tratado sobre Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio con Rusia, que había prohibido el despliegue de todos esos misiles.
En el caso del Typhon, el sistema de misiles sirve para múltiples propósitos, ya que transporta «cargas útiles» nucleares y no nucleares. El sistema de misiles Typhon, instalado actualmente en el norte de Luzón, en Filipinas, en la primera cadena de islas al sur de Taiwán, tiene un alcance de más de 1.600 kilómetros (en el caso de los misiles Tomahawk), capaz de alcanzar la costa oriental de China, el estrecho de Taiwán y las bases del Ejército Popular de Liberación en China.
Aunque el nuevo sistema se introdujo en Filipinas con carácter «temporal», no hay certeza, según el Servicio de Investigación del Congreso estadounidense, de que su despliegue no vaya a ser permanente, mientras que el comandante del Ejército estadounidense en el Pacífico ha indicado que Estados Unidos tiene la intención de instalar sistemas Typhon permanentes en el Indo-Pacífico. Pekín considera que el despliegue actual de estos misiles es una provocación importante que puede generar una carrera armamentística estratégica. Así pues, estos despliegues por parte de Washington de sistemas de misiles terrestres de alcance intermedio en el Indopacífico marcan claramente una peligrosa escalada, que amenaza con una Tercera Guerra Mundial.55
Sin embargo, todas las pruebas confirman que la mayoría de las naciones del Indopacífico han disminuido su gasto militar en la última década y no temen realmente una agresión militar por parte de China, con quien han experimentado crecientes interacciones económicas, estimulando el crecimiento compartido en la región.56 Por tanto, la opinión generalizada es que el principal perturbador de la paz comparativa en el Indopacífico es Estados Unidos, cuyo objetivo explícito es mantener su papel imperial hegemónico, es decir, su preeminencia tanto en la superregión del Indopacífico como en el resto del mundo.
El poder marítimo y el cerco de China
Hoy en día, la «escritura en espejo» de Washington continúa, especialmente en el contexto del Indo-Pacífico, en el que su imperialismo se presenta como antiimperialismo y fundamental para mantener la «paz» en la región durante setenta y cinco años -desde la Revolución China. Se nos dice que el papel de Estados Unidos en la región consiste en fomentar «la libertad y la apertura», ofrecer «autonomía y opciones» y establecer «enfoques basados en normas».57
En general, los objetivos son mantener la «seguridad» y la «prosperidad regional». En esta gran estrategia imperial, la geopolítica y la geoeconomía están profundamente entrelazadas.58 En la actualidad, aproximadamente «dos tercios de la economía mundial» tienen su base aquí, lo que ha impulsado inversiones financieras, políticas y militares adicionales en la región que Washington considera «el centro de gravedad del mundo».59
Para tener éxito en sus objetivos de «construir un equilibrio de influencia en el mundo que sea lo más favorable posible a Estados Unidos», Washington nos dice que debe proteger a sus aliados del Indopacífico del «acoso» y el «comportamiento perjudicial» de China.60 Se trata de una necesidad absoluta, ya que «el Partido Comunista Chino (PCCh)», afirma el Departamento de Estado estadounidense, «representa la amenaza central de nuestro tiempo», pues aspira a convertirse en una superpotencia tanto regional como mundial. Así pues, China, se nos dice, «no es un ciudadano modelo del mundo», sino una «potencia revisionista», y debe ser contrarrestada.61 Según la Estrategia Indo-Pacífica de Biden, este plan incluye basarse en «alianzas de tratado férreas»; forjar una mayor conectividad «entre el Indo-Pacífico y el Euro-Atlántico» que se extienda hasta las naciones de la OTAN; crear una «disuasión integrada» en «dominios de lucha bélica»; aumentar las inversiones para mejorar las capacidades y operaciones militares estadounidenses, incluidos los ejercicios conjuntos con los aliados; y ampliar la presencia militar estadounidense.62
Estratégicamente, significa dar prioridad a la «mayor fuerza asimétrica», que es la «red de alianzas y asociaciones de seguridad» de Estados Unidos en la región para «desarrollar y desplegar capacidades avanzadas de lucha bélica» con el fin de proteger a los ciudadanos y los intereses creados.63 El plan imperial más amplio implica la estratagema Anaconda, que rodea a China con bases militares estadounidenses y utiliza sus diversas alianzas y acuerdos de seguridad como base para intentar «contener a China» estratégicamente.64
Estas acciones, especialmente la reactivación de la formación del Diálogo de Seguridad Cuádruple, han suscitado la preocupación de si Estados Unidos está intentando crear una OTAN asiática como parte de su Nueva Guerra Fría, algo que Washington ha insinuado repetidamente.65
Aunque Estados Unidos afirma enérgicamente que «es una potencia del Indo-Pacífico» con vínculos que se remontan a cientos de años, su posición estratégica actual en la región -que incluye colonias reales como Guam y Samoa Americana, así como dependencias y cadenas de bases militares- es en gran medida el producto histórico de la Guerra hispano-estadounidense, la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría.
Un estado estadounidense, Hawai, es descrito por el ejército estadounidense como directamente dentro de su región de operaciones USINOPACOM, que, junto con las colonias estadounidenses en la superregión, pretende afirmar el papel de Estados Unidos como potencia soberana dentro del Indo-Pacífico, así como la fuerza militar preeminente.
Cuando el Reino Unido empezó a «retirarse» del Indopacífico a mediados del siglo XX, firmó una serie de acuerdos de inteligencia para compartir información sobre China y la URSS. El Acuerdo UKUSA (Reino Unido-Estados Unidos de América) se firmó en 1946. Este acuerdo se amplió en 1948 y 1956 para incluir a Australia, Canadá y Nueva Zelanda, estableciendo los «Cinco Ojos», que recopilaban y compartían inteligencia de defensa, humana y geopolítica para coordinar los esfuerzos entre las agencias de inteligencia dentro de las naciones y entre ellas. Sus esfuerzos coordinados se emplearon para vigilar las operaciones del Viet Minh en la Guerra de Vietnam.
El Reino Unido también estableció en 1971 los Acuerdos de Defensa de las Cinco Potencias entre él mismo y los miembros de la Commonwealth Australia, Malasia, Nueva Zelanda y Singapur, por los que las naciones acordaron consultarse mutuamente sobre posibles amenazas en la región para garantizar la «estabilidad» del Indo-Pacífico.66
Al tratar de ampliar aún más su presencia en el Indo-Pacífico, Washington ha afirmado su poder naval, tanto militarizando a las naciones aliadas contra la supuesta amenaza de China como construyendo una infraestructura geopolítica más amplia. De las cuarenta y tantas naciones del Indo-Pacífico, Estados Unidos, como se ha señalado, sólo tiene alianzas militares (pactos de defensa) con cinco naciones: Australia, Japón, Filipinas, la República de Corea (Corea del Sur) y Tailandia. Estas alianzas, que son más ofensivas que defensivas, tienen como objetivos principales a China, Corea del Norte y Rusia.67 En su esfuerzo por construir un bloque estratégico más grande, Washington también ha intentado establecer alianzas de seguridad adicionales con India, Indonesia, Malasia, Nueva Zelanda, Singapur y Vietnam.
Cada vez más, Estados Unidos considera a India un actor clave dentro de su gran estrategia imperial, indicando que «India desempeña un papel vital en la consecución de nuestra visión compartida de un Indo-Pacífico libre y abierto».68 Así, en 2016, Estados Unidos estableció una Gran Asociación de Defensa con India para elevar su capacidad militar y posicionarla como «proveedor neto de seguridad» en la superregión.
Este acuerdo proporciona a India «acceso sin licencia» a la compra de tecnologías militares que supervisa el Departamento de Comercio. El comercio de defensa militar con India, coordinado por la Oficina de Asuntos Político-Militares de Estados Unidos, aumentó «de casi cero en 2008 a más de 20.000 millones de dólares en 2020».69 Además de animar a India a comprar aviones de combate Lockheed Martin y Boeing, Estados Unidos ha ofrecido a India, un país sin tratado, un Sistema Aéreo no Tripulado de Categoría 1 del Régimen de Control de Tecnología de Misiles.
En un esfuerzo por aprovechar los tratados existentes y los intentos de acercar a India a Estados Unidos, la Cuádruple se reactivó (una vez más) en 2017 con el objetivo declarado de limitar la influencia china en el Indo-Pacífico. Este diálogo informal sobre seguridad se ha mantenido principalmente entre Australia, India, Japón y Estados Unidos. La presencia de India es la clave en lo que se denomina el diálogo tres más uno, puesto que los otros tres ya forman parte del sistema de alianzas militares en la región dirigido por Estados Unidos. India ha participado con cautela, pues no quiere apoyar plenamente los objetivos occidentales, perturbar su propia posición en la región ni asumir un papel de frente de seguridad.
Además, India firmó una asociación estratégica con China en 2005 para promover la prosperidad y la paz, por lo que tiene múltiples alianzas dentro de la región. Nueva Delhi se ha opuesto a las propuestas de ampliar el número de miembros de la Quad. No obstante, las colaboraciones de la Quad han coincidido con un aumento de las maniobras militares conjuntas en el Indopacífico, que Washington ve como el precursor de un bloque estratégico Indopacífico ampliado.
La Quad desafía las reivindicaciones marítimas de China en el Mar de China Meridional. Se presenta como un vehículo para promover los intereses de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN) y como base para el desarrollo político-económico.
En consonancia con el «Marco Económico Indo-Pacífico» general de Biden, se concibe como un contrapeso a la Iniciativa del Cinturón y la Ruta de China.70 Hasta la fecha, la Cuádruple no ha ganado mucha tracción como medio para avanzar en objetivos más amplios, pero persiste como uno de los diversos acuerdos estratégicos para desafiar a China.
Estados Unidos y tres de sus aliados -Australia, Japón y Filipinas, ahora denominados colectivamente la Escuadra (no confundir con la Cuadrilateral)- realizaron maniobras navales colectivas en el Mar de China Meridional en abril y mayo de 2024.
Los aliados de la Escuadra afirman que estos ejercicios militares pretenden aumentar sus «capacidades conjuntas» y «defender el derecho a la libertad de navegación y sobrevuelo y el respeto de los derechos marítimos según el derecho internacional». La provocación es clara, ya que estas operaciones tuvieron lugar dentro de «la frontera marítima de China», y China las considera parte de Washington flexionando sus «músculos cañoneros».71
Más significativa es la red de bases militares en el Indopacífico que rodea a China, destinada a mantener la supremacía naval. Durante mucho tiempo, Estados Unidos ha dado por sentado que puede moverse libremente por el Indopacífico con impunidad, incluso enviando sus buques y aviones militares a través del estrecho de Taiwán, dentro de las aguas territoriales chinas, con la justificación de que está garantizando la protección y la seguridad de las naciones asiáticas y de que contribuye a garantizar el libre comercio a través de la Asociación Transpacífica.
Esta presencia estratégica es cada vez más importante para Washington, dada la expansión de la capacidad naval china y el aumento del comercio entre China y otros países asiáticos, que ha reducido el papel económico relativo de Estados Unidos en la superregión.
Según el informe del Servicio de Investigación del Congreso Infraestructura de Defensa de EEUU en el Indo-Pacífico de junio de 2023, EEUU tiene «al menos 66 emplazamientos de defensa significativos repartidos por toda la región» -también especificada como «el epicentro de la geopolítica del siglo XXI»-.72 Algunas de estas bases están situadas en la costa del Pacífico de Estados Unidos (debido a cómo el Congreso estadounidense ha definido la superregión Indo-Pacífico). Otras posesiones y territorios no gobernados por Estados Unidos (incluida la colonia estadounidense de Guam) se extienden por el océano Pacífico. Otras están situadas en naciones aliadas, como Japón, Corea del Sur, Australia y Filipinas. Esta infraestructura militar del Indo-Pacífico, es decir, la red de bases de la superregión, «alberga a más de 375.000 militares estadounidenses».73
Utilizando la Línea Internacional de la Fecha para dividir el Indopacífico en este y oeste, Estados Unidos tiene veintiséis bases militares en el este (desde la costa del Pacífico de Estados Unidos hasta la línea de la fecha) y cuarenta bases en el oeste (desde la línea de la fecha en el océano Pacífico hasta el final de la frontera del Mando Indopacífico de Estados Unidos en el océano Índico).74 (Véase el Mapa 2: «Emplazamientos de defensa estadounidenses «significativos» seleccionados en el Indopacífico») Según el informe del Servicio de Investigación del Congreso, las del este, aunque son cruciales para mantener la red global, se consideran menos susceptibles de ser objetivo de las armas convencionales utilizadas por los adversarios. En cambio, las bases militares del Pacífico Occidental son nodos clave en las operaciones militares de avanzada, al tiempo que están potencialmente al alcance de un ataque con armas convencionales. Y lo que es más importante, la cadena de bases situadas al oeste son los principales puntos de lanzamiento de cualquier ataque dirigido por EEUU.
Mapa 2. Lugares de defensa estadounidenses «significativos» seleccionados en el Indo-Pacífico

Estas sesenta y seis bases militares estadounidenses «significativas» en el Indo-Pacífico, designadas por el Servicio de Investigación del Congreso, son sólo una parte de la infraestructura de defensa empleada para cercar a China: como ha señalado el difunto John Pilger, en realidad hay unas cuatrocientas bases militares estadounidenses alrededor de China.75
Las bases del Indopacífico son cruciales para mantener la supremacía naval. Se consideran un componente importante para contener estratégicamente a China. Con este fin, Estados Unidos negocia activamente con las naciones anfitrionas el establecimiento de bases adicionales, ya sea de forma permanente o como emplazamientos de contingencia para operaciones de apoyo. Desde 2011, se ha asegurado otros doce emplazamientos de bases en Australia y Filipinas. Se están construyendo nuevas instalaciones en Guam y Japón.
Entre los años fiscales 2020 y 2023, el Congreso ha consignado 8.900 millones de dólares para apoyar la construcción de nuevos emplazamientos militares en el Indo-Pacífico. La Iniciativa para la Disuasión en el Pacífico se propuso en 2020 y se ha utilizado para financiar nuevas inversiones destinadas a modernizar, reforzar y ampliar la presencia, las capacidades y las infraestructuras militares estadounidenses en el marco del USINDOPACOM, con el fin de mejorar la preparación contra China y garantizar a los aliados el apoyo militar estadounidense.76
Un componente clave de la red de bases militares estadounidenses son los Pactos de Libre Asociación, también conocidos como COFA. Estos acuerdos internacionales entre Estados Unidos y las Islas Marshall, Micronesia y Palaos se establecieron inicialmente en la década de 1980, concediendo a Estados Unidos permiso exclusivo para operar bases militares en sus tierras. Todas estas naciones insulares están situadas entre Hawai y Filipinas.
En consecuencia, los acuerdos negociados son fundamentales para establecer y mantener el control estadounidense sobre el corredor principal, ininterrumpido, a través del Pacífico central, así como para conectar directamente con la red de bases militares al oeste de la Línea Internacional de la Fecha en el Indopacífico. Los acuerdos separados se renovaron y firmaron en 2023, ampliando estos derechos durante los próximos veinte años. A cambio, Estados Unidos seguirá proporcionando ayuda financiera, que incluye el servicio postal, por un total de más de 7.000 millones de dólares.
Uno de los acuerdos de bloque militar más recientes y agresivos establecidos por Washington es AUKUS, que incluye a Australia, el Reino Unido y Estados Unidos. Establecido en 2021, AUKUS tiene como premisa avanzar en la seguridad militar más allá del enfoque del acuerdo de inteligencia de los Cinco Ojos. Existe un gran interés en la búsqueda de tecnologías asociadas a la guerra cibernética y electrónica. Además, uno de los principales objetivos consiste en que tanto el Reino Unido como Estados Unidos ayuden a Australia a adquirir submarinos de propulsión nuclear como parte de la ampliación de la capacidad militar de este último país. Este acuerdo ha suscitado gran inquietud en otros países del Indopacífico, como Indonesia y Malasia, sobre si AUKUS provocará conflictos adicionales, proliferación nuclear en el Pacífico Occidental y desenlaces mortales.
Los submarinos de propulsión nuclear se consideran un peligroso primer paso en la introducción de submarinos con armamento nuclear, en este caso por instigación de dos potencias nucleares occidentales. Las conversaciones iniciales sobre la ampliación de AUKUS se han centrado en Japón, que apoya que Australia reciba submarinos de propulsión nuclear, y Nueva Zelanda, que indicó que podría considerar participar en las dimensiones no nucleares de la asociación.77
Dado el desarrollo de la infraestructura del bloque militar y económico estadounidense dirigido principalmente a China, del que Pekín es plenamente consciente, ha tratado de tomar medidas para salvaguardar su propia seguridad. Sin embargo, Washington asegura a sus aliados que su Concepto Conjunto de Acceso y Maniobra en los Comunes Globales, antes conocido como AirSea Battle, ofrece un enfoque integrado que «desbaratará, destruirá y derrotará» las estrategias militares defensivas de los adversarios, como China.78
En los círculos militares estadounidenses apenas se duda en referirse a una posible Tercera Guerra Mundial en el Indo-Pacífico, aunque ésta desembocaría casi inevitablemente en un intercambio termonuclear que amenazaría a toda la humanidad. Por esta razón, la Nueva Guerra Fría contra China que está impulsando Washington, centrada en el control del Indo-Pacífico, es una clara manifestación de lo que ahora es «la fase potencialmente más peligrosa del imperialismo».79
El imperialismo tardío y el Indo-Pacífico
La realidad esencial que rige hoy la gran estrategia imperial estadounidense es el acusado declive de la hegemonía económica, financiera y política de EEUU en el mundo. Desde la Segunda Guerra Mundial, el capitalismo estadounidense ha gobernado la economía mundial mediante un «imperialismo hegemónico global». Ahora que esta hegemonía está menguando en el periodo del imperialismo tardío, Washington se enfrenta a un conjunto de contradicciones que son inerradicables dentro del sistema.80
El impulso estadounidense hacia el poder mundial unipolar, tras la desaparición de la Unión Soviética en 1991, fue un reflejo de las tendencias expansivas del propio capitalismo y de sus divisiones innatas entre Estados-nación. El imperialismo es inherente al capitalismo y representa su rostro global. Sin embargo, tres décadas después del impulso hacia la dominación unipolar, la situación está cambiando rápidamente hacia un mundo multipolar.
Aunque Estados Unidos sigue siendo la fuerza preeminente de destrucción global con su vasto poder militar, su capacidad para traducirlo en una renovación de su poder económico y político es limitada. Los enfrentamientos militares con otras grandes potencias plantean hoy la cuestión del Armagedón global. Como ha reconocido recientemente incluso el estratega republicano y virulento halcón antichino Elbridge Colby, principal autor de la Estrategia de Defensa Nacional de 2018 de la administración Trump, los días de la «primacía» estadounidense como potencia mundial hegemónica han pasado: «una política exterior de primacía estadounidense simplemente no es posible».81 Proceder en esa dirección es, pues, una marcha de la insensatez.
Además de todo esto, Estados Unidos se enfrenta en la República Popular China a un país que ha experimentado el crecimiento económico más rápido de toda la historia, basado en una formación social bastante diferente que se apoya en las fuerzas tanto del Estado como del mercado en forma de Socialismo con Características Chinas. Como civilización de cinco mil años de antigüedad, China representa un desafío tanto cultural como económico para Occidente, impulsando nuevas normas globales con sus iniciativas de civilización global. China, en lugar de intentar crear un bloque militar opuesto al de Estados Unidos y sus aliados, se ha opuesto a la formación de todo «bloque de confrontación».82
La respuesta estadounidense ha sido convertir cada vez más el ascenso de China en una cuestión de seguridad que hay que abordar estratégicamente. Reconoce que, si el alcance económico general de China en el Indopacífico se expandiera más, el control estadounidense sobre lo que ahora es el centro industrial del planeta disminuiría proporcionalmente, lo que conduciría a la eventual caída del imperio estadounidense.
Con décadas de estancamiento económico, derivado del capitalismo monopolista a sus espaldas y sin salida visible, Estados Unidos es incapaz de mantener su dominio únicamente por medios económicos. De ahí que la clase capitalista estadounidense, junto con las de sus aliados occidentales, amenace ahora con sus acciones con hacer caer el techo sobre toda la humanidad.
Para justificar su escalada en el Indopacífico, Washington ha tenido que presentar a Pekín como una amenaza para las naciones de su entorno. Sin embargo, de las más de cuarenta naciones del Indopacífico, sólo cinco tienen tratados de defensa con Estados Unidos, en su mayoría producto de guerras pasadas.
De hecho, la percepción general de los países del Indopacífico durante la última década o dos ha sido de una seguridad cada vez mayor, debido a lo que efectivamente se considera la postura no agresiva de China y a las relaciones económicas y comerciales cada vez más integradas.
Aunque naturalmente se producen disputas comerciales y territoriales, en Asia se suele considerar a China como una fuente de desarrollo económico colectivo. Ha firmado más acuerdos de libre comercio con las naciones del Indopacífico que Estados Unidos. También está proporcionando importantes fondos para el desarrollo a otras naciones del Indopacífico. China distribuyó 36.000 millones de dólares en fondos de este tipo en 2017, empequeñeciendo los 3.000 millones de Estados Unidos.83 En general, las naciones de la superregión ven una economía integrada con China como una solución en la que todos ganan, mientras que perciben la militarización de las relaciones económicas y políticas a instancias de Estados Unidos como una propuesta en la que todos pierden.
Como ha argumentado el muy respetado especialista en relaciones internacionales David C. Kang en American Grand Strategy and East Asian Security in the Twenty-First Century (2017) y otras obras, en las dos últimas décadas se ha producido un descenso generalizado del gasto militar como porcentaje del PIB en los mayores Estados de Asia Oriental. Tomando los once estados más grandes, se ha reducido aproximadamente a la mitad de lo que era dos décadas y media antes, disminuyendo de una media del 3,35% en 1990 a una media del 1,8% en 2015, una tendencia que ha continuado.84 Esto apunta objetivamente a una sensación de seguridad nacional creciente, en lugar de decreciente, en la región. Es este clima de paz el que Estados Unidos amenaza con perturbar, no por el bien de Asia Oriental, sino con el objetivo de preservar a toda costa su preeminencia como potencia mundial.
C. Wright Mills dijo célebremente: «la causa inmediata de la Tercera Guerra Mundial es la preparación de esta«.85 Estados Unidos, enfrentado a la desaparición de su imperialismo hegemónico global, no sólo se está preparando para una Tercera Guerra Mundial, sino que la está provocando activamente.
Sin embargo, hay indicios de que está surgiendo de nuevo un movimiento antiimperialista de masas en Estados Unidos y en los demás países del núcleo imperial de la economía mundial capitalista, empezando por el movimiento Palestina Libre en respuesta a la guerra genocida de Israel en Gaza apoyada por Washington. El movimiento mundial de hoy debe ser antiimperialista, anticapitalista, antibelicista y ecologista. Puesto que la alternativa es el exterminio global, es una lucha que sólo la humanidad puede ganar.
Traducción nuestra
*John Bellamy Foster es editor de Monthly Review y profesor emérito de Sociología en la Universidad de Oregón. Es autor, más recientemente, de The Dialectics of Ecology (Monthly Review Press, 2024).
*Brett Clark es editor asociado de Monthly Review y profesor de Sociología en la Universidad de Utah. Es autor (con John Bellamy Foster) de The Robbery of Nature (Monthly Review Press, 2020).
Notas
- Karl Ernst Haushofer, Geopolítica del Océano Pacífico (Lewiston, Nueva York: Edwin Mellen Press, 2002).
- Derwent Whittlesey, «Haushofer: los geopolíticos», en Makers of Modern Strategy, ed. Edward Meade Earl (Princeton: Princeton University Press, 1973). Edward Meade Earl (Princeton: Princeton University Press, 1973), 384-411; Derwent Whittlesey, The German Strategy of World Conquest (Nueva York: Farrar and Rinehart, 1942), 70-78; Holger H. Herwig, The Demon of Geopolitics: How Karl Haushofer «Educated» Hitler and Hess (Nueva York: Rowman and Littlefield, 2016); John Bellamy Foster, «The New Geopolitics of Empire», Monthly Review 57, nº 8 (enero de 2006): 2-6. El trabajo de Whittlesey indica que Hess era «ayudante de campo» de Haushofer, pero esto no aparece en otros relatos. Whittlesey, «Haushofer: los geopolíticos», 408.
- Haushofer, La geopolítica del océano Pacífico, 1, 10, 209-10, 217-20; Timothy Doyle y Dennis Rumley, The Rise and Return of the Indo-Pacific (Oxford: Oxford University Press, 2019), 28-39.
- Halford Mackinder, Ideales democráticos y realidad (Nueva York: Henry Holt and Co., 1919), 186.
- Hans W. Weigert, «Haushofer y el Pacífico», Foreign Affairs 20, no. 4 (julio de 1942): 732-42; Robert Strauss-Hupé, Geopolítica: The Struggle for Space and Power (Nueva York: G. P. Putnam Sons, 1942), 152; Franz Neumann, Behemoth (Oxford: Oxford University Press, 1942), 144; Foster, «The New Geopolitics of Empire», 4. La influencia de Haushofer disminuyó rápidamente en la Alemania nazi tras la huida de Hess a Gran Bretaña. Haushofer se había opuesto claramente (aunque no sabemos hasta qué punto abiertamente) a la invasión de la Unión Soviética por Hitler, así como a la invasión de China por el Imperio de Japón, ya que ambas entraban en conflicto con su noción de un nuevo imperio euroasiático. Fue confinado durante un breve periodo en el campo de concentración de Dachau, y su hijo participó en el intento de asesinar a Hitler. El ejército estadounidense lo detuvo al final de la guerra y lo interrogó. Se suicidó poco después. Foster, «La nueva geopolítica del imperio», 5.
- Haushofer, Geopolítica del océano Pacífico, 1, 10, 14, 208-11, 217.
- Doyle y Rumley, Auge y retorno del Indopacífico, 49. Aunque la Geopolítica del Océano Pacífico de Haushofer, a pesar de su inmensa influencia, estuvo esencialmente prohibida en el ámbito angloamericano y no se tradujo al inglés en todo el periodo de la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría, se publicó una traducción en 2002, bajo la dirección de Lewis A. Tambs, diplomático de la administración de Ronald Reagan que argumentó que la geopolítica del Indopacífico de Haushofer era ahora esencial para combatir a China. Lewis A. Tambs, prefacio a Haushofer, Geopolítica del Océano Pacífico, xv-xix. Sobre el resurgimiento de un imperialismo desnudo, véase John Bellamy Foster, Naked Imperialism (Nueva York: Monthly Review Press, 2006).
- Doyle y Rumley, The Rise and Return of the Indo Pacific, 32; Lawrence H. Shoup y William Minter, Imperial Brain Trust: The Council on Foreign Relations and American Foreign Policy (Nueva York: Monthly Review Press, 1977).
- Departamento de Defensa de EEUU, Informe sobre la Estrategia Indo-Pacífica: Preparedness, Partnerships, and Promoting a Networked Region, 1 de junio de 2019, 7, defense.gov. Sobre el orden basado en normas y China, véase John Bellamy Foster, «La nueva guerra fría contra China«, Monthly Review 73, no. 3 (julio-agosto de 2021): 1-20.
- La Casa Blanca, Estrategia Indo-Pacífica de Estados Unidos, febrero de 2022, 4, whitehouse.gov.
- Antony J. Blinken, «Un Pacífico libre y abierto», 14 de diciembre de 2021, state.gov.
- Hillary Rodham Clinton, «America’s Engagement in the Asia-Pacific«, discurso en Honolulu, 8 de octubre de 2018, state.gov; D. Gnanagurnathan, «India and the Idea of the Indo-Pacific«, Foro de Asia Oriental, 20 de octubre de 2012.
- Clinton, «El compromiso de EEUU en Asia-Pacífico».
- Doyle y Rumley, Auge y retorno del Indopacífico, 78.
- Casa Blanca, Estrategia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos de América, diciembre de 2017, 45-46.
- «La próxima guerra contra China: Pilger Says US Is the Real Threat in the Pacific, Not China», Sydney Morning Herald, 9 de febrero de 2017.
- Departamento de Defensa de EEUU, Informe sobre la Estrategia Indo-Pacífica, 7, 11-12.
- Departamento de Defensa de EEUU, Informe sobre la Estrategia Indo-Pacífica, 15-16.
- Véase Matt Pottinger y Mike Gallagher, «No Substitute for Victory: America’s Competition with China Must Be Won, Not Managed», Foreign Affairs (mayo-junio de 2024), 25-39; David Geaney, «What Would Victory Against China Look Like?«, Journal of Indo-Pacific Affairs, 21 de septiembre de 2023; Foster, «The New Cold War on China», 16.
- Departamento de Defensa de EEUU, Informe sobre la Estrategia Indo-Pacífica, 5.
- David Kang, «Still Getting Asia Wrong: No ‘Contain China’ Coalition Exists», Washington Quarterly (Invierno de 2023): 79-98; David C. Kang, American Grand Strategy and East Asian Security in the Twenty-First Century (Cambridge: Cambridge University Press, 2017).
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- Yi Wen, «China’s Rapid Rise: From Backward Agrarian Society to Industrial Powerhouse in Just 35 Years«, Economista Regional, Junta de la Reserva Federal de San Luis, 11 de abril de 2016; John Ross, China’s Great Road (Glasgow: Praxis Press, 2021), 23; Yi Wen, «Income and Living Standards Across China», On the Economy (blog), Junta de la Reserva Federal de San Luis, 8 de enero de 2018.
- David Christian, Maps of Time (Berkeley: University of California Press, 2004), 406-9; Paul Bairoch, «The Main Trends in National Economic Disparities Since the Industrial Revolution», en Disparities in Economic Development Since the Industrial Revolution (Nueva York: St. Martin’s Press, 1981), 7-8; Ben Norton, «China Is ‘World’s Sole Manufacturing Superpower,’ with 35% of Global Output», Geopolitical Economy Report, 31 de enero de 2024, geopoliticaleconomy.com. Este párrafo se basa en John Bellamy Foster, prólogo a Cheng, China’s Economic Dialectic, vii-xiii.
- Alessandro Nicita y Carlos Razo, «China: Rise of a Trade Titan», UNCTAD, 27 de abril de 2021, unctad.org.
- Sobre la Gran Crisis Financiera, véase John Bellamy Foster y Fred Magdoff, The Great Financial Crisis: Causas y consecuencias (Nueva York: Monthly Review Press, 2009).
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- Véase Harry Magdoff y Paul M. Sweezy, Stagnation and the Financial Explosion (Nueva York: Monthly Review Press, 1987).
- Véase Hans G. Despain, «El estancamiento secular: La corriente dominante frente a las tradiciones marxianas«, Monthly Review 67, no. 4 (septiembre de 2015): 1-11.
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- Shambaugh, China’s Leaders, 317; Lin Le, «Chinese Politics Since Hu Jintao», 43; Shirk, Overreach, 42, 183-84.
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Fuente original: Monthly Review
Como parte de la Revista 2024, Volumen 76, Número 03 (Julio-Agosto 2024)
