Camila Barragán.
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30 de marzo 2024.
En el verano de 2023 se batieron récords de temperatura, afirmando la alarmante tendencia del calentamiento global, que incluso los modelos climáticos más sofisticados subestimaron. Al mismo tiempo, las comunidades latinoamericanas se movilizaron contra el extractivismo y a favor de la protección del medio ambiente, como ejemplificó la campaña #SíalYasuní en Ecuador, que abogó con éxito por mantener el petróleo bajo tierra para combatir el cambio climático y proteger a los grupos indígenas y la biodiversidad. Del mismo modo, en la provincia argentina de Jujuy, un levantamiento se opuso a una reforma constitucional que amenazaba los derechos de las comunidades indígenas debido a la extracción de litio. Estos acontecimientos ponen de relieve distintos aspectos de la crisis socioecológica contemporánea. El autor pretende contribuir a los debates sobre el cambio socioecológico radical, presentando una reflexión sobre las herramientas analíticas de la tradición de la teoría crítica de la Escuela de Frankfurt, incluyendo algunas formulaciones contemporáneas.
Es oficial: el verano de 2023 (en el Hemisferio Norte) fue, con diferencia, el más cálido jamás registrado (Planelles y Silva 2023). No se trata de una coincidencia, sino de la confirmación de una tendencia al calentamiento global cuyo ritmo parece haber sido subestimado incluso por los sofisticados modelos climáticos del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC).
Justo cuando se registraban picos de temperatura sin precedentes en varias ciudades del mundo, las comunidades organizadas de América Latina se movilizaban contra el extractivismo, así como a favor de la protección del medio ambiente y del derecho a protestar en su defensa. Una de ellas fue la campaña #SíalYasuní (Sí al Yasuní) en Ecuador, parte de una lucha para detener la exploración y perforación petrolera en el bloque petrolero Ishpingo-Tambococha-Tiputini (ITT), situado dentro del Parque Nacional Yasuní (Rosero 2023a; YASunidos s.f.).
Como afirmaron los activistas, evitar la perforación petrolífera es la única solución sensata para detener el cambio climático, proteger a los grupos indígenas que viven en la región y preservar la biodiversidad. La campaña concluyó con un referéndum celebrado el 20 de agosto de 2023, en el que la mayoría de la población de Ecuador votó a favor de mantener el petróleo bajo tierra, lo que obligó a desmantelar las operaciones petrolíferas en la región en el plazo de un año (Rosero 2023b). Un gran éxito, el resultado de este referéndum debe situarse en un contexto a más largo plazo: han pasado diez años desde que las organizaciones ecologistas que impulsaron la campaña empezaron a movilizarse por el cese definitivo de la explotación petrolífera en el Yasuní.
Por la misma época, a casi 3.000 km al sureste de Yasuní, en la provincia de Jujuy, Argentina, se estaba produciendo un levantamiento popular en el que participaban comunidades indígenas, sindicatos y organizaciones sociales (Svampa 2023). El núcleo del levantamiento era la oposición a una reforma constitucional provincial. Las enmiendas supondrían una violación del derecho a la protesta para las comunidades de Jujuy, que ya se enfrentan a la amenaza del despojo de sus tierras. La principal amenaza proviene de la extracción de litio, mineral clave para una «transición energética» cuya implantación urgente y masiva se presenta como la única alternativa posible al sistema de combustibles fósiles. Esta reforma socava aún más la capacidad de las comunidades para resistir el ataque extractivista a sus tierras.
Estos episodios revelan distintas dimensiones de la crisis socioecológica contemporánea. Por un lado, el calentamiento global ya ha empezado a alterar significativamente tanto los ecosistemas como las corrientes oceánicas que regulan el clima en los distintos continentes (Criado 2023).
Si queremos evitar el sufrimiento, la destrucción y la muerte de vidas humanas y no humanas a escalas inimaginables, detener la extracción de combustibles fósiles no puede posponerse por más tiempo. Lo que podemos extraer de la lucha organizada para proteger el Yasuní es que esto es posible, pero también que debemos refrenar nuestro optimismo: estas luchas son cuantitativamente muy limitadas a escala global, y podrían llevarnos un tiempo del que ya no disponemos. Lo que vemos en Jujuy, por otra parte, es lo que oculta el discurso acrítico de la «transición energética»: bajo la aparente inocuidad de las energías renovables, reconocemos la inconfundible lógica capitalista del «cueste lo que cueste».
Esta lógica se sustenta en prácticas autoritarias y se despliega mediante el despojo de tierras para un capitalismo «verde» que, como es lógico, es fundamentalmente incompatible con la superación de la crisis socioecológica. A veces da la sensación de que los muros se cierran sobre nosotros: crisis inminente o perdición inminente, parecen existir pocos caminos posibles, la mayoría de ellos con trampas ocultas, y ninguno parece suficiente para escapar de ella. ¿Cómo dar sentido a este escenario?
En este texto, pretendo contribuir al debate sobre las condiciones subjetivas contemporáneas para un cambio socioecológico radical. Para ello, primero introduzco brevemente el vínculo entre la crisis socioecológica contemporánea y el modo de organización capitalista. Después me centro en lo que será el centro de mi argumentación, presentando una discusión sobre las herramientas analíticas de la tradición de la teoría crítica de la Escuela de Frankfurt, incluyendo algunas formulaciones contemporáneas. Argumento que las líneas de investigación trazadas por esta tradición son relevantes para los debates actuales sobre el sujeto político durante la crisis climática.
EL CAPITALISMO Y LA TRANSFORMACIÓN DE LA NATURALEZA
La crisis socioecológica tiene sus raíces en un modo fundamentalmente contradictorio de organizar las relaciones sociales, que se sustenta necesariamente en relaciones de explotación y dominación: el capitalismo.
El desarrollo histórico de estas relaciones sociales capitalistas como metabolismo social alienado, que se mueve según la lógica de «un proceso siempre acelerado de producción por la producción» (Postone 1993, 184), requiere necesariamente una movilización cada vez mayor de materia y energía (generada en su mayor parte mediante la quema de combustibles fósiles). Al transformarse profunda y continuamente el metabolismo con la naturaleza, se desestabilizan los ciclos socioecológicos, produciéndose lo que John Bellamy Foster (1999, 2013) –siguiendo a Marx- denomina fracturas metabólicas. Dependiendo de la gravedad y profundidad de estas fracturas, pueden provocar desde la disminución o desaparición de especies hasta el colapso de ecosistemas concretos.
El cambio climático no es más que un ejemplo paradigmático de la capacidad del metabolismo social capitalista para transformar la naturaleza, sólo que esta vez a escala planetaria. Demuestra que el modo de organizar las relaciones sociales capitalistas se ha convertido en una especie de fuerza geológica, capaz de alterar incluso el metabolismo planetario y transformar unas condiciones climáticas que habían permanecido relativamente estables durante los últimos 10.000 años.
El capital ha demostrado anteriormente la capacidad de reaccionar ante las fracturas metabólicas mediante, por ejemplo, el desarrollo de nuevas tecnologías. Sin embargo, estos «apaños» no han resuelto las fracturas, sino que las han diferido en el tiempo o desplazado a otras geografías y dimensiones del ecosistema global.
De forma similar, se está intentando mitigar las fracturas metabólicas asociadas al cambio climático mediante inversiones masivas en energías «renovables» (eólica, solar) y la electrificación del transporte. Sin embargo, éstas impulsarán un aumento espectacular (seis veces más que en la actualidad) de la extracción de minerales como el cobre, el litio, el níquel, el manganeso, el cobalto y muchos otros, con la consiguiente degradación medioambiental de tierras y masas de agua.
Por tanto, a menos que las transformaciones socioecológicas que buscamos nos alejen del modo capitalista de organizar las relaciones sociales, el mero desplazamiento de las fracturas metabólicas es inevitable. Necesitamos una teoría y una praxis que rompan radicalmente con lo que constituye el núcleo del modo de organización capitalista: la autovalorización del valor y la dinámica resultante de la producción por la producción.
Existe una rica y diversa tradición anticapitalista y ecológica, tanto de pensamiento como de organización política, que intenta poner en práctica diferentes versiones de esto: criticar y transformar la sociedad existente con la intención de construir mundo(s) regidos tanto por la satisfacción de las necesidades sociales como por el mantenimiento del equilibrio ecológico (Löwy 2020; Foster 2023; Svampa 2022; Rátiva Gaona et al. 2023).
Sin embargo, no hay consenso sobre el tipo de política que se debe llevar a cabo en el presente para construir el modo de organización socioecológico deseado. ¿Hacia qué debería dirigirse la energía y la organización colectiva? ¿Hacia la revolución, la protesta social y las demandas concretas de políticas públicas (por ejemplo, el Green New Deal), el sabotaje de la infraestructura de combustibles fósiles, la resistencia organizada a proyectos extractivistas, la política prefigurativa?
Ante la cuestión de qué hacer, el debate tiende a articularse en la tensión entre dos temas centrales: lo que es posible y lo que es necesario. En un contexto de urgencia climática, lo que se pueda hacer debe hacerse cuanto antes. Esto conduce al establecimiento de estrategias «prerrevolucionarias» destinadas a mitigar las desastrosas consecuencias de vivir en una sociedad capitalista en un planeta que se calienta.
Esto puede implicar, por ejemplo, resistirse a determinados proyectos extractivos o promover la transformación de las economías nacionales en economías «verdes». Sin embargo, estos tipos de acción se quedan cortos ante la gravedad de la situación.
Nos vemos obligados a reconocer la necesidad de un proyecto político y socioecológico radicalmente alternativo (Svampa 2020), que, como se ha descrito anteriormente, represente una ruptura radical con el capitalismo: todo lo que no sea eso conducirá inevitablemente al colapso. Tal proyecto, sin embargo, se enfrenta a un «déficit de candidatos obvios» (Seaton 2022).
Parece haber una especie de consenso en torno a la actual falta de sujetos políticos colectivos con suficiente poder social y movilización tanto para detener la extracción de combustibles fósiles como para resistir al capitalismo verde, por no hablar de desmantelar la totalidad de las relaciones sociales que constituyen el capital…
Y ahora nuestro argumento nos ha traído de vuelta, aparentemente sin haber aprendido nada nuevo, aún incapaces de entender la dificultad de trascender la sociedad capitalista que nos ha llevado a esta crisis socioecológica. ¿Todavía podemos aspirar a hacer más que llevar a cabo resistencia localizada? ¿Por qué a veces parece que la posibilidad de una trascendencia emancipadora está cerrada de antemano?
EL CAPITALISMO Y LA TRANSFORMACIÓN DE LA NATURALEZA (INTERNA)
Nos encontramos en una posición enigmática: conscientes de estar, como sociedad, al borde de la extinción, pero incapaces de vislumbrar siquiera una remota posibilidad de levantamientos globales masivos capaces de detener la maquinaria que nos conduce inexorablemente a la catástrofe. Abundan las posibles explicaciones: se ha argumentado que tiene que ver con un conocimiento insuficiente del cambio climático, de su gravedad y temporalidad, de sus causas estructurales o de las transformaciones necesarias para detenerlo.
Otras perspectivas se centran en las relaciones de poder: el poder económico y político tremendamente concentrado de las empresas transnacionales y estatales de combustibles fósiles, frente a la relativa debilidad de las comunidades afectadas que podrían hacerles frente. Aunque importantes, estos argumentos no bastan para dar sentido al «enigma de la docilidad» (Zamora 2007) ante un colapso previsible.
No es la primera vez que un enigma de esta naturaleza intriga a quienes se ocupan de la transformación social radical. En las décadas que siguieron a la Revolución Rusa de 1917, los pensadores de la tradición marxista europea intentaron dar sentido al «fracaso de la revolución en Occidente» (Zamora 2007, 27). ¿Cómo explicar que, contrariamente a lo que esperaba la teoría dominante -según la cual la agudización de las contradicciones económicas generaría las condiciones para la revolución-, los intentos revolucionarios en los países de Europa Occidental fueran prácticamente inexistentes?
La conformidad social de los sujetos dominados ya no podía explicarse de forma convincente únicamente por el uso capitalista de la violencia coercitiva o la ideología (ibid.). Por tanto, esto exigía que la teoría marxista incorporara desarrollos de otros enfoques teóricos capaces de dilucidar las dimensiones psicológicas e inconscientes de la acción humana. La tradición de la teoría crítica de la Escuela de Frankfurt -a través de la obra de intelectuales como Max Horkheimer o Theodor W. Adorno- se basó en la teoría psicoanalítica de Freud para explorar el modo en que la dominación social se extendía a la vida psíquica de los individuos.
El concepto marxista de fetichismo de la mercancía fue fundamental en este empeño. Permitía abordar la apariencia invertida de las relaciones sociales objetivas dentro de la sociedad capitalista, en la que las relaciones entre personas -productores de mercancías- parecen ser relaciones entre cosas –los productos de su trabajo objetivado (Marx 2022 [1873]). En un mundo tan distorsionado, lo que es social y producto del desarrollo histórico parece natural y objetual (Adorno 2000 [1968]).
Más que apariencias subjetivas, son ilusiones objetivamente necesarias que ocultan -naturalizándolo- el carácter fundamentalmente antagónico de la sociedad capitalista. La industria cultural fue fundamental para la interiorización del fetichismo de la mercancía. Cuando Horkheimer y Adorno acuñaron el concepto de «industria cultural» (Horkheimer y Adorno 2002 [1944]), lo utilizaron para referirse críticamente a la producción y consumo masivos de productos culturales (películas, programas de radio, automóviles y anuncios publicitarios, etc.), que constituían un marco totalizador de socialización en los Estados Unidos fordistas de los años 40 y 50 (Maiso 2010).
A través de su consumo de productos culturales-industriales, los individuos se socializaban cada vez más para interiorizar pasivamente la estandarización, repetición y uniformidad sistemáticas de la producción industrial de mercancías (Prusik 2020), empobreciendo profundamente su capacidad para vivir experiencias vitales genuinas. En última instancia, esto también funcionó como un mecanismo compensatorio, una distracción del sufrimiento de la vida social capitalista (ibid.).
Simultáneamente, se estaban produciendo otras transformaciones en las relaciones sociales objetivas. La aparición de una sociedad de masas profundamente tecnificada y «potencialmente omnímoda» significaba que la socialización capitalista podía penetrar más profundamente en el ámbito íntimo de la vida social (Maiso 2010, 46).
Los modos anteriores de socialización de los individuos, tradicionalmente mediados a través de instituciones como la familia, dieron paso a un modo de socialización en el que la coacción y los imperativos sociales llegan a imponerse «directamente, sin mediación» (Maiso 2019, 76). Los individuos se enfrentaban directamente a un sistema fuerte que monopolizaba cada vez más los medios de existencia.
En tal contexto, la conformidad con el orden existente resultó ser la opción más segura y adecuada para hacer psicológicamente soportable tal desequilibrio de poder (ibíd., 50). Esto llevó a Horkheimer y Adorno (2002 [1944]) a plantear que la sociedad ya no podía pensarse en términos del individuo autónomo y liberal, sino cada vez más como la suma de «pseudoindividuos» atomizados, impotentes y vulnerables, para los que el resto de los hombres existen «sólo en formas ajenas, como enemigos o aliados, pero siempre como instrumentos, cosas» (Horkheimer y Adorno 2002 [1944], 49).
Adorno y Horkheimer señalaron que la violencia no mediada de la sociedad contra el individuo no era gratuita: se pagaba al precio de un profundo sufrimiento interno. Adaptarse a la maquinaria social exigía la autorrepresión de las pulsiones libidinales (Horkheimer y Adorno 2002 [1944]). En algunos casos, la impotencia que sentía el ego débil en su confrontación directa con la coacción social -y su sumisión final a ella- podía compensarse con el placer que proporcionaba la identificación con una entidad poderosa (ya fuera un gobierno autoritario u otras formas de superego colectivo) (Robles 2020, 2021).
Este mecanismo psicológico de identificación con la autoridad proporciona una sensación (a menudo errónea) de seguridad (ibid.) Las amenazas percibidas a esta precaria seguridad se convierten fácilmente en actos de agresión hacia un chivo expiatorio externo, normalmente más débil (judíos, mujeres, inmigrantes, etc.), ya que al ego débil le resulta difícil dirigir sus impulsos agresivos reprimidos acumulados contra quienes realmente ejercen el poder y la autoridad sobre él (Zamora 2013). Es a través de estos mecanismos socio-psicológicos que el autoritarismo, el antisemitismo, el fascismo, el racismo, el nacionalismo o la misoginia ya se prefiguraban como fenómenos latentes en la sociedad capitalista.
CONDICIONES NEOLIBERALES DE LA SOCIALIZACIÓN CAPITALISTA
Vivimos un momento histórico diferente al que experimentaron Horkheimer y Adorno. Las profundas transformaciones del trabajo y la cultura, entre otras cosas, anuncian profundas transformaciones en la subjetivación.
La socialización está cada vez más mediada a través de redes digitales impersonales, que representan un condicionamiento intensificado por el fetichismo de la mercancía.
Los individuos ya no son receptores pasivos de productos industriales-culturales producidos en masa. El consumo bajo el neoliberalismo, mediado por el mundo digital, requiere una participación activa, flexible y adaptativa (mediante el uso de teléfonos inteligentes, videojuegos y dispositivos de realidad virtual, creación de contenidos en las redes sociales, etc.), profundizando así en la transformación de la propia estructura de la experiencia (Prusik 2020).
Horkheimer y Adorno (2002 [1944]) ya postularon la desaparición del individuo autónomo y liberal en forma de «pseudoindividuos» atomizados. Podría afirmarse que la individualidad se liquida hoy aún más, irónicamente, bajo un velo de individualismo: la «necesidad obligatoria de destacar» y difundir la propia singularidad en el espacio virtual puede ser sólo un signo del mayor control que la totalidad social ejerce sobre la producción del yo (Prusik 2020, 155).
Las transformaciones subjetivas se intensifican con los cambios posfordistas en las pautas de socialización en la esfera laboral. Estar «dispuesto» a vender la propia fuerza de trabajo ya no es suficiente. La movilización de las capacidades cognitivas, creativas, comunicativas y afectivas de los individuos se convierte en un imperativo capitalista en la nueva organización del trabajo (Zamora 2013).
La totalidad de la persona se convierte en un depósito potencial de mayor productividad, animando a los individuos a relacionarse con su propio yo en función de la competitividad en el mercado de sus cualidades subjetivas particulares (Demirovic 2013).
Esto exige que el trabajador muestre unos niveles de individualidad y autenticidad que cada vez son más incapaces de proporcionar, ya que se desvanecen en la insignificancia cuando se enfrentan a las propias relaciones sociales objetivas que los exigen.
Además, en el contexto de un mercado laboral precario con oportunidades de empleo cada vez menores, es probable que la relación empresarial con uno mismo acabe en fracasos recurrentes a la hora de vender con éxito las propias capacidades subjetivas de forma que garanticen una vida digna (ibid.).
Las mayores exigencias de adaptación chocan con la imposibilidad de su realización, dando paso a síndromes de agotamiento, extenuación y depresión cada vez más generalizados (Zamora 2013). A medida que se intensifica el desequilibrio de poder entre el individuo precario y la totalidad social, el proceso más amplio de cosificación extiende aún más la dominación social por el fetichismo de la mercancía a la vida psíquica de los individuos. ¿Cuáles podrían ser las implicaciones para nuestra capacidad colectiva de actuar y transformar?
OBSERVACIONES FINALES
La socialización de los individuos hoy en día ya no es la de una sociedad de masas que todo lo abarca, unida por la promesa de seguridad e integración social (que sólo podría materializarse realmente en los países centrales del sistema capitalista global), como describió originalmente la tradición de la Escuela de Fráncfort.
Nuestra realidad contemporánea es, en cambio, «radicalmente insegura» (Gandesha 2018): la extrema precariedad de las condiciones de vida coincide con la posibilidad de un colapso planetario. El despliegue de las relaciones sociales capitalistas ha dado lugar, por un lado, a la intensificación de la transformación de la naturaleza externa a escala planetaria, pero también a la transformación de lo que podríamos llamar la «naturaleza interna» de las personas o la constitución de su subjetividad. Esto tiene implicaciones para las formas en que la crisis socioecológica puede ser experimentada, «procesada» y actuada por los sujetos contemporáneos, en un momento en que es indispensable una transformación socioecológica radical.
Aunque las condiciones subjetivas para la revolución no son inmediatamente aprehensibles, la resistencia organizada frente a la devastación social y medioambiental -como se manifiesta en el #SíalYasuní y el levantamiento popular en Jujuy- existe, y a veces incluso triunfa.
Sin embargo, sigue latente el peligro de que la crisis climática refuerce las condiciones subjetivas para el autoritarismo u otras formas reaccionarias de politización.
El sujeto socializado en condiciones neoliberales está más débil, atomizado y agotado que nunca. ¿Podemos, en estas condiciones, seguir basándonos en luchas localizadas de forma que se traduzca en una movilización social suficientemente amplia y poderosa capaz de construir la indispensable transformación socioecológica radical? En este texto, he intentado argumentar que la rica tradición de la teoría crítica de la Escuela de Frankfurt (incluidas sus formulaciones contemporáneas) -aunque no pueda dar una respuesta directa, práctica e inequívoca a una pregunta tan necesaria- puede ayudarnos a navegar por los enigmas de la subjetividad en el capitalismo contemporáneo y enriquecer la reflexión sobre la urgente y necesaria transformación socioecológica desde la perspectiva de sus condiciones subjetivas de posibilidad.
Traducción nuestra.
*Camila Barragán es colaboradora en International Research Group on Authoritarianism and Counter-Strategies (IRGAC) y en la Fundación Rosa Luxemburgo
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Fuente original: IRGAC
Fuente tomada: MR online
