IR MÁS ALLÁ DEL INFIERNO PLANETARIO. Gennaro Avallone

Gennaro Avallone.

Pintura: «Pergamino del Inferno», obra de Sandro Botticelli, fue realizada entre los años 1480 a 1495 y con unas dimensiones de 47 x 32 cm. Actualmente se encuentra en El Kupferstichkabinett, es un museo de grabados en Los Museos Estatales (Staatliche Museen) de Berlín,  Alemania.

23 de marzo 2024.

Estos días Ombre Corte publica Más allá de la justicia climática. Hacia una ecología de la revolución, de Jason Moore y editado por Gennaro Avallone. Nos complace compartir la Introducción al texto de Gennaro Avallone, por la que damos las gracias a la editorial y al autor.


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El infierno planetario

«No es el Hombre, sino el Capital el responsable del infierno planetario«. Ésta es una de las afirmaciones que constituyen el núcleo de este libro. La frase contiene tres conceptos fundamentales para comprender el mundo en que vivimos y los retos a los que nos enfrentamos.

El primero se refiere al de Hombre, una abstracción que ha acompañado a toda la modernidad en oposición al otro, el de Naturaleza, legitimando, a partir de esta polaridad, la superioridad de los seres humanos definidos como civilizados (Hombre) sobre todas las demás formas de vida, incluida la humana, identificadas como salvajes (Naturaleza).

El segundo concepto es el de capital, la relación socioecológica que ha configurado el mundo desde finales del siglo XIV, construyéndolo como un enorme almacén de formas de vida de las que hay que deshacerse y formas de vida que hay que aniquilar, hasta la extinción, si son inútiles o un obstáculo para su reproducción.

El tercer concepto es el de infierno planetario. Con él se identifican dos procesos. El primero se refiere a los efectos del calentamiento global y del cambio climático en curso, que están transformando partes del planeta en lugares totalmente hostiles a la vida humana y a otras formas de vida debido a las altas temperaturas, la reducción de la fertilidad del suelo y la sequía, y la falta de acceso al agua potable. El segundo proceso se refiere al hecho de que, para una parte de la humanidad, formada por varios miles de millones de personas, y para una multiplicidad de formas de vida animal, la vida en el planeta es estructuralmente un sufrimiento, debido a los procesos de devastación medioambiental y devaluación económica y cultural y a las profundas desigualdades socioecológicas que caracterizan al globo.

La investigación que Jason W. Moore viene proponiendo desde hace unas dos décadas, en el seno de la red de investigación World-ecology, pretende comprender los procesos históricos y estructurales que han dado lugar a lo largo del tiempo, concretamente desde finales del siglo XIV, con la instauración del ecologismo-mundo capitalista, a este infierno planetario.

En años más recientes, esta investigación se ha adentrado también en el estudio de alternativas al actual estado de cosas, reconociendo, por un lado, que la desesperación no es una respuesta emancipadora y, por otro, el hecho de que en toda crisis se abren oportunidades y ello requiere opciones, decisiones, organización: en otras palabras, requiere un planteamiento político y, por tanto, una politización de la actual crisis socioecológica.

La estrecha crítica de lo existente, concretamente de la lógica de funcionamiento del ecologismo-mundo capitalista tanto en su perspectiva a largo plazo como en la fase histórica actual caracterizada por el fin de las naturalezas baratas, por tanto, de una condición estructural constitutiva del actual modo de producción y organización socioecológica, abre la necesidad de identificar las fuerzas capaces de cuestionar el orden actual.

Por ello, en los párrafos siguientes presentamos algunas de las críticas que la perspectiva de Moore hace a la ecología-mundo capitalista y esbozamos las fuerzas y formas de vida interesadas en superarla, en la perspectiva -que da título a este libro- de una ecología de la revolución.

Dentro (y contra) el Capitaloceno[1]

La ecología-mundo capitalista se ha organizado mediante una relación socioecológica específica: la de la reducción barata de la totalidad de las naturalezas humanas y extrahumanas para sostener la producción privada y la apropiación del excedente ecológico y la plusvalía económica y, con ellos, la reproducción ampliada de las relaciones de capital:

[El] excedente ecológico es la relación entre la masa de capital de todo el sistema y la apropiación de trabajo/energía no remunerada de todo el sistema. En este caso, la «masa de capital» incluye no sólo el capital fijo, sino también las relaciones de reproducción humanas y extrahumanas cada vez más capitalizadas: fuerza de trabajo, plantaciones de árboles, granjas, etc. (Moore 2015e, p. 13).

En esta interpretación, la esfera de la valorización -considerada la única realmente relevante para la economía política, así como para su crítica (Federici 2020)- tiene como base la esfera de la apropiación del trabajo humano y extrahumano (incluido el geológico) no remunerado, de esa trinidad que, a lo largo de la historia del capitalismo moderno, María Mies identificó en las mujeres, la naturaleza y las colonias y que Stefania Barca (2020) las vio de forma similar en las fuerzas de reproducción. Según Mies (1986, p. 48):

la producción general de la vida, o producción de subsistencia -realizada principalmente mediante el trabajo no remunerado de las mujeres y otros trabajadores no remunerados como los esclavos, los trabajadores contratados y los campesinos de las colonias- constituye la base perenne sobre la que puede construirse y explotarse el trabajo productivo capitalista. […] Considero que el proceso de producción capitalista engloba ambas cosas: la superexplotación de los trabajadores no remunerados (mujeres, colonias, campesinos) sobre la que se basa la explotación del trabajo remunerado.

Esta relación constitutiva de la relación de capital no es, por tanto, un mero hecho económico, sino que concierne al valor intrínseco atribuido a las naturalezas de las que hay que apropiarse, un valor que hay que reducir también a nivel simbólico y político para permitir su apropiación.

Este doble sentido del proceso de reducción a lo barato califica el proyecto de civilización capitalista, fundado necesariamente en el hecho de dividir la naturaleza entre lo que hay que valorizar -el capital, como motor de la historia, por tanto, de los imperios y de las innovaciones tecnológicas y científicas- y lo que hay que reducir a lo barato -las naturalezas de las que hay que apropiarse, o disponer si es necesario, a un coste que tiende a reducirse a cero.

Es esta relación constitutiva la que define la civilización capitalista como aquella fase de la historia del planeta Tierra y de la humanidad que depende de la producción y apropiación de naturalezas -humanas y no humanas- a bajo precio: en ausencia de este proceso que define la base material y política de la valorización capitalista, no se realizan las tasas de acumulación suficientes para garantizar la rentabilidad de las inversiones económicas realizadas y, por tanto, la reproducción ampliada de las relaciones socioecológicas del capital.

No se garantiza, en otras palabras, lo que David Harvey (2011, pp. 133 y 274) llama ‘la acumulación ininterrumpida del capital a una tasa compuesta del 3 por ciento’, ‘considerada empíricamente y convencionalmente necesaria para el correcto funcionamiento del capitalismo’.

Las naturalezas baratas deben producirse y, sobre todo, buscarse mediante el desplazamiento y la ampliación de la frontera de los recursos que se utilizarán en los procesos de producción y reproducción capitalistas.

Requieren la conquista al menor coste posible de nuevas fronteras, con el efecto de reestructurar «el espacio geográfico en los márgenes del sistema de tal forma que se requiera una mayor expansión» (Moore 2000, p. 410). Sin embargo, las fronteras no son ilimitadas, «es posible una mayor expansión siempre que haya tierra no mercantilizada -y, en menor medida, mano de obra- más allá de la frontera» (Moore 2000, p. 412).

En el análisis de Moore, el periodo histórico actual, marcado por el cambio climático, se caracteriza por el final de la larga historia de la naturaleza barata, debido al agotamiento relacionado con el calentamiento global de las fronteras de mercancías disponibles al nivel necesario para mantener bajos los costes de la reproducción socioecológica y, por tanto, permitir que se mantenga el ritmo de acumulación global.

El planteamiento de este análisis no supone que no puedan abrirse nuevas fronteras -como las relacionadas, por ejemplo, con la extensión de la economía y las relaciones digitales, con la extracción de datos de población a través de Internet o con el uso de la biotecnología[2]-, sino que no son suficientemente funcionales para la perpetuación del mundo-ecológico capitalista.

El fin de las fronteras de la naturaleza barata -en el sentido aquí definido- se explica por tres razones fundamentales entrelazadas. La primera se refiere al agotamiento de las fronteras históricas del ecomundo capitalista desde finales del siglo XIV hasta el siglo XXI. La segunda se relaciona con la manifestación de los efectos del cambio climático y las limitaciones de la biosfera, que no puede absorber contaminantes y residuos hasta las últimas consecuencias. La tercera se refiere a la dimensión subjetiva, al conjunto de fuerzas de la red de la vida que han desafiado a lo largo del tiempo, y desde el final de la Segunda Guerra Mundial cada vez más a escala planetaria, la civilización de las naturalezas baratas.

Las luchas anticoloniales y antiimperialistas; las acciones del movimiento contra la esclavitud y el racismo y sus tendencias a la deshumanización de las vidas definidas como inferiores; la afirmación de los movimientos indígenas, capaces de introducir en las constituciones de algunos estados, como Ecuador y Bolivia, el reconocimiento de los derechos de las formas de vida no humanas; el movimiento feminista contra el confinamiento de las mujeres al trabajo reproductivo gratuito; las luchas obreras por la salud dentro y fuera del lugar de trabajo desplegadas en distintas partes del mundo; la resistencia objetiva de distintas formas de vida no humana al disciplinamiento y la devaluación: estos son algunos de los ejemplos de los obstáculos subjetivos -ricos en alternativas potenciales- al ecologismo-mundo capitalista y a sus lógicas de gobierno de la vida que se han ido afirmando y desplegando, en momentos históricos no siempre coincidentes, desde la década de 1950 en adelante.

Estos movimientos no sólo reconocieron, sino que también politizaron la tendencia inherente a la reducción barata actuada por las fuerzas sociales y políticas dominantes en el mundo ecológico capitalista. Afirmaron la dignidad y el valor de todas las formas de vida. En esencia, han actuado como movimientos de autovalorización, contrarrestando la devaluación perpetrada por el par estado-capital.

El conflicto entre devaluación y autovalorización constituye una dinámica histórica fundamental en el mundo ecológico capitalista. Ha sido reconocido por estudiosos como Antonio Negri (2003) en relación con el trabajo vivo, así como por estudiosos como Silvia Federici (2015) y Maria Mies (1986) en relación con el impacto del colonialismo y el patriarcado sobre las mujeres. Esta dialéctica revela cómo las formas de vida naturalizadas y devaluadas han empujado continuamente a las agencias capitalistas y estatales a reestructurar sus estrategias de reducción barata, llevándolas a sus límites geohistóricos.

Destacar la dialéctica devaluación-autovalorización nos permite asumir el hecho de que los protagonistas históricos de la ecología-mundo capitalista no son sólo los aparatos del estado y del capital, sino también -y sobre todo- las capacidades de acción, resistencia y autovalorización de las formas de vida humanas y extrahumanas naturalizadas y devaluadas. Son éstas, como canta Linton Kwesi Johnson en una canción de 1984, las que hacen la historia (Making History):

son las acciones colectivas de estos movimientos y la lucha incesante por la dignidad y la autovalorización las que han contribuido a la crisis de las naturalezas baratas y, por tanto, a establecer las condiciones subjetivas para la liberación de este proyecto civilizatorio.

Más allá de la ecología-mundo capitalista, más allá de la justicia climática

Los resultados del agotamiento de la naturaleza barata son, por supuesto, inciertos, del mismo modo que deben considerarse dentro de un proceso que no tiene un punto final necesario. Esta incertidumbre puede abordarse con las herramientas de la llamada gestión planetaria o, siguiendo la crítica propuesta por Jason W. Moore, politizando la crisis socioecológica en curso, analizando y cuestionando así práctica y teóricamente las relaciones de poder que la han producido, en busca de alternativas a la lógica civilizadora de la naturaleza barata.

Este es el reto que se propone: el de pensar la justicia climática dentro de una estrategia socialista, que cuestione el entrelazamiento de las relaciones socioecológicas que han conducido a la crisis actual, evitando separar la cuestión ecológica de la del imperialismo necesario para la apropiación de las naturalezas baratas y, por tanto, el movimiento ecologista del movimiento contra la guerra y el militarismo.

En este sentido, la definición de justicia climática de Moore se aproxima a la propuesta por Paola Imperatore y Emanuele Leonardi (2023, p. 19), para quienes el concepto, surgido a finales de la década de 1990, se ha ido modificando con el tiempo bajo el impulso de los movimientos sociales, llegando a identificar un:

marco analítico según el cual el calentamiento global no designa en primer lugar una cuestión atmosférico-ambiental, sino una situación de desigualdad. No sólo a la manera de Severn Cullis-Suzuki, es decir, como factor facilitador de soluciones, «aguas abajo»; sino también -y sobre todo- en términos de atribución de responsabilidades «aguas arriba»: quienes más han contribuido a crear el problema (en general, el Norte global) son también quienes menos sufren las criticidades asociadas al mismo. A la inversa, las zonas que históricamente han emitido menos (en general, el Sur global) son también las más afectadas por el aumento de la frecuencia de los fenómenos meteorológicos extremos. En este contexto, el aumento de las temperaturas señala simultáneamente un nuevo frente de injusticia y un factor acelerador de todas las desigualdades ya existentes.

Esta condición de desigualdad socioecológica estructural y radical se ha asociado al apartheid. En un informe para las Naciones Unidas, el Relator Especial Philip Alston (2019) se refirió explícitamente al hecho de que

nos arriesgamos a un escenario de ‘apartheid climático’ en el que los ricos pagan para escapar del sobrecalentamiento, el hambre y los conflictos, mientras que el resto del mundo se queda sufriendo» (Naciones Unidas 2019).

La desigualdad socioecológica y el apartheid climático son los objetivos de la justicia climática. En el análisis propuesto en este libro, son necesarios, pero no suficientes. Lo que hay que cuestionar son, simultáneamente, la lógica y las relaciones de poder globales que reproducen esta injusticia. Como argumenta Moore en un seminario celebrado en 2022[3]

¿por qué no hemos querido relacionar la nueva militarización de la hegemonía unipolar estadounidense y la crisis climática? Si no somos capaces de relacionar estas cosas, deberíamos hacer las maletas e irnos a casa y dejar de fingir que nos interesa hacer algo por la crisis climática. […] La crisis climática va mucho más allá de las cuestiones de la carbonización de la atmósfera, el crecimiento económico y el consumo, y el clima cada vez más volátil. Yo diría que cuando pensamos en el socialismo queremos ir más allá de lo que se ha puesto muy de moda en la izquierda, que es construir una lista de problemas. […] Diría que necesitamos aportar un mensaje que muestre la crisis climática concretamente interrelacionada, que revele cómo el capitalismo no es un sistema económico, no es un sistema social, sino que es una forma de organizar las relaciones de poder, el beneficio y la vida en torno a esta cristalización tan particular de la riqueza social, el capital.

Este llamamiento a una visión integral y relacional es coherente con la propuesta del concepto de Capitaloceno como alternativa al popularizado concepto de Antropoceno. Por un lado, está la crítica al poder de la ideología, que, al utilizar el concepto de «antropogénico» (hecho por el ser humano) para referirse a la crisis climática y medioambiental en curso, hace apología del capitalismo, de sus proyectos civilizatorios basados en la división hombre-naturaleza, y de su lógica clasista e imperialista (Moore 2021c). Por otro lado, está la propuesta de un concepto -el de Capitaloceno- entendido como una geopoética, una invitación a repensar el imperialismo, las geoculturas de la dominación (racismo, sexismo y proyectos civilizatorios in primis), la acumulación de capital y las luchas de clases en y a través de la red de la vida: en otras palabras, una alternativa histórica a la crisis del mundo-ecología capitalista y su proyecto civilizatorio.

Este concepto reconoce que la economía global, la naturaleza y las relaciones entre los seres humanos y el medio ambiente están entrelazadas de formas que promueven el crecimiento y la acumulación capitalistas y, al hacerlo, contribuyen, a través de sus sistemas de gobernanza específicos, a la gravedad y complejidad de los desastres y la degradación ecológicos modernos (Leonardi y Barbero 2017).

Abordar estos efectos exige ir más allá de las políticas sectoriales o de la lista de problemas, como si fuera posible identificarlos y abordarlos uno a uno por separado, y comprender la interacción entre los factores políticos, sociales, económicos y ecológicos en el cambio medioambiental para una estrategia que identifique las transformaciones estructurales necesarias para abordar los retos socioambientales en curso (O’Lear, Masse, Dickinson y Duffy 2022).

Los protagonistas de esta alternativa civilizatoria se encuentran en la unidad diferenciada del biotariado, el feminitariado y el proletariado. Este último está constituido por la parte de la población mundial que vive de la venta de su fuerza de trabajo, dependiente de «la reproducción ampliada de los modos de dominación política y culturalmente impuestos necesarios para garantizar una oferta ampliada de trabajo no remunerado indispensable para la acumulación infinita» (Moore 2021c, p. 746).

El biotariado consiste en «el trabajo reproductivo humano no remunerado» (Moore 2021c, p. 746). El biotariado representa «las redes alienadas y no remuneradas de la vida puestas a trabajar para el capital» (Moore 2021c, p. 746). Moore (2021c, p. 746) especifica que:

La metáfora del Biotariado fue acuñada por el poeta y académico Stephen Collis (2016). El biotariado engloba todo aquello en lo que pensamos cuando oímos hablar de servicios ecosistémicos, pero también a muchos seres humanos devaluados en función de la abstracción dominante Naturaleza: principalmente por raza, nacionalidad, género, sexualidad, etc.

Según Stephen Collis (2017b), el biotariado es «el agente social radical adecuado para el Antropoceno, o lo que yo prefiero llamar la era del capitalismo geofísico». Este nuevo cuerpo político fue propuesto por Collis en un poema titulado «Casi islas», que se encuentra en la colección A las barricadas (Collis 2013). Explicando brevemente este poema, elabora la definición de biotariado de la siguiente manera, dándole una representación más amplia desde la perspectiva de las formas de vida incluidas:

aquella porción de la existencia que es encerrada como «recurso» por y para quienes dirigen y se benefician de la acumulación de riqueza. Así pues: los trabajadores y los ciudadanos de a pie; la mayoría de los animales y plantas, incluidos los árboles y los ecosistemas forestales y de pastoreo; el agua; la tierra, ya que proporciona y permite la vida biológica; los minerales que se encuentran bajo la superficie de la tierra; los «residuos» y «sumideros» comunes hacia los que fluyen los productos de desecho de la producción y el uso de los recursos: la atmósfera y los océanos. Es muy grande. La vida encerrada y explotada de este planeta (Collis 2014).

El biotariado es el conjunto diferenciado de las múltiples formas de vida que han hecho posible históricamente el auge del ecologismo-mundo capitalista del lado de lo que se ha definido y gobernado como Naturaleza, así apropiada de forma útil para la acumulación de riqueza o eliminada si es un obstáculo para dicha necesidad económica y política. El biotariado, en otras palabras, es el conjunto de vidas sometidas a la ecología necropolítica del capitalismo, según la cual las vidas son apropiables (en forma de trabajo no remunerado), explotables (en forma de trabajo vivo del que extraer plusvalía) o prescindibles (en forma de eliminación hasta la extinción o como residuo inútil) (Armiero 2021).

El biotariado es, por tanto, la alternativa a la forma de organizar, gobernar y clasificar la naturaleza propia del ecologismo-mundo capitalista. Desafía la lógica imperialista de la naturaleza social abstracta; por tanto, de las redes de vida que deben ser controladas, gestionadas, disciplinadas y subordinadas por la gestión planetaria a la acumulación infinita de capital, sacando a la luz el valor negativo, es decir, las «formas de naturaleza, incluidos los movimientos sociales, que no pueden gestionarse como se ha hecho en los últimos cinco siglos» (Moore 2021d, p. 25).

Sin embargo, la lógica imperialista no se detiene ante la aparición de esta alternativa, y la multiplicación de las guerras es una clara manifestación de ello incluso en los años actuales [4], incluida la de Ucrania que comenzó en 2022 y la de Gaza acelerada a nuevos objetivos en 2023.

Otra manifestación de la lógica imperialista se encuentra en las políticas científicas dominantes, en la llamada Buena Ciencia. Moore también avanza una crítica en este sentido, destacando la necesidad de:

discuten abiertamente cómo la Fábrica de Conocimientos no sólo forma y socializa a nuevos trabajadores, sino que también produce consenso, proporcionando tanto Buena Ciencia para permitir una gestión salvaje como conocimientos fragmentados cuya prioridad cultural es el borrado de la clase, el trabajo y el capital de nuestros paisajes interpretativos (Moore 2023, p. 31).

Por una ecología de la revolución

La politización de la crisis climática y su superación afecta a las formas generales de gobernar el entramado de la vida planetaria. Afecta tanto a las políticas y lógicas imperialistas como a las políticas y lógicas científicas y, por tanto, tecnológicas. Por otra parte, su soldadura -la del imperialismo y la de la ciencia- se encuentra en la extensión de las guerras y en la militarización de la gestión de la crisis climática, de la que la militarización de las fronteras en función antimigratoria es una expresión paradigmática: la de una práctica selectiva que separa, a lo largo de la línea de color global, a las poblaciones que pueden vivir de las que pueden, o deben, morir.

Una salida de la crisis climática que quiera abandonar la perspectiva del infierno y la injusticia planetarios debe abordar necesariamente el nexo militarización-ciencia (Lancione 2023). Debe cuestionar el aparato militar-industrial-tecnológico que aborda el cambio climático como un problema de orden, por tanto, según una perspectiva de guerra y control social, en contra de la hipótesis alternativa de justicia socioecológica.

El reto es enorme y profundo: se enfrenta a dos grandes puntos de ventaja y desventaja. La ventaja es aprender de la historia que las clases dominantes son vulnerables al cambio climático y, por tanto, que los momentos de cambio climático son momentos de posibilidad política. La desventaja es saber, al mismo tiempo, que la defensa de las clases dominantes puede adquirir connotaciones de represión y violencia, no necesariamente predecibles en sus resultados en la era de la proliferación de armas nucleares y químicas.

Los movimientos a favor y más allá de la justicia climática ya se están moviendo y se moverán en el futuro dentro de esta oportunidad: dependerá de su fuerza e inteligencia sortear las limitaciones de la represión con propuestas políticas que respondan a las necesidades de la red de la vida y a las de sus protagonistas comprometidos en el trabajo cotidiano de la reproducción socioecológica.

Traducción nuestra


*Gennaro Avallone, es doctor en sociología e investigación social, es profesor asociado de sociología del medio ambiente y del territorio del Departamento de Ciencias Sociales, Políticas y de la Comunicación de la Universidad de Salerno.

Notas

[1] El título del párrafo hace referencia al artículo de Miriam Tola (2017) «Dentro y contra el Antropoceno. Desafíos para el postoperaísmo», que introduce el volumen 116(2) de 2017 de la revista «South Atlantic Quarterly» dedicado al tema «Autonomía en el Antropoceno».

[2] Sobre estos aspectos de la innovación tecnológica y las nuevas fronteras, véase Pellizzoni (2023), que también propone un reexamen crítico del dualismo al que Moore, como otros y otras estudiosos, se refiere.

[3] El seminario se titula «Justicia climática y estrategia socialista«. Está disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=2n Z9xgNn35A.

[4] El servicio de investigación del Congreso (2023) contabilizó 200 intervenciones militares del ejército estadounidense entre 1991 y 2018: como analizó el Centro Fletcher de Estudios Estratégicos (sin fecha), «con el final de la era de la Guerra Fría, habríamos esperado que Estados Unidos disminuyera sus intervenciones militares en el extranjero, suponiendo una disminución de las amenazas y de los intereses en juego. Pero estos patrones revelan lo contrario: EEUU ha aumentado su compromiso militar en el extranjero».

Fuente original: Effimera

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