Costas Lavavitsas y Nicolás Aguila.
Ilustración: Coyuntura internacional. OTL
20 de marzo 2024.
la hegemonía de Estados Unidos continuará ejerciendo un control activo sobre las reservas en dólares de otros países, y su banco central favorecerá selectivamente a países particulares en cuanto al acceso a dólares.
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La subordinación de los países periféricos continuará y la lucha por la hegemonía solo se intensificará en los próximos años. El resultado final de tales luchas es, por supuesto, la guerra.
No cabe duda de que vivimos tiempos peligrosos. La pandemia del COVID-19, la guerra ruso-ucraniana, la crisis medioambiental, la crisis de los cuidados, la crisis del coste de la vida, la crisis migratoria y, ahora, el desastre que se está desencadenando en Oriente Medio siguen apilándose caóticamente. Es un vasto collage de imágenes de un orden social y político enfermo. Activistas políticos, trabajadores comunitarios, sindicalistas, académicos y muchos otros han estado tratando de entender estos acontecimientos aparentemente independientes, aunque profundamente interconectados.
Nuestro reciente libro The State of Capitalism: Economy, Society, and Hegemony (El Estado del Capitalismo: Economía, Sociedad y Hegemonía) (Verso, 2023), escrito conjuntamente con el Colectivo de Escritores EReNSEP, contribuye a este debate. Nuestra principal afirmación es que la condición actual del orden capitalista debe entenderse como un interregno gramsciano, cuando «lo viejo está muriendo y lo nuevo no puede nacer». El interregno ha dado paso a una era de crisis que siguen multiplicándose como «síntomas mórbidos» de una enfermedad capitalista global.
Acumulación capitalista estancada
Para encontrar las raíces de la agitación tenemos que fijarnos en las características de la acumulación de capital –especialmente en el núcleo de la economía mundial-, tal y como ha sostenido durante mucho tiempo la teoría marxista clásica. Desde finales de los años 70, décadas de hegemonía neoliberal han dado lugar a un crecimiento débil y desigual, acompañado de la financiarización de las economías centrales. La era dorada de la financiarización comenzó a finales de los años ochenta y duró décadas, llegando a su fin con la Gran Crisis de 2007-2009.
La respuesta a esa gigantesca sacudida incluyó una fuerte intervención estatal, pero de un modo que impidió una «destrucción creativa» schumpeteriana del capitalismo neoliberal y financiarizado disfuncional. Con ese término, el economista Joseph Schumpeter, que escribía a principios del siglo XX, se refería al profundo cambio tecnológico e institucional que se estaba produciendo entre las empresas y sectores capitalistas, que abriría una nueva vía para el crecimiento dinámico. La Gran Crisis de 2007-9 trajo mucha destrucción, pero ninguna creación en el sentido de Schumpeter.
Para ser más concretos, la respuesta de los Estados dirigentes de la economía mundial no fue prescindir de los agentes económicos, las instituciones y las prácticas que ya no eran socialmente útiles, limpiando así la acumulación capitalista. No sentaron las bases para una fase nueva y dinámica de acumulación de capital. Al contrario, los Estados protegieron los intereses de la capa privilegiada de la cúspide de la clase capitalista, y el principal medio de hacerlo fue desplegar políticas monetarias extraordinarias que se basaban en el mando del banco central sobre el dinero que él mismo crea. El dinero creado públicamente es un pilar fundamental del poder del Estado en el capitalismo contemporáneo porque funciona como medio de pago final. Esta intervención, sin embargo, sólo proporcionó una fachada de estabilidad después de 2007-9, tapando los desequilibrios subyacentes que se hicieron cada vez mayores, y posponiendo el estallido de nuevas crisis.
Así, la Gran Crisis de 2007-9 abrió un periodo marcado por la profunda debilidad de la acumulación capitalista en toda la economía mundial. En las economías centrales, durante la década de 2010, las tasas medias de crecimiento fueron históricamente muy bajas, las tasas de rentabilidad cayeron, el crecimiento de la productividad laboral disminuyó (a pesar de las promesas de todo tipo de milagros por parte de la innovación tecnológica), las tasas de inversión cayeron y proliferaron las empresas «zombis», es decir, aquellas empresas cuyos beneficios son tan bajos que ni siquiera pueden hacer frente al servicio de sus deudas.
En el ámbito financiero, las secuelas de la Gran Crisis dieron lugar a un protagonismo cada vez mayor de los llamados «bancos en la sombra», es decir, empresas financieras que comercian principalmente con acciones y participaciones. Se comportan como bancos, pero sin crear dinero, cosa que los bancos comerciales normales hacen de forma rutinaria. Así pues, la financiarización de la economía se profundizó aún más en una dirección basada en el mercado. Como resultado, en contraste con la debilidad de la acumulación, los mercados bursátiles subieron constantemente durante el periodo apoyados por las extraordinarias políticas monetarias de los estados centrales, que mantuvieron los tipos de interés bajos y emprendieron programas masivos de compra de activos.
Las consecuencias fueron, en primer lugar, una creciente desigualdad de la riqueza en beneficio de gestores de activos cada vez más poderosos y, en segundo lugar, la creciente fragilidad de un sistema financiero propenso a las crisis.
Mientras tanto, los trabajadores se han enfrentado a las duras consecuencias de la continua globalización de la producción y su correspondiente deslocalización de la fabricación. Eso significó encontrar formas de empleo cada vez más precarias, a menudo en la llamada «economía gig», con salarios que ni siquiera bastaban para sacar a sus familias de la pobreza.
En consecuencia, el crecimiento salarial se vio limitado, al tiempo que aumentaba la desigualdad de ingresos y riqueza. A medida que el poder del capital se extendía por todo el mundo -tanto productivo como financiero-, los trabajadores del núcleo se vieron sometidos a una enorme y creciente presión para mantener unas condiciones de vida básicas, con condiciones aún más duras en función del género, la raza y la etnia.
El golpe de la pandemia
Está claro que la pandemia de Covid-19 golpeó en un momento en que el núcleo de la economía mundial se encontraba en una situación muy precaria. No obstante, el golpe económico del virus en 2020-21 fue muy grande y perturbó inmediatamente la producción y la demanda agregada. Para hacer frente a la enfermedad, los estados adoptaron medidas extraordinarias con diferentes grados de rigor, que tuvieron una eficacia variable a la hora de detener la propagación del virus.
No obstante, las medidas agravaron enormemente la perturbación de la producción transfronteriza y provocaron un colapso rápido y sin precedentes de la demanda agregada. La acumulación capitalista se enfrentó a una crisis de dimensiones extraordinarias en 2020.
Inevitablemente, algunos países –sobre todo los que carecían de una regulación laboral sólida– experimentaron un repunte del desempleo. Los más afectados fueron los autónomos y los trabajadores del sector informal, normalmente mujeres y trabajadores de grupos raciales, de género, étnicos y otros, que suelen sufrir opresión sistémica y dependen de los ingresos diarios para sobrevivir.
Además, los cierres y las restricciones también aumentaron la carga de trabajo doméstico y no remunerado de las familias (sobre todo de las mujeres), que a menudo tuvieron que hacer frente a las presiones de los cierres en condiciones de hacinamiento, sin acceso adecuado al agua y la electricidad, en un contexto de incertidumbre y estrés debido a la emergencia sanitaria y a su pérdida de ingresos regulares.
No cabe duda de que la pandemia adquirió rápidamente claras dimensiones de clase, género y etnia, que empeoraron las ya duras condiciones de los trabajadores y los pobres en el núcleo, pero también en los países periféricos.
Ante el golpe a una acumulación ya debilitada, los estados del núcleo demostraron su enorme poder en el terreno económico. Desplegaron inmediatamente políticas monetarias expansivas en la línea que ya habían practicado tras 2007-9, bajando los tipos de interés cerca de cero y ampliando masivamente sus programas de compra de activos. La intervención en 2020-21 no dejó lugar a dudas de que el Estado es el verdadero pilar del capitalismo neoliberal globalizado y financiarizado.
Su principal fuente de poder es el dominio sobre el dinero creado públicamente como medio de pago final, y especialmente sobre el dólar por parte del bloque gobernante estadounidense. La institución política clave de los estados centrales es el banco central, sin cuya intervención regular y sistemática el capitalismo contemporáneo es impensable.
Además, la magnitud de la Crisis de la Pandemia en 2020 fue tan grande que los estados centrales se vieron obligados a abandonar los dogmas de la austeridad y a implementar políticas fiscales a una escala sin precedentes. En este sentido, los estados en países centrales demostraron un poder colosal al implementar políticas discrecionales como la nacionalización de la nómina salarial de las empresas y la entrega directa de subsidios en efectivo a los hogares, pero sobre todo al brindar apoyo a las empresas mediante la postergación de impuestos y contribuciones a la seguridad social, así como ofreciendo créditos y otras garantías.
Su capacidad para aplicar estas políticas fiscales extraordinarias también dependía del control sobre el dinero creado por los bancos centrales. Los estados centrales -sobre todo EEUU- acumularon enormes volúmenes de deuda, gran parte de la cual fue monetizada por el banco central. La fuente última del poder económico estatal en el capitalismo contemporáneo nunca ha estado tan clara.
Las debilidades subyacentes de la acumulación
Sin embargo, igualmente claras han sido las profundas limitaciones del poder de los Estados centrales. El enorme impulso a la demanda agregada se llevó a cabo mediante políticas monetarias y fiscales basadas en la creación de dinero por parte de los bancos centrales y que exigieron el abultamiento de la deuda pública. Pero se produjo contra una acumulación profundamente debilitada. Y, lo que es crucial, la intervención estatal sostenida desde 2007-9 evitó sistemáticamente alterar las estructuras subyacentes del capitalismo financiarizado, a pesar de alcanzar niveles extraordinarios de intensidad en 2020-21. Los Estados se abstuvieron de nacionalizar sectores estratégicos de la economía o de desempeñar un papel activo en la reorganización de la producción y la distribución.
Así, cuando la recuperación comenzó en serio (en algunos países ya en 2021, en otros en 2022) estuvo marcada por las perturbaciones de la oferta, como los cuellos de botella productivos. Si a esto se añade la subida de los precios de la energía debida a la guerra ruso-ucraniana, que permitió a las empresas productoras de energía aumentar sustancialmente los precios y obtener beneficios récord, no es de extrañar que el resultado fuera una inflación de una magnitud no vista en décadas en los países capitalistas centrales.
El rápido aumento de la inflación a partir de 2021 refleja las profundas dificultades y las duras opciones que el interregno plantea a los bloques dirigentes de los países centrales. Por un lado, la vasta intervención estatal permite que el capitalismo profundamente disfuncional de nuestro tiempo siga funcionando. Por otro, la ausencia de cambios estructurales da lugar a agudos problemas precisamente cuando se produce la intervención.
El rápido aumento de los precios en los países centrales redujo los ingresos de los trabajadores, especialmente de los estratos de ingresos más pobres. De este modo, el valor se transfirió directamente de los trabajadores a los beneficios de las empresas cuando éstas subieron sus precios. Sin embargo, la inflación también supone un peligro para los prestamistas de dinero y otros poseedores de activos financieros; es decir, para los principales beneficiarios de la financiarización durante varias décadas. Los banqueros centrales empezaron a responder agresivamente en 2022, subiendo mucho los tipos de interés para enfriar la demanda agregada y contener el crecimiento de los salarios nominales.
Esta respuesta es típica de las divisiones de clase que han marcado los años de globalización y financiarización. En lugar de abordar el problema directamente mediante el control de los precios y la intervención activa del Estado en los mecanismos de producción y suministro, la carga del ajuste se trasladó una vez más a quienes no tenían ninguna culpa de haberlo provocado. La protección de los intereses de los ricos y poderosos era primordial. No cabe duda de que el interregno está resultando desastroso para los trabajadores y los pobres.
Núcleo, periferia y hegemonía
Otro aspecto sorprendente de la Crisis Pandémica fue que varios estados de los países periféricos intentaron desplegar medidas similares a las de los estados del núcleo, pero no pudieron hacerlo a una escala comparable. Así, a medida que los estados del núcleo se mostraban más activos en apoyo de las estructuras de acumulación imperantes a escala mundial, se hicieron patentes marcadas divergencias entre el núcleo y la periferia. Además, también surgieron agudos conflictos y tensiones entre, por un lado, los Estados imperialistas históricos del núcleo de la economía mundial y, por otro, las potencias emergentes de la periferia. La posición hegemónica de EEUU se vio directamente desafiada por China, Rusia y otros países.
El interregno ha sido testigo de una exacerbación de las tensiones mundiales sin precedentes en los últimos años y que recuerda a las fricciones imperialistas anteriores a 1914.
La amenaza de una guerra mundial se cierne sobre la humanidad, espoleada por contiendas económicas que son globales. La expansión del capitalismo neoliberal durante las últimas cuatro décadas ha sido liderada por el capital productivo globalmente activo -los constructores de las cadenas de valor globales- junto con el capital financiero globalmente activo -los bancos y fondos de inversión de la financiarización. El estancamiento de la acumulación en el núcleo ha ido acompañado de la proliferación de tentáculos capitalistas explotadores por todo el planeta.
El capital productivo internacionalmente activo y el financiero internacionalmente presente constituyen la pareja de capitales más agresiva jamás conocida. Ninguno domina al otro y ambos tienen un ámbito global por su propia naturaleza. Juntos han redefinido el núcleo y la periferia de la economía mundial sobre una base totalmente capitalista: ya no existe una periferia no capitalista que tenga peso económico.
Para estos capitales privados excepcionalmente agresivos, el beneficio puede extraerse a escala internacional aprovechando los costes salariales más bajos y otras ventajas de la producción, como la laxitud de las normativas medioambientales; el beneficio también puede extraerse invirtiendo capital monetario prestable en activos financieros a escala internacional. Todo el mercado mundial es su terreno natural y no buscan la exclusividad territorial mediante, por ejemplo, aranceles y aduanas rígidos.
Más bien, hay dos requisitos primordiales para los capitales globalmente activos: en primer lugar, el acceso al dinero mundial como principal medio de pago y de conservación del valor en el mercado mundial; en segundo lugar, un marco institucional y jurídico para las inversiones internacionales, el comercio, los pagos, la contabilidad, etc., que favorezca la obtención de beneficios.
El estado que puede proporcionar una forma fiable de dinero mundial y garantizar un marco institucional y jurídico propicio para los capitales globalmente activos es el estado hegemónico, y ése, por supuesto, es EEUU.
Para los países periféricos, su subordinación equivale precisamente a una posición inferior de sus monedas en el mercado mundial, lo que limita su capacidad de aplicar políticas fiscales, monetarias, crediticias, comerciales y de otro tipo. La subordinación también equivale a aceptar el marco institucional y jurídico del mercado mundial, que confiere beneficios al capital productivo y financiero del núcleo.
Pero la periferia que se ha ido formando gradualmente siguiendo estas líneas dista mucho de ser fija o inmutable. Por el contrario, la aparición de empresas productivas globalmente activas y la movilización del poder estatal en varios países periféricos ha conducido a la aparición de centros autónomos de acumulación capitalista más allá del núcleo. El resultado ha sido una rápida diferenciación entre los países periféricos.
La contienda hegemónica que ha surgido inevitablemente durante el interregno recuerda, por tanto, a las contiendas intraimperialistas anteriores a 1914, principalmente porque es fundamentalmente económica. Pero también es profundamente diferente de las antiguas fricciones imperialistas porque los contendientes por la hegemonía proceden totalmente de la periferia y no del núcleo.
El principal contendiente es obviamente China, aunque también participan Rusia y otros países. Las cuestiones en las que se centra la contienda hegemónica son, naturalmente, la determinación del dinero mundial y el marco institucional del mercado mundial. El poder de EEUU está amenazado en lo que respecta al papel del dólar y en relación con los organismos y mecanismos que dan forma al mercado mundial.
Hace mucho tiempo que Estados Unidos perdió su posición preeminente en cuanto a producción y, más recientemente, también en el comercio en relación con China.
Sin embargo, mantiene su preeminencia en finanzas, y será difícil desafiar el papel del dólar como moneda mundial. Del mismo modo, la hegemonía de Estados Unidos continuará ejerciendo un control activo sobre las reservas en dólares de otros países, y su banco central favorecerá selectivamente a países particulares en cuanto al acceso a dólares.
La subordinación de los países periféricos continuará y la lucha por la hegemonía solo se intensificará en los próximos años. El resultado final de tales luchas es, por supuesto, la guerra.
Una salida radical anticapitalista y socialista
Tras más de cuatro décadas de dominio neoliberal, el núcleo de la economía mundial no muestra signos de dinamismo, la periferia está desesperada por encontrar un camino hacia el crecimiento y la lucha por la hegemonía es más feroz que nunca, empujando al mundo hacia la guerra. Este atroz aprieto habla de un modelo agotado de acumulación capitalista mundial basado en el mando de los monopolios estadounidenses sobre las redes mundiales de producción, una globalización financiera dirigida por el mercado y apuntalada por el dólar estadounidense, y la hegemonía política y militar de Estados Unidos.
Las consecuencias son el empobrecimiento constante de las condiciones de vida de la inmensa mayoría de la población mundial, en particular de las mujeres, las personas LGBTQ+, los migrantes, las minorías étnicas y los pueblos del Sur Global.
Los beneficiarios son algunas grandes empresas, como las de tecnología y combustibles fósiles, y los gestores de activos financieros.
El modelo está agotado, pero también es incapaz de generar un nuevo camino para el mundo. El principal contrincante de la hegemonía estadounidense, China, está ganando terreno lentamente en la producción y las finanzas mundiales, pero aún no es capaz de proporcionar una alternativa que pueda convertirse en hegemónica a escala mundial.
Así pues, vivimos en un interregno lleno de síntomas mórbidos. Existe una creciente crisis medioambiental con manifestaciones cada vez peores y el retroceso de la representación democrática. La guerra mundial es una amenaza real, pero también lo es el creciente autoritarismo en amplias zonas del planeta y el ascenso de la extrema derecha tanto en los países centrales como en los periféricos.
Las fuerzas anticapitalistas y socialistas se han esforzado por dar explicaciones sobre las contradicciones de la fase actual del capitalismo y ofrecer alternativas democráticas y de clase a las masas.
Necesitamos debates frescos y con visión de futuro sobre cuáles podrían ser estas alternativas, pero esto sólo podría ocurrir si se analizara adecuadamente la situación actual del capitalismo mundial. Nuestro libro es una contribución a ese esfuerzo.
Traducción nuestra
*Costas Lapavitsas es economista marxista y profesor de la Escuela de Estudios Orientales y Africanos de la Universidad de Londres. Fue elegido diputado al Parlamento por Syriza en, pero abandonó el partido en oposición a su aplicación de la austeridad.
*Nicolás Aguila está realizando un doctorado en Economía en el Departamento de Filosofía, Política y Economía de la Universidad de Witten/Herdecke, Alemania. Es miembro del Colectivo de Escritores EReNSEP.
Fuente original: Rupture
Fuente tomada: MR online
