FALTAN PRUEBAS EN LA ACUSACIÓN DE «VIOLACIÓN MASIVA» CONTRA HAMÁS. Jonathan Cook.

Jonathan Cook.

Foto: Redacción de Haaretz en Tel Aviv, 2019. (Deror Avi, Wikimedia Commons,CC BY-SA 4.0)

22 de diciembre 2023.

Jonathan Cook examina dos artículos de Haaretz que constituyen la columna vertebral de las afirmaciones políticas y mediáticas occidentales sobre las violaciones masivas cometidas por el grupo de resistencia palestino.


Este artículo pretende ser una continuación de mi último artículo, sobre la negativa de los medios de comunicación occidentales a investigar lo ocurrido el 7 de octubre.

Como argumenté allí, los periodistas están suprimiendo pruebas de fuentes creíbles, incluido el ejército israelí, que sugieren que Israel fue responsable de muchas de las muertes de sus ciudadanos ese día, incluidos aquellos cuyos restos carbonizados se citan regularmente como prueba de la barbarie de Hamás -y, por implicación, de todos los palestinos-.

Mi artículo anterior señala que estas acusaciones contra Hamás se están utilizando para justificar una campaña genocida de bombardeos que se sabe que ha matado hasta ahora a más de 19.000 palestinos, la mayoría de ellos mujeres y niños, así como una campaña de limpieza étnica que ha expulsado a unos 2 millones de palestinos de sus hogares y los ha dejado expuestos a la enfermedad y el hambre en una zona minúscula, apretada contra la corta frontera con Egipto.

El objetivo es obvio: expulsar a los palestinos de Gaza y llevarlos al Sinaí.

Pero aquí quiero abordar otra parte, más específica, de lo que equivale a una operación psicológica israelí y mediática contra el público occidental: la afirmación de que los líderes de Hamás ordenaron a sus combatientes llevar a cabo violaciones masivas contra israelíes, y que esos combatientes utilizaron de hecho la agresión sexual sistemáticamente, como arma de guerra.

De ser cierto, el derecho internacional lo consideraría un crimen contra la humanidad.

Fuga de Gaza

Los medios de comunicación y los políticos occidentales consideran axiomática la veracidad de esta afirmación, aunque no parezca haber pruebas significativas de ello.

Recordemos que el argumento esgrimido por quienes justifican la campaña genocida de bombardeos en Gaza no es que se produjeran casos aislados de violación o agresión sexual.

Dado que los palestinos salieron a raudales de Gaza ese día después de que los combatientes de Hamás rompieran la valla de la prisión, sólo un necio podría sostener con certeza que no se produjeron violaciones ni agresiones sexuales.

Pero no debería corresponder a quienes cuestionan la versión israelí -la que sostiene que el 7 de octubre se produjeron violaciones masivas, sistemáticas y planificadas- demostrar que no hubo violencia sexual.

Más bien, es responsabilidad de quienes hacen la acusación -Israel, los políticos occidentales, los medios de comunicación occidentales- respaldar su afirmación con pruebas sólidas. De lo contrario, simplemente están racionalizando los crímenes mucho más graves y grandes que se están cometiendo ahora en Gaza contra los palestinos.

Producir unas pocas fotos que pueden, o no, mostrar pruebas de violencia sexual no es prueba de que Hamás ordenara, y sus combatientes llevaran a cabo, violaciones masivas.

Transmitir el testimonio de que un testigo vio una violación en grupo no es prueba de que Hamás ordenara, y sus combatientes llevaran a cabo, violaciones en masa.

Y las afirmaciones de los muy ideológicos y poco fiables líderes de la unidad de primeros intervinientes de Zaka tampoco cuentan como pruebas, a menos que puedan fundamentarse con otro tipo de pruebas.

El listón probatorio en el derecho internacional es alto por una razón: porque la acusación es muy grave.

Pero en este caso, el listón tiene que estar alto por una razón adicional: porque la respuesta de Israel -la matanza masiva de civiles en Gaza basada en la supuesta salvajada de los crímenes de Hamás- es aún más grave por un orden de magnitud.

Ausencia de pruebas

Merece la pena analizar dos largos artículos del respetado periódico Haaretz -la versión israelí del New York Times- que supuestamente aportan pruebas de violaciones masivas, porque constituyen la columna vertebral de las afirmaciones que reciclan los políticos y los medios de comunicación occidentales.

El primero es una especie de resumen probatorio. El otro es un perfil de Cochav Elkayam-Levy, que fundó la «Comisión Civil sobre los Crímenes del 7 de Octubre de Hamás contra Mujeres y Niños», que ha estado a la vanguardia de las denuncias de violaciones masivas por parte de Hamás.

El artículo del perfil concluye: «La suma de las pruebas presenta un cuadro espeluznante que no deja lugar a dudas: Al amparo de la masacre, Hamás llevó a cabo una campaña de violaciones y abusos sexuales».

Sin embargo, una vez hecha esta audaz afirmación, el artículo y el artículo que lo acompaña dedican mucho tiempo a exponer las muchas y variadas razones por las que existen pocas pruebas de que Hamás llevara a cabo violaciones masivas sistemáticas.

Sin duda, como afirman estos artículos, el ejército y la policía israelíes estaban demasiado ocupados luchando contra Hamás para registrar y recoger pruebas. Sin duda, algunos cadáveres estaban demasiado quemados -muy probablemente por los bombardeos y los ataques con misiles israelíes, como subrayaba mi artículo anterior- para que fuera posible realizar un examen forense. Sin duda, muchos testigos potenciales murieron ese día.

Pero la ausencia de pruebas no puede ser tratada como una prueba, como lo hacen Haaretz y los medios de comunicación occidentales. Sólo aquellos que leen estos dos artículos a través de una lente totalmente ideológica -una que busca jugar con el tropo racista del hombre árabe primitivo, salvaje y depredador para racionalizar la matanza masiva de palestinos en Gaza- pueden dejar de notar esa falta de pruebas significativas.

En cuanto a la afirmación de que los dirigentes de Hamás ordenaron a sus combatientes cometer violaciones, el artículo principal del resumen cita a David Katz, comandante de la policía israelí que investiga el atentado del 7 de octubre. Según Haaretz, afirma que «es prematuro determinar si los terroristas de Hamás recibieron instrucciones específicas de cometer violaciones.»

En otras palabras, no hay pruebas para tal orden.

Las pruebas reales de que se llevaron a cabo violaciones masivas citadas en los dos artículos equivalen esencialmente a esto:

Según una fuente policial, hasta ahora tienen el relato de un testigo de una violación. El relato de la testigo apareció recientemente en los medios de comunicación. Atestiguó haber visto a una mujer violada en grupo, mutilada y asesinada…

Altos funcionarios de seguridad afirman que algunos de los terroristas de la unidad de élite Fuerza Nukhba de Hamás y otros gazatíes detenidos por el servicio de seguridad Shin Bet y la policía han acusado a sus compañeros de violencia sexual…

La policía también dispone de decenas de testimonios de voluntarios y soldados zaka sobre el hallazgo de cadáveres de mujeres en el interior de viviendas sin ropa interior. Esos relatos también describen signos físicos de abusos sexuales en los cuerpos en las escenas de los crímenes.

Alegaciones falsas

Que esto constituya la suma de pruebas de la afirmación de que Hamás llevó a cabo violaciones sistemáticas y masivas debería resultar chocante para cualquiera que no sea el más fanático de los defensores de Israel.

La idea de que los testimonios de los combatientes de Hamás -o de cualquier otra persona detenida por Israel- puedan considerarse pruebas creíbles es claramente absurda. Como se ha documentado ampliamente, la tortura es una práctica habitual en los interrogatorios de palestinos, e incluso se utiliza contra niños.

Nadie puede sostener seriamente que los combatientes de Hamás interrogados por Israel tras las atrocidades del 7 de octubre no fueran sometidos a las técnicas de «presión» más extremas. ¿Es probable que ninguno estuviera dispuesto a «confesar» falsamente haber presenciado violaciones para aliviar esa presión?

Tales «testimonios» carecerían de valor en cualquier tribunal fuera de Israel.

En cuanto a las acusaciones de los voluntarios varones de Zaka -una organización religiosa de línea dura más conocida por recoger restos judíos para enterrarlos-, es mejor tratarlas con el máximo escepticismo.

Se trata de los mismos hombres voluntarios que ya han sido sorprendidos inventando o transmitiendo las afirmaciones más escabrosas e inventadas contra Hamás, como que decapitó a 40 bebés, metió a un bebé en un horno, colgó a otros bebés de un tendedero y arrancó a un feto del vientre de su madre.

Según las propias cifras de Israel, ese día murieron dos niños.

Los voluntarios de Zaka parecen tener una agenda ideológica: alimentar tanto odio contra los palestinos como sea posible para justificar el tipo de respuesta genocida de la que hemos sido testigos en los últimos dos meses.

Testigos temerosos

Queda el testimonio de un testigo anónimo, que puede ser creíble o no, y un puñado de fotos cuyo contenido se presta a interpretaciones y disputas.

Suponiendo que todas estas pruebas puedan tomarse definitivamente al pie de la letra, eso seguiría sin demostrar que Hamás ordenara violaciones o que los combatientes de Hamás llevaran a cabo violaciones sistemáticas, o incluso de forma concluyente que los combatientes de Hamás llevaran a cabo alguna violación.

Como mucho demostraría que hubo casos aislados y oportunistas de violación, y que fueron llevados a cabo por algunas de las personas que salieron de Gaza ese día, no necesariamente combatientes de Hamás.

La razón por la que los apologistas del genocidio israelí necesitan inflar su afirmación es porque, lamentablemente, la violación oportunista sería totalmente anodina en cualquier situación violenta y militarizada, y de hecho anodina en los comportamientos hacia las mujeres en las sociedades occidentales en general.

Significaría que cualquier violencia sexual contra mujeres israelíes ocurrida el 7 de octubre es tan representativa de un salvajismo general palestino como la violencia sexual de soldados israelíes contra mujeres palestinas -se pueden encontrar ejemplos aquí y aquí- lo es de un salvajismo general israelí. Lo cual no es así en absoluto.

Los mismos israelíes y occidentales que expresan su preocupación por el hecho de que las mujeres israelíes tengan miedo de presentarse a contar sus experiencias el 7 de octubre, como subraya Elkayam-Levy, en el pasado han mostrado precisamente cero preocupación por el hecho de que las mujeres palestinas, que viven bajo una beligerante ocupación militar, hayan tenido miedo durante décadas de contar sus experiencias a manos de los irresponsables soldados israelíes.

Sin embargo, a diferencia de la falta de pruebas de que Hamás ordenara la violación como arma de guerra, sí tenemos pruebas -procedentes de los medios de comunicación israelíes- de que un jefe militar israelí animó a soldados israelíes a violar a mujeres palestinas para «levantar la moral.»

Entonces, ¿cómo hemos llegado a un punto en el que se considera «evidente» en Occidente que Hamás ordenó violaciones sistemáticas y masivas, y que esto forma parte de la base del derecho de Israel a emprender una campaña genocida contra los palestinos disfrazada de «autodefensa»?

Despedido por exigir pruebas

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Elkayam-Levy, 2023. (Martine Hami, Wikimedia Commons,CC BY-SA 3.0)

Resulta significativo que algunas feministas israelíes y occidentales acojan con entusiasmo la denuncia de violaciones sistemáticas contra Hamás como el último momento de #MeToo, pero a una escala mucho mayor que nunca.

Ese parece ser el caso de Elkayam-Levy, fundadora de la comisión civil del 7 de octubre y antigua portavoz del ejército israelí.

Considera la cuestión de las violaciones de Hamás desde una perspectiva ideológica, diseñada para silenciar a quienes critican su proyecto, incluidas las mujeres.

Mientras reivindica el victimismo para sí misma y para su comisión, celebra que su campaña ayudara a presionar a la Universidad de Alberta para que despidiera a Samantha Pearson, directora del centro de agresiones sexuales de la universidad, por exigir pruebas de las acusaciones de violación contra Hamás.

Nombra a Reem Alsalem, relatora especial del Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas sobre la protección de las mujeres contra la violencia, como su próximo objetivo para el despido. Afirma: «Nuestra intención es exponer al mundo a una figura que no hace más que abusar -no tengo otra palabra para definirlo- de los fondos públicos mundiales».

A Elkayam-Levy le preocupa que el 7 de octubre «desaparezca de la cronología», incluso cuando relata el gran interés de los periodistas occidentales por ampliar las afirmaciones de la comisión basadas en pruebas.

Y, por supuesto, califica de «antisemitas» a quienes aconsejan prudencia y creen que las pruebas son importantes, especialmente cuando en Tel Aviv y en las capitales occidentales se está racionalizando un genocidio sobre la base de las acusaciones de violaciones masivas.

Ante las exigencias de pruebas de los organismos de la ONU, expresa su indignación: «¿Soy yo la que tiene que aportar las pruebas de los actos de los terroristas? ¿Qué clase de parodia es que me impongan a mí la carga de la prueba?».

La respuesta, por supuesto, es que Elkayam-Levy se impuso esa carga a sí misma, al fundar la comisión en el centro de la campaña para acusar a Hamás de llevar a cabo violaciones sistemáticas y masivas.

Creer en las mujeres

Las peligrosas consecuencias son demasiado claras. Gritar «Creed a las mujeres» -o en gran medida, en este caso, «Creed a las víctimas de tortura de Hamás y a los probados hombres fabuladores de Zaka»- está siendo convertido en arma para significar «Matad a los palestinos».

Aceptar simplemente estas afirmaciones como evidentes cuando faltan las pruebas es participar en el abuso de las acusaciones de violación para justificar el sometimiento de los palestinos de Gaza -incluidos muchos, muchos miles de mujeres y niños- a atrocidades a una escala aún mayor.

Sí, en teoría sería posible conceder el beneficio de la duda a quienes afirman que Hamás cometió violaciones sistemáticas y masivas sin dejar de oponerse a la matanza masiva de palestinos en Gaza como respuesta. Pero ese no es el mundo en el que viven, o nos dejan vivir, nuestros políticos y medios de comunicación.

Por eso el listón de las pruebas debe ser alto. Pero en el caso de Israel, las pruebas son escasas.

Ese listón tan alto no sólo es relevante para los juristas y los tribunales de justicia. Debe aplicarse a quienes informan ahora mismo sobre los acontecimientos en Israel y Palestina. Sin embargo, una vez más, los medios de comunicación occidentales han incumplido sus obligaciones más básicas.

Al igual que los médicos, los periodistas deben esforzarse por no hacer daño. Debemos grabar y explicar, no allanar el camino al genocidio difundiendo desinformación.

Debemos intentar que los poderosos rindan cuentas, no facilitar la comisión de sus delitos.

Y en el mejor de los casos, deberíamos querer reforzar los impulsos democráticos de la sociedad mediante la difusión de información veraz, no comerciando con la incitación y la difamación.

Nada de esto está ocurriendo. Los mismos medios de comunicación occidentales que han suprimido los testimonios que demuestran que Israel cometió crímenes contra sus propios ciudadanos el 7 de octubre están inflando el número y el alcance de las atrocidades de Hamás, sin apoyarse en pruebas.

La única conclusión razonable es que los medios de comunicación participan voluntaria y activamente en la limpieza étnica y el genocidio de Gaza. Estos crímenes no sólo son provocados por Israel, sino también por las élites occidentales que ven en Israel una proyección de su poder en Oriente Medio, rico en petróleo.

Traducción nuestra


*Jonathan Cook es autor de tres libros sobre el conflicto palestino-israelí y ganador del Premio Especial de Periodismo Martha Gellhorn. Su sitio web y su blog se encuentran en http://www.jonathan-cook.net

Fuente original: JONATHAN COOK BLOG

Fuente tomada: Consortium News

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