Enrico Tomaselli.
Imagen: OTL
29 de diciembre 2023.
El conflicto ruso-ucraniano marca, por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, el paso a una fase en la que se deconstruye la disuasión, se registra la devastación en el campo occidental y se manifiesta plenamente la insuficiencia del poder imperial.
La Guerra de Corea es probablemente la última en la que EEUU luchó con la intención estratégica y la voluntad de ganarla sobre el terreno. Como sabemos, acabó en empate. Desde entonces, EEUU, que es sin duda el país más belicista de la era moderna, hizo de las fuerzas armadas, y por tanto de la guerra, esencialmente un instrumento de disuasión, destinado a contener a los enemigos comunistas -URSS, República Popular China- en su expansión político-ideológica más allá de las fronteras de (respectivamente) Europa Oriental y China continental.
Desde finales de los años 50, Estados Unidos nunca se ha planteado seriamente la hipótesis de un enfrentamiento directo con una de las dos potencias socialistas; evidentemente, ha participado en un enfrentamiento para tratar de alcanzar la supremacía nuclear, y ha elaborado de forma igualmente evidente estrategias y tácticas en función de un hipotético choque de este tipo, pero se ha tratado de hipótesis puramente escolares. A nivel práctico, esta posibilidad nunca se consideró realmente posible, y mucho menos deseable.
En efecto, mientras existió la Unión Soviética, ésta fue uno de los pilares sobre los que se asentó la hegemonía estadounidense sobre Europa Occidental. Fiel a los acuerdos de partición de Yalta, Washington nunca ha intervenido directamente contra Moscú, ni siquiera cuando (Berlín ’53, Budapest ’56, Praga ’68) habría tenido un excelente pretexto. Y cuando se ha producido una confrontación militar, ha sido en la periferia, y siempre ha sido indirecta.

Vietnam y Afganistán docet (les enseña).
Sin embargo, si observamos la historia del expansionismo militar estadounidense, y la interminable serie de guerras y guerrillas que ha alimentado, desde la segunda mitad del siglo pasado en adelante, nos damos cuenta de cómo las victorias militares, las del campo de batalla y las estratégicas, no sólo casi nunca se materializaron, sino que probablemente ni siquiera se previeron.
La gran estrategia hegemónica estadounidense se ha basado en la disuasión y no en la victoria.
Todos los países que, por una razón u otra, se han visto enfrentados militarmente a EEUU han pagado un precio muy alto, casi siempre con el resultado de una devastación casi completa. Y cuanto más alto y prolongado ha sido el desafío al hegemón, más duro ha sido el precio a pagar.
Además de las mencionadas Vietnam y Afganistán, recordemos Irak, Siria, Libia… Todas guerras que, desde un punto de vista estratégico, podemos considerar perdidas. Pero que costaron a esos países un precio tal que, décadas después, no les ha permitido recuperarse.
Este es el axioma sobre el que se ha construido la estrategia imperialista estadounidense: sencillamente, la disuasión del poder destructivo.
Con respecto a las potencias contrarias -Rusia y China-, la estrategia implicaba la contención (de ahí la enorme red de bases militares a lo largo de las fronteras de estos dos países), en la creencia de que tarde o temprano caerían por estrangulamiento o -en el peor de los casos- quedarían confinadas en sus propios espacios.
Por eso las fuerzas armadas de Estados Unidos nunca se han preparado realmente para enfrentarse a las fuerzas armadas soviéticas o chinas, y mucho menos a ambas.
El conflicto de Ucrania, en este sentido, representa un punto de inflexión. Estados Unidos y su ejército imperial ampliado, la OTAN, nunca antes se habían implicado hasta este punto en un enfrentamiento directo con una de las potencias antagonistas. Nunca habían participado en un conflicto que no fuera marcadamente asimétrico. Nunca se habían comprometido en una guerra de desgaste prolongada.
Y lo hicieron sin ponerse primero en situación de dirigir y mantener un conflicto de ese tipo.
No estaban preparados estratégicamente (capacidad industrial de producción bélica, arsenales de armas y municiones), no estaban preparados para el combate (sistemas de armas nunca probados realmente sobre el terreno, desconocimiento de las capacidades del enemigo), no estaban preparados doctrinalmente (estrategias y tácticas, estructuración de las fuerzas armadas, esencialmente idénticas a las de anteriores conflictos asimétricos).
El revés fue inevitable.
El conflicto ruso-ucraniano marca, por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, el paso a una fase en la que se deconstruye la disuasión, se registra la devastación en el campo occidental y se manifiesta plenamente la insuficiencia del poder imperial.
Este paso, parcialmente oscurecido por el difícil enfrentamiento político interno en el país hegemónico, exige por tanto una reconversión global radical de las políticas imperiales, que debe invertir necesariamente tanto el plan logístico-estructural como el militar, más exquisitamente operativo. Un proceso, éste, que evidentemente no puede completarse en poco tiempo, y que por tanto abre una temporada de interludio, en la que la capacidad del instrumento militar ya no es capaz de ejercer su histórica función disuasoria, y aún no es capaz de pasar a otra en la que la disuasión sea sustituida por la capacidad de derrotar al enemigo sobre el terreno.
El cambio en el marco geopolítico y estratégico general, del que esta crisis militar estadounidense es en parte producto, pero que es al mismo tiempo su causa, acaba determinando por tanto una inestabilidad extrema, de la que lo que está ocurriendo en Palestina es la manifestación más evidente, que a su vez va a afectar a los tiempos y las formas en que EEUU intentará responder a la crisis.
Lo que ya podemos ver, sin embargo, es la dirección general que se ha tomado. Y que podríamos resumir como el paso de la guerra como disuasión a la guerra como solución.
La próxima guerra Washington debe ganarla, debe derrotar al enemigo y ponerlo de rodillas. Y como no se tratará de un país débil, sino de una de las grandes potencias bélicas del planeta, y por tanto entre otras dotada de armas nucleares capaces de destruir América, no será nada fácil.
El patrón, con toda probabilidad, será el mismo que en la Segunda Guerra Mundial. Europa tendrá que poner el grueso de las tropas, y ése será el campo de batalla.
Traducción nuestra
*Enrico Tomaselli es Director de arte del festival Magmart, diseñador gráfico y web, desarrollador web, director de video, experto en nuevos medios, experto en comunicación, políticas culturales, y autor de artículos sobre arte y cultura.
Fuente original: Giubbe Rosse News
