Alastair Crooke.
Ilustración: Hady Dbouq para Al Mayadeen. Los Presidentes de Iran Ebrahim Raisi, de Rusia Vladimir Putin y de Siria Bashar al Assad.
04 de octubre 2023.
Cincuenta años después de la Guerra de Octubre, Estados Unidos está debilitado en sí mismo y como potencia regional, mientras que China es un mediador, una potencia económica y un garante que respalda los acuerdos regionales.
La guerra de 1973, en la que las fuerzas egipcias y sirias se coordinaron con el objetivo de lanzar un ataque por sorpresa contra «Israel«, y en la que este último fue engañado por una fuente superior egipcia durante los últimos preparativos de la guerra, terminó en lo que algunos consideran una victoria israelí.
Pero a un gran coste para Estados Unidos.
Aunque la guerra no echó por tierra del todo la distensión, sin embargo, acercó a Estados Unidos a una confrontación nuclear con la Unión Soviética más que en ningún otro momento desde la crisis de los misiles de Cuba. La guerra se lanzó esencialmente para obligar a «Israel» a devolver los territorios que había capturado en la anterior guerra árabe-israelí de 1967, incluidos el Sinaí y el Golán, de acuerdo con la Resolución 242 de la ONU. «Israel» rechazó esos términos y los residuos del conflicto, de una forma u otra, perduran hasta hoy.
Egipto finalmente hizo la paz con «Israel», pero Siria y Líbano no lo han hecho, y Siria sigue siendo la línea del frente de la guerra que tiene ya 50 años.
Al observar la situación actual, notamos ciertos cambios y otras aparentes constantes: Irán, aunque de una manera muy diferente, ha ocupado el lugar que en su momento tuvo Egipto; Rusia ha vuelto a escena y Siria ha estado inmersa en una cruel guerra de 12 años, con su economía reducida a la ruina, con el objetivo de forzarla a ceder los Altos del Golán sirios que todavía están ocupados por «Israel».
Los cambios estratégicos más notables son dos: el debilitamiento de EEUU, tanto en sí mismo como potencia regional, y el advenimiento de China como mediador, potencia económica y garante que respalda los acuerdos regionales. La reconciliación de Arabia Saudí con Irán por parte de China cambió el panorama estratégico, y muchas cosas se han sucedido en corolario: Las conversaciones de paz en Yemen han progresado y el presidente al-Assad fue celebrado en la Liga Árabe tras una larga ausencia.
La iniciativa china en Siria claramente plantea la posibilidad de que posea una equivalencia estratégica con el Acuerdo entre Irán y Arabia Saudita. El presidente al-Assad y su familia recibieron una bienvenida «real» en China. Es un primer paso para revitalizar la vida económica y poner fin de manera perentoria al aislamiento de Siria. Pero se insinúa mucho, mucho más: la reconstrucción, la iniciativa de la Ruta de la Seda, y la eventual restauración de la plena soberanía sobre el territorio sirio existente en alianza con Moscú y Teherán.
El estratega militar israelí de larga trayectoria, Ehud Yaari, se desespera al afirmar que
aparte del propio pueblo sirio, Israel sale de los 12 años de guerra civil en Siria como el mayor perdedor. La supervivencia del régimen de Assad, estrechamente aliado con Irán, equivale nada menos que a un fracaso estratégico israelí.
«La reticencia a jugar a la política en un Estado árabe vecino fue una lección aprendida de la invasión israelí del Líbano en 1982, cuyo objetivo era instalar a un cristiano amigo como presidente, Bashir Gemayel. Aquello acabó en fiasco …” [y] el «síndrome del Líbano» ha llevado desde entonces a los dirigentes israelíes de todo el espectro político a evitar las tentaciones de intentar moldear el terreno al otro lado de sus fronteras.
Sin embargo, Estados Unidos estaba más interesado en impedir una victoria clara de Assad, sus patrocinadores rusos y sus socios iraníes, mediante una política destinada a «congelar» una situación en la que Assad controla menos del 70% del territorio sirio. La conclusión es clara: mientras Assad permanezca en el poder, la acumulación militar de Irán se ampliará gradualmente, adquiriendo con el tiempo un mayor potencial. Las esperanzas de que Occidente o los Estados árabes ofrezcan a Assad incentivos atractivos para que se separe del abrazo de Irán son ilusiones. La estrecha alianza entre ambos, se remonta a la década de 1970 y a estas alturas Irán se ha convertido en una característica permanente de la Siria de posguerra».
Así pues, aquí llegamos al segundo cambio cualitativo (tras el del advenimiento de China) desde la Guerra de octubre de 1973: ya no se trata de una «guerra convencional». Ésta se ha desplazado hacia la visión de Qassem Soleimani de la guerra por desgaste: No es necesario construir un dominio aéreo convencional, sino que el general Soleimani aboga por desplegar drones enjambre y misiles de crucero inteligentes en un cerco a «Israel». Era un sistema que, en su opinión, proporcionaría una mejor disuasión que los medios convencionales, al tiempo que permitiría proceder a un lento desgaste. Esto ha dejado a «Israel» ante un dilema casi imposible: arriesgarse a una guerra en varios frentes o contentarse con ataques aéreos punzantes en Siria, bajo la atenta mirada de Moscú que calibra cuidadosamente la longitud de la correa que permite a «Israel».
¿Qué hay de las perspectivas? «Israel» está actualmente preocupado por una lucha interna existencial sobre el futuro de la llamada «Tierra de Israel», la naturaleza de lo que significa ser judío y el destino de los palestinos de Cisjordania. Los Estados occidentales se están apartando de esta guerra intestina; meter los dedos en esta compleja lucha metafísica tiene poco atractivo.
Al mismo tiempo, el «aire» se está escapando del gran globo blanco de Washington llamado los «Acuerdos de Abraham». ¿Cuál es la importancia de esta alianza cuando China está ocupada sanando las divisiones en la región? Las alianzas anti-Irán se han reducido a meros deseos sin fundamento.
Sin embargo, dentro del cinturón, la normalización entre Arabia Saudí e «Israel» sigue viéndose como un acontecimiento del «Rapto» que transfiguraría la región.
¿Realmente lo haría? Los Estados del Golfo ya tienen una red de vínculos comerciales y de seguridad con «Israel». ¿Cambiaría mucho algo? Probablemente no (nadie cree que Estados Unidos desplegará tropas belicosas en el Reino).
Sin embargo, lo que no cambiaría es la situación de la mezquita de Al-Aqsa y los palestinos. Si los radicales del llamado «Movimiento del Monte del Templo» en el gobierno de Netanyahu encienden la mecha que llevará a la toma de control de Al-Aqsa por parte de Israel, entonces toda la «normalización» de Washington no valdrá «nada». Mientras que el cristianismo puede haberse vuelto dócil, el islam no lo ha hecho (completamente).
Traducción nuestra.
*Alastair Crooke, es un exdiplomático británico y es el fundador y director del Foro de Conflictos con sede en Beirut, una organización que aboga por el compromiso entre el Islam político y Occidente.
Fuente original: English Al Mayadeen
