Scott Ritter.
Imagen: OTL
20 de agosto 2023.
Hay una escena icónica en la película clásica de culto de 1990, Reality Bites, en la que Leilaina, interpretada por Winona Ryder, pronuncia el discurso de despedida. «¿Qué vamos a hacer ahora?», pregunta, antes de formular una pregunta aún más pertinente: «¿Cómo podemos reparar todo el daño que hemos heredado?».
Luego responde a sus preguntas con un lastimero «no lo sé».
Al ver a los responsables de la OTAN y de Ucrania esforzarse por comprender la realidad de la situación en la que se encuentran, con la tan esperada y anticipada contraofensiva tambaleándose frente a unas defensas rusas que han demostrado ser impenetrables, las palabras de Leilaina me vinieron inmediatamente a la mente.
Ucrania ha enviado las últimas de sus reservas estratégicas, dirigidas por la 82ª Brigada Aérea de élite, a la batalla por la aldea de Rabotino, en Zaporozhye. Aquí, en los campos en barbecho por las condiciones de la guerra, las mejores fuerzas de combate de Ucrania han sido destripados por los defensores rusos que se han negado a ceder. Según la experiencia de los elementos de cabeza de la 82ª Brigada, a ellos también les espera este destino.
Con la reserva estratégica ucraniana comprometida y pronto derrotada, Ucrania y sus supervisores de la OTAN ya no disponen de fuerzas significativas capaces de influir en el desarrollo de las batallas que se libran a lo largo de la línea de contacto de 1.000 millas entre los ejércitos de Ucrania y Rusia.
Rusia, por su parte, mantiene una reserva no comprometida de más de 200.000 efectivos nuevos, bien entrenados y equipados, que están a punto de entrar en combate. Cuando finalmente se desaten, Ucrania carecerá de los recursos necesarios para defenderse de su ataque, lo que supondrá el momento culminante de una campaña rusa diseñada precisamente para conseguir este resultado: el colapso de la capacidad ucraniana para mantener un combate terrestre a gran escala.
La realidad se impone.
La situación había llegado a ser tan grave que Stian Jenssen, jefe de gabinete del Secretario General de la OTAN, Jens Stoltenberg, opinó ante una audiencia noruega que una solución para el final del conflicto con Rusia «podría ser que Ucrania cediera territorio y obtuviera a cambio el ingreso en la OTAN».
Pero incluso en esto, Jenssen deliraba. Mientras que la realidad dicta que Ucrania nunca recuperará sus antiguos territorios de Kherson, Zaporozhye, Donetsk, Lugansk y Crimea, y que la opción más sabia sería conceder la inevitabilidad de una victoria rusa evitando al mismo tiempo la posibilidad de perder aún más territorios, Jenssen parecía olvidar que uno de los principales objetivos detrás de la decisión rusa de iniciar la operación militar especial era impedir que Ucrania se uniera a la OTAN.
Sólo alguien totalmente alejado de la realidad podría articular un escenario en el que Rusia cediera en una cuestión que está vinculada a su supervivencia existencial (es decir, la expansión de la OTAN hacia Ucrania) a cambio de aceptar un hecho ya consumado: el control ruso de los antiguos territorios ucranianos.
Tanto el gobierno ucraniano como el jefe de Jenssen, Stoltenberg, se opusieron a la idea de un intercambio de territorios por miembros. «La OTAN apoyará a Ucrania hasta que gane el conflicto «, dijo Stoltenberg en una reunión de periodistas en Oslo un día después de la metedura de pata de Jenssen, dando a entender que el argumento de Ucrania de que una condición clave para la resolución del conflicto seguía siendo desalojar a Rusia de todos los antiguos territorios ucranianos liberados por las tropas rusas y reclamados por Rusia como resultado de los referendos celebrados en 2014 (para Crimea) y 2022 (para los otros cuatro territorios).
Pero cada vez está más claro que la realidad se impone a los deseos. No hay ninguna posibilidad de que Ucrania alcance sus objetivos declarados, algo que reflejaron los comentarios de Jennsen y no los de Stoltenberg. La OTAN lucha por generar nuevas fuentes de equipamiento para el rápidamente mermado ejército ucraniano, que ha perdido gran parte de los carros de combate , vehículos blindados de combate y sistemas de artillería proporcionados por la OTAN y otras naciones como preparación para la fracasada contraofensiva.
Equipos que antes se consideraban demasiado provocadores, como el caza F-16, han recibido ahora luz verde para su entrega a Ucrania. Pero nada de esto importa: aunque Ucrania recibiera todo lo que quisiera, el hecho es que no puede generar la mano de obra, ni en cantidad ni en calidad, necesaria para manejar de forma competente ese equipo en un campo de batalla moderno contra un ejército ruso que, desde cualquier punto de vista honesto, ha salido de este conflicto como la fuerza de combate más letal y capaz del mundo.
Tanto Estados Unidos como la OTAN se debaten en cómo gestionar una situación en la que una victoria estratégica rusa es inevitable. Aunque Jenssen expresó más tarde su «arrepentimiento» por su sugerencia de un intercambio de territorios por miembros, lo cierto es que la postura de línea dura de Ucrania respecto a las condiciones que aceptará para la finalización del conflicto no es realista, y cuando más tiempo sigan los aliados y socios de Ucrania con esa fantasia, más difícil será el camino hacia una eventual solución.
De hecho, el reciente rechazo del ministro de Exteriores ruso, Sergey Lavrov, a negociar con Occidente el fin del conflicto así lo demuestra. Lavrov citó como razón principal de la postura rusa el hecho de que cualquier negociación de este tipo sería poco más que un «truco táctico» diseñado para dar al ejército ucraniano la oportunidad de descansar y reconstruirse.
Cada vez parece más probable que el final del conflicto adopte la forma de una capitulación, no de una negociación, en la que Ucrania desempeñe el papel del Japón Imperial en una repetición de la ceremonia de rendición de septiembre de 1945 en la bahía de Tokio a bordo del USS Missouri. Los términos de tal escenario serían incondicionales, la derrota de Ucrania total y la ruta de la OTAN sin paliativos. Los responsables ucranianos y de la OTAN harían bien en reflexionar sobre esta realidad antes de decidir continuar el conflicto hasta «el último ucraniano.»
Las condiciones rusas que se establecieron en el acuerdo de paz que Ucrania rubricó antes de echarse atrás bajo la presión del ex primer ministro británico Boris Johnson parecen estar sobre la mesa, excepto en lo que respecta a los territorios recién adquiridos por Rusia. La alternativa, como explicó recientemente el presidente bielorruso Alexander Lukashenko a un periodista ucraniano, podría ser el desmembramiento de Ucrania, donde lo que quedara de la nación fuera una patética sombra de lo que fue, despojada de viabilidad económica.
La realidad, en efecto, muerde.
Traducción nuestra
*Scott Ritter es un antiguo oficial de inteligencia del Cuerpo de Marines de EEUU que sirvió en la antigua Unión Soviética aplicando tratados de control de armas, en el Golfo Pérsico durante la Operación Tormenta del Desierto y en Irak supervisando el desarme de armas de destrucción masiva. Su libro más reciente es Disarmament in the Time of Perestroika, publicado por Clarity Press.
Fuente original: Sputnik International
