Vijay Prashad.
Pintura: Francesco Clemente (Italia), Sixteen Amulets for the Road (XII) [Dieciséis amuletos para el camino], 2012-2013.
25 de mayo 2023.
Los líderes del G7 se presentan ante las cámaras fingiendo ser representantes mundiales cuyas opiniones son las de toda la humanidad. Sorprendentemente, los países del G7 solo cuentan con el 10% de la población mundial, mientras que su Producto Interno Bruto (PIB) combinado solo representa el 27% del PIB mundial. Se trata de Estados demográfica y económicamente cada vez más marginados que quieren utilizar su autoridad, derivada en parte de su poder militar, para controlar el orden mundial.
Durante la cumbre del Grupo de los Siete (G7) de mayo de 2023, las y los líderes de Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, Italia, Japón y Reino Unido visitaron el Museo Memorial de la Paz de Hiroshima, cerca de donde se celebró la reunión. No hacerlo habría sido un acto de inmensa descortesía. A pesar de los numerosos llamamientos para que Estados Unidos se disculpe por lanzar una bomba atómica sobre una población civil en 1945, el presidente estadounidense Joe Biden se mostró reticente. En su lugar, escribió en el libro de visitas del Memorial de la Paz: “Que las historias de este museo nos recuerden a todos nuestra obligación de construir un futuro de paz”.
Las disculpas, amplificadas por las tensiones de nuestro tiempo, adquieren interesantes funciones sociológicas y políticas. Una disculpa sugeriría que los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki en 1945 fueron un error y que Estados Unidos no puso fin a su guerra contra Japón asumiendo la superioridad moral. Una disculpa también contradiría la decisión de EE. UU., respaldada plenamente por otras potencias occidentales más de 70 años después, mantener una presencia militar a lo largo de la costa asiática del Océano Pacífico (una presencia construida sobre la base de los bombardeos atómicos de 1945) y utilizar esa fuerza militar para amenazar a China con armas de destrucción masiva acumuladas en bases y barcos cercanos a las aguas territoriales chinas. Es imposible imaginar un “futuro de paz” si Estados Unidos sigue manteniendo su agresiva estructura militar que se extiende desde Japón hasta Australia, con la intención expresa de disciplinar a China.


Tanto los gobiernos occidentales como los think tanks se han quejado de que los préstamos chinos para el desarrollo no contienen cláusulas del Club de París. El Club de París es un organismo de acreedores bilaterales oficiales creado en 1956 para proporcionar financiación a los países pobres que han sido examinados por el FMI y que deben comprometerse a llevar a cabo una serie de reformas políticas y económicas para obtener fondos. En los últimos años, la cantidad de préstamos concedidos a través del Club de París ha disminuido, aunque la influencia del organismo y la estima que despiertan sus estrictas normas se mantienen. Muchos préstamos chinos —en particular a través de la Iniciativa de la Franja y la Ruta— se niegan a adoptar las cláusulas del Club de París, ya que, como sostienen los profesores Huang Meibo y Niu Dongfang, ello filtraría las condicionalidades del FMI y el Club de París en los acuerdos de préstamo. “Todos los países deberían respetar el derecho de otros países a tomar sus propias decisiones, en lugar de tomar las reglas del Club de París como normas universales que deben ser observadas por todos”, señalan. La acusación de “coacción económica” no se sostiene si las pruebas apuntan a que los prestamistas chinos se niegan a imponer las cláusulas del Club de París.

Los líderes del G7 se presentan ante las cámaras fingiendo ser representantes mundiales cuyas opiniones son las de toda la humanidad. Sorprendentemente, los países del G7 solo cuentan con el 10% de la población mundial, mientras que su Producto Interno Bruto (PIB) combinado solo representa el 27% del PIB mundial. Se trata de Estados demográfica y económicamente cada vez más marginados que quieren utilizar su autoridad, derivada en parte de su poder militar, para controlar el orden mundial. No se debe permitir que un sector tan reducido de la población humana hable en nombre de todas y todos, ya que sus experiencias e intereses no son universales ni se puede confiar en que dejen de lado sus propios objetivos parroquiales en favor de las necesidades de la humanidad.

Schmidt afirmó que había que parar en seco al NOEI, porque dejar las decisiones sobre la economía mundial “en manos de funcionarios de algún lugar de África o de alguna capital asiática no es una buena idea”. En lugar de permitir que las y los líderes africanos y asiáticos opinen sobre importantes asuntos mundiales, el primer ministro del Reino Unido, Harold Wilson, sugirió que sería mejor que las decisiones serias fueran tomadas por “el tipo de personas que se sientan alrededor de esta mesa”.

Durante este periodo de debilidad en Occidente se habló de que el G7 se cerraría y que el G20, que celebró su primera cumbre en 2008 en Washington D.C., se convertiría en su sucesor. Las declaraciones de Sarkozy en Delhi fueron noticia, pero no política. En una valoración más privada —y veraz— en octubre de 2010, el ex primer ministro francés Michel Rocard dijo al embajador estadounidense en Francia, Craig R. Stapleton: “Necesitamos un vehículo en el que podamos encontrar juntos soluciones para estos retos [el crecimiento de China e India], de modo que cuando estos monstruos lleguen dentro de 10 años, seamos capaces de hacerles frente”.
Los “monstruos” están ahora en la puerta, y Estados Unidos ha reunido sus arsenales económicos, diplomáticos y militares disponibles, incluido el G7, para sofocarlos. El G7 es un organismo antidemocrático que utiliza su poder histórico para imponer sus estrechos intereses a un mundo sumido en una serie de dilemas más acuciantes. Es hora de cerrar el G7 o, al menos, de impedir que imponga su voluntad en el orden internacional.

Sadako Sasaki, de dos años, era una de las 350.000 personas que vivían en Hiroshima en el momento de los bombardeos. Murió diez años después de cánceres asociados a la exposición a la radiación de la bomba. El poeta turco Nazim Hikmet se sintió conmovido por su historia y escribió un poema contra la guerra y la confrontación. Las palabras de Hikmet deberían ser una advertencia incluso ahora a Biden por reírse de la posibilidad de un nuevo conflicto militar contra China:
Vengo y me paro en cada puerta
pero nadie oye mi paso silencioso.
Llamo y sigo sin ser vista
Porque estoy muerta, porque estoy muerta.
Solo tengo siete años, aunque morí
en Hiroshima hace mucho tiempo.
Tengo siete años ahora como entonces.
Cuando los niños mueren, no crecen.
Mi cabello fue consumido por remolinos de llamas.
Mis ojos se oscurecieron; mis ojos se cegaron.
La muerte vino y convirtió mis huesos en polvo
y eso fue esparcido por el viento.
No necesito fruta, ni arroz.
No necesito dulces, ni siquiera pan.
No pido nada para mí
porque estoy muerta, porque estoy muerta.
Todo lo que pido es que luches por la paz
que luches hoy, que luches hoy
para que los niños del mundo
puedan vivir y crecer y reír y jugar.
*Vijay Prashad es un historiador, editor y periodista indio. Es miembro de la redacción y corresponsal en jefe de Globetrotter. Es editor en jefe de LeftWord Books y director del Instituto Tricontinental de Investigación Social. También es miembro senior no-residente del Instituto Chongyang de Estudios Financieros de la Universidad Renmin de China. Ha escrito más de 20 libros, entre ellos The Darker Nations y The Poorer Nations. Sus últimos libros son Struggle Makes Us Human: Learning from Movements for Socialism y The Withdrawal: Iraq, Libya, Afghanistan, and the Fragility of U.S. Power (con Noam Chomsky).
