Vijay Prashad.
Imagen: Birender Kumar Yadav (India), Donkey Worker [Burro trabajador], 2015.
04 de mayo 2023.
En marzo de 2022, 200 millones de trabajadores, desde el sector industrial al asistencial, se sumaron a la huelga general para paralizar el país. Estas huelgas han sido masivas porque el movimiento sindical ha asumido las batallas de las y los trabajadores informales no organizados con la misma energía que las batallas de sus propios miembros, como señaló K. Hemlata, presidenta de la Central de Sindicatos Indios…
A finales de 2022, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) publicó un fascinante informe titulado Tiempo de trabajo y equilibrio entre trabajo y vida privada en todo el mundo, en gran parte alentado por una serie de iniciativas en distintas partes de India para ampliar la jornada laboral. El informe acumulaba datos mundiales sobre el tiempo dedicado al trabajo en 2019, antes del inicio de la pandemia del COVID-19. La OIT constató que “aproximadamente un tercio de la mano de obra mundial (35,4%) trabajaba más de 48 horas semanales” y “una quinta parte del empleo mundial (20,3%) consiste en jornadas de trabajo cortas (o a tiempo parcial) de menos de 35 horas semanales”, como el trabajo esporádico o por horas. Además, el informe señala que el grupo ocupacional con “la media de horas de trabajo más larga es el de los operadores de instalaciones y maquinaria y montadores, que trabajan una media de 48,2 horas semanales”.
En toda India se está debatiendo una revisión de los límites de la duración de la jornada laboral. Un proyecto de ley del estado de Tamil Nadu pretende modificar la Ley de Fábricas de 1948, lo que permitiría a las fábricas alargar la jornada laboral de ocho a doce horas. En la Asamblea del estado de Tamil Nadu, el ministro del gobierno CV Ganesan sostuvo que el estado —que tiene el mayor número de fábricas de India— necesitaba atraer más inversión extranjera, lo que sería más fácil si se permitiera a las fábricas tener “horarios de trabajo flexibles”. Las protestas encabezadas por los sindicatos y la izquierda bloquearon al gobierno del estado, a pesar de la presión contraria del grupo de lobby empresarial (el Vanigar Sangangalin Peramaippu). En febrero se aprobó un proyecto de ley similar en el estado vecino de Karnataka. “India compite con países de todo el mundo por atraer inversiones”, dijo el Dr. CN Ashwath Narayan, ministro de Electrónica, Tecnologías de la Información y Biotecnología; “solo con una legislación laboral flexible se pueden atraer inversiones”.

En 1991, India aprovechó una crisis de balanza de pagos a corto plazo para desbaratar el tejido institucional del desarrollo nacional y abrir la economía a la inversión extranjera. Esta “liberalización”, como se conoce en la India, supuso que el capital obtuviera una ventaja decisiva sobre el trabajo y que se retiraran las protecciones laborales duramente ganadas por la clase obrera y el campesinado.
Reconociendo esta tendencia, las y los trabajadores indios iniciaron un ciclo de protestas para defender sus derechos contra lo que se conoció como “liberalización del mercado laboral”. La palabra clave “flexibilidad” significaba que los trabajadores tendrían que renunciar a sus preciados derechos para atraer la inversión y proporcionar mayores beneficios a esos inversores. A pesar de las concesiones hechas por los trabajadores —algunas forzadas, otras a través de la negociación—, los empleos producidos por la administración neoliberal eran trabajos para personas desesperadas. Como escribimos en el dossier:
La promesa de inversión industrial a gran escala y la creación de puestos de trabajo industriales de alta calidad no se materializaron de forma significativa y tanto el crecimiento industrial como el económico se han mantenido en niveles bajos, no solo por la falta de inversión, sino también por la demanda reprimida de la población india. Esta demanda fue reducida tanto por los salarios desesperadamente bajos de buena parte de la población, como por las restricciones neoliberales del gasto público, especialmente en el sector agrícola.

En 2015, las Naciones Unidas aprobaron una resolución histórica en la que se anunciaban 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible, en los que se establecía claramente la necesidad de “Promover el crecimiento económico sostenido, inclusivo y sostenible, el empleo pleno y productivo y el trabajo decente para todos”. La OIT entiende por “trabajo decente” “el empleo pleno y productivo, los derechos en el trabajo, la protección social y la promoción del diálogo social” o, en un lenguaje más sencillo, el derecho al trabajo productivo, a unas condiciones laborales seguras, a la seguridad social y a la negociación colectiva.

En marzo de 2022, 200 millones de trabajadores, desde el sector industrial al asistencial, se sumaron a la huelga general para paralizar el país. Estas huelgas han sido masivas porque el movimiento sindical ha asumido las batallas de las y los trabajadores informales no organizados con la misma energía que las batallas de sus propios miembros, como señaló K. Hemlata, presidenta de la Central de Sindicatos Indios, en nuestro dossier nº 18 de julio de 2019.
La lucha de clases está viva y coleando, aunque uno de los puntos débiles de nuestro tiempo es que estas movilizaciones masivas no se han convertido fácilmente en poder político. El poder financiero ha ahogado a la democracia, y el auge de las ideas tóxicas de derechas -incluido el fundamentalismo religioso- ha desempeñado un papel influyente en las comunidades que luchan contra la destrucción gradual de la vida colectiva (un fenómeno que analizamos en el dossier nº. 59, Fundamentalismo e imperialismo en América Latina: acciones y resistencias). No obstante, como escribimos en la frase final de nuestro nuevo dossier, las y los trabajadores «siguen vivos y vivas en la lucha de clases».

La pandemia hizo estragos.
Los obreros y trabajadores huyeron a sus casas.
Todas las máquinas pararon en las ciudades.
Solo se movían sus manos y sus pies.
Habían plantado sus vidas en los pueblos.
Allí se sembraba y se cosechaba:
jowar, trigo, maíz, bajra. Todo.
Aquellas divisiones con los primos y hermanos.
Esas peleas en los canales y cursos de agua.
Los matones, contratados unas veces por su lado y otras por este.
Los pleitos que se remontan a abuelos y tíos abuelos.
Los compromisos, los matrimonios, los campos.
Sequías, inundaciones, el miedo: ¿lloverá o no?
Irán a morir allí, donde hay vida.
¡Aquí solo han traído sus cuerpos y los han enchufado!
Desconectaron los enchufes:
«Ven, vamos a casa”, y partieron.
Irán a morir allí, donde hay vida.

*Vijay Prashad es un historiador, editor y periodista indio. Es miembro de la redacción y corresponsal en jefe de Globetrotter. Es editor en jefe de LeftWord Books y director del Instituto Tricontinental de Investigación Social. También es miembro senior no-residente del Instituto Chongyang de Estudios Financieros de la Universidad Renmin de China. Ha escrito más de 20 libros, entre ellos The Darker Nations y The Poorer Nations. Sus últimos libros son Struggle Makes Us Human: Learning from Movements for Socialism y The Withdrawal: Iraq, Libya, Afghanistan, and the Fragility of U.S. Power (con Noam Chomsky).
