Visay Prashad.
Pintura: Francis Mampuya, Republica Democrática del Congo, «Sankara», 2018.
13 de octubre 2022.
El 30 de septiembre de 2022, el capitán Ibrahim Traoré dirigió un sector de los militares de Burkina Faso para deponer al teniente coronel Paul-Henri Sandaogo Damiba, que había tomado el poder en un golpe de Estado en enero. El segundo golpe fue rápido, con breves enfrentamientos en la capital, Uagadugú, en la residencia del presidente, el Palacio Kosyam, y en el campamento Baba Sy, sede de la administración militar. El capitán Kiswendsida Farouk Azaria Sorgho declaró en la emisora nacional Radiodiffusion Télévision du Burkina (RTB) que su compañero, el capitán Traoré, era ahora el jefe del Estado y de las fuerzas armadas. “Las cosas vuelven poco a poco al orden”, dijo mientras Damiba se exiliaba en Togo.

No se trata de un golpe contra el orden gobernante, una plataforma militar llamada Movimiento Patriótico para la Salvaguarda y la Restauración (MPSR), sino que surge de los jóvenes capitanes del MPSR. Durante el breve mandato de Damiba, la violencia armada aumentó un 23%, y no cumplió ninguna de las promesas que los militares hicieron cuando derrocaron al ex presidente Roch Kaboré, un ex banquero que había gobernado el país desde 2015. L’Unité d’Action Syndicale (UAS), plataforma de seis sindicatos de Burkina Faso, advierte de la “decadencia del ejército nacional”, cuyo desorden ideológico se manifiesta en los elevados sueldos que cobran los golpistas.
Kaboré fue el beneficiario de una insurrección masiva que comenzó en octubre de 2014 contra Blaise Compaoré, que estaba en el poder desde el asesinato de Thomas Sankara en 1987. Cabe señalar que en abril, mientras estaba exiliado en Costa de Marfil, Compaoré fue condenado a cadena perpetua en ausencia por su papel en ese asesinato. Muchas de las fuerzas sociales de las revueltas masivas llegaron a las calles con fotos de Sankara, aferradas a su sueño socialista. La promesa de ese movimiento de masas fue sofocada por el limitado programa de Kaboré, el Fondo Monetario Internacional, y por la insurgencia yihadista de siete años en el norte de Burkina Faso, que ha desplazado a cerca de dos millones de personas. Aunque el golpe del MPSR tiene una perspectiva confusa, responde a la profunda crisis social que afecta al cuarto productor de oro del continente africano.

El sentimiento antifrancés se agudiza en todo el norte de África y en el Sahel, la región al sur del desierto del Sahara. Fue este sentimiento el que provocó los golpes de Estado en Mali (agosto de 2020 y mayo de 2021), Guinea (septiembre de 2021), y luego en Burkina Faso (enero de 2022 y septiembre de 2022). En febrero de 2022, el gobierno de Mali expulsó a los militares franceses, acusando a las fuerzas francesas de cometer atrocidades contra la población civil y de coludirse con los insurgentes yihadistas.
Durante la última década, el Norte de África y el Sahel han lidiado con los estragos producidos por la guerra de la OTAN contra Libia, impulsada por Francia y Estados Unidos. La OTAN envalentonó a las fuerzas yihadistas, que estaban desorientadas por su derrota en la Guerra Civil de Argelia (1991-2002) y por las políticas antiislamistas del gobierno de Muamar Gadafi en Libia. De hecho, Estados Unidos trajo combatientes yihadistas endurecidos, incluidos veteranos del Grupo Islámico Combatiente Libio, desde la frontera entre Siria y Turquía para reforzar la guerra contra Gadafi. Esta llamada «línea de ratas» se movió en ambas direcciones, ya que los yihadistas y las armas pasaron de la Libia posterior a Gadafi a Siria.

La Union d’Action Syndicale ha dado a conocer un plan de diez puntos que incluye la ayuda inmediata a las zonas que se enfrentan a la hambruna (como Djibo), una comisión independiente para estudiar la violencia en zonas específicas (como Gaskindé), la creación de un plan para hacer frente a la crisis del costo de la vida, y el fin de la alianza con Francia, que incluiría la “salida de las bases y tropas extranjeras, especialmente las francesas, del territorio nacional”.

En cambio, el grueso de los ingresos es absorbido por empresas mineras de Canadá y Australia —Barrick Gold, Goldrush Resources, Semafo y Gryphon Minerals—, así como por sus homólogas en Europa. Estas empresas transfieren las ganancias a sus propias cuentas bancarias y algunas, como Randgold Resources, al paraíso fiscal de las Islas del Canal. No se ha establecido un control local sobre el oro, ni el país ha podido ejercer ninguna soberanía sobre su moneda. Tanto Burkina Faso como Malí utilizan el franco CFA de África Occidental, una moneda colonial cuyas reservas se encuentran en el Banco de Francia, que también gestiona su política monetaria.
Los golpes en el Sahel son golpes contra las condiciones de vida que afligen a la mayoría de quienes viven en la región, condiciones creadas por el robo de soberanía por parte de las empresas multinacionales y la antigua autoridad colonial. En lugar de reconocerlo como el problema central, los gobiernos occidentales desvían la atención e insisten en que la verdadera causa del conflicto político es la intervención de mercenarios rusos, el Grupo Wagner, que luchan contra la insurgencia yihadista (Macron, por ejemplo, calificó su presencia en la región de “depredadora”). Yevgeny Prigozhin, uno de los fundadores del Grupo Wagner, afirmó que Traoré “hizo lo necesario […] por el bien de su pueblo”. Mientras tanto, el Departamento de Estado de Estados Unidos advirtió al nuevo gobierno de Burkina Faso que no hiciera alianzas con el Grupo Wagner. Sin embargo, parece que Traoré busca cualquier medio para derrotar a la insurgencia, que ha absorbido el 40% del territorio de Burkina Faso. A pesar del acuerdo con la Comunidad Económica de los Estados de África Occidental (CEDEAO), firmado por Damiba y continuado por Traoré, según el cual Burkina Faso volverá a un gobierno civil en julio de 2024, las condiciones necesarias para este traspaso parecen ser la derrota de la insurgencia.

En el espíritu de Sankara, el cantante maliense Oumou Sangaré lanzó en febrero de 2022 una maravillosa canción, Kêlê Magni [La guerra es una plaga], que habla por todo el Sahel:
¡La guerra es una plaga! ¡Mi país podría desaparecer!
Te lo digo: ¡la guerra no es una solución!
La guerra no tiene amigos ni aliados, y no hay enemigos reales.
Todos los pueblos sufren esta guerra: Burkina, Costa de Marfil… ¡todos!
Se necesitan otros instrumentos: nuevas estrellas en el cielo, nuevas revoluciones que se basen en la esperanza y no en el odio.
*Vijay Prashad es un historiador, editor y periodista indio. Es miembro de la redacción y corresponsal en jefe de Globetrotter. Es editor en jefe de LeftWord Books y director del Instituto Tricontinental de Investigación Social. También es miembro senior no-residente del Instituto Chongyang de Estudios Financieros de la Universidad Renmin de China. Ha escrito más de 20 libros, entre ellos The Darker Nations y The Poorer Nations. Sus últimos libros son Struggle Makes Us Human: Learning from Movements for Socialism y The Withdrawal: Iraq, Libya, Afghanistan, and the Fragility of U.S. Power (con Noam Chomsky).
