UN CÍRCULO VICIOSO QUE NO SE AGUANTA MÁS. Úrsula Huws

Úrsula Huws

08 de noviembre 2021.

El hogar ocupa un lugar central en el capitalismo pero, a diferencia del trabajo, sigue siendo un sitio en el que la desigualdad de género galopa sin estribos.

La pandemia nos recordó muchas cosas, tal vez ninguna con tanta agudeza como la importancia que tiene —no solo para nuestra vida cotidiana, sino para el capitalismo— todo lo que sucede en nuestros hogares. No está de más recordar que la etimología de la palabra «economía» nos remonta al griego antiguo: el término oikonomía, formado por la combinación de oîkos (hogar) y nómos («ley»), significa «administración doméstica». Pero los socialistas suelen pensar que la economía es algo que sucede exclusivamente en los lugares de trabajo, donde los obreros se empeñan en producir valor para los capitalistas y se organizan con el fin de recuperar una parte de ese valor bajo la forma de salarios. El hogar, en cambio, es concebido como un lugar de descanso y ocio, un refugio en el que los trabajadores pueden relajarse y recuperarse del desgaste que produce aquel ambiente hostil.

Sin embargo, como dicen hace más de un siglo las feministas, el tiempo «libre» del hogar suele ser todo menos «libre». Sucede en general que dicho tiempo se consume en actividades necesarias —y muchas veces penosas— cuyo fin es sostener a los trabajadores y a sus familias, cuidar a las personas que dependen de otros, limpiar la casa, lavar la ropa, hacer las compras, cocinar —en fin— mantener y mejorar el hogar.

El hogar es también, al menos en las sociedades capitalistas, el lugar donde se efectúa la mayor parte del consumo y se realiza el valor del trabajo. Además, se trate de instrumentos financieros (como las hipotecas y los seguros), de servicios (como internet, las plataformas de video, la electricidad o el agua) o del mero uso de la propiedad, el hogar es un sitio donde se pagan cuentas y del que se extrae una renta.

En síntesis, lejos de representar una línea de fuga, el hogar ocupa el centro del capitalismo. Pero sucede que, a diferencia del trabajo, donde después de legislar medio siglo a favor de la igualdad de oportunidades, se establecieron ciertos límites —sin duda insuficientes— al trato diferencial de hombres y mujeres, el hogar sigue siendo un sitio en el que la desigualdad de género galopa sin estribos.

Por eso es dado afirmar que la pandemia solo exacerbó y arrojó un poco más luz sobre una tendencia previa, materializada en la enorme crisis de reproducción social que arrastramos hace años y que alcanzó su punto más álgido luego de la crisis financiera de 2008. La dinámica que subyace a esta crisis es como un resorte infinito que acumula la tensión vital generada por la escasez de tiempo y la escasez de dinero.

Del salario familiar a la familia con dos ingresos

Para comprender la magnitud de esta crisis, es necesario retrotraerse a mediados del siglo veinte, cuando el acuerdo de posguerra entre el capital y el trabajo introdujo un nuevo conjunto de derechos laborales y los regímenes de bienestar, emergentes o completamente desarrollados, parecían estar solucionando muchos de los problemas de la Gran Depresión.

Para la mayor parte de los hogares obreros de la economía formal (mayoría en el Norte Global y minoría significativa en una buena parte del Sur Global), este acuerdo implicó niveles de seguridad sin precedentes y alejó el fantasma de la pobreza provocada por la edad, el desempleo o la mala salud. Sin embargo, el acuerdo se alzaba sobre un compromiso social que finalmente resultó ser insostenible en el largo plazo, tanto para los individuos como para el capitalismo en general.

Su premisa era dividir el mundo laboral en función del género: los hombres salían a trabajar por un «salario familiar» suficiente para mantener a una esposa y ama de casa que, a cambio, criaba a los niños, cuidaba a los enfermos y se ocupaba de las tareas domésticas. Con todo, este modelo nunca fue universal. En muchos países, la mayor parte de la fuerza de trabajo transitaba los circuitos del empleo informal. Aun en las economías desarrolladas, los trabajadores sin calificaciones, casuales o temporarios, sobre todo inmigrantes, tenían ingresos que eran demasiado bajos o inestables como para permitirles vivir según aquel modelo y muchos hogares no encajaban en el estereotipo de la familia nuclear.

En los años 1960, las múltiples contradicciones surgidas de la situación anterior llevaron a una nueva ola de reivindicaciones feministas, que incluían igualdad en los lugares de trabajo, independencia financiera, servicios de guardería y refugios seguros para las víctimas de violencia doméstica.

En cierto sentido, la reivindicación del trabajo asalariado de las mujeres se adecuaba al desarrollo del capitalismo de la época. Con el crecimiento del consumo y de los servicios estatales durante la posguerra, incrementó también la demanda de trabajo en rubros como la educación, la enfermería, los bancos y los comercios, al igual que en las áreas específicas de ensamblado y empaquetado de ciertas industrias fabriles, como la electrónica y la indumentaria. Las mujeres eran la fuerza de trabajo ideal para estas actividades: barata y, llegado el caso, prescindible.

En los años 1980, cuando las políticas neoliberales empezaron a surtir efecto, ya era normal que, en un hogar de dos adultos, ambos tuviesen ingresos, y el salario masculino muchas veces estaba por debajo del nivel necesario para mantener a toda una familia. A medida que el salario familiar y las amas de casa se volvían cada vez más raros, el progreso de las mujeres empezó a medirse en función de sus logros laborales.

Los recortes del gasto público, que ocasionaron el cierre de las guarderías, redujeron el valor de los planes sociales y restaron apoyo a las tareas de cuidado, terminaron opacando otras reivindicaciones feministas. Con todo, se pensaba que las mujeres estaban avanzando a paso firme hacia la igualdad, pues aparentemente estaban logrando «cerrar la brecha salarial» y ocupar cada vez más puestos de gestión.

El aumento del ingreso de las mujeres fue uno de los muchos factores que ayudó a disimular la reducción del valor del salario de los hombres, tendencia que cobró fuerza luego de 1990, cuando, tras la caída de la Unión Soviética, el mundo entero se convirtió en una fuente de mano de obra barata. La baratura de las mercancías manufacturadas en China también colaboró en la expansión del modelo familiar de dos ingresos.

Luego vino el crédito. En los albores del nuevo milenio, la tarjeta de crédito se convirtió en una solución para muchas familias que no llegaban a fin de mes. Por si fuera poco, en algunos países, los créditos hipotecarios cautivaron a muchos trabajadores, ensanchando todavía más una burbuja de crédito que terminó siendo insostenible. La deuda no solo fue una de las causas de la crisis de 2008, sino que, al provocar el cese repentino de los créditos, fue uno de los factores que más contribuyó al malestar de las familias luego de la crisis.

Los ingresos cayeron todavía más, se terminaron los créditos fáciles, el precio de los bienes de consumo aumentó y las prestaciones sociales perdieron valor. Las medidas de austeridad implicaron un recorte del gasto público que había servido hasta entonces para aliviar la carga de los trabajos de cuidado. Para colmo, todo esto sucedió en un momento en que la población estaba envejeciendo y la necesidad de dichos servicios tocaba un pico histórico.

Bailar al ritmo del ajuste

En síntesis, la demanda creciente de tiempo y la caída de los salarios empezaron a ejercer cada vez más presión sobre las familias, principalmente en el caso de las mujeres, que son quienes suelen realizar el trabajo doméstico no remunerado. La relación entre las horas de trabajo que hombres y mujeres dedican a las tareas del hogar varía según los casos. Es de 10:25 en Pakistán y de 6:22 en Turquía, pero la ratio se mantiene en 1,49 incluso en la igualitaria Suecia, en 1,61 en Estados Unidos y en 1,85 en Gran Bretaña. Por lo tanto, aun en los mejores escenarios, las mujeres todavía realizan una cantidad considerablemente mayor de trabajo doméstico que los hombres.

Durante el neoliberalismo solía pensarse que la división del trabajo doméstico entre hombres y mujeres era una reliquia del pasado. En efecto, los titulares de los diarios de la época repetían que la brecha del trabajo doméstico estaba cerrándose. Por ejemplo, en Estados Unidos, la brecha de género que marca el tiempo dedicado a las tareas del hogar, expresada en minutos por semana, se redujo de 195 minutos en 1965 a 65 minutos en 2010. Sin embargo, la causa no está en que los hombres hayan empezado a realizar más tareas domésticas no remuneradas (el promedio masculino creció solo 24 minutos durante el período), sino en el hecho de que las mujeres empezaron a hacer cada vez menos: en promedio, restaron 105 minutos de dedicación al hogar. Esto es así porque empezaron a trabajar más tiempo fuera del hogar y el día no tiene tantas horas.

Pero entonces, ¿cómo respondieron a la escasez de tiempo? Al parecer, en términos prácticos, buscaron estrategias para ganar más dinero y dedicar menos tiempo a las tareas domésticas, metas que tiran hacia extremos opuestos y no hacen más que aumentar la tensión.

Dado que trabajar más implica tener todavía menos tiempo para las tareas domésticas, la desesperación lleva con frecuencia a recurrir al mercado para comprar servicios que sustituyan ese tiempo no remunerado. Un indicador de este proceso es el incremento del número de empleadas domésticas, que según la Organización Internacional del Trabajo (OIT) pasó de 32,2 millones en 1995 a 52,5 millones en 2010 y 67,1 millones en 2015. Una proporción considerable son trabajadoras migrantes (17,2% en promedio, con picos de 50% en casos como el de Argentina).

De acuerdo con la OIT, en América Latina y el Caribe, el trabajo doméstico representaba, en 2013, «más de 7,5% del trabajo total y 11,9% del trabajo asalariado», proporción que no tiene parangón en otras regiones. El sector emplea a alrededor de 18 millones de mujeres en toda América Latina y el Caribe, número equivalente a la población total de mujeres en edad laboral de Guatemala, Ecuador y Perú. En Brasil, entre 1995 y 2009, el número de personas que se desempeña laboralmente en las tareas domésticas pasó de 5,1 a 7,2 millones y la gran mayoría (el 93%) son mujeres.

Otro signo de que las familias recurren cada vez más al mercado como sustituto del trabajo doméstico es el rápido incremento de las ventas de comidas preparadas: según Euromonitor, entre 2006 y 2011 crecieron un 27%. Cuando se les pregunta a los encuestados por qué compran comida hecha, la respuesta más común (45%) es «No tengo tiempo para cocinar». La consultora Grand View Research espera que el mercado global de comidas preparadas, valuado en 159 000 millones de dólares en 2009, crezca un 5,5% por año hasta alcanzar los 244 000 millones de dólares en 2027.

Se estima que en América Latina, solo entre 2019 y 2020, el mercado de reparto de comidas por medio de plataformas digitales creció más del 30% y alcanzó valores cercanos a los 6800 millones de dólares. Por lo tanto, existe un vínculo estrecho entre la escasez de tiempo en los hogares, intensificada luego de la crisis de 2018, y el crecimiento espectacular de la denominada «economía de plataformas».

Los nombres de Uber, iFood y PedidosYa se volvieron tan comunes que nos cuesta pensar que, como sus equivalentes europeos y estadounidenses, son empresas fundadas recién en 2009, es decir, después de la crisis financiera mundial. Su crecimiento durante la última década fue increíble y transformó el mercado de trabajo y la forma en que gestionamos nuestra vida doméstica.

Con compañeros de la Universidad de Hertfordshire realizamos una investigación sobre la expansión de estas plataformas en el Reino Unido y los resultados parecen ser válidos en el extranjero. Ahora bien, podría pensarse que los trabajadores precarios, empleados en la economía de plataformas, son parte de una nueva subclase que sirve a las necesidades de una clientela próspera. Pero nuestros resultados muestran que la gran mayoría de los trabajadores de plataformas son también clientes de las empresas de plataformas. En otras palabras, estamos frente a un intercambio de servicios que toma lugar al interior de la misma población trabajadora. Las plataformas digitales se afianzaron en nuestra vida cotidiana como un medio que, a la vez, pesa sobre nuestros ingresos y satisface nuestras necesidades domésticas.

En la desesperación por conseguir más dinero, trabajamos cada vez más, pero luego nos topamos con que no tenemos tiempo para cocinar, mantener nuestros hogares ni cuidar a nuestras familias. Exhaustos, recurrimos entonces a las plataformas de comida preparada y a los servicios domésticos o de cuidado. Se plantea así una espiral decreciente donde la escasez de dinero persigue a la escasez de tiempo, pero los extremos nunca se encuentran y el capitalismo se beneficia de una punta a la otra.

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Entonces, ¿quién limpia la casa?

Este círculo vicioso tiene importantes consecuencias, especialmente en el caso de dos colectivos sociales: las feministas y el movimiento obrero. Ni las estrategias feministas tradicionales para liberar a las mujeres del trabajo doméstico no remunerado, ni las estrategias del movimiento obrero para mejorar las condiciones de vida de los trabajadores precarizados lograron romper el ciclo que plantea la doble explotación del salario y del tiempo.

Empecemos con las estrategias feministas. A lo largo de la historia, la pregunta «¿Qué deberíamos hacer con el trabajo doméstico?», recibió al menos tres respuestas: socializarlo, automatizarlo o remunerarlo.

A principios del siglo veinte, cuando las feministas de la «primera ola», como Aleksándra Kolontái y Clara Zetkin, abordaron el problema, reconocieron que la necesidad de realizar tareas domésticas no remuneradas impedía que las mujeres entraran en el mercado de trabajo en las mismas condiciones que los hombres. Argumentaron que el capitalismo había terminado con las formas de producción que se desarrollaban en el hogar y las había transferido a la fábrica. El trabajo doméstico, entonces, no era más que un trabajo improductivo, que no generaba valor para la economía. Estas feministas pensaban que el comunismo sería capaz de liberar a las mujeres de la carga de ese trabajo mediante su colectivización, que tomaría la forma de restaurantes, lavanderías, «centros de costura» y servicios de guardería estatales.

A comienzos y mediados del siglo veinte, ese pensamiento condujo efectivamente a introducir nuevos servicios públicos, tanto en los regímenes comunistas (por ejemplo, la Unión Soviética, China, Vietnam y Cuba) como, hasta cierto punto, en las socialdemocracias capitalistas de algunos países de Europa occidental y de otras regiones. En los años 1960, las feministas de la «segunda ola» plantearon reivindicaciones similares. Sin embargo, desde los años 1970 en adelante, las presiones políticas y financieras, en vez de desarrollar nuevos servicios públicos, llevaron a la reducción o la privatización de los existentes. Entonces, el feminismo concentró su fuerza en las campañas contra los ajustes presupuestarios y el vaciamiento de los servicios. Apuntaban sobre todo a mantenerlos en el sector público y prácticamente no había espacio para exigir nuevos servicios que alivianaran la carga del trabajo doméstico y del de cuidados.

Al mismo tiempo, los progresos de la medicina y de la técnica en general, y el desarrollo de nuevos modelos de negocio capitalistas, hicieron que el mercado fuera capaz de suplir muchos de estos servicios. Mientras las feministas se movilizaban por mejorar los hospitales psiquiátricos, el mercado capitalista repartía drogas psicotrópicas, y mientras ellas luchaban por mantener las lavanderías abiertas, los lavarropas eran cada vez más baratos.

Por lo tanto, debe decirse que la reivindicación que apuntaba a socializar el trabajo doméstico tuvo un éxito limitado.

Tampoco la automatización del trabajo doméstico logró liberarnos de las tareas hogareñas. Es cierto que algunos productos, como las aspiradoras y los lavavajillas, hicieron que las tareas del hogar sean mucho más fáciles y placenteras que en el pasado, pero aun así deben ser reparados y alguien debe operarlos. Lleva tiempo y esfuerzo elegir, comprar y arreglar un electrodoméstico y, en cualquier caso, hay que pagar por él, de modo que el vínculo entre los compradores y el capitalismo se estrecha y plantea la necesidad de ganar más dinero. Sin considerar las visiones utópicas, la idea de un robot multifuncional encargado de las tareas domésticas sigue siendo elusiva. Para los capitalistas, es mucho más rentable vendernos una multitud de aparatos individuales, que rápidamente quedan obsoletos y no hacen más que agigantar la montaña de desechos plásticos y electrónicos.

El tercer enfoque, elaborado en los años 1960 por feministas autonomistas como Silvia Federici, Leopoldina Fortunati, Mariarosa Dalla Costa y Selma James, plantea que las actividades domésticas deben ser remuneradas. Quedó plasmado en la reivindicación «Salario para el trabajo doméstico» que, desde entonces, resurgió muchas veces bajo la forma de un ingreso básico para todos los ciudadanos. De hecho, en algunos países existen versiones diluidas de esta política, que toman cuerpo en planes sociales dirigidos a las familias que tienen a su cargo hijos, ancianos o personas discapacitadas. Sin embargo, aun en los casos en que estas prestaciones son generosas, no dejan de plantear serios problemas.

El más obvio es: ¿Quién paga los planes sociales? Si se trata simplemente de mecanismos de redistribución del ingreso entre los pobres, que implican más impuestos para los ricos, ¿no podrían convertirse en una forma de consolidar la desigualdad existente? ¿No socavan el rol tradicional de la negociación colectiva a la hora de forzar a los patrones a que paguen a los trabajadores una porción mayor de sus ganancias? En segundo lugar, ¿quién puede cobrarlos? Por ejemplo, si benefician únicamente a ciudadanos con nacionalidad, ¿no se corre el riesgo de excluir a los trabajadores migrantes y de convertirlos en una subclase explotable que carece de todo derecho? Y, en tercer lugar, al otorgar dinero en efectivo directamente a las familias, ¿no existe la posibilidad de que el gasto refuerce el mercado privado y socave el principio de brindar servicios públicos colectivos en función de las necesidades?

Por lo tanto, debemos concluir que la política de remuneración del trabajo doméstico también es inadecuada en múltiples aspectos. Podría debilitar los servicios públicos existentes (y los salarios y condiciones de sus trabajadores), sin que esto conlleve necesariamente una redistribución real de la riqueza, ni la provisión de mecanismos para responder a las variaciones de las necesidades de la población.

Ahora bien, ¿qué sucede en el caso de las reivindicaciones del movimiento obrero tradicional? A lo largo de la historia, tendieron a centrarse en el mercado de trabajo formal y en sus salarios y condiciones laborales. Por supuesto, también plantearon temas más amplios, vinculados con el bienestar de los trabajadores (las reivindicaciones de vacaciones pagas, licencias de maternidad y paternidad, cobertura de salud y jubilaciones son buenos ejemplos). Y en algunos países, al menos durante ciertos períodos, los sindicatos se unieron a los partidos políticos para plantear reivindicaciones que afectaban al conjunto de la población, como la atención sanitaria universal, las jubilaciones y los planes sociales.

Con frecuencia, los sindicatos representaron solo los intereses de sus miembros —confinados a grupos ocupacionales, sectores o empresas particulares—, lo que contribuyó a la generación de aristocracias obreras relativamente privilegiadas. Sin embargo, frente a los cambios tecnológicos y económicos, siempre que emergieron nuevos grupos de trabajadores informales (por ejemplo, en la manufactura, en las industrias extractivas, en las áreas logísticas y en la agricultura industrial), se desarrollaron nuevas formas de organización y representación, y también nuevos sindicatos. Es lo que está sucediendo entre los trabajadores de plataformas de algunos países.

Pero es importante recordar que, en general, estas nuevas formas de organización tienden a crecer cuando los trabajadores tienen la oportunidad de encontrarse en persona en sus lugares de trabajo. La tradición muestra que los mineros, los portuarios y los trabajadores fabriles primero se encontraban, luego trabajaban codo a codo y se conocían, y recién entonces formaban organizaciones colectivas capaces de negociar sus condiciones laborales. Es probable que en el futuro suceda lo mismo con los conductores de Uber y con los repartidores de PedidosYa, que se conocen y se encuentran en las calles.

Pero, ¿qué sucede con aquellos que trabajan aislados en sus propios hogares o en los de sus clientes? Es notable que, a pesar de implicar a tantas mujeres, la historia nos brinde tan pocos ejemplos de éxito organizativo en el caso de las empleadas domésticas. En efecto, no solo sucede que las empleadas domésticas tienden a no ser representadas por los sindicatos, sino que muchas veces son directamente excluidas de la legislación laboral que protege a otros trabajadores. En fin, el movimiento obrero nunca logró brindarles una protección adecuada.

En síntesis, debemos concluir que hoy también carecemos de la capacidad para romper el círculo vicioso en el que están atrapadas las familias obreras: la crisis de reproducción social cobra cada vez más fuerza en todo el mundo.

Por lo tanto, necesitamos un nuevo enfoque que reconozca que la «vida laboral» y la «vida familiar» no son dos esferas separadas que requieren políticas distintas, sino que, por el contrario, representan un único problema, por más contradictorio, multifacético y cambiante que sea. Nuestra reproducción social no es una cuestión privada de supervivencia individual: representa el latido mismo del corazón capitalista, succiona nuestro trabajo y expulsa los productos de ese trabajo en un proceso dinámico que requiere un crecimiento permanente. Para garantizar ese crecimiento, los trabajadores deben invertir cada vez más tiempo y energía en el trabajo remunerado, de modo tal que tienen cada vez menos tiempo y energía para ocuparse de su propia supervivencia y terminan alimentando la demanda de comodidades y confort.

Romper ese círculo implica actuar en todos los frentes. Por más inspiradoras que sean las reivindicaciones obreras y feministas, se trate del salario mínimo o de los planes sociales por maternidad, de la semana laboral de 40 horas o de los servicios de guardería, ninguna en particular, tomada de forma aislada, es suficiente para contrarrestar la situación actual. Necesitamos unidad, puentes que logren conectar las divisiones tradicionales para discutir las mejores formas de trabajar en conjunto y para dar paso a un nuevo ciclo de conquistas obreras en el siglo XXI.

Fuente: Jacobin América Latina

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