BREVE HISTORIA DEL INTERNACIONALISMO (I y II de X). Iñaki Gil de San Vivente.

Iñaki Gil de San Vivente.

20 de febrero 2021.

I

El internacionalismo antes de 1866, fecha de la I Internacional

Iniciamos con esta primera entrega la serie de diez en la que haremos un repaso histórico de la solidaridad internacionalista entre los pueblos, entre las naciones trabajadoras. Pero también nos tendremos que enfrentar, por un lado, a la solidaridad muy activa entre las clases explotadoras, opresoras, entre los Estados imperialistas para machacar conjuntamente a las clases y pueblos oprimidos; y, por otro lado, al cinismo rastrero e hipócrita de las «democracias» que dicen defender los derechos humanos abstractos, vacíos de contenido, y cuya solidaridad se limita a comunicados de condena sobre algunos de los crímenes más atroces del imperialismo, pero nada más.

Pongamos un ejemplo entre mil: la desesperada lucha antimperialista de los pueblos de Centroamérica y el Caribe recibió la ayuda internacionalista de muchos sitios, entre ellos de Euskal Herria; pero sus burguesías también recibieron la ayuda gigantesca del imperialismo, y los sectores reformistas y pacifistas que decían evitar los «extremos» –el pueblo insurgente y la burguesía– se beneficiaban de la solidaridad cínica del reformismo occidental. No hace falta decir que esta solidaridad reformista y de boquilla beneficia siempre al poder establecido en lo esencial y en las formas particulares a las fuerzas «equidistantes», «pragmáticas», que se rigen por el «sentido común» en busca de un «clima normalizado y pacífico de convivencia que no caiga en las provocaciones de los extremos». Tendríamos que matizar un poco más, pero carecemos de espacio y pensamos que es suficiente para nuestro objetivo precisar esos tres niveles. Aunque siempre han existido, en el capitalismo actual están más activos que nunca por razones que iremos analizando, y siempre precisaremos sus expresiones concretas.

El orden es el siguiente:

El internacionalismo antes de 1866, fecha en la I Internacional. De 1866 a 1889, fecha en la que se crea la II Internacional. De 1889 a 1919, fecha en la que se crea la III Internacional. De 1914 a 1951, y al presente: la II Internacional. De 1919 a 1943: la III Internacional. De 1921 al presente: diferentes organizaciones internacionales. De 1940 al presente: la IV Internacional. De 1966 al presente: la Tricontinental. De 1994 al presente: Zapatismo, Seattle, FSM, MCB… De 2021: Internacional Antiimperialista…

Aunque siempre bordeamos el error de interpretar el pasado según los criterios que utilizamos en el presente, error tanto más pernicioso cuanto más retrocedemos en la historia, no es menos cierto que hay algunos criterios verdadera e incuestionablemente objetivos que sí debemos considerar como permanentes en los tiempos en su sentido esencial: salud, energía, libertad, socialidad, productividad del trabajo, etc. La solución siempre transitoria e incierta de estas necesidades genera diferencias, oposiciones y contradicciones que varían según sea la dialéctica entre las fuerzas productivas y las relaciones sociales de producción existentes en cada época larga, en cada modo de producción y en cada formación económico-social. Así fueron surgiendo disputas, tensiones, conflictos y guerras, pero también conversaciones, acuerdos, pactos, alianzas, etc., y sentimientos e ideales de solidaridad, cooperación, ayuda mutua… e internacionalismo, como virtudes decisivas en la antropogenia.

Insistimos en la existencia incuestionable de realidades objetivas, preexistente a las generaciones concretas, como las citadas arriba, porque son decisivas para entender la solidaridad internacionalista como efecto de las contradicciones de la materialidad social humana. Contradicciones inmanentes, internas a la sociedad, no externas, no impuestas por espíritus ni dioses, sino por intereses sociales antagónicos que se enfrentan entre sí sobre todo en el crucial problema de la propiedad privada o pública de la salud, de la energía, del alimento, de la fuerza de trabajo, de la libertad, del viento, del sol, de la belleza, de los bosques…

Los defensores de la propiedad privada dividen la historia con términos aparentemente neutros que se centran en la evolución tecnológica: paleolítico, mesolítico, neolítico, agricultura, industria, postindustrial, etc. O también, edad de piedra, de cobre, de bronce, de hierro y ahora de «economía inteligente», hasta acabar en la abstracción absoluta de fase premoderna, moderna y posmoderna, en la que nos encontraríamos. Se anula así toda injusticia social y por tanto la necesidad del internacionalismo consecuente. Los defensores de la propiedad púbica, comunal, comunista…, empleamos conceptos basados en las relaciones sociales de trabajo y de reparto/expropiación de los bienes producidos: modos de producción comunista primitivos, modos basados en formas de propiedad comunal, en formas de tributo o tributarios, en formas de esclavismo, en formas de coexistencia de propiedad privada con propiedad comunal, en formas de feudalismo, en la explotación capitalista, en la transición socialista al modo comunista… con sus fases intermedias con la supremacía de unos sobre otros, etc.

Las opresiones o rebeliones, insolidaridad o solidaridad, egoísmo o internacionalismo, etc., se diferencian en sus formas según sean los modos de producción, las formaciones económico-sociales, las interacciones entre estas, etc. Pero por debajo de esas diferencias hay una constante que surge de la lucha entre la injusticia de la propiedad privada y la justicia de la propiedad comunal, de la capitalista y de la comunista en la actualidad. Según retrocedemos en la historia se hace más difícil encontrar datos fiables sobre solidaridad y ayuda mutua entre las clases y pueblos explotados porque la historia la escribe la clase dominante, interesada en borrar todo vestigio de empatía y ayuda solidaria. Aun así, podríamos aventurar la tesis de que estas prácticas censuradas serían muestras de «internacionalismo» precapitalista sobre todo en sociedades en las que la diversidad clánica y etno-cultural iba unida a la explotación social de modo que, en sus contextos, vendría a ser como la explotación de «clase-raza» como algunos las definen hoy.

Por ejemplo y asumiendo la relativa imprecisión de fechas y acontecimientos, es posible que el malestar social en la ciudad de Kish entre -2900 y -2700 fuera una rebelión; o que en Egipto desde -2664 con el agravamiento de -2345, -2173 y – 2160 terminase en lo que se ha definido como la primera «revolución» en la historia, no en el sentido actual. Se puede pensar que el Poema de Gilgamesh de – 2650 narra las rebeliones de las y los explotados contra la casta dominante que se atribuía también el derecho de violación de las mujeres. O lo que ahora se definiría como «golpe de Estado progresista» en Lagash de -2353, o que la sublevación de Sargón de -2350 a -2300 mostraba la profunda inseguridad de Sumer, la frecuencia de las rebeliones y de las luchas de los pueblos oprimidos hasta que se desplomó el imperio acadio. No debemos descartar la existencia de alianzas y pactos, de ayudas de reciprocidad, etc., para acabar con la opresión, sabiendo como sabemos de la puntillosa diplomacia de los poderes de la época.

Conforme se imponía la propiedad privada de tierras y ganados y con ella formas de explotación más brutales, aumentaban los conflictos con crecientes niveles de violencia. En la amplia zona indoirania este largo conflicto acabó en Irán cuando las masas campesinas se unieron pese a sus diferencias etno-culturales con la casta de los sacerdotes para derrocar a la casta de los guerreros, verdaderos amos. Los sacerdotes iraníes seguían el zoroastrismo desde la primera mitad del -1000. En la India del -600 terminó de concretarse el movimiento lokaiata, filosofía materialista opuesta a la casta o clase dominante, que resistió a todas las represiones hasta el siglo XVII. En la China del siglo –V hubo resistencias de masas contra la construcción de la Gran Muralla y otras opresiones, y como efecto de esa lucha de clases el filósofo Mencio (-370/-289) defendió el derecho del pueblo a ajusticiar al tirano. La solidaridad de lucha fue palpable cuando se unieron muchos grupos campesinos para derrocar al poder tiránico en la inmensa China en el -220. La historia china rebosa luchas político-filosóficas que directa o indirectamente surgían de las crecientes contradicciones sociales, y de la tendencia del campesinado y artesanado a unirse pese a sus diferencias y a las distancias que les separaban.

Las grandes divisiones entre las ciudades-Estado griegas no impidieron una respuesta solidaria frente a la agresión persa sobre todo desde – 497, comenzando una serie de guerras defensivas que serían decisivas para la posterior formación de lo que ahora entendemos por Europa. La agudización de las sublevaciones populares en Grecia sobre todo a partir de -371 hace que en -338 la Liga de Corinto dirigida por Filipo de Macedonia asumiera la prioridad de acabar con las revueltas de los pobres, siendo probablemente el primer plan de contrainsurgencia interestatal. Sin embargo, continuaron las rebeliones como las de -134 y otras, así como la resistencia desesperada de las clases explotadas de la región de Pérgamo entre -132 y -130 contra la anexión a Roma. Desde -112 se fue organizando alrededor del Ponto una movilización internacional con amplios apoyos populares que mantendría guerras intermitentes contra Roma hasta -65. En esta muy sucinta lista no hacemos referencia a las rebeliones esclavas contra Roma ni a las guerras defensivas de muchos pueblos. Tampoco hablamos del colaboracionismo con el invasor romano de casi todas las clases dominantes para no perder sus propiedades.

Nuestramérica también fue escenario de la lucha de clases en sociedades tributarias: en el -400 el imperio olmeca vio cómo se destruían las cabezas pétreas, los altares y monolitos que simbolizaban el poder. No se sabe quiénes, por qué y para qué lo hicieron, pero aquellas protestan se inscriben en la larga lista de las «profanaciones sacrílegas» tal como las descalifica la historia opresora. El poder creciente de los imperios maya, azteca e inca, generó múltiples resistencias que desbordan este texto, así como las luchas contra la invasión europea. Ejemplos brillantes de solidaridad internacionalista los tenemos en las alianzas entre nativos, esclavos y campesinos pobres desde comienzos del siglo XVI hasta llegar al siglo XVIII cuando se empiezan a unir sectores criollos y mestizos creando la dialéctica entre Patria Grande e internacionalismo. Sobre la actual Norteamérica, África y otras zonas de Asia hablaremos en los capítulos siguientes.

La solidaridad por encima de las distancias entre los y las explotadas en la edad media europea fue facilitada por las herejías cristianas que exigían conquistar el paraíso en la tierra. Parte de la rapidez de la expansión del islam fue debida a las mejoras de las condiciones de vida de las masas explotadas y de las clases dominantes que se convertían al nuevo «internacionalismo» musulmán. Pero esto empezó a cambiar a finales del siglo XIV en el norte italiano y definitivamente en el siglo XV, cuando la economía proto capitalista agudizaba las contradicciones nacionales y sociales, también las patriarcales: las heroicas guerras husitas de 1419-1436 fueron a la vez de liberación nacional, de clase y religiosa, con un contenido internacionalista que daría paso por mil vericuetos a, entre otros conflictos, las guerras campesinas de 1524-1525, que a su vez eran la gigantesca brecha por la que irrumpieron la dos primeras oleadas de revoluciones burguesas.

En la primera de ellas, la iniciada triunfalmente en 1566 en los Países Bajos, seguida por Inglaterra, EEUU y terminada por la República francesa en 1789, fue decisivo el internacionalismo burgués e incluso cuando provenía de monarquías absolutistas como la francesa y la española interesadas en la independencia de EEUU para debilitar a Inglaterra. La democracia burguesa en cuanto forma externa de la dictadura del capital, fue una creación de este internacionalismo para vencer y expropiar en gran medida a la nobleza y a la Iglesia; e inmediatamente después en los cuatro países, aplastar a la incipiente izquierda campesina, artesana y obrera, empezando por las mujeres trabajadoras, mientras endurecían la opresión nacional interna y el colonialismo expoliador externo.

La segunda ola de revoluciones burguesas fuera claramente conservadora como se demostró desde 1848: la unificación de Italia en 1861, la abolición de la servidumbre en la Rusia de 1861, la revolución Meiji en Japón entre 1866 y 1870, la unificación de Alemania en 1871, las reformas de finales del siglo XIX en Austro-Hungría…, ejemplarizan el final histórico de la fase revolucionaria de la burguesía. Ello fue debido al menos a cuatro procesos: la creación de la primera organización proletaria clandestina en 1819 en Escocia, y a partir de aquí de otros grupos legales o clandestinos que internacionalizarán las lecciones de las luchas obreras; la sublevación de los Andes de 1781 y la revolución haitiana de 1803, la tenaz resistencia de Argelia desde 1830 y la sublevación cipaya en la India de 1857, así como la lucha irlandesa, la reivindicación polaca, etc.; la invención del telégrafo en 1834, el boom de los ferrocarriles y de los barcos a vapor que redujeron el mundo a una pequeña pelota; y la formación del marxismo que para la década de 1860 era ya la matriz teórica de la revolución comunista. La primera Gran Depresión capitalista de 1871 lo sintetiza todo.

No es casualidad, por tanto, que en 1866 se creara la Asociación Internacional de Trabajadores, o I Internacional; no lo es porque su gestación avanzaba desde 1848. El gozne que explica el giro reaccionario de la burguesía y el núcleo del internacionalismo proletario aparece en la Circular del Comité Central a la Liga Comunista, escrita por Marx y Engels en marzo de 1850.

II

De 1866 a 1889, fecha en la que se crea la II Internacional.

El I Congreso de la Asociación Internacional de los Trabajadores (AIT) se celebró en septiembre de 1866 en Ginebra, culminación de un largo proceso, años antes de que la palabra ‘internacionalismo’ fuera recogida por primera vez en un diccionario en 1879, lo que confirma el principio materialista de la primacía de la acción sobre el verbo. En efecto, la solidaridad entre explotados y explotadas surgió con la misma explotación y todo indica que su primera expresión proletaria fue una carta de obreros de Lyon a obreros ingleses de mayo de 1832. El internacionalismo estaba muy arraigado: en 1852 se disolvió la Liga Comunista debido a los golpes represivos, pero se recibió ayuda económica desde los EEUU y de inmediato se creó la Liga Mundial de Revolucionarios Comunistas, cuyo primer artículo decía:

Esta Asociación se propone por finalidad el derrocamiento de todas las clases privilegiadas y su sujeción a la dictadura de los proletarios en que la revolución se mantendrá permanentemente hasta la implantación del comunismo, que será la última forma de vida de la comunidad humana.

Si en los Congresos posteriores de la AIT no se plantea la necesidad de la dictadura del proletariado, es debido a la táctica del sector seguidor de Marx y Engels para no crear debates políticos y teóricos de largo alcance estratégico, para no crear tensiones que pudieran romper la unidad entre fuerzas muy diversas. Bajo este ideario, una serie de reuniones facilitaron que en septiembre de 1864 se creara en Londres lo que sería la AIT. En estas reuniones preparatorias también se organizaron luchas contra los esquiroles europeos que la burguesía inglesa contrataba con bajos salarios para aplastar las huelgas, actos de solidaridad con Polonia y la Italia de Garibaldi, etc. Las luchas de liberación nacional fueron uno de los acicates directos en la formación de la AIT, y aunque aquí hemos citado a Polonia e Italia, la insistencia en Irlanda y otras naciones oprimidas por parte del sector nucleado alrededor de Marx y Engels fue constante, sobre todo teniendo en cuanta que, además de sus artículos denunciando la brutalidad de la opresión colonial, también estaban redactando los borradores de El Capital en donde la opresión nacional aparece múltiples veces.

En septiembre de 1864, Marx redactó el célebre Manifiesto Inaugural donde se lee: «La conquista del poder político ha venido a ser, por lo tanto, el gran deber de la clase obrera.». Y en la Resolución se lee este ataque a la raíz de la democracia burguesa:

El capital es una potencia social concentrada, mientras el obrero dispone sólo de su fuerza de trabajo. Por ello el contrato entre el capital y el trabajo nunca puede descansar en condiciones justas , ni hasta ser justo en el sentido de una sociedad que pone a un lado la posesión de los medios materiales de existencia y de producción y al lado opuesto las fuerzas productivas vivas.

Y en octubre del mismo año los Estatutos Generales que se publicaron en 1871 y a los que en 1872 se les añadió el apartado 7-a:

En su lucha contra el poder unido de las clases poseedoras, el proletariado no puede actuar como clase más que constituyéndose él mismo en partido político distinto y opuesto a todos los antiguos partidos políticos creados por las clases poseedoras.

Esta constitución del proletariado en partido político es indispensable para asegurar el triunfo de la Revolución social y de su fin supremo: la abolición de clases.

La coalición de las fuerzas de la clase obrera, lograda ya por la lucha económica debe servirle asimismo de palanca en su lucha contra el Poder político de sus explotadores. Puesto que los señores de la tierra y del capital se sirven siempre de sus privilegios políticos para defender y perpetuar sus monopolios económicos y para sojuzgar al trabajo, la conquista del Poder político se ha convertido en el gran deber del proletariado.

La AIT tuvo al principio dificultades para crecer a pesar de que en esos años se vivía una oleada de luchas en Europa y de que ya en noviembre de 1864 se empezó a integrar a tradeuniones inglesas en creciente pugna con la corriente reformista en aumento que optaba por integrarse en la democracia burguesa. Los desniveles organizativos eran grandes, por ejemplo, en 1865 se logró una solidaridad a tres bandas: Berlín-Londres-Leipzig para ayudar a una huelga, sin embargo, no pudo celebrar- se un Congreso en Bruselas y tuvo que esperarse al de Ginebra de 1866. Un éxito fue la campaña europea para impedir que la burguesía británica trasladase a la Isla a sastres del continente como esquiroles para romper la huelga de marzo y abril de 1866 en Londres, facilitando la victoria de los sastres ingleses.

La tendencia mayoritaria en el Congreso de Ginebra, el mutualismo de Prudhon, no pudo imponerse del todo, sino que tuvo que aceptar propuestas de la pequeña corriente que se estaba acercando a Marx: se reivindicó la jornada de 8 horas; limitación del trabajo infantil y de las mujeres; educación politécnica; impulsar el cooperativismo obrero en contra del burgués; rechazo de los impuestos in- directos; desaparición de los ejércitos, etc. La plataforma integraba reivindicaciones que exigían movilizaciones con otras que anunciaban choques duros con la burguesía. Pero aún no planteaba un ataque directo a la propiedad burguesa porque el grueso de movimiento obrero no estaba preparado para comprender esa consigna decisiva.

Mientras tanto, la burguesía inglesa no permanecía pasiva. Las grandes movilizaciones obreras de invierno de 1866-67 fueron desactivadas mediante la represión de su ala izquierda y también de la lucha irlandesa, y a la vez, sobornando e integrando con el derecho a voto al sector proletario con salarios para pagar un inquilinaje no menor a 10 libras esterlinas anuales. Surgía así la llamada «aristocracia obrera», que creía que había dejado de ser clase obrera. Perfeccionando este método, luego el laborismo llegaría a publicar en su prensa «obrera» consejos para que sus afiliados invirtieran sus acciones en bolsa.

A la vez, el proudhonismo empezó a debilitarse porque su reformismo de fondo fracasaba ante el endurecimiento del capital y ante el radicalismo obrero: las cooperativas proudhonianas fracasaron casi todas; las huelgas, rechazadas como método, van proliferando y empieza la represión contra la huelga de los sastres de Paris de 1867 que exigían tarifas únicas y aumento salarial. Además, se va conociendo la solidez teórica del grupo que crece alrededor de Marx y Engels y en septiembre de 1867 coinciden la publicación del Libro I de El Capital con el II Congreso de AIT celebrado en Lausana. Fue un Congreso de transición entre la fuerza aparente del mutualismo pacifista y el socialismo marxista al alza, como se aprecia leyendo esto: «Que para llegar a suprimir la guerra no basta licenciar los ejércitos, sino que hace falta modificar la organización social en el sentido de establecer un reparto cada vez más equitativo de la producción». Cuando en diciembre de 1867 Francia ilegaliza a la AIT por su apoyo total a la huelga de los sastres, la suerte del proudhonismo está echada.

En el III Congreso de la AIT celebrado en Bruselas en 1868 se precipitó el choque entre «colectivistas», que exigían la propiedad colectiva de tierras, bosques, minas, ferrocarriles, carreteras, telégrafos, etc., y los restos proudhonianos y trade-unionistas que pese a sus resistencias tuvieron que aceptar incluso las huelgas, aunque reglamentándolas. Fue un debate entre esta corriente y el socialismo que ya disponía de bases más sólidas y podía entrar a reivindicaciones con contenido político-práctico radical: «El Congreso recomienda sobre todo que los trabajadores suspendan todo trabajo en el caso que una guerra estallase en sus respectivos países». Era abrir la puerta a los futuros debates en la II Internacional sobre la Huelga General y a los llamados a la insurrección de la III Internacional.

La AIT se estaba acercando al centro del huracán, que estallaría con la Comuna de París de 1871, temporal ya anunciado en 1869 cuando el gobierno suizo sacó el ejército para derrotar las huelgas de Ginebra y Basilea; también ese año los gobiernos de Bélgica, Gales y Francia usaron sus ejércitos para aplastar huelgas obreras y populares. La radicalización era mayoritaria, y a su calor creció algo el grupo bakuninista que absorbía a proudhonianos y otros anarquistas. No sin debate, la AIT aceptó la afiliación de Bakunin en julio de 1869. Fue en este contexto de lucha de clases, represión policial y aburguesamiento de la nueva aristocracia obrera, en el que se dio la IV Conferencia de la AIT celebrada en Basilea en septiembre de1869, primero al que asiste un representante norteamericano.

La pelea sobre la colectivización de la tierra sostenida en el III Congreso es ganada en este: «El Congreso declara que la sociedad tiene el derecho de abolir la propiedad individual de la tierra y devolverla a la colectividad…». Y se avanza más en algo decisivo: «El Congreso es de la opinión que todos los trabajadores deben dedicarse activamente a crear sociedades de resistencia en los diferentes grupos de oficio». Los bakuninistas afirman que el III Congreso está controlado por el centralismo autoritario. Crean en Ginebra un centro coordinador de su tendencia y un grupo secreto dirigido por Bakunin. Se están concretando así algunas de las diferencias entre marxismo y anarquismo que ya venían del socialismo utópico y del proudhonismo: los primeros insisten en la acción política para aglutinar fuerzas y preparar la destrucción del Estado; los segundos niegan la acción política y exigen la destrucción inmediata del Estado. Los primeros insisten en la organización destinada a ese fin; los segundos, en la autonomía total de los grupos. Los primeros insisten en la necesidad de la teoría crítica; los segundos se acercan más a la utopía.

La Comuna de París de 1871 somete a la AIT a una prueba decisiva porque la represión la había debilitado, su implantación era pequeña en París y las tensiones internas dificultaban la unidad… La AIT se volcó a muerte en la Comuna y la red clandestina que se mantenía a pesar del cierre de la Liga Comunista en 1852 prestó una ayuda que sería prolijo detallar aquí. La burguesía aprovecha la masacre de la Comuna para lanzar una represión generalizada en la mayor parte de Europa, mientras que la AIT se rompe en dos: la mayoría a favor de los Congresos, la minoría a favor del bakuninismo. Con muchas dificultades, la mayoría realiza la Conferencia de Londres de 1871 en el que la experiencia comunera reafirma que:

En contra de este poder colectivo de las clases poseedoras, el proletariado no puede reaccionar como clase más que constituyendo su propio partido político, distinto, opuesto […] esta constitución del proletariado en partido político es indispensable para asegurar el triunfo de la revolución social y de su aspiración suprema: la abolición de las clases

La corriente bakuninista rechaza la Conferencia y se escinde de facto, oficializándose ésta en el V Congreso de la AIT celebrado La Haya en 1872 con su expulsión y la publicación de sus documentos internos sobre las tácticas para hacerse con la dirección de la AIT sin respetar las vías aprobadas en los cuatro congresos anteriores. Este V Congreso marca un hito porque se produce en medio de la represión y de las nuevas formas de soborno e integración de la aristocracia obrera, que sin embargo no consiguen detener el ascenso de la lucha de clases y la formación de partidos y sindicatos estatales, y, sobre todo, se celebra antes del estallido de la primera Gran Depresión mundial en 1873 que, como se verá, determinó un salto en el internacionalismo. La necesidad de la independencia política del proletariado será validada por activa y por pasiva a lo largo de la nueva Gran Depresión.

La escisión en la AIT, los efectos de la represión, el crecimiento de las organizaciones estatales y las nuevas decisiones tomadas en el V Congreso aconsejaron tomar una medida drástica muy debatida desde entonces: trasladar el Consejo General a Nueva York, desde donde se organizó el VI Congreso celebrado en 1873 en Ginebra. La escisión supuso casi la ruina económica por lo que fue difícil organizar el Congreso en aquel contexto represivo agravado por el inicio de la Gran Depresión. Pudo acudir muy poca gente, faltando Marx y Engels, por ejemplo, pero el Congreso se reafirmó en la estrategia ya elaborada y sobre todo en la necesidad de la independencia política de la clase obrera, en la necesidad de que se organizase en partido contrario al capital.

Pero la rápida evolución social empezó a imponerse y se fue tomando conciencia de que la AIT había cumplido ya su tarea, y muy bien por cierto pese a la escisión bakuninista. En 1876 se celebró en Filadelfia el VI y último Congreso: el capitalismo cambiaba rápidamente y la forma organizativa ideada en 1864 estaba superada, se había convertido en un freno. Muchas de las organizaciones afiliadas a la AIT se iban asentado en sus pueblos y Estados aun sufriendo represión y bajo la dureza de la crisis socioeconómica. Si la AIT también había nacido por solidaridad internacionalista, ahora esa misma solidaridad le llevaba a echarse a un lado para que crecieran las organizaciones estatales, existiendo sin embargo una decidida conciencia de crear una nueva Internacional nada más darse las condiciones para ello, como así sería.

Los esfuerzos bakuninistas para perpetuar una AIT alternativa se estrellaban una y otra vez contra esos cambios desde 1873, año en el que realizaron un Congreso propio también en Ginebra. Luego realizaron tres seguidos anualmente en Berna, Bélgica y Londres hasta 1877, pero tuvieron que esperar a 1881 para hacer el siguiente en Londres, que sería el último. El esfuerzo postrero fueron las Conferencias 1896 y 1900, pero para entonces ya se había fundado la II Internacional en 1889 que avanzaba como una locomotora con nada menos que cinco Congresos entre ese 1889 y 1900. Mientras tanto, también se celebraron diversas conferencias y congresos de muy diversa índole, como la Conferencia de 1886 en la que el tradeunionismo británico en colaboración con la burguesía preparó el método para copar la dirección del Congreso Corporativo a celebrar en Londres en 1888. Si la reforma electoral de 1867 había integrado a la aristocracia obrera, como hemos visto, ahora, 20 años más tarde y en las condiciones de la Gran Depresión la burguesía británica daba un paso más para romper cualquier unidad político-sindical internacionalista. Pero de esto hablaremos en la siguiente entrega.

Fuente: La Haine

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