ERNESTO CHE GUEVARA Y LAS FUERZAS MORALES DE LA HISTORIA. Néstor Kohan

Néstor Kohan

12 de octubre 2020.


Las fuerzas morales de los pueblos en lucha, si están organizadas en torno a un proyecto ético-político con objetivos claros, pueden derrotar a los imperios

Artículo publicado en La Haine en enero de 2019, que reproducimos como homenaje al 8 de cotubre. Prólogo a la edición boliviana (2019) de “En la selva. Los estudios desconocidos del Che Guevara (A propósito de sus Cuadernos de lectura de Bolivia)”.

Aunque tenga su importancia, no es la tecnología “el demiurgo de la historia”. Mucho más fuertes, eficaces y poderosas resultan las fuerzas morales que anidan, se nutren y se amamantan en el seno colectivo de la memoria popular.


Los movimientos populares, sus ofensivas y sus reflujos, en medio de las oleadas y mareas de la lucha de clases, avanzan y retroceden. Atacan, se preparan para el asalto final, parece que se detienen, retroceden, vuelven a desafiar a sus enemigos, son reprimidos por los poderosos, se frenan, insisten nuevamente, así en un movimiento y un flujo interminables cuyas temporalidades jamás resultan planas, homogéneas ni compactas. Aun cuando se los pretenda sepultar, nunca permanecen petrificados. Si en la superficie sólo se percibe “calma” y reina una estabilidad aparentemente interminable y agobiante, por debajo se está incubando una nueva rebelión. A lo largo de esa no siempre predecible dialéctica de la historia, abierta y contingente a la lucha de clases y a la resistencia de los pueblos, se va sedimentando un subsuelo profundo. Allí se apoyan las rebeldías al momento de tomar impulso para desplegar una nueva embestida en busca de una buena sociedad.

Ese reservorio subterráneo —muchas veces invisible a los ojos, tanto de los comunes mortales como de los “expertos académicos” y “analistas de coyuntura”— anida principalmente en los laberintos, meandros y nutridos bosques de la memoria colectiva. Oculto, inobservable, desapercibido, allí se gesta, latente y palpitante, en la dulce espera de una insubordinación generalizada de los condenados y las oprimidas de la tierra. Su tenaz persistencia y su sorprendente capacidad de regenerarse lo convierte en una de las principales fuerzas productivas de la historia.

Las versiones vulgares, esquemáticas y simplificadas de la vulgata “marxista” (no muy diferentes al desarrollismo modernizante de los esquemas ortodoxos y heterodoxos de la economía convencional) siempre han privilegiado las instancias tecnológicas, sumadas a la teoría de “los factores económicos”, al momento de aportar una explicación global de la historia social. Sin embargo, ese subsuelo incandescente de la memoria popular resulta mucho más potente que el último microchip, por no mencionar la rueda y el martillo, el arco y la flecha, el antiguo molino eólico, la máquina de vapor, los motores eléctricos, el cronómetro, las cadenas de montaje y las más cercanas fábricas de fibra óptica.

No, de ninguna manera. Aunque tenga su importancia, no es la tecnología “el demiurgo de la historia”. Mucho más fuertes, eficaces y poderosas resultan las fuerzas morales que anidan, se nutren y se amamantan en el seno colectivo de la memoria popular.

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Como en muchas ocasiones observó y escribió el experimentado general vietnamita Võ Nguyên Giap (con prólogos del Che Guevara en ediciones cubanas y latinoamericanas que se han vuelto a imprimir recientemente), las fuerzas morales de los pueblos en lucha, si están organizadas en torno a un proyecto ético-político con objetivos claros, si han decantado una estrategia y determinado número de planes a largo plazo y sobre todo si poseen una concepción del mundo y de la vida, de las relaciones sociales y las personas, pueden derrotar incluso a las armas atómicas más letales. El balance sabio y maduro de Giap, tan a contrapelo de las películas de Hollywood que hoy en día moldean el sentido común de un importante sector de la población, aunque parezca “romántico”, “idealista” y, si se quiere, descabellado, fue corroborado en la práctica como absolutamente realista a lo largo de la historia del siglo XX.

No fue la implacable tecnología de la enloquecida guerra hitleriana la que decidió el resultado final del segundo conflicto bélico mundial. No fueron las genocidas bombas atómicas ni el napalm estadounidenses las que inclinaron la balanza de la confrontación neocolonial contra el pueblo rebelde de Vietnam. Fue la fuerza moral de la resistencia antinazi la que destrozó a Hitler, desmontando su industria de muerte y terror simbolizada en la ferocidad de las águilas imperiales, los asesinos seriales de las SS con su monótono uniforme de camisas pardas o los torturadores de la perversa GESTAPO disfrazados teatralmente con calaveras en gabanes de cuero negro y cadenas (mucho antes de que el Mercado capitalista occidental resignificara esa exótica vestimenta para las tribus urbanas del heavy metal y los ambientes gays). Lo mismo sucedió en la antigua Indochina liberada de diversos colonialismos (japonés, francés, yanqui). Fue la fuerza  moral del pueblo vietnamita la que humilló al imperio más poderoso de la tierra obligándolo a huir en forma despavorida y desesperada del país que habían incendiado con fósforo blanco, además de violar a sus mujeres y despanzurrar a millones de niños durante años sin que la “civilización” blanca, euro-occidental y cristiana dijera dos palabras (al menos hasta que comenzaron a llegar a territorio yanqui los cajones mortuorios rodeados de banderas gringas). Algo similar sucedió en Bahía de Cochinos y Playa Girón, mucho más cerca nuestro, donde la tecnología de punta de ese norte revuelto y cruel que nos desprecia se chocó contra una muralla infranqueable de convicciones profundas.

¿Nadie se pregunta por qué en todos estos casos concretos que decidieron el curso de los grandes ríos de la historia ganaron los “más débiles” en tecnología y armamento? ¿No será hora de incorporar esa acuciante pregunta de Clío al corazón central de la concepción materialista y multilineal de la historia?

Pues bien, dicho subsuelo popular, ético-político y palanca moral de la historia de la humanidad, está conformado en su información genética precisamente por una cantidad enorme de ejemplos de vida cotidianos. Allí, en la tradición de la memoria popular, se encuentra resumido “el ADN” de las luchas presentes y futuras. No son slogans ni imágenes publicitarias retocadas con los programas de computación Photoshop o Affter Effects, videoclips de marketing electoral, consignas de ocasión o discursos fabricados en serie para medir en las volátiles encuestas de opinión. No tiene que ver con un corto número de caracteres de twitter, dos fotos de instagram, tres mensajes de whatsapp ni cualquier recurso de la última red social de moda. No. Se trata de algo infinitamente más simple e inconmensurable: ejemplos de vida que marcan al rojo vivo las decisiones vitales de millones de personas cada mañana, cada mes, cada año. Coherencia entre el sentir, el pensar, el decir y el hacer. Unidad  viviente de proyectos imaginados, objetivos propuestos y planes terrenales para llevarlos a la práctica jugándose el pellejo en lo que se predica, se escribe y se dice.

Resulta completamente falsa esa tonta, cínica y amorfa justificación que afirma “se ha sobreestimado la coherencia”. Quien así lo sostiene seguramente debe tener la ropa interior sucia. Hoy más que nunca se torna impostergable intentar mantener la mirada erguida, la cabeza y la lengua, al igual que el corazón, junto al resto del cuerpo… siempre a la izquierda.

No se puede escindir el verbo en la revolución y el cuerpo en las redes de la dominación; la oratoria y la escritura en el prestigio rebelde del pensamiento crítico y las espaldas apoyadas en el sucio y cómodo financiamiento de las ONG’s. Uno de esos ejemplos de fuego, que soportó golpes de Estado y dictaduras sangrientas,    macartismos y    censura,    genocidios,  tortura,   violaciones y desapariciones, pero también manipulaciones, oportunismos, desarme moral e inclusive la conversión de antiguos partidarios y admiradores, tiene un nombre, un rostro y una identidad inconfundibles. Se conoce a escala planetaria como Ernesto Che Guevara. O sencillamente… el Che.

Mito y leyenda, ícono de masas y símbolo mundial de rebelión, el Che resume el ejemplo moral que condensa en la memoria popular de nuestros pueblos la protesta y la rebeldía contra todas las formas de opresión y dominación. Pero más allá del mito y la leyenda, Ernesto Guevara es también un ser humano de carne y hueso, con amigos, hermanos y hermanas, hijos e hijas, gente entrañable y querida, entre las que se destacan sus inolvidables compañeros y compañeras de lucha. Algunos de ellos, bolivianos, otros cubanos, siguen vivos. Los pueblos, principalmente los segmentos juveniles, se acercan periódicamente a ellos y a ellas para escucharlos rememorar cómo era el Che todos los días. No el del cuadrito. El de todos los días. Cuales eran sus sueños, sus proyectos, su manera de relacionarse con los demás, se pensamiento teórico y político.

Junto con el testimonio viviente de sus camaradas de lucha, de militancia y de combate, la literatura biográfica y ensayística sobre el Che es inagotable y enciclopédica. Al escribir estas líneas para la edición boliviana de En la selva acudimos, una vez más, a la biblioteca para consultar y destacar algunos libros  en particular. Pero debemos confesar que la cantidad de materiales encontrados nos volvió a abrumar ya que lo escrito y publicado resulta sobreabundante. Algunos merecen criticarse, otros son demasiado groseros y desfachatados. Con estos últimos entrar en polémicas —tentación en la que caímos en las primeras redacciones de este prólogo boliviano— implica otorgarles entidad. No vale la pena. No se la merecen ni lo ameritan. Muchas de esas hojas amarillentas que destilan envidia, impotencia, mediocridad y cobardía —lo confesamos— aún nos enojan y nos indignan. Pero, evaluando más serenamente el asunto, cumplen mejor función envolviendo las papas, las naranjas o las cebollas que apareciendo en el prefacio de un estudio riguroso sobre Ernesto Guevara.

Aun así creemos, y quien se acerque con tranquilidad espiritual, paciencia y disciplina de trabajo a este volumen coincidirá, que todavía hoy, cuando el sólo hecho de mencionar su nombre nos remite inmediatamente a toda una tradición revolucionaria a escala continental y mundial, su pensamiento político y teórico más profundo permanece aun en la neblina.

Guevara, tan expuesto y mostrado, tan visto y admirado, sigue siendo… un desconocido. Medio siglo después de asesinado, falta todavía información detallada. Entre los intersticios de la saturación mercantil de su imagen, crece empecinada la ignorancia, como esas malezas tercas que no necesitan siquiera agua para estirar sus tallos y parecen no importarles ni el frío ni el calor ambiente. Una ignorancia que no deriva de la posible o eventual corta edad de quien lea este libro, sino más bien de los prejuicios laboriosamente pergeñados e incubados durante décadas, el rechazo y la férrea oposición que el pensamiento revolucionario del Che Guevara generó y todavía provoca tanto en los representantes del orden establecido como en algunas vertientes de la derecha aggiornada que quieren “mejorar” o emparchar el sistema sin cambiarlo de raíz.

La radicalidad del Che no deja margen a la indiferencia. Por eso las industrias culturales del sistema capitalista y sus ensayistas persisten, medio siglo después de su asesinato, en ocultar y desconocer el corazón central de sus planteos teóricos, su proyecto político, los detalles de su experiencia insurgente en territorio boliviano. Una experiencia que se asentó, no en la búsqueda desenfrenada de “adrenalina y deportes extremos”, sino en meditados, serenos y detallados estudios teóricos y prácticos de la historia económica, social, política y cultural de los pueblos de Bolivia, la epopeya rebelde de las luchas anticoloniales y de independencia y las guerras sociales de los pueblos latinoamericanos junto con lecturas metódicas, prolongados seminarios de estudio y análisis de las obras y la teoría de los pensadores clásicos del marxismo.

En suma, contrariamente a lo que afirman muchas biografías escritas de apuro, el Che no era un “aficionado” de la revolución ni un improvisado. Que su proyecto insurgente haya sido aplastado y aniquilado (incluyendo fosas comunes, mutilaciones y cuerpos “NN”) no significa que su principal impulsor fuera un irresponsable, un ignorante o un “paracaidista que cae en Bolivia” de casualidad, sin saber adónde iba, por qué iba y hacia dónde se encaminaba. Tupac Amaru y Tupac Katari también fueron derrotados. San Martín y Simón Bolívar terminaron solos, pobres y abandonados. Juana Azurduy y Manuela Sáenz no murieron precisamente en la gloria ni gozando del estrellato. José Martí no llegó a ver con vida la libertad y la soberanía de su amada Cuba. Emiliano Zapata, Augusto César Sandino, Julio Antonio Mella, ninguno de ellos, llegó a disfrutar del triunfo duradero de sus proyectos. ¿Eso invalida, anula o cancela su lucha? ¿Eso los convierte en “perdedores” (como los llamarían, peyorativamente, las películas de Hollywood)?

Espartaco, como Jesús, fueron asesinados por el Imperio romano. ¿Sus planteos rebeldes en defensa de la justicia, la igualdad y la liberación quedan entonces tachados de la historia de la humanidad? ¡De ninguna manera! Ninguna lucha fue en vano. Cuando Eleanor, una de las hijas de Marx, le preguntó a su padre cuál era su ídolo, el autor de El Capital le respondió sin dudarlo un segundo: “¡Espartaco!”. Sí, un esclavo rebelde (que no era precisamente “obrero industrial”….dicho sea de paso), combatiente que no llegó a triunfar y que fue asesinado por los poderosos. Pero su triunfo consistió en….¡Pelear! ¡Rebelarse!

¡Desobedecer! ¡Levantar la cabeza y enfrentar a sus opresores! Por eso Marx lo adopta como paradigma en su concepción de la tragedia humana. Al decidir resistirse….¡triunfó! (aun cuando terminará crucificado, es decir, torturado, por el Imperio Romano).

Podríamos culminar este prólogo a la edición boliviana con dos bonitas líneas, apelando a la fácil seducción, sin que nadie se moleste y sonriendo a todo el mundo, como suele suceder en un best seller mercantil. No es nuestro estilo. Además, no es el espíritu que nos enseñó y nos deja como herencia teórica y política el Che.

Por eso, aunque en forma breve, aquí impugnaremos, con nombre y apellido, algunas afirmaciones que con cierta liviandad se han empleado contra el Che, acusándolo de “suicida”, “inexperto”, “improvisado”, etc. (1) y que este libro modestamente intenta, con la disciplina del análisis, con el examen de documentación original, con estudios diversos y bibliografía exhaustiva, responder.

En primer lugar, resulta falso que el Che fue capturado y luego asesinado a sangre fría por “inexperto”, improvisado, diletante, falto de experiencia política y preparación político-militar y por encabezar un proyecto completamente externo y ajeno, en particular, a la idiosincrasia social-cultural boliviana y, más en general, a la historia política latinoamericana. Tergiversación y falsedad de cabo a rabo.

El Che, sus compañeros y compañeras, y todo el movimiento político y social que, desde adentro mismo o desde la proximidad, desde lo más inmediato o un poco más lejos, formó parte, nutrió, simpatizó y apoyó su proyecto rebelde en Bolivia en la segunda mitad de los años ’60 tuvieron que enfrentar al imperio más poderoso y genocida de la tierra. Dato de fundamental importancia que si se soslaya, oculta, minimiza o simplemente se deja de lado… todo lo demás carece de sentido. Si se hace abstracción de ese punto de partida definitorio, la discusión completa y el debate en su conjunto se vician y se anulan.

El Che y sus compañeros ni fueron derrotados por dos soldaditos principiantes ni fueron abandonados por Fidel Castro y la revolución cubana ni terminaron muriendo a causa de tres campesinos brutos y ladinos que les dieron, tercamente, la espalda. Esa imagen caricaturesca, fabricada artificialmente en innumerables biografías escritas a sueldo y de amplia difusión en las órbitas comerciales de la industria editorial, pretende desconocer el papel central que jugó la combinatoria de distintas agencias de inteligencia extranjeras, diversos cuerpos militares, embajadores, informantes sobre el terreno y analistas estratégicos, y un nutrido personal de fuerzas armadas también extranjeras —todos ellos de origen estadounidense, desde asesores, entrenadores y financistas hasta combatientes directos— que operó en territorio boliviano contra la insurgencia del Che. Fue el aparato político-económico- financiero y militar de Estados Unidos el responsable del seguimiento, la vigilancia, la captura, el asesinato a sangre fría y finalmente el ocultamiento del cadáver del Che Guevara, así como del aniquilamiento de gran parte de sus compañeros y compañeras y de las masacres sobre sus bases populares de apoyo (“el agua del pez”, según la conocida expresión de los manuales franceses y yanquis de contrainsurgencia) (2).

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No debemos olvidar que ya desde 1952 la inteligencia estadounidense mantenía un archivo secreto con el registro de las huellas dactilares de Ernesto Guevara, mucho antes de que siquiera tomara contacto con Fidel Castro, participara de la revolución cubana, combatiera en el Congo y fuera hacia Bolivia (3). Michael Ratner y Michael Steven Smith, ambos abogados e investigadores estadounidenses, han publicado y analizado voluminosos documentos del FBI y de la CIA demostrando el papel desvergonzadamente injerencista de las agencias norteamericanas en la política interior de Bolivia (4) y en la estrategia de guerra contrainsurgente. Estados Unidos, además de emplear en sus planes tácticos de contrainsurgencia (con pasaporte boliviano falso) los servicios del criminal de guerra nazi Klaus Barbie, además disfrazó agentes propios entremezclados en la tropa local como si fueran “soldados bolivianos”. Por si esto no alcanzara, financió, formó, entrenó y dirigió batallones completos de “Rangers” y equipos de aniquilamiento, bajo dirección directa —sin mediaciones— de “Boinas verdes” yanquis provenientes de la guerra de Vietnam.

El jefe de expedición de las fuerzas militares norteamericanas enviadas a Bolivia desde su base en el Canal de Panamá fue el coronel Milton Bils. A su vez, el jefe del grupo de “Boinas verdes” (octavo Grupo de Fuerzas Especiales) enviado a Bolivia fue el teniente coronel Redmond E. Weber, quien trabajaba junto con el mayor Ralph W. “Pappy” Shelton, también proveniente de Vietnam. Ellos fueron los principales entrenadores de los batallones locales de “Rangers”, junto con los capitanes Margarito Cruz (de origen portoriqueño) y Leroy Michels, además del sargento Bush (5).

Solamente el segundo batallón de “Rangers” con equipo de aniquilamiento y unidad de inteligencia propia que entró en operaciones contra el Ejército de Liberación Nacional (ELN) que dirigía el Che, contaba con 650 (seiscientos cincuenta hombres). A ese batallón se integraron disfrazados, como si fueran oficiales del ejército boliviano, los agentes de la CIA Félix Ismael Rodríguez Mendigutia (veterano terrorista de la invasión derrotada de Playa Girón y autor del libro autobiográfico Guerreros en la sombra) y Gustavo Villoldo (alias Eduardo “Eddy” González). Junto a ambos operaban, igualmente con el grado de capitanes del ejército boliviano, los agentes de la CIA Julio Gabriel García García; Félix Ramos Medina (quien fotografió el Diario de campaña militar del Che en Bolivia) y Mario González. Apellidos latinos (provenientes de núcleos contrarrevolucionarios del Caribe) pero, todos ellos, agentes gringos operativos en Bolivia. A ese mismo batallón de “Rangers” también pertenecía el tristemente célebre general boliviano Gary Prado Salmón.

En esa guerra de seguimiento y aniquilamiento de la insurgencia guevarista, las tropas militares bolivianas, bajo mando directo estadounidense (a los ya nombrados no debería olvidarse agregar ni mencionar el papel directriz jugado por el agregado militar norteamericano, el coronel aeronáutico Edward “Ed” Fox) utilizaron tecnología de punta, no siempre oficialmente reconocida, basada en la detección de cuerpos vivientes en la selva y las montañas a partir de la temperatura. Tecnología que se pondría “de moda” recién muchos años después en posteriores guerras de contrainsurgencia.

Todo el andamiaje de la CIA, y el resto de los aparatos de represión estadounidenses fueron utilizados en la dirección de la contrainsurgencia en Bolivia (6). La operación consistió en borrar sus huellas, mostrando apenas un par de caras —como la muy conocida perteneciente al terrorista cubano- norteamericano Félix Rodríguez, quien se fotografía junto al Che ya capturado y desarmado, antes de ser fusilado a sangre fría— buscando al mismo tiempo invisibilizar todo el resto del equipo en operaciones. La vieja estrategia de mostrar… para ocultar. Dejar ver una partecita pequeña para distraer, impidiendo percibir y sopesar la intervención contrainsurgente en su conjunto y real dimensión.

El jefe de la estación CIA en La Paz se llamaba en aquel momento Hugh Murray. El jefe de la oficina de la CIA en Santa Cruz de la Sierra era William Culeghan. Otros agentes yanquis operativos de aquel momento fueron Harry Sternfield (de la oficina de La Paz) y Nick Lendiris, junto con los agentes Thomas y John S. Hilton. Incluso también intervinieron agentes de la CIA de países vecinos, como Ignacio Carranza Rivera, mexicano nacionalizado estadounidense, quien llegó en 1969 al cargo de subjefe de la estación CIA de Lima (Perú).

El imperialismo se jugó al todo o nada en la represión y el aniquilamiento del guevarismo en Bolivia. Los documentos recientemente desclasificados de la inteligencia yanqui, aún con sus previsibles y esperables censuras, no dejan margen a la duda, aunque las biografías sigan repitiendo aquellas viejas versiones oficiales desgastadas y realmente faltas de verdad. La CIA recomendaba y “sugería” métodos, equipos y financiamiento a los aparatos de represión bolivianos. Éstos transmitían luego estas “recomendaciones” al Consejo de Seguridad que asesoraba al presidente norteamericano, por lo tanto el Estado boliviano se limitaba a ser “mensajero” entre la CIA y el Consejo de Seguridad de Estados Unidos. Aquel país financió, asesoró, entrenó y condujo las tropas que capturaron y asesinaron a Guevara a sangre fría.

Cuando los militares bolivianos responsables de la muerte de Guevara encargados de ejecutar órdenes del imperio pretenden lavarse la cara sosteniendo que “quienes actuamos como oficiales en las operaciones contra la guerrilla dirigida por el Che, lo hicimos con plena convicción de nuestro papel institucional, obedeciendo las leyes de la guerra” (7), ¿de qué “ley de la guerra” se tratará cuando se dispara a sangre fría contra prisioneros desarmados, se los mutila y se los entierra en fosas comunes “NN”? ¿Qué tratados internacionales serán los que tienen en mente estos militares que se autoproclaman “patriotas” cuando actuaron directamente bajo órdenes de asesores gringos y siguiendo instrucciones precisas de la inteligencia norteamericana con sede en Langley, Virginia (USA)? Nada de “ley de la guerra”. Lo que se aplicó contra Guevara y otros prisioneros desarmados fue… un crimen de guerra (4). Esas palabras precisas utilizan los investigadores estadounidenses Ratner y Smith para caracterizar el asesinato a sangre fría.

Hay que someter de una buena vez a duda y beneficio de inventario el relato trillado según el cual el proyecto de Ernesto Guevara fue tan torpe, tosco y rudimentario que se limitó simplemente a la insensata creencia en un mágico “foco”, completamente aislado de las masas. En otro libro hemos intentado demostrar que la trillada y manoseada “teoría del foco” (una caricatura simplista y esquemática de la compleja historia de la revolución cubana) en realidad tiene como autor… a Regis Debray, no a Ernesto Guevara (8). Según testimonios del mismo Debray —coincidente en este solo punto con los recuerdos de Harry Villegas “Pombo”, combatiente junto al Che en Cuba, en el Congo y en Bolivia—, Guevara no le dio mayor importancia al libro “foquista” Revolución en la revolución del joven intelectual francés de la crema universitaria y los circuitos althusserianos. Incluso Guevara le expresó al autor sus discrepancias abiertamente, por demás comprensibles si se analiza la obra escrita del Che, su conocido prólogo al general Giap (que contradice totalmente la supuesta “teoría del foco”) y muchos otros textos y reflexiones donde enfatiza hasta el cansancio la importancia de concebir la insurgencia como una confrontación de todo el pueblo.

Que la insurgencia guevarista gozaba de un consenso abierto en un segmento importantísimo de las clases populares, subalternas y explotadas de Bolivia, sindicalmente organizadas, como por ejemplo las federaciones mineras, puede corroborarse con tan solo rememorar los motivos y el accionar estatal durante la “masacre de San Juan”, cuando el ejército oficial tomó por asalto los campamentos mineros de la mina Siglo XX en Catavi (Bolivia), en la noche del 24 de junio de 1967. El ejército asesinó y aniquiló masivamente a la clase obrera más combativa, por su apoyo explícito, político y económico (¡decidido en asamblea!) a la insurgencia del Che.

Dato histórico altamente sintomático para comprender la influencia política, cultural y moral del guevarismo en el pueblo pobre y la clase trabajadora boliviana. Tan sintomático que fue, “curiosamente olvidado” o soslayado… por los críticos de Guevara (de los más diversos pelajes), quienes lo acusan de ser “un paracaidista” sin mayor conocimiento del país donde desarrolló sus últimas batallas político-militares. El apoyo abierto de numerosos dirigentes sindicales y del activismo minero al proyecto encabezado por el Che puede constatarse simplemente releyendo los comunicados, las declaraciones públicas y los pronunciamientos asamblearios de los dirigentes sindicalizados, de las principales minas de Bolivia (9). El aniquilamiento de numerosos integrantes de la clase obrera sindicalmente organizada antecedió al asesinato y el crimen de guerra perpetrado pocos meses después contra la organización guerrillera del Che (10). Una masacre sucedió a la otra, como eslabones de una misma cadena. ¿Por qué tanta resistencia a reconocerlo, medio siglo después?

Los ensayistas que a posteriori reprochan al Che —con el diario del lunes, como suele repetir la expresión popular para cuestionar a quienes pretenden saberlo todo… después que ocurrieron los hechos— “no haber prestado suficiente atención” a esos pronunciamientos sindicales, tan ferozmente reprimidos por las fuerzas armadas bolivianas bajo dirección gringa, inexplicablemente hacen caso omiso del quinto comunicado del ELN dirigido precisamente… “A los mineros de Bolivia” (11). En dicho comunicado no se desprecia la tarea sindical ni se subestima a los movimientos sociales. Muy por el contrario. Tan sólo se afirma que para derrotar a una fuerza político-militar (en este caso boliviana-norteamericana o norteamericana-boliviana) no alcanza con hacer huelga ni sacrificarse heroica pero infructuosamente poniendo el pecho descubierto frente a los fusiles militares.

Los ensayistas impugnadores de la insurgencia (incluyendo entre ellos desde renombrados “guevarólogos” hasta valiosos académicos de enorme prestigio continental que cuando se pronunciaron contra el Che —acusándolo, por ejemplo, de no tomar en cuenta las particularidades de la historia boliviana— lo hacían… como simpatizantes vergonzantes del MNR…), no aportan más que historia contra-fáctica. Es decir: no analizan lo que ocurrió y la compleja trama de la razones que derivaron en el asesinato del Che sino que escriben sobre “lo que debería haber ocurrido” o “lo que deberían haber hecho” los revolucionarios. Con no poca soberbia, pretenden tener “la receta”… AÑOS DESPUÉS de que sucedieron los hechos. Si tenían un panorama tan claro y un mapa tan nítido de la lucha de clases, ¿por qué no los aportaron cuando el Che estaba vivo? ¿Por qué no se integraron a la insurgencia llevando sus sabios y soberbios consejos en el momento mismo de la lucha? ¿Es que acaso  participaron de la lucha? ¿O más bien la observaron de lejos? Llegó el momento de formular estas preguntas incómodas, se enoje quien se enoje. Como alguna vez escribiera Karl Marx: ¿Quién educa a los educadores…?

De cualquier manera, más allá de erróneas y unilaterales acusaciones políticas elaboradas a posteriori, tergiversaciones biográfico-mercantiles y disputas permanentes por la herencia y el legado rebelde de Guevara, el libro que estamos prologando intenta demostrar que el Che sabía muy bien lo que estaba haciendo en Bolivia.

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Sin infalibles recetas universales de… expertos de salón. Sin esquemas progresistas donde… “siempre ganan los buenos” (como en las películas de Hollywood, donde la victoria invariablemente está garantizada con violines, besos y corazones). Sin poder adivinar el futuro… con la bola de cristal, la pirámide o el tarot. Simplemente como un revolucionario convencido y consecuente que intenta llevar a la práctica la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace, el Che Guevara decidió jugarse la vida junto a los pueblos de Bolivia.

Aunque “idealista y bien intencionado”, sus detractores siempre lo han acusado de ser un ignorante en cuestiones marxistas “doctrinarias” (esto es: en los problemas fundamentales de la teoría marxista). Sin embargo hoy sabemos por publicaciones recientes, inéditas durante más de cuatro décadas, que Guevara decidió instalarse en Bolivia para colaborar en la lucha rebelde de sus pueblos a partir del estudio sistemático de la concepción materialista y multilineal de la historia, partiendo —como este libro demuestra— de la lectura minuciosa, metódica y detallada de los clásicos de la teoría social (12).

Como reafirma y recuerda Pombo en una entrevista que le hicimos para el libro Ernesto Che Guevara: El sujeto y el poder hace algunos años (13), en sus campamentos guerrilleros móviles, Guevara se basaba en los relatos de las resistencias indígenas contra el colonialismo europeo (que algunos historiadores han bautizado posteriormente como “la guerra de las republiquetas”), con las cuales educaba a sus combatientes y militantes. En este otro libro, que ahora prologamos (En la selva) podrán encontrarse los datos precisos de estudios locales y regionales (varios cientos de páginas) leídos y anotados por el Che sobre el carácter plurinacional de Bolivia y sobre la vida y el desarrollo de sus más de treinta pueblos, etnias y culturas originarias que existen y conviven en Bolivia. Sabía muy bien dónde estaba. Conocía la complejidad (“el abigarramiento”) de su sociedad y su rica historia de lucha. Estudiaba sobre su presente.

No casualmente los investigadores estadounidenses Ratner y Smith, analizando documentos recientemente desclasificados de la CIA, FBI y otras agencias de inteligencia concluyen que tanto el Departamento de Estado norteamericano como la CIA “coincidían con el diagnóstico del Che”: Bolivia reunía las condiciones para una revolución inminente. No era un disparate elegir en ese momento Bolivia para continuar la larga lucha por la segunda independencia continental.

Esa decisión ética y política en la cual el Che se jugó el pellejo, valió la pena. Estamos convencidos que su ejemplo, más vivo que nunca en la memoria profunda de Bolivia, de Nuestra América y en la historia de todos los pueblos rebeldes del mundo, seguirá nutriendo y alimentando las futuras rebeldías.

Buenos Aires, Barrio del Once, 6 de enero de 2019

 Notas al prologo a la edición Boliviana de «En La Selva»

  1. Castañeda, Jorge (1997): La vida en rojo. Una biografía del Che Guevara. Buenos Aires, Planeta-Espasa. pp. 314-315 y O’Donnel, Pacho (2003): La vida por un mundo mejor: Che. Buenos Aires, Sudamericana. pp. 17-19, 37-38, 85,
  2. Hemos recordado y mostrado algunos de los rostros y nombres (apellidos verdaderos y apodos de guerra) de los responsables directos del asesinato de Guevara en el programa de TV “Continentes – La CIA y el asesinato de el Che”. En YOUTUBE: https://www.youtube.com/watch?v=fYnBMIqSl48 [publicado el 5/10/2017]
  3. Ratner, Michael y Smith, Michael Steven (2000): El Che Guevara y el FBI. El expediente de la policía política de Estados Unidos sobre el revolucionario latinoamericano [documentos compilados por Ratner, Michael y Smith, Michael Steven]. México, Siglo XXI. pp. 305-307.
  4. Ratner, Michael y Smith, Michael Steven (2014): ¿Quién mató al Che? Cómo logró la CIA desligarse del asesinato. Buenos Aires, Paidos. 97-98.
  5. Cuevas Moldones, Gualterio (1976): La CIA sin máscaras. Buenos Aires, Ediciones Reflexión. 128.
  6. Cupull, Adys y González, Froilán (1992): La CIA contra el Che. La Habana, Editora Política. pp. 10-29
  7. Prado Salmón, Gary (General Div (r.) (2017): La guerrilla inmolada. Testimonio y análisis de un protagonista. La Paz, Gary Prado Producciones. p.
  8. Kohan, Néstor (2005): Ernesto Che Guevara: El sujeto y el poder. Prólogo Michael Löwy. Buenos Aires, Nuestra América-la Rosa Blindada. “¿Foquismo?”. pp.261-307. El libro completo se puede leer gratis on line en el siguiente link: http://cipec.nuevaradio.org/?p=237
  9. Pimentel, José (2007): “Vanguardia minera en la Resistencia (mayo 1965 – junio 1967)”. En AAVV (2007): 1967: San Juan a sangre y fuego. La Paz, Comité Bolivia de Conmemoración del XL Aniversario del Asesinato de Ernesto Che pp. 109-110.
  10. S/Autor [Ministerio de trabajo, empleo y previsión social del Estado Plurinacional de Bolivia] (2017): “La campaña guerrillera del Che fue precedida por masacres de mineros”. La Paz, Octubre Nº3. Revista laboral. pp. 28-39.
  11. Ejército de Liberación Nacional – ELN [redacción Ernesto Che Guevara] (1967): “A los mineros de Bolivia”. Comunicado número 5. En Che Guevara, Ernesto (2017): Diario del Che en Bolivia. La Paz, Vicepresidencia del Estado Plurinacional de Bolivia – Centro de Investigaciones Sociales (CIS). pp. 339-340.
  12. Entre los clásicos leídos por Guevara más de una vez, tanto en estudios personales como en seminarios colectivos, merece destacarse, obviamente Karl Marx y su principal obra El Capital. Pueden reconstruirse los dos seminarios de lectura de El Capital en los cuales participó Ernesto Guevara, el primero junto a Fidel Castro y el segundo en el Ministerio de Industrias, ambos coordinados por el profesor Anastasio Mansilla, en la entrevista que le realizamos a Orlando Borrego Díaz, participante del segundo seminario y colaborador de primera mano del Che en dicho ministerio (además de organizador de la inmensa antología de siete tomos El Che en la revolución cubana, revisada por el mismo Guevara antes de partir a Bolivia). Entrevista a Orlando Borrego Díaz: “Che Guevara lector de El Capital”. Kohan, Néstor (2005): Ernesto Che Guevara: El sujeto y el poder. Obra citada. pp.229-254. El libro completo, incluyendo esta entrevista, se puede leer gratis on line en el siguiente link: http://cipec.nuevaradio.org/?p=237 y la entrevista puede visualizarse además en el video de Brancaleone Films desde dos plataformas. En YOUTUBE: https://youtube.com/watch?v=m3OdDgSwaxs  En VIMEO: https://vimeo.com/104670873
  13. Kohan, Néstor (2005): Ernesto Che Guevara: El sujeto y el poder. Obra citada. “Las enseñanzas del Che (Entrevista a Harry Villegas Tamayo [Pombo]”. 322-
    1. El libro se puede leer gratis on line en el siguiente link: http://cipec.nuevaradio.org/?p=237

Fuente: La Haine; https://www.lahaine.org/

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