EDITORIAL
Observatorio de Trabajador@s en Lucha
Presentamos dos reportajes que nos muestran el comportamiento de nuestro Pueblo ante el sabotaje al sistema eléctrico desarrollado por el imperialismo Estadounidense, tal vez el mas grande del mundo en este tipo de ataque contra una nación soberana. El pueblo, como vimos en el reportaje del 14 de marzo DIEZ MINICRÓNICAS DE RESISTENCIA EN MEDIO DEL APAGÓN. Gustavo Borges. comprendió la situación que sucedía, sabían antes de dar la noticia de manera oficial que todo era un sabotaje, sabían que estaba implicado el gobierno de EEUU y la oposición violenta con el autoproclamado, (autopropulsado por EEUU) llamando a saqueos y guerra, sabían además que esto tardaría más de lo que se creía pero por sobre todo sabían que había que organizarse para la contingencia y prender la luz de la solidaridad activa. Y así lo hizo el Pueblo. Mientras los psicópatas del norte y los de aquí, que también lo son, se frotaban las manos y decían: «Ya está, ahora la gente se sublevará y habrá caos y por fin podremos meter la ayuda humanitaria militar y acabar con el chavismo» Pero nuevamente el Pueblo les dio una lección de paciencia, nervios de hierro, movilización, organización y solidaridad. O sea les salió el tiro por la culata. Y esto los desmoralizo aún más…pero el enemigo sigue allí como caimán en boca e’caño y debemos estar pendientes y activados. La primera crónica es CARAQUEÑOS ACTIVARON LAS BATERÍAS DE SOLIDARIDAD PARA SOBREPONERSE AL SABOTAJE ELÉCTRICO escrita por Romer Viera Rivas en donde nos habla del comportamiento del pueblo en su humor y solidaridad al otro y el siguiente reportaje es LEGADO CHÁVEZ Y ORGANIZACIÓN: Una crónica de política y sabotaje de Rebeca M. Westphal en donde nos muestra su visión y percepción de la actuación de nuestro Pueblo frente a un sabotaje eléctrico de lesa humanidad.
Un famoso luchador social, nos decía que las cualidades de un revolucionario no son el coraje, o las bolas u ovarios que tenga, o un nivel político alto, eso es importante pero lo fundamental de las cualidades de un revolucionario eran dos: el sentido de la proporción y el sentido del humor, si así como lo ven. Con el sentido de la proporción, un revolucionario puede comprender qué es posible o imposible en un momento determinado. Comprende cómo se mueve las demás personas y se adapta a ella, sin perder en ningún momento de vista las perspectivas generales y los principios. Aprender el ritmo de la historia e intentar seguir sus pasos. Esto es un arte y no se puede aprender en los libros de texto. El Sentido del humor se concibe como una actitud derivada del autoconocimiento. Conlleva una actitud hacia la vida, una manera de verla o recibirla, una modalidad de estar en el mundo. Es básicamente una visión realista del mundo que nos rodea, significa percibir ambos polos de una situación tal como ellos son, desde una visión panorámica. Durante el sabotaje eléctrico estas dos cualidades de un revolucionario se hicieron colectivas, se hicieron Pueblo.
La lucha sigue y con Chavez vive
Observatorio de Trabajador@s en lucha
CARAQUEÑOS ACTIVARON LAS BATERÍAS DE SOLIDARIDAD PARA SOBREPONERSE AL SABOTAJE ELÉCTRICO.

Romer Viera Rivas.
Fotos: Luis Graterol.
15 de marzo 2019.
Históricamente el pueblo venezolano se ha caracterizado por su capacidad de resistencia a las adversidades. Son varios los sucesos de los cuales ha salido airoso luego de sobrellevar y vencer con gallardía las pruebas impuestas, ya sean por la naturaleza o como consecuencia de las acciones egoístas de grupos o personas.
El pasado 7 de marzo, a venezolanas y venezolanos les tocó vivir una vez más un hecho que trastocó las paz y el normal desarrollo de las actividades en el país, una vez más, como resultado de las acciones insanas de individuos adversos al proceso venezolano. Sin embargo, tal y como ha sucedido en diferentes oportunidades, el pueblo se las arregló para lidiar con la situación y sobreponerse.
María Istúriz vive de Miranda a Maderero, en la parroquia San Juan. Cuenta cómo la comunidad del edificio El Silencio se organizó para sobrellevar la coyuntura provocada por el apagón eléctrico que afectó casi todo el país y cómo desde las primeras horas salió a relucir la solidaridad entre vecinos.
“Yo estaba preparada porque tenía el presentimiento de que algo iba a suceder”, explica Istúriz. “Tenía a la mano una lampara de kerosén, una linterna, yesquero, velones, fósforos, una radio y otras cosas que pensaba me podían ser útiles en caso de una emergencia de este tipo”, dijo.
Las precauciones tomadas por esta mujer ayudaron a enfrentar algunas necesidades de otros habitantes del edificio, quienes a su vez se despojaron de cualquier rastro de egoismo y como si de una cadena de favores se tratara compartieron “todo lo que estaba dentro de sus posibilidades”.
“Fueron noches largas pero gratificantes. Todos entendimos que en este tipo de circunstancia lo mejor es la ayuda solidaria entre vecinos, que lo mejor y más sano es colaborar con quien presente alguna necesidad”, manifiesta Istúriz.
En esta práctica de camaradería fueron diversos los artículos que pasaron de mano en mano: medicinas, harina de maíz precocida, velas, radios de pilas y hasta juegos de mesa para los más pequeños.
Relata que no fueron pocas las situaciones que causaron angustia en la comunidad, sin embargo, las manifestaciones de apoyo ayudaron a minimizar las preocupaciones, las cuales, en muchos casos, se diluyeron entre las risas de quienes se agruparon para ponerse al día con las informaciones o para escuchar cuentos e historias inspirados en temas diversos. “La gente toda se mantuvo en calma”, apunta.
Istúriz vive junto a 12 familias en un edificio de seis pisos, y dice que a todas ellas les brindó la ayuda que su fe de creyente en Cristo ordena. El apoyo no solo lo ofreció de palabra, también se manifestó de forma lúdico-didáctica mediante juegos de mesa de contenido bíblico.
“Los venezolanos debemos sentirnos orgullosos por vivir en un país tan hermoso y privilegiado como este. Aquí tenemos de todo, aun en los peores momentos hemos demostrado que gracias a la solidaridad estamos preparados para enfrentar cualquier batalla”, opina esta habitante de la parroquia San Juan.
“COMO EN LOS TIEMPOS DE ANTES”

A Félix Villanueva el apagón lo sorprendió fuera de casa, “al igual que a la gran mayoría”. Estaba en la calle, lejos de su hogar. No obstante, dice, no se dejó “invadir por el pánico”, pues, como él mismo expresó, “estoy hecho del mismo talante que el resto de los venezolanos”.
“De verdad que nos agarró de sorpresa esto del apagón, pero el venezolano no se queda dormido, está activo, está pila”, considera este vecinos del sector La Pradera de la parroquia La Vega.
En su memoria quedó fijada la imagen de los mechurrios que iluminaban las fachadas de las casas, y de las columnas de humo negro serpenteando hacia el cielo estrellado, un espectáculo que, debido a la contaminación lumínica de la ciudad, había sido olvidado por la mayoría de los caraqueños.
“La gente estaba en las calles conversando como en los tiempos de antes. Siempre tranquilo, pero activo. Subí caminando desde la carretera Negra hasta mi casa en La Pradera, y me sorprendí porque me encontré con mucha gente que nunca había visto. Gente que se mueve en un horario distinto al mío por lo que nunca coincidimos en las calles”, cuenta.
En la historia que Villanueva contó al Correo del Orinoco, “nunca” faltó el café. Por lo que se entiende, la aromática infusión siempre acompañó los quehaceres de él y de sus vecinos durante las horas de tertulias, en las que, acompañados de la luz de una lamparita de pilas, se transmitieron informaciones y relataron uno que otro cuento.

Quizá para muchos caraqueños una hora sin electricidad fue suficiente para advertir que el apagón del 7 de marzo pasado no era un corte temporal del servicio. Según Robinson Rondón, vecino de la urbanización Raul Leoni de Casalta 3, su respuesta instintiva fue buscar velas y fósforos, a pesar de que todavía el sol hacía su trabajo en esta parte del planeta.
“Una vez que se va la luz, recogí las velas, los pedazos de vela, fósforos y yesqueros que tenía guardados y los dejé a la mano. Más entrada la noche, mis dos hijos buscaron la manera de comunicarse con mi esposa y conmigo. Creo que el reunirme con ellos fue uno de los aspecto positivos que resaltaría de esta emergencia porque a pesar de que ellos viven en un sector cercano a nuestra casa, los vemos muy poco, casi siempre hablamos por celular o nos enviamos mensajes de textos”, comenta Rondón.
En el caso de Rondón, el sabotaje al Sistema Eléctrico Nacional forzó un reencuentro familiar. Sostiene que durante los días en los que se extendió la emergencia hubo más comunicación entre sus parientes, ya que todos se preocupaban por el estado de cada uno y colaboraban para mantenerse informados.
“Esto trajo como consecuencia que mis hijos se comunicarán, se presentaran en físico a ver cómo estábamos nosotros, y nosotros enterarnos cómo estaban ellos. Algo que no hacen con regularidad. Creo que hubo más acercamiento. En ese sentido, el sabotaje trajo como consecuencia la unión entre la familias”, sostiene Rondón.
Otro aspecto que destaca es el acercamiento con sus vecinos. Una relación que también salió fortalecida como consecuencia de la contingencia. “Entre la comunidad hubo intercambio de cosas. Eso me hizo recordar mi niñez en el estado Anzoátegui, cerca de Barcelona, cuando mi mamá me mandaba a la casa de los vecinos a pedirles que nos prestaran un poquito de sal, de papelón o de maíz. Un tiempo en que el trueque y el intercambio era algo que se practicaba en el día a día”, cuenta.

UN PUEBLO PREPARADO
A Víctor Carrillo le resulta irónico el hecho de vivir en el barrio La Luz de la parroquia La Vega. Este entrenador de atletismo en el Estadio Brígido Iriarte considera que a sus 73 años todavía es inocente, por lo que forma parte del grupo de personas que se encuentra bajo la protección del Supremo. “Al inocente lo salva Dios”.
“En la tarde estaba en el estadio esperando a los muchachos y lo menos que me imaginaba era lo que iba a pasar. Termine el cheque de los atletas y me fui para el barrio. Llegué a la casa e inicié mi rutina de todos los días, prendí el televisor y este no respondió. Llegó la noche y pasaron las horas. Era casi de madrugada cuando pensé que tal vez habían tumbado el Gobierno, porque esa era la oportunidad ideal para los opositores. Yo no sabía nada de lo del Gurí. Al día siguiente me paro a trotar como lo hago todos los días y me sorprendí de lo sola que estaba la calle, todo era silencio, ni transporte ni nada”, relata.
Carrillo considera que la situación afectó principalmente “a los que nos están acostumbrados, a los que han vivido siempre de papá y mamá”, sin importar la clase social. “Yo he cargado agua, no es la primera vez que prendo una vela, sé como llenar un perolito de kerosén y prender una mecha. Lo bueno del pobre es que siembre toma su precaución, tiene sus velas guardadas y reservas de agua por si acaso. Uno está preparado”, asegura.
Fuente: Correo del Orinoco;http://www.correodelorinoco.gob.ve/
LEGADO CHÁVEZ Y ORGANIZACIÓN: Una crónica de política y sabotaje

Rebeca M. Westphal.
16 de marzo 2019.
Existen pocas (buenas) alternativas a las comiquitas gringas para que nuestros niños ilustren los infinitos cuentos reales y los inventados en el monte por los abuelos olvidados. Es decir, echar un cuento ahorita a punta de palabra y gestos y mantener la atención de los carajitos (y la propia) es una tarea inmensamente difícil cuando los aparatos electrónicos andan mandando esas adictivas imágenes y sonidos.
Por eso para mi hijo tengo una pequeña reserva dentro de una carpeta en la computadora para variar las dosis de Peppa y Pocoyo con historias menos embusteras y lejanas, más próximas y parecidas a lo que somos. De Venezuela sin embargo, solo los «Cuentos del Arañeros», una producción de apenas cuatro videos corticos sobre la vida de Hugo Chávez cuando era un muchachito en Sabaneta de Barinas, ha podido enganchar a ese guaricho.
No. No es una cuestión hiperideologizada que hace gritar «Chávez vive, la lucha sigue» a quien la vea. Habla sobre las cosas más sencillas que pueden imaginarse y que por las coincidencias de la guerra, se están volviendo nuevamente rutinarias. Creo que por eso le gusta a mi hijo.
Él también tiene un abuelo que nació en Barinas, a quien ayuda a regar las matas de naranja recién sembradas en un patio que por casi dieciséis años fue puro polvo y piedras porque la flojera decía que esa era tierra mala. Su escuela es parecida a la de Hugo, con un patio grande donde las maestras pasan más tiempo ahora que en salón, desde que la directora en un impulso culinario mandó a que los representantes trajeran semillas y aliños para que el arroz con caraota que entregan en el Programa de Alimentación Escolar a los niños del preescolar tuviera «gusto a bueno».
No come las famosas arañas que hace la abuela Rosa Inés en la comiquita, pero coinciden con los inventos de turrones que hago a base de papelón y la fruta que esté más barata en la bodega, opción para matar los antojos de chucherías marca Alfonzo Ribas que siendo honesta, si tuviera el chance de comprar más a menudo, no existiría la coincidencia.
En uno de los capítulos, muestran como cada noche en el pueblo apagaban la planta eléctrica, haciendo antes dos avisos. Venía un primer apagón, luego otro y al tercero se quedaban todos en la penumbra. Acto seguido, la abuela encendía las velas mientras los nietos esperaban los relatos de un tal Pedro Pérez Delgado.
Cuando se fue la luz ese jueves en la tarde, no hubo ningún aviso para nosotros. Las preocupaciones adultas de la primera noche estuvieron relacionadas a saber qué sucedió, qué tan grave fue y cuánto tiempo iba a durar, teniendo en cuenta que estos primeros tres meses del año no hemos parado de esquivar golpes de Estados Unidos.

El primer apagón alcanzó un día completo y parte de la madrugada sin mucha información precisa de lo que lo había causado. «Un ataque al Complejo Guri que ya está solucionándose en Caracas», alcanzamos a resumir el viernes en la noche después de la reunión con los vecinos en reunión del CLAP.
En la madrugada llegó la electricidad y duró toda la mañana, suficiente como para suponer que ya había sido controlada la situación, relajarse y no hacer ningún plan de contingencia.
Pero ya manejábamos un informe oficial del ataque: un daño inducido al sistema computarizado de la central hidroeléctrica afectó a todo el país. Despejada la incertidumbre sobre lo que sucedía y otra vez sin acceso a la electricidad por una recaída del sistema, tocó concentrar esfuerzos en revisar las reservas de agua y alimentos. Comida por dañarse fue cocinada y entre vecinos se hizo un cambalache improvisado de guisos para picar durante el día. A los muchachitos que andaban fuera de sus cuevas se les preparó una mermelada de plátano repartida en pedacitos de casabe.
El agua fue la aventura más extraña de toda la jornada sin luz. A «alguien» se le ocurrió que el edificio en construcción del frente debía tener ya hecho un pozo y una comisión fue a examinar las condiciones del lugar y del agua. Para llegar hasta el sitio había que atravesar unos escombros y pasar a través de un hueco que hicieron para acceder al pozo.
Visto que el agua estaba aceptable, las calles se convirtieron en un desfile de carnaval: hombres, mujeres y adolescentes con tobos, potes de refrescos, ollas, coches viejos, carretillas, yendo al «aljibe» como me supo decir una vecina al encontrarme con ella y explicar de dónde regresaba.
Esa misma tarde, una distribuidora de comida que quedaba cerca y tenía una planta eléctrica, coordinó con la Milicia Bolivariana para conseguir una manguera y prestar el servicio de agua de su reserva a la comunidad.
Escuché decir a Maduro, varios días después, que era admirable la conducta que tuvimos estos días de ataque a Venezuela. Evidentemente nos incomodaba no saber cuánto tiempo tendríamos que estar buscando agua de otros lados, o cómo resolver lo de la comida una vez que la falta de refrigeración artificial comenzara hacer efecto.
Otra preocupación era la de personas con familiares enfermos que necesitaban atenciones especiales y medicamentos.
Resulta que a los miembros del CLAP nos mandan a revisar la «data» de nuestra comunidad más veces de lo que a mí me gustaría. Es agotador ir de puerta a puerta con carpetas y planillas a comprobar que los datos que tenemos de las familias estén correctos y por supuesto, a escuchar las angustias individuales y la lista de recomendaciones (unas amables y otras muchas veces no) para el Gobierno.
De allí que tengamos un mapa bastante claro acerca de los vecinos del sector. Sabemos, por ejemplo, quién sufren de hipertensión o dibetes, quién tiene discapacidad motora, qué personas viven solas, cuántos niños y bebés recién nacidos hay y cuántos adultos mayores. Además, tenemos los números celulares y teléfonos locales de todos.
Con esa información a la mano, era mucho más sencillo prever las posibles emergencias que podían presentarse en caso de que el corte de luz se extendiera por más tiempo y cómo actuar.
Pero el ánimo general no era de desesperación, a pesar de que buena parte del sector donde vivo sigue las órdenes del gobierno ficticio de Guaidó, el autoproclamado que decidió disparar los miedos de sus seguidores para convertir las calles en violencia y neutralizar la contraofensiva orgánica que estuvimos diseñando espontáneamente.
La convocatoria a manifestar se fue agotando progresivamente. La primera noche fue de media hora de cacerolas y la consigna de contra Maduro de moda, que no tiene mención en este párrafo por lo poco creativa. La segunda fue una repetición de veinte minutos. La tercera noche, los mismos que se habían juntado por la rabia y el calor, colocaron unas antorchas improvisadas en varios puntos de la calle, sacaron sillas, mesas y mientras los niños jugaban con las sombras que se formaban de la luz del fuego, los adultos jugaban partidas de dominó y lotería.
Allí se rindieron las pretensiones de caos y anarquía ante la parranda y el bochinche.
En la casa, nos preparábamos para apagar las velas cantando cumpleaños y disponernos a dormir cuando la inquietud de mi hijo detuvo el ritual. Estaba preocupado porque «el diablo andaba suelto».
Durante la tarde tuvo una rabieta por la falta de comiquitas, entonces le recordé la historia de Hugo y su abuela en las noches bajo las velas contando historia de sus antepasados. Pero en ese mismo capítulo hay una escena en la que Hugo está acostado asustado porque la abuela Rosa Inés le había advertido del diablo para que dejara de zumbarse por las matas.
Eso era lo que recordaba mi carajito de aquella animación y lo que impedía que se fuera a dormir tranquilo. Le expliqué que la abuela lanzó esa frase para aquietar a su nieto, que era demasiado inventor y aunque no lo convencí del todo, tuvo la valentía de soplar las velas para quedar totalmente a oscuras.
No supe decirle que el diablo sí anda por ahí suelto, todo enclenque y molesto. Probablemente estará fastidiándonos un rato, pero esa no es razón para dejarse vencer por el miedo. Justamente el desmoronamiento de los temores fue lo que logró otra salida digna de los venezolanos. Esa guapura merece muchos más cuentos.
Fuente: Mision Verdad; http://misionverdad.com/
