Nota de Observatorio de trabajadores en lucha
Lo ocurrido en las elecciones Estadounidenses es lo que nos expresan los compañeros de Misión Verdad en este articulo, sin embargo existe un crecimiento, pequeño aun, de las fuerzas de izquierda y sobre todo del socialismo, así como lo escuchan, con esa palabra que había sido abolida del vocabulario político gringo y que reaparece con fuerza en los años 90. Es importante ver lo que sucede en EE.UU. y como se están desarrollando nuevos movimientos sociales y organizaciones socialistas que aunque no expresan la profundidad de estos ideales, si forman parte de las luchas de los pueblos por su liberación. Es por eso que recomendamos el articulo de Patrick Iber, publicado en este Blog EL SOCIALISMO DEMOCRÁTICO EN ESTADOS UNIDOS. Sobre la victoria de Alexandria Ocasio-Cortez. , que nos da una panorámica de la izquierda norteamericana en estos momentos. Disfruten los dos artículos. Sin desperdicios.
Misión Verdad.
07 de noviembre 2018.
Como sabemos, ayer hubo elecciones de medio término en Estados Unidos. Un panorama general de los resultados nos deja una fotografía bastante parecida a las presidenciales de 2016 pero con otros aditivos que destacar.

La polarización llegó para quedarse y la nueva composición del Congreso
La aguda polarización interna y las divisiones sociales profundas que emergieron en la contienda electoral entre Hillary Clinton y Donald Trump, siguen presentes y confirman que llegaron para quedarse.
El Partido Demócrata conquistó la mayoría de la Cámara de Representantes, con un margen menos estrecho que el anunciado, apoyándose en su base electoral de zonas urbanas y semiurbanas. Por su parte, el Partido Republicano logró mantener la mayoría en el Senado, haciendo valer su influencia en algunas de las zonas periféricas del Sur que le dieron la victoria a Donald Trump.
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Los resultados de estas elecciones son mixtos. Aunque desde el bando demócrata se intentó convertir estos comicios en un plesbicito contra la presidencia de Donald Trump, la correlación de fuerzas en ambas cámaras del Congreso no muestra una inclinación definitiva hacia uno de los dos partidos que pueda ser utilizada para imponerse sobre el otro.
Como reseña el articulista W. James Antle III para el portal The American Conservative, fue una buena noche para republicanos y demócratas, pero no tanto para Donald Trump, que vio su agenda migratoria parcialmente impugnada por los resultados en la Cámara de Representantes.
Con la Cámara de Representantes tomada por el cuello, el Partido Demócrata gana la posibilidad de abrir un juicio político a Donald Trump. También aumenta su influencia sobre las políticas de gasto del Ejecutivo y el control institucional sobre la actuación de sus funcionarios.
Por su parte, un Senado de mayoría republicana le permitirá a Donald Trump mantener el control sobre el Poder Judicial y restringir las posibilidades de un juicio político, dos aspectos cruciales para mantener la estabilidad de su gobierno y afianzar sus estrategias en el ámbito migratorio y comercial.
Aunque tienen actividades separadas y bien definidas, el Senado tiene la última palabra en cuanto a enmiendas, proyectos de ley y comités de seguimiento de las políticas del Ejecutivo. La victoria de Trump en el Senado le dan oxígeno para 2020, a lo que seguramente el Partido Demócrata responderá utilizando la Cámara de Representantes como arma de desgaste a sus bases de apoyo en el Senado.
Lo que viene a partir de acá, muy probablemente, es una intensificación de la confrontación política y social en todas las esferas de la vida política, que lejos de reiventar una salida a la crisis estadounidense, va socavando las estructuras del sistema político completo, debilitando al mismo tiempo la capacidad de Estados Unidos de incidir en los asuntos internacionales de forma asertiva y contundente. Es ahí donde las posturas de Donald Trump y el retorno a un aislacionismo conservador son las que siguen ganando terreno.
¿Política de identidades u operación de masas del Partido Demócrata?
Sobre esto el resultado en las elecciones de la Cámara de Representantes, el articulista del medio Mother Jones, Jeremy Schulman, afirma que «el propio Trump fue uno de los temas clave en la elección, especialmente entre las mujeres, los votantes jóvenes y las personas de color, grupos que votaron abrumadoramente por los candidatos demócratas».
La política de identidades del Partido Demócrata, enfilada políticamente en el campo electoral con la operación de masas denominada #MeToo, logró instrumentalizar a las poblaciones no blancas para reducir el respaldo electoral de Donald Trump en zonas clave donde había triunfado en 2016. El caso más representativo de esto fue el Cinturón del Óxido (Rus Belt).
Una campaña persuasiva y seductora cargada de estéticas de consumo que había nacido para frenar, desde las agrupaciones feministas y desde otras plataformas progresistas, el nombramiento de Brett Kavanaugh en la Corte Suprema sirvió de base para reconfigurar el estado de comportamiento y las prioridades del electorado en los comicios de ayer.
Esta tecnología electoral logró mover el centro del debate político al derecho de las minorías, alejando tópicos como la desigualdad económica, el endeudamiento de las familias y la precaria situación laboral del trabajador promedio estadounidense, donde Trump tenía mucha mayor capacidad de incidir desde su demagogia habitual.
O como comenta el Oficial del Ejército de Estados Unidos, Danny Sjursen: «las guerras de Estados Unidos en siete países de mayoría musulmana han quedado completamente ignoradas en las elecciones de medio término».
De la mano del Partido Demócrata, más de 100 mujeres llegaron a la Cámara de Representantes, entre ellas dos de origen indígena, una refugiada somalí y un hombre homosexual que resultó gobernador de Colorado. Medios como CNN y The New York Times no han dudado en presentar esto como logros históricos y un cambio sustancial en la cultura política estadounidense a favor de las minorías. Una especie de triunfo de las fuerzas del bien contra las fuerzas del mal.
El periodista Chris Hedges, una de las voces más lúcidas para analizar el panorama político estadounidense, contraviene la lógica binaria entre buenos (demócratas) y malos (Trump) que se impuso en la precampaña.
Para Hedges, «casi todos los candidatos de la Cámara de Representantes son patrocinados por empresas. La industria de valores y finanzas ha respaldado a los candidatos demócratas entre un 63% y un 37% sobre los republicanos, según los datos recopilados por el Centro para la Responsabilidad Política. Los candidatos demócratas y los comités de acción política han recibido $56.8 millones, en comparación con los $33.4 millones de los republicanos, informó el centro. El sector más amplio de finanzas, seguros y bienes raíces, ha dado $174 millones a los candidatos demócratas, contra $157 millones a los republicanos. Y Michael Bloomberg, con su propia carrera presidencial, ha prometido $100 millones para elegir un Congreso demócrata».
El título del artículo de Chris Hedges, «Escoria vs. Escoria», argumenta que la agenda multicultural del Partido Demócrata se basa en un fascismo corporativo de “cara amistosa”, con conexiones nítidas con Wall Street y la industria financiera. Las posturas xenófobas y racistas de Trump son, simplemente, la cara más agresiva.
En ese sentido, tanto el Partido Demócrata como el Republicano, independientemente de quien gane cada elección, emplean una retórica de odio y confrontación, atravesada por la lógica neoliberal y el fundamentalismo del mercado. Sus identidades políticas y raciales se asientan en la exclusión del otro, utilizando la demagogia que en cada etapa les permita reforzar una pirámide social de violencia económica total contra la población. Y ese es un consenso inamovible.
Es tan así que mientras en la superficie del debate político se presenta que la contradicción fundamental en Estados Unidos es la lógica xenófoba de Trump contra la supuestamente multiculturalista del Partido Demócrata, en el corazón del país la descomposición social aumenta a niveles nunca antes vistos.
Apunta el analista Paul Buchheit que «según el Libro de datos de riqueza global de Credit Suisse 2018, 34 millones de adultos estadounidenses se encuentran entre el 10% más pobre del mundo. ¿Cómo es eso posible? En una palabra, la deuda. En palabras más insoportables: asfixiantes e indeseables cantidades de deuda mortales para los estadounidenses más pobres. Y va más allá de los dólares a las muertes por desesperación causadas por el estrés de una cobertura de salud inferior, ingresos estancados y desigualdad fuera de control. Numerosas fuentes informan sobre el aumento de la deuda para la mitad pobre de los Estados Unidos, especialmente para el grupo de ingresos más bajo, y en gran parte debido a los costos de atención médica y educación. Desde 2008, la deuda del consumidor ha aumentado casi un 50%. El porcentaje de familias con más deudas que ahorros ahora es más alto que en cualquier otro momento desde 1962».
Buchheit destaca que a medida que la participación de las minorías ha aumentado, desde el primer gobierno de los Clinton, la precariedad, la violencia policial y la restricción de derechos básicos en estos grupos han llevado la peor parte.
A raíz de esto, vale la pena recordar que la situación actual de precarización en Estados Unidos es un legado del fundamentalismo neoliberal de la familia Clinton y su empuje a las deslocalizaciones industriales hacia China y el sudeste asiático. Un legado que también se nutrió del legado conservador de Ronald Reagan, sólo que en el caso del Partido Demócrata encontró su base de legitimidad en políticas de apertura del espacio público a poblaciones no blancas.
El fascismo con cara amistosa, otra vez.
Lógica del espectáculo y teatralización de la política
Este marco de factores y variables nos dan unas elecciones de medio término que no son tales, al menos en cuanto a la capacidad que tiene el acto político del voto para cambiar la conducción política y económica del país.
Más que una ceremonia democrática, los comicios de ayer se dieron bajo una lógica del espectáculo, que teatralizó contradicciones profundas que han atravesado la historia republicana estadounidense en los últimos 150 años.
Dos demagogias que chocan. Una cimentada en la política de identidades, que amplía el espacio público a las minorías con el objetivo de asimilarlas a las nuevas esclavitudes del siglo XXI, donde se legitima a nombre del multiculturalismo la superioridad de una élite tecnocrática neoliberal. Y otra, planteada desde el miedo de la población blanca a la «invasión inmigrante», un odio totalmente nihilista que encubre la incapacidad del sistema político (y de sus élites) para superar el racismo de los «padres fundadores» de la Constitución estadounidense.
Racismo y multiculturalismo son chivos expiatorios lanzados de uno a otro bando, sin ninguna intención verdadera de encontrar un espacio común de diálogo entre los distintos orígenes nacionales que convergen en ese continente.
Las elecciones de medio término y la política de identidades que monopolizaron su percepción versus la agenda xenófoba de Trump, suponen una escena de teatro donde las «identidades en disputa» no mueven las verdaderas poleas del poder estadounidense: las grandes empresas y Wall Street. Una ficción pintada de tribalismo y «choque de civilizaciones» falaz e inútil para la vida real de la población estadounidense vista como un todo.
Y esto lo explica algo tan sencillo como que los congresistas y senadores electos por el bando de Trump, así como los del Partido Demócrata, responderán a sus financistas y acreedores del capital financiero abultando aún más la violencia económica sobre sus habitantes, dejando a las identidades que dicen representar en un segundo plano.
La contradicción profunda por fuera del espectáculo: la guerra civil es el proyecto
La lección que podemos recoger de estas elecciones es que, independientemente de los recambios en las figuras de poder y en las correlaciones de fuerzas, todo empeorará en el corto y mediano plazo.
Esto pasará porque el enfrentamiento entre los partidarios de Trump y los partidarios del Partido Demócrata ponen de manifiesto dos visiones de mundo, dos formas de concebir el proyecto estadounidense y dos maneras de concebir el origen nacional y la identidad.
Algunos analistas y teóricos afirman que Estados Unidos carga en su corazón una guerra civil no resuelta, que, en cada momento de caos o tensión social, saca a relucir sus aspectos más terribles.
Los tiroteos masivos, la violencia económica, en fin, el estado de excepción generalizado que se posa sobre el país, es la expresión en el hueso de una contradicción entre las élites con respecto a la identidad de Estados Unidos. Si bien estas tensiones son teatralizadas desde los medios y desde los actores políticos, emergen de un enfrentamiento real que se simboliza en Trump y los tecnócratas de Wall Street.
William Smith, director del Centro para el Estudio de la Estadística en la Universidad Católica de América, nos ilustra muy bien las diferencias entre las dos élites. «Desde la década de 1960, los líderes de Estados Unidos han sido educados a través de una inmersión en las narrativas culturalmente radicales y posmodernas que dominan los planes de estudio de nuestras mejores universidades. Se ha convertido en un objetivo primordial de la educación superior para sensibilizar al futuro establecimiento sobre cuestiones de raza, género y clase, y para crear conciencia sobre los desafíos mundiales como el cambio climático. En las instituciones de élite, se enseña que Estados Unidos es un gran obstáculo para el empoderamiento de las minorías oprimidas y el motor central de las crisis mundiales».
Continúa Smith describiendo el otro lado de la acera: «Trump y sus partidarios detestan esta narrativa. El deleite que reciben en sus ataques groseros e incluso violentos se deriva de su creencia de que las élites son responsables de la destrucción sistemática de la verdadera religión civil estadounidense. Ellos creen que el establecimiento se ha arrodillado contra su propio país. Los partidarios de Trump, por otro lado, abrazan sin tapujos la historiografía estadounidense tradicional y buscan elevarla haciendo que América sea grande otra vez. El globalismo y el multiculturalismo, son vistos simplemente como antipatrióticos, un intento de desaparecer la memoria colectiva de la historia americana».
Cada debate público o coyuntura en Estados Unidos se encuentra atravesado por el discurso de la guerra civil y por la tensión no resuelta entre dos élites que ven Estados Unidos como proyectos distintos, destinados a una confrontación civil apocalíptica que de una vez por todas resuelva los asuntos pendientes. Una tensión que está guardada en el corazón de la primera Constitución americana.
Es por eso que en política interna la caravana de migrantes coloca en el centro de la disputa política la idea de si Estados Unidos es un país de origen blanco o, si en cambio, siendo la guía espiritual de Occidente, debe integrar a los inmigrantes para defender su patrimonio liberal como la nación indispensable. Lo mismo ocurre en el ámbito de la política exterior.
La tensión entre el ala nacionalista que representa Trump y el globalista que se ciñe al Partido Demócrata está basada en si Estados Unidos debe proyectarse como un Estado nación hiperindustrializado, con objetivos concretos en política internacional en función de sus habitantes, o si, en cambio, debe ser un imperio global que está predestinado a llevar la democracia liberal y la economía de mercado a todos los lugares, mediante la guerra, aún a costa de que la población estadounidense sufra los desequilibrios y tensiones de la globalización y el neoliberalismo.
Esta división estructura las posiciones de las élites, sus discursos y sus nociones de futuro e identidad cultural. Ocurre dentro de un sistema político que no logra integrar esas contradicciones, sino en cambio las refuerza. La ciudadanía y la globalización como último sueño húmedo del capitalismo terminó siendo un estatus para unos pocos. Trump es un síntoma de que los perdedores de la modernidad quieren de vuelta su estatus y lo buscan apelando a la raza, a los lazos de sangre y tierra, que supuestamente había extirpado la religión del mercado.
Por esta razón, la postura de Trump suena tan violenta y apocalíptica como las respuestas de los propios demócratas.
El germen de la destrucción de Estados Unidos está en su propio origen y la configuración cultural de sus élites, perturbadas por más 100 años de guerra interna y externa, y enloquecidas ante un salto tecnológico que no saben cómo administrar. En su cosmovisión supremacista, de supuestos poseedores de una cualidad especial, observan el ascenso de China y Rusia como una traición y no como un cambio de tendencias civilizatorias.
Ahora sume todo esto y tendrá una bomba de tiempo que nadie sabe desactivar y que puede dar al traste con el modelo civilizatorio occidental en su conjunto.
Fuente: Mision Verdad; http://misionverdad.com/
