DESAFÍOS Y RETOS RELEVANTES DEL PODER POPULAR-COMUNAL. Elizabeth Alves

Elizabeth Alves Pérez[1]

08 de julio de 2018

Creemos que existen desafíos que no se pueden postergar, a la espera de una mejor configuración de la utopía en creación y de los caminos y metas que nos vamos planteando. Asimismo identificamos retos y urgencias inminentes devenidas de la necesidad imperativa y posibilidad para avanzar en el proceso de transformación raizal de la sociedad. Su posibilidad de realización estará en la potencia real del poder popular para emprender acciones contextualizadas geopolítica e históricamente donde se conocen las verdaderas limitaciones pero también las posibilidades reales. Reafirmamos la necesidad de rescatar colectivamente el sentido de la vida y de crear el futuro por vivir, sin preocuparnos todo lo que falta por definir en la teoría, porque es en la praxis transformadora donde se logra avanzar, con pie firme, en la definición de nuestra utopía. Se trata de una creación heroica de los pueblos por su liberación y solo el pueblo se rinde cuenta a sí mismo de su tarea histórica de cambio. Puede rectificar sobre sus propios errores y fortalecer sus avances hacia el horizonte deseado.

La ruptura con la alienación y la colonización del pensamiento, en términos de acción concreta, se inicia con la impugnación teórica y práctica de la cultura del conocer que favorece la reproducción del sistema, casi sin darnos cuenta. Esta visión nos abre hacia la comprensión de ese movimiento que se da en el ser humano de un pensamiento y acción consciente para comprender, como protagonista de su propia historia, el proceso de transformación permanente como sujeto-social en un sujeto-político con capacidad de comprender la realidad y construir colectivamente propuestas de cambio social de raíz.

Objetivo imperial: destruir la unidad de lucha de los pueblos

En el convulsionado mundo de hoy es necesario re-conceptualizar inicialmente las categorías de Estado-nación y de relaciones interestatales, así como de éstas con los centros de poder a nivel mundial. Es indispensable precisar las relaciones de dominación-explotación capitalista-colonial a lo largo de la historia reciente. Por una parte, porque el estudio de los macro fenómenos político-sociales se centran en este ámbito territorial de organización y acción política-económica; donde se reconocen delimitaciones geofísicas convencionales a nivel mundial. Y esto le confiere un margen de unidad político-territorial, independiente de las diversidades histórico-culturales que conviven en su seno. Por otra parte, porque a partir de ellas, podemos comprender las relaciones hegemónicas existentes en su interior, y con su entorno; que permiten establecer diferencias sustantivas espacio-temporales, vinculadas a lo histórico-concreto y comprender las confrontaciones internas y externas; así como las asociaciones bilaterales y regionales.

crisisglobalesEn cada crisis o dificultad sistémica se diseñan o rediseñan estrategias para reposicionarse de espacios perdidos en la economía de mercados y en el control de los procesos productivos transnacionalizados, que han venido desprendiéndose del control directo de los Estados/nación, como parte de la globalización de la libre competencia y la libertad de empresas, con gran movilización de capitales y de empresas en distintos territorios y articulados directamente por empresas transnacionalizadas, como parte de las nuevas relaciones internacionales de la economía de mercados. Relaciones que ha tenido política e ideológicamente a la cabeza a los intelectuales liberales y a los propios gobiernos de Estados Unidos que pregonan la no injerencia de los Gobiernos en la economía nacional, que ya no es nacional, lo que resulta un contrasentido para cambiar hacia el proteccionismo nacional.

El tal cuestionado proteccionismo de Estado realizado por la dirigencia y los teóricos del estado liberal, ha sido abiertamente empleado por los distintos gobiernos para garantizar las ventajas competitivas de su producción nacional y para darle frente al mercado externo. Por tanto, toda la economía nacional de esos países se mueve con estrategias geopolíticas en las relaciones internacionales para garantizar la mayor hegemonía posible a nivel del poder económico, político y militar. Y dentro de este cuadro internacional la política de EEUU hacia América Latina y el Caribe (ALC), y demás países periféricos, se ha modificado en relación al desarrollo del propio capitalismo y la posición de ese país en la hegemonía mundial. Por eso es que hay que comprender la crisis del capitalismo en este milenio y los límites que el propio sistema tiene para “auto-regularse” dentro de un esquema mundial de economía globalizada, con un visible agotamiento de los recursos naturales y materias primas para mantener los niveles crecimiento económico a nivel mundial para responder a la demanda de consumo de las grandes economías. En un cuadro que atrapa a todas las economías de los Estados/nación dentro de las reglas establecidas por los grandes centros de poder, las grandes corporaciones transnacionales, productivas, financieras y de distribución.

La pérdida de mercados en ALC como consumidor y como exportador de recursos naturales y materia prima, no puede ser una sorpresa para un país que ha utilizado a todos los países del Continente para el fortalecimiento de su propia economía de mercado (importación/exportación) para potenciar su poder hegemónico mundial, dentro de las reglas del libre mercado y la libre empresa (pensamiento liberal burgués). No es la primera vez que las condiciones de crisis sistémicas obligan a cambiar las estrategias de dominación/subordinación hacia los países de ALC y para ello no basta con recordar la doctrina Monroe ni la doctrina Truman –en la segunda guerra mundial– para saber la relación de dominio hemisférico, que ejerce Estados Unidos, sino comprender cuáles han sido las estrategias en cada momento, y que las mismas están vinculadas a la posición hegemónica internacional, así como a la situación interna del propio país. Muchas de sus políticas de promoción del libre mercado y la libertad de empresas, sin ningún tipo de límites o controles, en momento se revierten contra su propia economía. En particular por ser una economía totalmente privatizada, incluso los servicios públicos básicos –solo han dejado aquellos mínimos que además se ofrecen con muy baja calidad, porque no tienen rentabilidad– en momentos de crisis se vuelve contra su propio desarrollo interno y legitimidad política frente a la ciudadanía. Lo más dramático para esos países donde el orgullo patrio es fundamental para su cohesión interna y de dominación, es la privatización creciente de las fuerzas militares y la proliferación de agencias de inteligencia que compiten entre ellas, de acuerdo a la lógica de la libre empresa y libre mercado que no tiene patria.

En su hegemonía mundial la situación más favorable la tuvo después de la disolución de la URSS, que por más de dos décadas parecía no tener competencia visible en la hegemonía mundial, mientras que en silencio fueron creciendo otras economías capitalistas –emergentes o recuperadas– y bloques regionales de relativa importancia, que cambiaron el cuadro notablemente a finales de siglo y principios del nuevo. Sería un insulto a la inteligencia del Imperio que esto sucediera sin enterarse y sin que apreciaran su propia decadencia que resulta fácil atribuírselas a “malas gestiones de gobierno” cómo que si en esa nación poderosa gobernaran sus presidentes. Son las grandes empresas transnacionalizadas las que han dominado la política en esa importante nación. Como tampoco puede ser una sorpresa la penetración de capitales de gran movilidad y la fragmentación de procesos productivos en infinita cantidad de partes que provienen de distintos orígenes, así como productos con diferentes y variados destinos.

Está históricamente demostrado que la lucha en la actualidad ya no es por dos modelos antagónicos de carácter ideológico sino por el control de los mercados desde una racionalidad capitalista, que pone en evidencia diferencias con el modelo de desarrollo occidental a nivel mundial, liderado por Estados Unidos. Han satanizado toda propuesta alternativa al modelo capitalista occidental anglo-europeo, desde antes que surgiera una propuesta real de cambio[2]. De ser así la Guerra Fría, donde existían dos bloques de poder con visiones distintas, se hubiese terminado cuando se cayó el muro de Berlín (1989) y se diluyó la URSS (199O) o cuando se dio la conversión progresiva de China a una economía capitalista. Si la Rusia y la China de hoy, por mencionar las más importantes economías mundiales alternativas a la de Estados Unidos, son capitalistas ¿Por qué se sigue hablando del fantasma del comunismo para justificar el ataque entre potencias mundiales? La respuesta es sencilla: obedece fundamentalmente a una lucha por los mercados entre economías capitalistas, con orígenes y culturas distintas, a las economías más occidentalizadas en la actualidad. Curiosamente estas dos grandes economías se lograron desarrollar y modernizar a un ritmo acelerado durante el periodo en el que estaban consideradas como modelos alternativos al capitalismo y lograron niveles de desarrollo cultural y humano impresionantes con respecto al retraso obvio que presentaban al inicio del siglo XX.

De esta manera son estas grandes corporaciones económicas, donde quiera que estén asentados sus capitales de forma mayoritaria, las que definen las políticas de los gobiernos ante todos los organismos internacionales a nivel mundial y regional. Asimismo avalan o rechazan las injerencias, intervenciones y acciones directas contraria al derecho internacional. En los acuerdos y tratados que direccionan las políticas en las distintas áreas: comerciales (OMC), seguridad y defensa (OTAN), laboral (OIT), financiera (FMI y BM), alimentaria (FAO), y otras tantas, existe un evidente dominio asimétrico que ejercen las grandes potencias mundiales y centros de poder económico mundial. Por otro lado otras materias de relevancia estratégica para la humanidad y la convivencia mundial en paz son tratadas de modo bilateral, o por bloques económicos, para burlar los tratados, como son la grave problemática ambiental, los derechos humanos y los derechos de los Estados/nación a la libre determinación sin injerencia extranjera no aprobada por la propia nación o pueblo. ¿Quién decide o juzga estas materias? Lo que se aprueba al respecto en la ONU o en la OEA es lo que quieren las grandes potencias mundiales y en el continente americano no hay otra que Estados Unidos, por lo que tiene que conseguir aliados a cualquier precio, como lo ha hecho en toda su historia. Esta asimetría cuantitativa de votos en los organismos la resuelven ejerciendo una desproporcionada asimetría de poder económico y bélico para doblegar y someter a los gobernantes, y cuando no simplemente burlan los acuerdos de descolonización. En especial del Reino Unido, Francia y Holanda que instrumentaron esquemas de dominación política-económica, después de los años 60 en los territorios de ultramar en América, al igual que lo hicieron en otros continentes, para cambiar el estatus de colonias abiertas por un neocolonialismo disimulado y diplomáticamente aceptado por la ONU y demás organismo multilaterales. Se destacan en la plataforma continental Alaska (USA) y Guayana Francesa (Francia), en la plataforma marítima del Pacífico Hawái (USA) y en la Plataforma Atlántica con los cuatro países señalados desde las islas cerca de la costa de Canadá con las islas San Pedro y Miquelón (Francia) hasta las Malvinas (Reino Unido) al sur, pasando por el concierto de naciones de Las Antillas y de El Caribe donde hay una presencia colonial impresionante y variada. Donde se ejerce más presión política y amenaza militar para cambiar la correlación de fuerzas en los órganos multilaterales y relaciones bilaterales contra los proyectos independentistas del Continente.

En todos los casos la violación al ejercicio de la democracia en los países y en las mutuas relaciones de respeto a las diferencias internas, las padece el pueblo humilde que cuenta con sus dirigentes en la defensa de sus demandas. La acción del poder hegemónico, que no respeta la soberanía de las naciones para resolver sus propias situaciones, lleva la intención implícita y explicita, en la mayoría de los casos, de aniquilar todo intento progresista que reclame mayores niveles de autonomía, independencia y soberanía popular para favorecer las condiciones de vida de la población.

Tras la crisis y caída del socialismo realmente existente, al tema de la clase, la nación y las etnias se añadió el de la democracia. Esta ocupó un lugar centra en la escena, y no solo como democracia proletaria, sino como la de «un mundo hecho de muchos mundos», de «una comunidad hecha de muchas comunidades» (subcomandante Marcos), a la vez participativa y representativa, incluyente y plural, con autonomías y equilibrio de poderes, con respeto a la dignidad humana y con justicia social (González Casanova)[3]

2883075262_d05b50994bHoy la dominación y hegemonía hemisférica de Estados Unidos usa la fuerza bélica directa solo en casos extremos, las intervenciones directas y abiertas las ha cambiado por una fuerza que le ha resultado más efectiva y poderosa y con menor riesgo, además que le ha permitido encubrir su imagen de destructor de culturas y pueblos indefensos que despliega en otras latitudes. Ya eso tampoco le interesa como lo ha evidenciado el actual Gobierno de Donald Trump, y para algunos sectores políticos que han utilizado las conocidas interferencias de conversaciones para descalificar a los altos dirigentes de gobierno e incidir en los procesos electorales, pero que ha puesto en evidencia el verdadero propósito de sus injerencias bélicas[4]. Injerencia continuada por los gobiernos predecesores y que Obama le imprimió su sello diplomático particular, para esconder la violencia y agresión a los pueblos y gobiernos, que ya hoy se atacan abiertamente. Para los países y pueblos que luchan por su independencia el problema no es la hipocresía del discurso de los gobernantes, ni siguiera de sus estilos o estrategias particulares en la que influyen múltiples factores internos y externos, sino los hechos que evidencian la coherencia del dominio imperial que ha ejercido Estados Unidos en el Continente durante toda su historia.

La estrategia de desestabilizar gobiernos en Latinoamérica que no son incondicionales a sus deseos de dominio supremo, le ha dado excelentes resultados a lo largo de su historia, y para solo nombrar una de las más recientes, en vísperas de una de las crisis más grandes que vivió el capitalismo a mediados de los 70´ fue el golpe de estado al Presidente Salvador Allende en 1973 que contó con la ayuda del Departamento de Estado, aunque no fuese abiertamente reconocido, así como lo hizo con el Plan Cóndor (1973-1983) en el Cono Sur, en el que se presenció el mayor genocidio político programado fuera de una guerra y utilizando la institucionalidad para imponer dictaduras y tiranías que acabaron con todas las democracias de los países del sur del Continente y que se extendió con distintas estrategias represivas hacia el resto de los países. Esta estrategia de máxima represión y violencia de Estado y de instauración de autoritarismo de rasgos fascista desencadenó en intervenciones de distinta naturaleza que colocaba a los propios gobiernos como los únicos verdugos del pueblo, y que detrás se escondía el Departamento de Estado para apoyar todas estas medidas. Utilizar a los gobiernos como títeres del Departamento de Estado ha sido una constante, que ha perfeccionado de acuerdo a cada realidad y momento histórico. Ha estudiado con minucioso cuidado las posibilidades institucionalizadas o de correlación de fuerzas a nivel de cada país, incluso en la acción conjunta con otros países centros aliados que tienen territorios e intereses mercantiles en el Continente para aplicar sus medidas y estrategias.

El manejo bilateral en las relaciones entre países coloca en desproporcionada desventaja para los países periféricos frente a los países centro, que a pesar de sus diferencias y disputa por los mercados, se unen para aplicar medidas a gobiernos que no le son serviles a sus intereses, así como lo hacen las distintas oligarquías al interior de las naciones. En cuanto a las políticas de “cooperación al desarrollo”, al tener el control pleno de todos los organismos que regulan la economía mundial de mercado, se convierte en una verdadera amenaza al desarrollo. La cooperación Norte/sur ha demostrado su incapacidad de resolver problemas estructurales porque solo atiende las consecuencias más dramáticas de la población de modo asistencial, y no se desarrollan políticas de independencia socio-productiva de largo alcance. La cooperación “al desarrollo” se convierte en apoyo al crecimiento de la economía privado de las propias empresas transnacionalizadas, vinculadas a los países cooperantes[5] O en una “ayuda humanitaria” a las poblaciones más vulnerables, víctimas de la barbarie capitalista, que incluye su dificultad de auto-superación de sus economías –destruidas– y que termina aumentando su dependencia. El desarrollo socio-productivo no se logra con préstamos de estos bancos mundiales y ayudas interesadas en que no se logre y donde la nación no tiene soberanía para hacer un uso apropiado de los recursos de acuerdo a sus necesidades y prioridades.

Para mantener el dominio hemisférico de subordinación/dependencia de ALC a EEUU, en este complicado y convulsionado panorama mundial, necesita re-posesionarse del control sobre los gobiernos y sobre la población que cada vez más los responsabiliza de su precaria situación. A partir de sus experiencias de imponer los tratados de libre comercio (ALCA) sin éxito, décadas pasadas, rediseño una política para volver con ellos minando las bases en las que apoyaron algunos gobiernos de la región e incidiendo directamente en la destrucción de todos los acuerdos de unidad regional, con incidencia real en la economía. Para ello ha empleado estrategias mejoradas de golpes militares desde adentro, creando grupos en contra o dividiendo las fuerzas revolucionarias, o aplicando medidas de guerra no convencional de cuarta generación, que incluyen la guerra económica-mediática, actos terroristas de diversa intensidad, que a diferencia de las injerencias en áreas puntuales de la economía, la política y lo social que hacen de modo permanente, genera un estado de convulsión generalizada –guerra concentrada en un territorio, para destruir toda la capacidad del otro país o nación– que mantiene a los gobiernos y a su población en una tensión permanente de actitud defensiva, que disminuye su fuerza ofensiva y dificulta el avance de las reformas en beneficio de la población y los cambios estructurales planteados, que es el objetivo del que hace la guerra o la promueve en el mundo capitalista. Lo que hace justo reconocer que:

Los gobiernos progresistas han implementado un conjunto de políticas públicas basadas en la captación de algún tipo de renta, han impulsado la redistribución del ingreso basada en el crecimiento de la economía mercantil (que redujo considerablemente la pobreza y permitió ampliar derechos), junto con medidas de regulación del capitalismo nacional y recuperación de cuotas de soberanía nacional y autonomía por la vía del desendeudamiento o la salida del CIADI (en algunos casos), entre otras (Mazzeo)[6]

Pero como ya hemos señalado, estas políticas, por sí mismas, no modifican las fuerzas de poder en término de las correlaciones hegemónicas en la sociedad de modo significativo, que permita avanzar con firmeza al cambio social de raíz. El problema es precisar cuándo éstas se convierten en un obstáculo casi imposible de resolver por vías interna y a corto plazo porque tienen carácter sistémico y las limitaciones propias “suelen estar expuestas a limitaciones exógenas que dificultan los procesos tendientes a superar las bases económicas y sociales heredadas y los fuertes condicionamientos del sistema capitalista mundial” (Mazzeo)[7]. Como puede ser el precio de las commodities, o la dinámica de crecimiento de la tasa de ganancia que impone el capitalismo dentro de su lógica funcional que anula culturas, visiones distintas y que en definitiva reproduce la hegemonía colonial-neoliberal.

En este estado de guerra económica, con fines políticos y que utiliza el malestar de la población –repotenciado desde afuera y desde dentro– para desestabilizar la institucionalidad democrática, alterando su constitucionalidad en los sistemas de gobierno, encontramos políticas y acciones directas en distintos niveles:

  1. A nivel de la seguridad, generando un estado de convulsión social para justificar “la defensa propia preventiva” para eliminar objetivos civiles (dirigentes de gobierno, líderes sociales, como lo hace en las guerras militares) que mantengan un estado de inestabilidad generalizada, de incertidumbre política y de terror social,
  2. A nivel judicial con el procesamiento preventivo donde se crean falsos positivos o se manipula la imagen con medias verdades o inventadas para condenar a dirigentes sin pruebas y sacarlos de la acción política (encarcelados preventivamente) utilizando los aparatos judiciales y “ambigüedad procesal”,
  3. A nivel legislativo al propiciar golpes constitucionales e institucionales para sacar del juego a los gobernantes que gozan de cierto respaldo popular y plantean cambios que afectan al poder económico-político constituido. En esta última estrategia se ha venido perfeccionado en los últimos años desde el caso de Honduras en 2007, al de Paraguay en 2012 y el de Brasil en 2016, en tres realidades distintas pero utilizando el poder legislativo y la permisibilidad de las constituciones de esos países, presidencialistas y no parlamentarios, y,
  4. Incrementando los mecanismos institucionales para garantizar la impunidad de los delitos cometidos contra la seguridad personal y de comunidades. De agresiones, intimidación y asesinatos a dirigentes y pobladores que defienden el derecho a la soberanía territorial, la diversidad cultural y los derechos humanos, en su lucha por una vida digna.

De modo que si no resultan ninguna de las estrategias para generar un golpe de Estado interno, se aplican estas otras de modo combinando en algunos casos y la intervención militar queda como última opción, en tanto requiere una sofisticada maniobra que la justifique como se hizo con Irak con las supuestas armas de destrucción masiva, o con Afganistán donde se inició lo que el presidente George W. Bush denominó la lucha contra el terrorismo con el nombre de “agresión positiva”, que según Noragueda (2015)[8] consiste en no diferenciar entre grupos terroristas y países que los acojan o ayuden y, por lo tanto, actuar de la misma forma beligerante contra ellos que la ha convertido en una guerra interminable, después de tantos años[9] de cuantiosas víctimas y de destrucción de países como sucedió y sigue sucediendo en Irak, en Afganistán, cuyos conflictos internos singuen sin resolverse por la injerencia externa, seguidos por Libia y Siria que ya pasa de los siete años.

Mantener el vínculo histórico de los procesos populares constituyentes

Para nosotros no queda lugar a dudas en qué consiste la política exterior de Estados Unidos y en particular hacia América Latina ante la evidencia propia y la de estas guerras convencionales abiertas en otras latitudes, a la que han sumado otros países con similares consecuencias con graves efectos colaterales a las poblaciones civiles y a su cultura, así como el apoyo al Gobierno de Israel a favor del exterminio al heroico pueblo Palestino. La lista es larga y ha evidenciado la máxima crueldad para conseguir sus fines y ya no puede ocultar la violación a todos los acuerdos del derecho internacional, para sus acciones de ataque que justifica la “defensa propia preventiva” y la “agresión positiva” para imponer su hegemonía mundial, utilizando su fuerza bélica en todas sus formas. Y que de forma muy sofisticada la combina utilizando canales institucionales para lograr los mismos fines de acabar con toda oposición a su dominio imperial.

039c3c573ea04b8844f4f80ede9b7e6bDe allí la importancia del vínculo histórico de los procesos populares constituyentes en América Latina y el Caribe, tanto los que han logrado incidir en cambios cualitativos en la visión de la organización jurídica-política y ética de la sociedad y los que aún están acumulando la fuerza suficiente para construir un nuevo bloque histórico anti-capitalistas-descoloniales. Hacia nuestra segunda independencia. Bloque visiblemente notable en el escenario político mundial, aunque sus propios protagonistas lo hayan impulsado sin la conciencia plena de que en el fondo se está impugnado la esencia constitutiva del capitalismo. Proceso que se comprende en el desarrollo histórico de la formación de un pensamiento-crítico-emancipador a nivel mundial y, en particular, por la naturaleza diversa de cada lucha. La coincidencia está en los valores de libertad y justicia social, independencia, respecto a la dignidad humana, a la cultura y la historia, reconociendo como una realidad social de gran diversidad –histórica-cultural– que implica lucha, permanente y sin tregua, por la igualdad de los derechos sociales sin discriminación ni exclusión social alguna. Que de acuerdo a nuestro análisis previo, no es posible lograrlo en el capitalismo como hegemonía política; en cualquier condición social que tengan los Estados/nación –sean centros o periferias– porque el problema es de clases sociales en pugna, los intereses particulares de unas minoritarias, que ostentan el poder, contra los intereses colectivos de las mayoritarias, dominadas y subordinadas a las primeras. En pocas palabras, se trata de una lucha por la democracia real que se va extinguiendo en el capitalismo, de forma acelerada.

En términos generales podríamos decir que a pesar de las diferencias de la lucha en América Latina y el Caribe en cada caso ha existido siempre una perseverancia para avanzar, para acumular fuerza y poder popular, que continúa siendo un reto para configurar o constituir un Estado democrático, pluricultural, de derecho y justicia social. Desde la experiencia sistematizada y socializada en el propio terreno de lucha, consideramos que se sigue exigiendo un desarrollo en dos direcciones, que permitan avanzar en la soberanía y en la autonomía creciente del poder popular. Con acciones que permitan simultáneamente:

  • La defensa teórica-práctica, integral y concreta, de la concepción y del ejercicio de los derechos humanos y al reconocimiento pleno de la condición pluricultural que identifica a una Estado/nación y le confiere unidad histórica y geopolítica, al cambio social proyectado, más allá de sus propias fronteras y tiempo histórico vivido; y,
  • El empoderarse de una creación popular de la visión integral de las constituciones como base jurídica, política y ética de la sociedad, con vida propia y dinámica definida por el devenir y demandas del propio pueblo y de la conciencia de que la organización social constitucional, no se reduce a una declaración de principios cosificada en un texto incambiable. El deseo de superar lo vivido le hace perder vigencia histórica e imposibilidad de garantizar una democracia que se aproxime al concepto original que supone al pueblo como soberano. Esto permite concebir a los derechos humanos y sociales como algo más que una apreciación moral y cultural, que guía a los individuos para el deber-ser, sino como algo concreto que garantiza las condiciones de dignidad de la vida en convivencia social y humana.

La noción de derechos humanos desde el pensamiento liberal burgués es opuesta a la que conciben y aprecian los movimientos populares en lucha; por tanto, la política que se emprende desde los Estados o pueblos que aspiran a un cambio raizal, debe ser consciente de que los representantes y agentes del poder hegemónico hablan un lenguaje diferente al que impone en la práctica, a nivel local, nacional y mundial y que les permite reproducir la supremacía de la dominación-subordinación. De la mercantilización de la vida, la despolitización de todos los seres humanos y la negación de todo vestigio de democracia directa de los sectores oprimidos, explotados y marginados del sistema, para preservar el sistema a cualquier precio.

Los que se ubican en una lógica radicalmente distinta a la del capital y colocan el centro del desarrollo al ser humano y su equilibrio con el resto de la naturaleza a la que pertenecemos todos y todas, están obligados a partir de allí crear y propiciar estrategias que impidan distorsionar los avances en la dirección apropiada, así como generar rupturas y continuidades necesarias e inevitables en los procesos de transformación. Es decir el horizonte es fundamental para definir los medios y caminos apropiados. Estrategias que combinen acciones desde dos direcciones, desde arriba y desde abajo, que vayan minando al derecho privado y la libertad de mercado y de empresas, ya que en este sistema están por encima de los derechos colectivos y el bien común que tiene la fuerza y consistencia para crear formas colectivas y solidarias de vida en sociedad. De lo que se trata es, como afirma Santos (2010:63) de integrar las transformaciones constitucionales a una política de derechos humanos radicalmente distinta de la hegemónica liberal, para concebirla como parte de una amplia constelación de luchas y discursos de resistencia y emancipación en vez de como la única política de resistencia contra la opresión.

En particular, estar a favor de cambios constitucionales por un Estado democrático, pluricultural de derecho y justicia social, como se ha planteado a nivel de ALC –con diferencias entre los países y al interior de ellos– es necesario previamente comprender que las teorías sociales no siempre poseen un carácter universal, aunque en algunos escenarios históricos aparezca así, o sean utilizadas de esa manera. En la praxis y en cada realidad particular es crucial abordar lo singular para revalorizar y resignificar su visión general y sus múltiples especificidades, que se verán reflejadas en la resignificación de algunos conceptos fundamentales y para resituar procesos inherentes a lo histórico-espacial particular. Desde esta perspectiva, podemos seguir analizando la división del trabajo capitalista, sin negar la coexistencia de otras formas de trabajo-creativo y con mayor libertad o autonomía, que evidencian en la práctica la existencia del trabajo-alienado-capitalista como producto histórico y no como la consecuencia de una condición inevitable de la evolución humana en sociedad.

Para asumir con urgencia el rescate del sentido de la vida y del buen vivir

En la actualidad el capitalismo colonizador ha incrementado el despojo y la destrucción de identidades culturales para mantener el control de la humanidad, al servicio de los intereses de las grandes corporaciones que dominan el trabajo material e inmaterial y como parte de este proceso antagónico de clases se ha incrementado la conflictividad social y las posibilidades de creación de una fuerza popular que rechaza y a la vez crea alternativas de cambio social, en la producción y reproducción de la realidad.  La creación colectiva se inicia comprendiendo las relaciones del poder de la dominación-sumisión, implícita en la práctica hegemónica capitalista; reflexionando y creando alternativas contra-hegemónicas que respondan a las necesidades particulares de transformación desde realidades espacio-temporales concretas y en cada ámbito particular de acción social. Lo que implica estudiar a fondo la manera como se presenta está condición en países que estructuralmente están amarrados a esta relación asimétrica de la economía financiera que distorsiona la economía nacional y compromete su posible desarrollo. En especial por la incidencia de un capital especulativo parasitario que deberá ser destruido o por lo menos reducido significativamente para logar un cambio real.

Los inminentes problemas sociales que corresponden a la vida cotidiana y a la organización social, tales como el acceso al agua potable, la salud, la vivienda, la energía y la seguridad alimentaria, deben ser ejes del desarrollo socio-económico integral de todos los países para avanzar en su soberanía e independencia de la economía de mercado. Economía que asfixia los desarrollos productivos nacionales y los obliga a la exportación y a reducir su diversidad, ya que priva el interés de la maximización de la ganancia y la acumulación desenfrenada de capital sin medir consecuencias sociales. Esto mantiene viva la lucha contra este modelo de planificación de la sociedad para sustituirlo por uno que tome en cuenta las demandas de la población y los recursos disponibles en los territorios, que implica un cambio sustancial en las relaciones entre las naciones, con criterios de complementariedad y comercio justo. Este cambio encuentra la dificultad de la globalización de la cultura y la mundialización del mercado del cual es muy difícil desprenderse. Requiere de acciones colectivas en todos los ámbitos de la vida en sociedad, pero de manera especial para hacer que el trabajo productivo recobre significado humano, y que deje de ser un medio de esclavización, y pase a ser un medio de realización humana. Esto pasa porque el trabajo se convierta en un medio de emancipación del ser humano, como dirían Marx y Engels (1973:358), “que brinde a todo individuo la posibilidad de desarrollar y ejercitar en todos los sentidos todas sus capacidades, tanto físicas como espirituales, y se transforme de una carga en un goce”.

Se trata de una nueva conceptualización del hacer-histórico-transformador en construcción permanente, en un contexto histórico concreto, en el que devienen lógicas para su conformación y contenidos programáticos que se validan en la praxis. Intenta constituirse así, en una nueva visión ontológica y epistemológica de incidir en la realidad desde una perspectiva de totalidad, de integralidad y de dinamismo socio-cultural, capaz de colocarse en el movimiento de la historia desde nuestro propio ámbito de acción.

  1. Pensar y crear prácticas democráticas y modos diversos de avanzar en la auto-organización del trabajo socio-productivo, para la reproducción de la existencia en armonía con la naturaleza, la convivencia solidaria social y comunitaria y la auto-organización de redes comunitarias asociadas, por el bien común.
  2. Contraponerse al orden social basado en la coacción y la jerarquía de autoridad, institucionalizada en el Estado, y crear formas sustitutivas de organización que garanticen un sistema político y de administración de gobierno, que corrija las desigualdades heredadas y garantice el ejercicio de los derechos humanos sin discriminación alguna.
  3. Oponerse a toda forma de dominación-subordinación que impida el avance del despojo y destrucción de territorios y culturas, la súper-explotación de la fuerza de trabajo discriminada a priori y la creación de territorios y poblaciones sin derechos humanos y sociales, en los que se realizan ecocidios y genocidios de acuerdo al interés particular de sectores en detrimento de otros y de la vida en el planeta.

La lógica del capitalismo avanza de forma desenfrenada por eso se ciega frente a todas las acciones u omisiones que contribuyen a incrementar la tragedia humana provocada por la imposición de la cultura del individualismo, de la exacerbación de la competencia y la rivalidad, vistas como medios de superación personal. Incentivos que terminan siendo un gran engaño en una sociedad de privilegiados, en la que algunos tienen todos los derechos ciudadanos y otros están excluidos por completo o en vías de serlo. Y agravada aún más en una situación donde la lógica de acumulación de capital y la organización mundial del trabajo productivo, ha terminado por demostrar el mito del libre mercado y la libertad de empresas, ya que los vencedores tienden a ser los más poderosos, asociados hoy en grandes corporaciones que dominan el mercado y favorecen una tendencia monopólica que amenaza las economías locales y nacionales. Esta lógica reproductiva de apariencia indetenible, va abarcando cada vez más espacios, territorios, comunidades y naciones, a través de la institucionalización de su lógica funcional. Lógica mercantilista de la vida cotidiana y de la colonización del pensamiento que garantiza su reproducción y hegemonía.

Desde esta realidad construir una unidad orgánica dentro de la diversidad histórica-cultural y desde la fragmentación generada por esta división internacional del trabajo social, implica establecer las condicionantes fundamentales que han incidido en la formación socio-estatal, con el peso histórico que significa la resistencia por el desconocimiento de la identidad y la imposición de un modelo ajeno a la cultura y tradiciones de las grandes mayorías, que han visto la depredación de sus recursos y su cultura para enriquecer y favorecer el poder del otro que lo oprime. Como contraparte han evidenciado el desmejoramiento de las condiciones de vida a nombre de un progreso que nunca terminará de llegar porque es un mito en una relación antagónica del desarrollo.

Algunas sugerencias, inacabadas e incompletas, para negar lo que nos daña y crear alternativas de vida digna sin discriminación, que permiten evidenciar que es posible, en medio de esta complejidad internacional, avanzar en lo reivindicativo y estratégico a la vez, dándole al primero carácter revolucionario, serían con medidas y estrategias, de acción conjunta en dos direcciones –gobierno revolucionario y poder popular organizado– que viabilicen:

  1. La eliminación de trabajos-basura, en especial asignados a grupos vulnerables, discriminados y excluidos socialmente, y generar fuentes de trabajo dignas y sustentables.
  2. La reconversión o eliminación de empresas con altos niveles de contaminación, o tecnologías obsoletas y creación de empresas sustitutivas con tecnología alternativas para la reubicación de los trabajadores (as) garantizando la estabilidad laboral, la seguridad social y la permanencia en sus territorios.
  3. El apoyo a comunidades en la auto-creación de condiciones integrales para el buen vivir, respetando sus identidades histórico-culturales.
  4. La eliminación de toda conversión de territorios o poblaciones en laboratorios biológicos o sociales con experimentos con personas y colectivos, en laboratorios geofísicos para realizar pruebas nucleares –con efectos devastadores– o para la deposición de materiales peligrosos que dañan de forma irreparable a la naturaleza como fuente de vida.

Para la comprensión y la configuración teórico-práctica de un proceso de descolonización del saber-pensar-hacer, necesitamos profundizar el proceso de auto-formación y de auto-organización que vive el sujeto del cambio desde su acción transformadora social. Un proceso de conformación de conciencia individual y colectiva para actuar de acuerdo a sus posibilidades concretas, que supone un compromiso para avanzar recreando la idea de la verdad como construcción social e histórica. Esto pasa por comprender cómo se logra la ruptura con la alienación y la colonización del pensamiento, que en términos de acción concreta se inicia con la impugnación teórica y práctica de la cultura del conocer que favorece la reproducción del sistema casi sin darnos cuenta. Esta visión nos abre hacia la comprensión de ese movimiento que se da en el ser humano de un pensamiento y acción consciente para comprender el proceso de transformación permanente del sujeto-social en un sujeto-político con capacidad de comprender la realidad y construir propuestas de cambio social de raíz.

El cambio solo será posible reunificando las fuerzas contra-hegemónicas, desde realidades concretas, que obliga a actuar en dos direcciones geopolíticas de articulación recíproca: desde la unidad socio-productiva o comunitaria singular hacia la organización local, regional y mundial y, a la vez, desde la organización popular más articulada de la lucha anticapitalista y anticolonial en general, a nivel regional o local, hacia la sociedad toda. De manera recíproca, aunque desigual dentro del reconocimiento de la diversidad, se permite construir nuevas visiones colectivas de la política y de la acción social; ya que se trata justamente de transformar simultáneamente todo aquello que reproduce, intencional o inercialmente, el actual estado de cosas instituidas e institucionalizadas a nivel mundial, en estructura y sistemas ideológicos, hasta lo más singular de la lucha concreta de la vida cotidiana.

[1] Tomado del capítulo 10 del libro La potencia del saber emancipador. Arquitectura de la praxis del sentido del buen vivir. De Elizabeth Alves Pérez (2018) en proceso de edición para su publicación.

[2] Desde un tiempo atrás al desenlace de la Segunda Guerra Mundial ya se estaba planificando el enfrentamiento contra la URSS para su aniquilación como proyecto político, que le quitaba una parte importante para el controlo mundial de los mercados. La participación exitosa de los soviéticos en la culminación de la Guerra cambio la historia y con ello la estrategia que dio origen a la Guerra Fría. Prueba de ello es que los 20 millones de muertos entre población civil y el ejército rojo no cuentan en la historia, contada por los aliados, con el mismo peso para destacar su acción victoriosa.

[3] González Casanova, Pablo (2000). “Comunidad: la dialéctica del espacio”. Universidad Nacional Autónoma de México. Instituto de investigaciones sociales. México. (2000:15)

[4] Esa es la cultura de que todo fin justifica los medios, en un país que no rinde cuentas a nadie. Aunque sea en contra del prestigio de su propia cultura o imagen de país.

[5] Quién dude de esto que estudie lo que ha significado para los pueblos de AL el pago de la deuda externa, a lo largo de su historia y su relación con la pérdida de soberanía nacional.

[6] Mazzeo, Miguel (2016) “Las aporías del progresismo”. Revista Herramienta Nº 58. Buenos Aires, Argentina. Disponible en http://www.herramienta.com.ar/revista-herramienta-n-58/las-aporias-del-progresismo.  (2016:7)

[7] Idem.

[8] Noragueda, Cesar (2015) Hacia una guerra de 14 años, publicada el 18/10/15 en la revista digital Hipertextual, disponible en https://hipertextual.com/2015/10/14-anos-guerra-de-afganistan

[9] El ataque terrorista del 11-S por parte de Al Qaeda en territorio estadounidense, con el fueron asesinadas más de 3.000 personas, cambió el mundo. Una de sus consecuencias fue que el Gobierno de George W. Bush, hoy último ex presidente de Estados Unidos, se decidiera por aplicar una política para luchar contra el terrorismo internacional con el eufemístico nombre de “agresión positiva”. Según este analista, la invasión de Afganistán ya estaba en los planes estadounidenses, ya que Richard A. Clarke, presidente del Grupo de Seguridad Antiterrorista en la con el presidente Bill Clinton y, luego, con Bush, propuso una acción militar encubierta en enero de 2001 para debilitar a Al Qaeda en el país… (Noragueda, 2015)

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